Cuenta Larga... una visión de largo plazo
Un espacio para reflexionar sobre las consecuencias de largo plazo de las decisiones de las administraciones públicas, privadas y sociales. Su enfoque es mayormente estratégico, y su método es el de las proyecciones de tipo cualitativo, con los criterios de la creación de escenarios. Su ambición es la de ir más allá de la exposición y ser un espacio libre de discusión de los interesados en este tema.
¿Porqué Cuenta Larga?
¿Porqué cuenta Larga? Los mayas tuvieron dos maneras de llevar el calendario: la cuenta corta (el año o tun) y la cuenta larga, de 144,000 días, el baktun, equivalente a 395 años y medio, aproximadamente.
Las organizaciones deberían tomar en cuenta esta filosofía. Hay decisiones de corto plazo (Cuenta Corta) y de largo plazo (Cuenta Larga). Este blog está orientado a las situaciones de largo plazo y su influencia en las organizaciones
viernes, 17 de julio de 2026
Receso
Al analizar los resultados de la Copa FIFA para nuestro país, hay que reconocer que México tuvo éxito como sede, a pesar de los altos costos para el público, la planeación atropellada y la mala imagen con la que llegamos al torneo. El entusiasmo superó todos esos obstáculos y convirtió el evento en un éxito en muchos sentidos.
La Copa nos dio un receso del mal humor social. Necesitábamos una fuerte infusión de alegría, y la tuvimos. A pesar de los problemas, no lograron empañarla. No faltó, por supuesto, quien quiso aguarnos la fiesta. Se habló de un torneo de millonarios para espectadores millonarios, aludiendo a los elevados sueldos de algunos futbolistas y al alto costo de asistir a los estadios. Ese intento no prosperó: el público participó con un entusiasmo extraordinario.
Una sociedad no puede vivir permanentemente instalada en el enojo y la polarización; necesita aprender a conservar una alegría realista como condición para preservar su libertad.
Las celebraciones posteriores a los partidos reunieron a cientos de miles de personas. Sí, hubo tropelías, pero, considerando el tamaño de las multitudes, pudieron haber ocurrido hechos mucho más graves.
Lo verdaderamente importante fue la reacción posterior. Estamos acostumbrados a que México participe en competencias de este tipo y a escuchar el comentario cínico de siempre: “Jugamos como nunca y perdimos como siempre.” Esa frase ha servido muchas veces para desinflar el ánimo de los mexicanos. Esta vez ocurrió algo distinto. Muchos reconocían: “Lo hicieron bien.” “Dieron su mejor esfuerzo.” Era una valoración realista y serena, poco frecuente en acontecimientos anteriores.
¿Podrá mantenerse esa alegría? Hemos vivido demasiado tiempo con una dieta de malas noticias, enfrentamientos y descalificaciones que ha alimentado lo que algunos llamamos un mal humor social. El antídoto no es sencillo, pero pasa por cultivar un optimismo realista. Aprender a celebrar los logros cuando existan, sin exagerarlos, pero tampoco negándoles el reconocimiento que merecen. Tenemos que darnos permiso para mantener la alegría.
Como sucede con frecuencia, creo que la solución depende, en buena medida, del ciudadano sin partido. Tenemos la responsabilidad, aunque no sea fácil, de no seguir alimentando el círculo de acusaciones, descalificaciones y polarización. Podemos aprender a reconocer el lado bueno de los demás y compartir los motivos de alegría cuando existan. El mexicano ha sido tradicionalmente cordial, cortés y alegre. No estamos hechos para vivir en una confrontación permanente; esa actitud se nos ha impuesto de manera artificial.
Por supuesto, no es sencillo. Dígale usted a una madre buscadora que encuentre el lado bueno de la realidad que enfrenta. Sería una exigencia injusta. Precisamente por eso conviene preguntarnos si esta actitud de alegría realista podrá mantenerse. No se trata de dejar de señalar los errores, la corrupción o los abusos cuando existan. Se trata de no perder la alegría. Es difícil, pero quizá sea una de las pocas condiciones que nos permiten conservar la libertad. De otro modo, seremos fácilmente manipulables.
viernes, 10 de julio de 2026
Incertidumbre en lo geopolítico
La semana pasada comenzó un nuevo episodio en las conversaciones para alcanzar la paz entre Estados Unidos, Irán e Israel. El presidente Trump anunció que ya no confiaba en las negociaciones porque, según afirmó, Irán no estaba actuando de buena fe. Poco después ordenó una serie de ataques que rompieron los acuerdos alcanzados hasta ese momento. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿cómo puede la humanidad aspirar, si no a una paz duradera, al menos a contar con mecanismos eficaces y confiables para resolver los conflictos?
Las naciones siguen confiando en el equilibrio militar como garantía de paz, cuando debería invertir mucho más en construir instituciones y métodos eficaces de negociación. De eso casi no se habla. Esa omisión revela la escasa confianza que hoy inspiran los organismos internacionales y la poca voluntad para reformarlos y fortalecerlos.
Las amenazas recientes sólo aumentan la incertidumbre. ¿Puede construirse así una paz justa y duradera en Oriente Medio? Difícilmente. Vivimos en un clima permanente de inseguridad que frena el desarrollo económico, desalienta la inversión y mantiene a regiones enteras bajo la amenaza constante de nuevos conflictos. ¿Cuál es la salida? Todo indica que falta voluntad política para buscarla.
La única respuesta concreta que hoy se propone consiste en aumentar el poder militar. El mensaje es claro: poseer una capacidad de destrucción tan grande que obligue a los demás a negociar. El miedo convertido en instrumento de la geopolítica. La renuncia a construir relaciones basadas en la confianza mutua.
Así quedó de manifiesto en la reciente reunión de la OTAN, la Organización del Tratado del Atlántico Norte. A petición del presidente Trump, los países miembros aceptaron avanzar hacia un gasto en defensa equivalente al cinco por ciento de su Producto Interno Bruto, cuando hasta ahora la meta era del dos por ciento. Hace apenas unos meses varios gobiernos se resistían; hoy prácticamente todos presentan planes para alcanzar ese objetivo.
La magnitud de esos recursos merece una reflexión. El Producto Interno Bruto conjunto de los países de la OTAN supera los 58 millones de millones de dólares. Destinar el cinco por ciento de esa riqueza al gasto militar representa alrededor de 2.5 millones de millones de dólares cada año. Para dimensionar esa cifra basta un dato: las setenta economías más pobres del mundo generan, en conjunto, menos de la mitad de esa cantidad. Con recursos semejantes podrían transformarse radicalmente las condiciones de vida de buena parte de la población más pobre del planeta.
Sin embargo, seguimos apostando por la fuerza. Tenemos que cambiar esa mentalidad. No podemos continuar pensando exclusivamente en términos de equilibrio militar. La negociación es un arma más poderosa que la amenaza. Pero los gobiernos dedican mucho más esfuerzo a perfeccionar sus capacidades de destrucción que a desarrollar nuevos métodos para hacer efectivas las negociaciones. Mientras eso no cambie, seguiremos confiando en que la fuerza, por sí sola, traerá las soluciones que la historia demuestra que nunca ha podido ofrecer.
viernes, 3 de julio de 2026
Comercio no tan libre
Bien distraídos por la Copa Mundial de la FIFA, nos enteramos de que la renegociación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) ha concluido. El acuerdo mantendrá su vigencia por diez años, pero estará sujeto a revisiones anuales.
Las consecuencias no son menores. Esas revisiones se convertirán en un instrumento de presión sobre los gobiernos de México y Canadá. Además, aumentarán la incertidumbre para las inversiones, sobre todo aquellas cuyos proyectos requieren varios años para madurar. Ante este nuevo escenario, ¿cómo debe actuar México? El nuevo marco comercial incrementa la incertidumbre precisamente cuando el país necesita atraer inversión. ¿Cómo generar la confianza indispensable para lograrlo? Ése es el verdadero desafío: dar mayor estabilidad al sector económico y recuperar la confianza del sector privado, que en los últimos años ha mostrado reservas para invertir.
Existen, al menos, dos modelos que vale la pena analizar. Durante la primera negociación del Tratado de Libre Comercio funcionó con gran éxito el llamado “cuarto de junto”, organizado por el Consejo Coordinador Empresarial para asesorar al equipo negociador mexicano. Fue un mecanismo único, que los otros países no adoptaron. Gracias a esa colaboración se negociaron mejores condiciones para México y se obtuvieron ventajas que nuestros socios no consiguieron. En la negociación actual ya no se habla del cuarto de junto. Fue sustituido por un mecanismo más amplio, pero también más opaco, al que se incorporaron sindicatos y académicos para aportar sus puntos de vista. Sus contribuciones pueden ser valiosas, aunque no siempre resultan aplicables a la negociación comercial.
Otro modelo digno de análisis es el de Suecia. Durante los últimos cien años ha tenido, aproximadamente, setenta y seis años de gobiernos de izquierda. Sin embargo, con frecuencia esos gobiernos han nombrado ministros de Economía provenientes de la iniciativa privada. Al mismo tiempo, la legislación concede a los sindicatos representación en los consejos de administración de las grandes empresas. El resultado ha sido, en términos generales, positivo. No se trata de copiar ese modelo, sino ver si puede ofrecer ideas útiles para nuestra realidad.
Hoy se invierte poco, en parte por la desconfianza que generó la forma en que se modificó el Poder Judicial. Nuestra presidenta ha hecho reiterados llamados para incrementar la inversión, no sólo de las grandes empresas, sino también de las pequeñas y medianas, que generan alrededor del setenta por ciento del empleo formal.
El modelo sueco ofrece una enseñanza interesante: un gobierno claramente de izquierda puede mantener un enfoque práctico y construir relaciones sanas con el sector privado, sin subordinación de una parte a la otra. Ése sería un objetivo deseable para México.
No resolveremos nuestras necesidades de inversión mediante la confrontación. Si no logramos crear un clima de confianza que reduzca la percepción de riesgo y garantice un trato justo a quienes invierten, difícilmente podremos competir con éxito. Hay que reducir el riesgo de invertir y de competir. La confianza es el nombre del juego. ¿Seremos capaces de construirla, alimentarla y hacerla crecer?
viernes, 26 de junio de 2026
Cambios de gobiernos en Latinoamérica
En América Latina, a partir del año 2000, comenzó un crecimiento de gobiernos de orientación izquierdista, que se autonombraron progresistas. Sin embargo, en las últimas semanas y meses se ha observado un cambio importante. En varios países de la región parece estarse produciendo un giro electoral hacia opciones de derecha.
Varios países están modificando su forma de ser gobernados. Muy recientemente, en Perú y Colombia, los candidatos de izquierda fueron derrotados en las urnas, aunque por márgenes muy estrechos. Se suman así a otros países que se han inclinado hacia modelos de derecha. Distinto es el caso de Venezuela y Cuba, donde, por circunstancias conocidas, los gobiernos de izquierda permanecen en el poder. En el futuro próximo habrá elecciones en Brasil, cuyo resultado es incierto. Algo semejante ocurre en Europa, particularmente en España, donde es posible que la izquierda se vea obligada a convocar elecciones anticipadas. Muchos interpretan este conjunto de cambios como una recuperación automática de la democracia.
Se observa que los gobiernos que se autodenominan progresistas muestran muy poca autocrítica. Les resulta cómodo atribuir sus dificultades a factores externos. Si no fuera por ellos, nos dicen, seguirían ganando elecciones. Rara vez reconocen el efecto que han tenido el debilitamiento de los contrapesos institucionales, el clientelismo político y la polarización como instrumentos para conservar el poder. Tampoco parecen admitir que buena parte del electorado está preocupada por problemas como la violencia y la corrupción, que esos gobiernos no han logrado contener. Pero, frente a estos cambios, surge una pregunta de fondo: ¿puede interpretarse un cambio de signo político como una democracia más madura?
Es difícil aceptar que esta situación signifique simplemente un mayor poder de los sectores conservadores en América Latina. ¿Es realmente la injerencia extranjera la que está produciendo este cambio? Ésa es la explicación que suelen ofrecer los gobiernos de izquierda. ¿Significa el triunfo de los nuevos gobernantes un mayor grado de democracia, como afirman sus partidarios? Probablemente no. Tampoco es seguro que estos cambios sean duraderos ni que impliquen, por sí mismos, una mayor libertad. ¿Significan una democracia más madura? Tampoco. El problema de fondo es el autoritarismo. Cada vez con mayor frecuencia, las sociedades parecen inclinarse por gobernantes fuertes. Pero el autoritarismo resulta igualmente pernicioso, provenga de la derecha o de la izquierda.
Los cambios impulsados por los nuevos presidentes, así como por otros que ya llevan tiempo en el poder, no garantizan por sí mismos una verdadera transformación. Ésta sólo podrá surgir de una democracia sin adjetivos, que cumpla realmente su función y parta del principio de que los gobiernos deben gobernar para todos. Deben abandonar la polarización como estrategia política y sustituir las clientelas construidas mediante beneficios selectivos y substituirlas por instituciones que sirvan al conjunto de la sociedad. Sin una ciudadanía alerta, informada y dispuesta a participar activamente en la vida democrática, el electorado no podrá asumir plenamente su responsabilidad. De otro modo, todos estos cambios terminarán siendo ilusorios.
viernes, 19 de junio de 2026
¿Fin de la guerra en Irán?
Se anuncia el acuerdo que pretende poner fin a la guerra entre Israel y Estados Unidos contra Irán. Una guerra que, se suponía, duraría unas cuantas semanas y que ha durado bastante más. Hemos regresado casi al punto de partida después de un conflicto costoso en vidas y recursos. En principio, puede decirse que es un buen resultado para Irán; no tanto para Israel o para Estados Unidos. Y para el mundo es un resultado positivo, aunque deja algunas dudas. ¿Puede hacerse algo para evitar enfrentamientos como éste o impedir que se reactiven?
En México decimos que “es mejor un mal acuerdo que un buen pleito”, y este es el caso. Sí, Estados Unidos logra que Irán entregue el uranio enriquecido que ha desarrollado, aunque no está claro a quién lo hará. No parece que sea a Estados Unidos. Es posible que se entregue a la Organización Internacional de Energía Nuclear o a algún otro organismo internacional.
Irán obtiene un financiamiento de 300 mil millones de dólares para reparaciones, que no es poca cosa. Además, se le devolverán 100 mil millones de dólares que permanecían embargados por los bancos internacionales. Este acuerdo elimina las restricciones más severas sobre su economía: la prohibición de comprar petróleo iraní, así como las limitaciones impuestas a bancos y compañías de seguros para prestar servicios a ese país.
La guerra produjo ajustes parciales, pero no resolvió los problemas estratégicos fundamentales que la originaron en esa región. Queda establecido que la vigilancia del cumplimiento del acuerdo se asigna a las Naciones Unidas. En particular, al Consejo de Seguridad, al que se pide emitir una decisión vinculante para todos los participantes. También participará, probablemente, el Organismo Internacional de Energía Atómica, responsable a nivel mundial de supervisar la industria nuclear. Ante la ineficacia de la ONU en la solución de conflictos mundiales, es de dudarse la funcionalidad de esta decisión.
Irán tiene treinta días para reabrir el Estrecho de Ormuz, limpiarlo de minas y comprometerse a no desarrollar nunca armas nucleares. En ese mismo plazo, Estados Unidos deberá retirar sus fuerzas militares de la región cercana a Irán. Se incluye además el compromiso de no atacar a los aliados de ambas partes. Sin embargo, Irán no se compromete a dejar de apoyar a grupos fuertemente antisraelíes, particularmente Hezbolá y los Hutíes.
Habiendo dicho esto, surge una pregunta importante: ¿era necesaria tanta destrucción, además del daño causado a la economía mundial y, sobre todo, a las vidas humanas? Estamos volviendo prácticamente a la situación original, con la excepción de que se logró eliminar a cincuenta de los más importantes dirigentes iraníes.
¿Cómo se puede evitar que se repitan situaciones tan desafortunadas como la que acabamos de vivir? Es un hecho que los organismos internacionales, y en particular las Naciones Unidas, no desempeñaron un papel relevante en este conflicto. No lograron hacer valer su autoridad moral para cumplir aquello para lo cual fueron creados: prevenir y evitar, de la mejor manera posible, los enfrentamientos entre naciones. Necesitamos, como humanidad, crear nuevos organismos y otros métodos de pacificación y negociación para evitar guerras en las que todos, participemos o no, terminamos perdiendo.
miércoles, 17 de junio de 2026
Lecciones de la Copa Mundial
Estamos en las seis semanas de la Copa Mundial. Hay una gran expectación y un fuerte predominio de las noticias relacionadas con este evento. Son momentos de alegría, pero también de preocupación, que dominan al aficionado. Existe inquietud, por ejemplo, por las medidas para garantizar la movilidad y la seguridad, que han sido fuertemente criticadas. También se cuestiona, en algunos casos de manera poco constructiva, la tardanza de las autoridades para tomar las medidas necesarias, lo que ha obligado a terminar obras a última hora o incluso a dejar algunas inconclusas. Esa intensidad contrasta con el escaso interés que, por regla general, mostramos por los asuntos públicos.
Además del entusiasmo por el evento, se han producido diversas reacciones sociales aprovechando la atención que genera la Copa Mundial. Hay quienes han querido hacer visibles situaciones a las que el gobierno no ha dado suficiente importancia, buscando llamar la atención de la opinión pública internacional. Otros protestaron por la decisión de suspender las clases del alumnado durante seis semanas para evitar problemas asociados al evento. También hubo quienes aprovecharon la ocasión para visibilizar los problemas de inseguridad. Son acciones ciudadanas, bien intencionadas en muchos casos, cuyo impacto real habrá que evaluar con el tiempo.
¿Por qué no participamos en los asuntos públicos con el mismo interés con que seguimos el fútbol? No cabe duda de que el deporte puede servir como una metáfora de lo que ocurre en nuestra sociedad. Vale la pena analizar cuáles son los paralelos y qué lecciones pueden aplicarse a la ciudadanía. Puede haber muchas respuestas. Este evento puede aprovecharse como una oportunidad para reflexionar sobre algunas enseñanzas valiosas. La pasión, la información y la participación que vemos en el fútbol deberían trasladarse a la vida cívica.
Podemos aprender, por ejemplo, del trabajo en equipo que exige este deporte. El fútbol es, esencialmente, una labor colectiva, como también debería serlo la construcción de una mejor sociedad. El verdadero aficionado se mantiene permanentemente informado y conoce con detalle lo que ocurre en su deporte. Ojalá tuviéramos algo parecido en la política, donde el ciudadano común suele tener un conocimiento limitado. Pero no basta con estar informado. El buen aficionado comunica, debate, se mantiene al día y busca contrastar sus opiniones y discutirlas con otras personas.
El deporte ayuda a crear una sociedad más participativa, más colaborativa y más saludable. Entre sus beneficios están la búsqueda de la paz, el encuentro entre diferentes culturas y sociedades, y un diálogo que trasciende el aspecto puramente deportivo. Necesitamos lograr que los ciudadanos sin partido se apasionen por la sociedad. Que busquemos conocer, debatir y proponer en los asuntos de gobierno. Mientras la administración pública siga siendo monopolio de los partidos políticos, estaremos a merced de los vaivenes de las ideologías y de los intereses partidistas. El reto será entender y aplicar estas lecciones.
viernes, 5 de junio de 2026
Inteligecia Artificial: ¡Qué miedo!
Estamos en las seis semanas de la Copa Mundial. Hay una gran expectación y un fuerte predominio de las noticias relacionadas con este evento. Son momentos de alegría, pero también de preocupación, que dominan al aficionado. Existe inquietud, por ejemplo, por las medidas para garantizar la movilidad y la seguridad, que han sido fuertemente criticadas. También se cuestiona, en algunos casos de manera poco constructiva, la tardanza de las autoridades para tomar las medidas necesarias, lo que ha obligado a terminar obras a última hora o incluso a dejar algunas inconclusas. Esa intensidad contrasta con el escaso interés que, por regla general, mostramos por los asuntos públicos.
Además del entusiasmo por el evento, se han producido diversas reacciones sociales aprovechando la atención que genera la Copa Mundial. Hay quienes han querido hacer visibles situaciones a las que el gobierno no ha dado suficiente importancia, buscando llamar la atención de la opinión pública internacional. Otros protestaron por la decisión de suspender las clases del alumnado durante seis semanas para evitar problemas asociados al evento. También hubo quienes aprovecharon la ocasión para visibilizar los problemas de inseguridad. Son acciones ciudadanas, bien intencionadas en muchos casos, cuyo impacto real habrá que evaluar con el tiempo.
¿Por qué no participamos en los asuntos públicos con el mismo interés con que seguimos el fútbol? No cabe duda de que el deporte puede servir como una metáfora de lo que ocurre en nuestra sociedad. Vale la pena analizar cuáles son los paralelos y qué lecciones pueden aplicarse a la ciudadanía. Puede haber muchas respuestas. Este evento puede aprovecharse como una oportunidad para reflexionar sobre algunas enseñanzas valiosas. La pasión, la información y la participación que vemos en el fútbol deberían trasladarse a la vida cívica.
Podemos aprender, por ejemplo, del trabajo en equipo que exige este deporte. El fútbol es, esencialmente, una labor colectiva, como también debería serlo la construcción de una mejor sociedad. El verdadero aficionado se mantiene permanentemente informado y conoce con detalle lo que ocurre en su deporte. Ojalá tuviéramos algo parecido en la política, donde el ciudadano común suele tener un conocimiento limitado. Pero no basta con estar informado. El buen aficionado comunica, debate, se mantiene al día y busca contrastar sus opiniones y discutirlas con otras personas.
El deporte ayuda a crear una sociedad más participativa, más colaborativa y más saludable. Entre sus beneficios están la búsqueda de la paz, el encuentro entre diferentes culturas y sociedades, y un diálogo que trasciende el aspecto puramente deportivo. Necesitamos lograr que los ciudadanos sin partido se apasionen por la sociedad. Que busquemos conocer, debatir y proponer en los asuntos de gobierno. Mientras la administración pública siga siendo monopolio de los partidos políticos, estaremos a merced de los vaivenes de las ideologías y de los intereses partidistas. El reto será entender y aplicar estas lecciones.
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