Un espacio para reflexionar sobre las consecuencias de largo plazo de las decisiones de las administraciones públicas, privadas y sociales. Su enfoque es mayormente estratégico, y su método es el de las proyecciones de tipo cualitativo, con los criterios de la creación de escenarios. Su ambición es la de ir más allá de la exposición y ser un espacio libre de discusión de los interesados en este tema.
¿Porqué Cuenta Larga?
¿Porqué cuenta Larga? Los mayas tuvieron dos maneras de llevar el calendario: la cuenta corta (el año o tun) y la cuenta larga, de 144,000 días, el baktun, equivalente a 395 años y medio, aproximadamente.
Las organizaciones deberían tomar en cuenta esta filosofía. Hay decisiones de corto plazo (Cuenta Corta) y de largo plazo (Cuenta Larga). Este blog está orientado a las situaciones de largo plazo y su influencia en las organizaciones
viernes, 26 de junio de 2026
Cambios de gobiernos en Latinoamérica
En América Latina, a partir del año 2000, comenzó un crecimiento de gobiernos de orientación izquierdista, que se autonombraron progresistas. Sin embargo, en las últimas semanas y meses se ha observado un cambio importante. En varios países de la región parece estarse produciendo un giro electoral hacia opciones de derecha.
Varios países están modificando su forma de ser gobernados. Muy recientemente, en Perú y Colombia, los candidatos de izquierda fueron derrotados en las urnas, aunque por márgenes muy estrechos. Se suman así a otros países que se han inclinado hacia modelos de derecha. Distinto es el caso de Venezuela y Cuba, donde, por circunstancias conocidas, los gobiernos de izquierda permanecen en el poder. En el futuro próximo habrá elecciones en Brasil, cuyo resultado es incierto. Algo semejante ocurre en Europa, particularmente en España, donde es posible que la izquierda se vea obligada a convocar elecciones anticipadas. Muchos interpretan este conjunto de cambios como una recuperación automática de la democracia.
Se observa que los gobiernos que se autodenominan progresistas muestran muy poca autocrítica. Les resulta cómodo atribuir sus dificultades a factores externos. Si no fuera por ellos, nos dicen, seguirían ganando elecciones. Rara vez reconocen el efecto que han tenido el debilitamiento de los contrapesos institucionales, el clientelismo político y la polarización como instrumentos para conservar el poder. Tampoco parecen admitir que buena parte del electorado está preocupada por problemas como la violencia y la corrupción, que esos gobiernos no han logrado contener. Pero, frente a estos cambios, surge una pregunta de fondo: ¿puede interpretarse un cambio de signo político como una democracia más madura?
Es difícil aceptar que esta situación signifique simplemente un mayor poder de los sectores conservadores en América Latina. ¿Es realmente la injerencia extranjera la que está produciendo este cambio? Ésa es la explicación que suelen ofrecer los gobiernos de izquierda. ¿Significa el triunfo de los nuevos gobernantes un mayor grado de democracia, como afirman sus partidarios? Probablemente no. Tampoco es seguro que estos cambios sean duraderos ni que impliquen, por sí mismos, una mayor libertad. ¿Significan una democracia más madura? Tampoco. El problema de fondo es el autoritarismo. Cada vez con mayor frecuencia, las sociedades parecen inclinarse por gobernantes fuertes. Pero el autoritarismo resulta igualmente pernicioso, provenga de la derecha o de la izquierda.
Los cambios impulsados por los nuevos presidentes, así como por otros que ya llevan tiempo en el poder, no garantizan por sí mismos una verdadera transformación. Ésta sólo podrá surgir de una democracia sin adjetivos, que cumpla realmente su función y parta del principio de que los gobiernos deben gobernar para todos. Deben abandonar la polarización como estrategia política y sustituir las clientelas construidas mediante beneficios selectivos y substituirlas por instituciones que sirvan al conjunto de la sociedad. Sin una ciudadanía alerta, informada y dispuesta a participar activamente en la vida democrática, el electorado no podrá asumir plenamente su responsabilidad. De otro modo, todos estos cambios terminarán siendo ilusorios.
viernes, 19 de junio de 2026
¿Fin de la guerra en Irán?
Se anuncia el acuerdo que pretende poner fin a la guerra entre Israel y Estados Unidos contra Irán. Una guerra que, se suponía, duraría unas cuantas semanas y que ha durado bastante más. Hemos regresado casi al punto de partida después de un conflicto costoso en vidas y recursos. En principio, puede decirse que es un buen resultado para Irán; no tanto para Israel o para Estados Unidos. Y para el mundo es un resultado positivo, aunque deja algunas dudas. ¿Puede hacerse algo para evitar enfrentamientos como éste o impedir que se reactiven?
En México decimos que “es mejor un mal acuerdo que un buen pleito”, y este es el caso. Sí, Estados Unidos logra que Irán entregue el uranio enriquecido que ha desarrollado, aunque no está claro a quién lo hará. No parece que sea a Estados Unidos. Es posible que se entregue a la Organización Internacional de Energía Nuclear o a algún otro organismo internacional.
Irán obtiene un financiamiento de 300 mil millones de dólares para reparaciones, que no es poca cosa. Además, se le devolverán 100 mil millones de dólares que permanecían embargados por los bancos internacionales. Este acuerdo elimina las restricciones más severas sobre su economía: la prohibición de comprar petróleo iraní, así como las limitaciones impuestas a bancos y compañías de seguros para prestar servicios a ese país.
La guerra produjo ajustes parciales, pero no resolvió los problemas estratégicos fundamentales que la originaron en esa región. Queda establecido que la vigilancia del cumplimiento del acuerdo se asigna a las Naciones Unidas. En particular, al Consejo de Seguridad, al que se pide emitir una decisión vinculante para todos los participantes. También participará, probablemente, el Organismo Internacional de Energía Atómica, responsable a nivel mundial de supervisar la industria nuclear. Ante la ineficacia de la ONU en la solución de conflictos mundiales, es de dudarse la funcionalidad de esta decisión.
Irán tiene treinta días para reabrir el Estrecho de Ormuz, limpiarlo de minas y comprometerse a no desarrollar nunca armas nucleares. En ese mismo plazo, Estados Unidos deberá retirar sus fuerzas militares de la región cercana a Irán. Se incluye además el compromiso de no atacar a los aliados de ambas partes. Sin embargo, Irán no se compromete a dejar de apoyar a grupos fuertemente antisraelíes, particularmente Hezbolá y los Hutíes.
Habiendo dicho esto, surge una pregunta importante: ¿era necesaria tanta destrucción, además del daño causado a la economía mundial y, sobre todo, a las vidas humanas? Estamos volviendo prácticamente a la situación original, con la excepción de que se logró eliminar a cincuenta de los más importantes dirigentes iraníes.
¿Cómo se puede evitar que se repitan situaciones tan desafortunadas como la que acabamos de vivir? Es un hecho que los organismos internacionales, y en particular las Naciones Unidas, no desempeñaron un papel relevante en este conflicto. No lograron hacer valer su autoridad moral para cumplir aquello para lo cual fueron creados: prevenir y evitar, de la mejor manera posible, los enfrentamientos entre naciones. Necesitamos, como humanidad, crear nuevos organismos y otros métodos de pacificación y negociación para evitar guerras en las que todos, participemos o no, terminamos perdiendo.
miércoles, 17 de junio de 2026
Lecciones de la Copa Mundial
Estamos en las seis semanas de la Copa Mundial. Hay una gran expectación y un fuerte predominio de las noticias relacionadas con este evento. Son momentos de alegría, pero también de preocupación, que dominan al aficionado. Existe inquietud, por ejemplo, por las medidas para garantizar la movilidad y la seguridad, que han sido fuertemente criticadas. También se cuestiona, en algunos casos de manera poco constructiva, la tardanza de las autoridades para tomar las medidas necesarias, lo que ha obligado a terminar obras a última hora o incluso a dejar algunas inconclusas. Esa intensidad contrasta con el escaso interés que, por regla general, mostramos por los asuntos públicos.
Además del entusiasmo por el evento, se han producido diversas reacciones sociales aprovechando la atención que genera la Copa Mundial. Hay quienes han querido hacer visibles situaciones a las que el gobierno no ha dado suficiente importancia, buscando llamar la atención de la opinión pública internacional. Otros protestaron por la decisión de suspender las clases del alumnado durante seis semanas para evitar problemas asociados al evento. También hubo quienes aprovecharon la ocasión para visibilizar los problemas de inseguridad. Son acciones ciudadanas, bien intencionadas en muchos casos, cuyo impacto real habrá que evaluar con el tiempo.
¿Por qué no participamos en los asuntos públicos con el mismo interés con que seguimos el fútbol? No cabe duda de que el deporte puede servir como una metáfora de lo que ocurre en nuestra sociedad. Vale la pena analizar cuáles son los paralelos y qué lecciones pueden aplicarse a la ciudadanía. Puede haber muchas respuestas. Este evento puede aprovecharse como una oportunidad para reflexionar sobre algunas enseñanzas valiosas. La pasión, la información y la participación que vemos en el fútbol deberían trasladarse a la vida cívica.
Podemos aprender, por ejemplo, del trabajo en equipo que exige este deporte. El fútbol es, esencialmente, una labor colectiva, como también debería serlo la construcción de una mejor sociedad. El verdadero aficionado se mantiene permanentemente informado y conoce con detalle lo que ocurre en su deporte. Ojalá tuviéramos algo parecido en la política, donde el ciudadano común suele tener un conocimiento limitado. Pero no basta con estar informado. El buen aficionado comunica, debate, se mantiene al día y busca contrastar sus opiniones y discutirlas con otras personas.
El deporte ayuda a crear una sociedad más participativa, más colaborativa y más saludable. Entre sus beneficios están la búsqueda de la paz, el encuentro entre diferentes culturas y sociedades, y un diálogo que trasciende el aspecto puramente deportivo. Necesitamos lograr que los ciudadanos sin partido se apasionen por la sociedad. Que busquemos conocer, debatir y proponer en los asuntos de gobierno. Mientras la administración pública siga siendo monopolio de los partidos políticos, estaremos a merced de los vaivenes de las ideologías y de los intereses partidistas. El reto será entender y aplicar estas lecciones.
viernes, 5 de junio de 2026
Inteligecia Artificial: ¡Qué miedo!
Estamos en las seis semanas de la Copa Mundial. Hay una gran expectación y un fuerte predominio de las noticias relacionadas con este evento. Son momentos de alegría, pero también de preocupación, que dominan al aficionado. Existe inquietud, por ejemplo, por las medidas para garantizar la movilidad y la seguridad, que han sido fuertemente criticadas. También se cuestiona, en algunos casos de manera poco constructiva, la tardanza de las autoridades para tomar las medidas necesarias, lo que ha obligado a terminar obras a última hora o incluso a dejar algunas inconclusas. Esa intensidad contrasta con el escaso interés que, por regla general, mostramos por los asuntos públicos.
Además del entusiasmo por el evento, se han producido diversas reacciones sociales aprovechando la atención que genera la Copa Mundial. Hay quienes han querido hacer visibles situaciones a las que el gobierno no ha dado suficiente importancia, buscando llamar la atención de la opinión pública internacional. Otros protestaron por la decisión de suspender las clases del alumnado durante seis semanas para evitar problemas asociados al evento. También hubo quienes aprovecharon la ocasión para visibilizar los problemas de inseguridad. Son acciones ciudadanas, bien intencionadas en muchos casos, cuyo impacto real habrá que evaluar con el tiempo.
¿Por qué no participamos en los asuntos públicos con el mismo interés con que seguimos el fútbol? No cabe duda de que el deporte puede servir como una metáfora de lo que ocurre en nuestra sociedad. Vale la pena analizar cuáles son los paralelos y qué lecciones pueden aplicarse a la ciudadanía. Puede haber muchas respuestas. Este evento puede aprovecharse como una oportunidad para reflexionar sobre algunas enseñanzas valiosas. La pasión, la información y la participación que vemos en el fútbol deberían trasladarse a la vida cívica.
Podemos aprender, por ejemplo, del trabajo en equipo que exige este deporte. El fútbol es, esencialmente, una labor colectiva, como también debería serlo la construcción de una mejor sociedad. El verdadero aficionado se mantiene permanentemente informado y conoce con detalle lo que ocurre en su deporte. Ojalá tuviéramos algo parecido en la política, donde el ciudadano común suele tener un conocimiento limitado. Pero no basta con estar informado. El buen aficionado comunica, debate, se mantiene al día y busca contrastar sus opiniones y discutirlas con otras personas.
El deporte ayuda a crear una sociedad más participativa, más colaborativa y más saludable. Entre sus beneficios están la búsqueda de la paz, el encuentro entre diferentes culturas y sociedades, y un diálogo que trasciende el aspecto puramente deportivo. Necesitamos lograr que los ciudadanos sin partido se apasionen por la sociedad. Que busquemos conocer, debatir y proponer en los asuntos de gobierno. Mientras la administración pública siga siendo monopolio de los partidos políticos, estaremos a merced de los vaivenes de las ideologías y de los intereses partidistas. El reto será entender y aplicar estas lecciones.
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