Un espacio para reflexionar sobre las consecuencias de largo plazo de las decisiones de las administraciones públicas, privadas y sociales. Su enfoque es mayormente estratégico, y su método es el de las proyecciones de tipo cualitativo, con los criterios de la creación de escenarios. Su ambición es la de ir más allá de la exposición y ser un espacio libre de discusión de los interesados en este tema.
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lunes, 2 de octubre de 2023
Amnistía: ¿una solución?
Hablando de obtener una paz que ha sido muy difícil de conseguir, se habla de la posibilidad de crear una amnistía, como una condición para lograr la reconciliación en nuestra Sociedad. En teoría suena bien, pero en la práctica se ha visto que es muy difícil. La población en general, y en particular los afectados por la violencia, tienen una gran resistencia frente a este tema. Comprensiblemente.
Es cierto que la amenaza de un cambio político genera un miedo al cambio. Aquellos que han sido atacados ferozmente por sus opositores piensan: “sí perdemos, nos van a acabar”. Cuando tuvimos el inicio del cambio democrático, este era un tema que hacía predecir que el partido en el poder haría todo lo posible, legal o ilegal, para impedir el cambio de gobierno. “Tenemos que seguir gobernando”, decían. Hablaban del “fraude patriótico”, sin sonrojarse.
El tema de la amnistía tiene algunas dificultades. La primera es definir qué tan amplia es su cobertura, que tan general es el perdón. Algunos han propuesto que cubra cualquier delito, otros solamente los delitos políticos electorales, algunos piden que únicamente no se perdonen los llamados “delitos de sangre”. No hay acuerdo.
Habiendo dicho esto, en la práctica se ha visto que se han dado indultos de facto. El presidente Vicente Fox, después de haber hablado muy fuertemente de encarcelar a los que habían delinquido, en la práctica poco hizo por cumplir tal promesa. Hubo quien creyó que hubo un acuerdo: que el partido que gobernó el país por más de 70 años le permitiría tomar posesión a cambio de no hacer efectivas sus promesas. Algo parecido ha ocurrido con la 4T. Habiendo dicho que el presidente Peña Nieto ha sido uno de los más corruptos en nuestra historia, en la práctica no se le ha tocado ni con el pétalo de una rosa. Y no hablemos del “innombrable”, Carlos Salinas de Gortari, a quien ahora le podríamos decir “el innombrado”. Después de haber sido atacado ferozmente por muchos años, desapareció completamente de la agenda de la 4T. De hecho, el autor de la “caída del sistema”, Manuel Bartlett, no solo no ha sido juzgado por ese fraude electoral, sino que además se ha incorporado en uno de los puestos más importantes de esta administración.
Es cierto que las amnistías han tenido malos resultados en otros países. En el caso de Colombia, donde se propuso un indulto general para la guerrilla y los paramilitares, hubo un plebiscito que mostró que la mayoría de la población no estaba de acuerdo. Era de esperarse: aquellos que fueron víctimas de esos grupos o parientes cercanos de las mismas, reaccionaron con un fuerte rechazo. Las amnistías en otros países, como en República de El Salvador, donde el indulto fue acompañadO por un desarme generalizado de la población, los resultados fueron mixtos. En Europa las amnistías al IRA y a la ETA han dejado una secuela de encono, qué se sigue reflejando en las elecciones. Un poco más exitoso fue el caso de la transición democrática en España en los finales del siglo XX, donde hubo un indulto al Partido Comunista de España, modificando las leyes que ponían a sus miembros en prisión. Como un acto mediático importante, Santiago Carrillo, secretario general de dicho partido, se entregó al Gobierno para forzar la aplicación de la ley de amnistía. Esto, sin embargo, no fue sin oposición. Aun a la fecha sigue habiendo formaciones políticas españolas qué se oponen a esos indultos, aunque hace años que están en vigor.
¿Podría haber algún tipo de perdón para los narcos? Probablemente, es mucho más difícil. Porque la amnistía debería de incluir que estos grupos dejaran de operar como lo hacen actualmente y se quedarían sin sus fuentes de ingresos. En los Estados Unidos, según algunos rumores, cuándo se acabó la Ley Seca, las bandas de contrabandistas de alcohol, qué se dedicaban mayormente a ese negocio y también al juego ilegal, la prostitución y el derecho de piso, se encontraron con que, al eliminar dicha ley, sus ingresos disminuirían radicalmente. Ante esa situación, de acuerdo con los rumores, se les permitió a esos grupos delincuenciales tener áreas de juego legalizado, mayormente en Las Vegas, Nevada, y en otras áreas del país, con la condición de que fueran legales. Cuando se ha hablado en México de la legalización de las drogas, se ha abierto la discusión sobre este tema. Y en Estados Unidos, a lo largo de los años, el tráfico de licores fue sustituido por el de drogas y armas. Y la legalización parcial a las drogas, aun sin ser total, ha tenido como resultado la gravísima crisis del fentanilo.
Claramente, hay otros temas anexos a esta situación. El tema de la corrupción, el cambio de leyes, el impacto político adverso para quien proponga una amnistía, aunque sea parcial. Porque es un hecho que la mayoría de la población estaría en desacuerdo. Los familiares de los miles de muertos y desaparecidos, las víctimas de los cobros de piso son un número tan importante que con facilidad descarrilarían una iniciativa de este estilo
Al final, el gran tema es el del perdón. Muy difícil, aun en los casos dónde los implicados son miembros de una familia, extraordinariamente difícil cuando los que deberían perdonar, lo que buscan es justicia. Y no se les puede culpar de ello. Sin embargo, creo que es muy difícil, si no es que casi imposible, poder tener paz sin alguna medida de perdón, en la forma de amnistía o de alguna otra manera. ¿Qué es mucho pedirle a la Sociedad? Seguramente. ¿Qué tendría un alto costo político, tanto que podría ser un verdadero tsunami para los actuales partidos políticos? Por supuesto. Pero es algo que hay que ir considerando. Nosotros, como Sociedad, deberíamos de prepararnos, por qué algo habrá que hacer para lograr verdaderamente la Paz. Muy triste, pero probablemente inevitable.
Antonio Maza Pereda
lunes, 25 de septiembre de 2023
Reconciliación nacional
Casi por entrar a los debates preelectorales frente a las elecciones del 2024, resulta interesante definir: ¿cuál es el gran tema? Porque se tratan muchos asuntos: la economía y su control por el gobierno, la violencia, la paz, democracia, gobernabilidad y muchos más. Pero, hasta donde me doy cuenta, nadie menciona el tema de la reconciliación nacional.
Probablemente, para que se mencionara ese asunto, algunos deberían de reconocer: ¿qué nos hace falta? La verdad es que todas las tendencias políticas, en mayor o menor medida, han contribuido a una gran polarización que divide a los mexicanos no solo en cuanto a los temas, sino en una auténtica siembra de odio. Y no es que uno espere que la reconciliación sea lo mismo que la unidad. De hecho, no lo es. La reconciliación tampoco es necesariamente la Paz. Porque un país puede tener una paz impuesta, cómo se da en el caso de las dictaduras, perfectas o imperfectas.
La reconciliación no se puede imponer. Esta se logra sobre todo por convencimiento, a nivel de los ciudadanos. Podría darse al nivel de los partidos, pero no es fácil lograrlo: muchas veces los propios partidos tienen profundas divisiones internas y aunque se presentan al público como un grupo con gran armonía, es muy frecuente que se requieran, para cada elección, importantes “operaciones cicatriz”, tratando de sanar las heridas internas.
Deberíamos de empezar por reconocer que todos hemos fallado. Los partidos y sus dirigentes han encontrado mucho más fácil el ataque que el convencimiento. Y como les cuesta mucho trabajo encontrar argumentos sólidos para sustentar sus afirmaciones, es mucho más fácil atacar a sus contrincantes. Hay una regla no escrita en los debates, que dice que el que empieza a insultar es porque se le acabaron los argumentos. Y esto es exactamente lo que nos está pasando.
Pero la ciudadanía también tiene parte de la culpa de este clima de crispación. Al no estar bien enterados de los temas y de la administración pública, también caemos en insultar, cuando se nos acaba la posibilidad de convencer. Porque muchas veces ni siquiera se intenta el convencimiento: lo que se busca es acallar a quien opina distinto y dejarlo silencioso. Un contrincante que sabe argumentar nos resulta extraordinariamente molesto. Y los organismos intermedios, los que están entre el Estado y el ciudadano, no han tenido mejor desempeño.
El punto fundamental para que se empiece a dar una reconciliación, es reconocer nuestras culpas. Como dicen los juristas, nuestras fallas culposas: aquellas que no han sido premeditadas, pero que ocurren por descuido, ignorancia o imprudencia.
Se propone, como parte de este proceso de reconciliación, la creación de comisiones de la verdad. Estas, que han sido establecidas en diversos países, no tienen una trayectoria verdaderamente exitosa. En parte porque, generalmente, se han dado después del triunfo de alguna fuerza política y se ha excluido a quienes opinan diferente. Estrictamente, se les podría llamar comisiones de la vergüenza, porque su propósito es exponer todas las fallas de los derrotados, de tal manera que queden tan apenados que no vuelvan a intentar levantarse y luchar por sus ideas.
Es cierto que sí hay quienes intentan una reconciliación nacional. Desgraciadamente, nos dan gran abundancia de diagnósticos y una gran escasez de propuestas. Y muchas veces dichos planteamientos terminan siendo ideas ciertas, pero poco prácticas, que tardarían mucho tiempo en dar resultados. Por poner un ejemplo, mejorar la educación cívica. Algo ciertamente fundamental, pero es muy difícil esperar resultados en un horizonte menor al de varias décadas.
Para bien o para mal, la solución está en manos de los “sin poder”. Asumir nuestro papel de ciudadanos mandantes, exigiéndole a los mandatarios en todos los niveles que dejen de provocar la división. Necesitamos un plan, pero también debemos estar conscientes de que todo plan para la reconciliación tendrá una larga etapa de acciones provisionales, sujetas a una revisión frecuente y con ajustes permanentes.
También requiere algunos aspectos que, más que de acción, son de actitud. Necesitamos reducir la culpabilización y reconocer hay muy pocos casos donde existe maldad pura. Hay que despersonalizar el diagnóstico, Encontrar las fallas sin buscar necesariamente culpables. Desideologizar el proceso de búsqueda de la Paz. Por supuesto, evitar rencores, venganzas personales o de grupo y otros temas similares.
Y no falta quien propone una amplia amnistía, una especie de “borrón y cuenta nueva”. Un tema sumamente interesante, pero que habrá que tratar en otra ocasión.
Antonio Maza Pereda
martes, 13 de diciembre de 2022
Violencia generalizada
Ya muy cercanos a la época navideña, entre otros muchos villancicos de la época, se escucha con frecuencia y en varios idiomas la canción “Noche de Paz”. La frecuencia con que se repite el tema en esta época nos indica que hay un anhelo en todas las naciones y en todas las culturas porque la Paz sea una forma de vida. Aspiración que no siempre se cumple.
Un aspecto que, por otra parte, no siempre nos queda claro. Por ejemplo, cuando nuestras autoridades tratan de medir el progreso de sus esfuerzos por reducir la violencia, generalmente tratan de medirlos como la reducción en el número de homicidios dolosos. Un concepto muy importante pero que no necesariamente refleja todos los tipos de violencia que se generan en nuestra Sociedad. Ello sin tomar en cuenta que, el mero hecho de que se reduzcan las denuncias por homicidios dolosos, no quiere decir necesariamente que se está logrando un avance, dado el gran aumento en la impunidad.
No tenemos claro lo que se considera violencia. Porque si sólo pensamos que los homicidios son la violencia, estamos dejando fuera toda clase de situaciones que afectan a nuestra sociedad y que también son particularmente violentas.
Hace ya algún tiempo, la Unidad Politécnica de Gestión con Perspectiva de Género, creó un instrumento llamado violentómetro, que señala hasta 27 tipos diferentes de violencia en las relaciones personales. Desde conceptos que muchos consideran cómo no violentos, por ejemplo, las bromas hirientes, la “ley del hielo”, los celos, o ridiculizar y ofender, llegando hasta las amenazas de muerte, la violación, la mutilación y el asesinato. Comportamientos violentos que además crecen de manera progresiva. Aunque claramente no todos los violentos pasan por estos niveles y llegan hasta los más agresivos, es un hecho que la mayoría comienza por conductas aparentemente poco violentas.
Esto que se da en las relaciones de género, claramente puede encontrar sus paralelos en relaciones de familia, laborales, escolares y de muchos otros tipos. Mientras sólo consideremos que los niveles más agresivos de este violentómetro son los que verdaderamente deberíamos de limitar, nuestra Sociedad seguirá siendo una sociedad violenta. Y hay que considerar que, en nuestro medio, una parte importante del entretenimiento tiene aspectos de violencia. No nos ponemos a considerar la enorme cantidad de furia que tenemos en nuestra cultura del entretenimiento, violencia que es actuada pero que es disfrutada por las mayorías. Eso sin considerar la violencia reglamentada en el box, el fútbol americano y hasta en las corridas de toros a la usanza española.
El tema es que nos estamos acostumbrando permanentemente a la violencia, ignoramos su existencia, la minimizamos y luego nos escandalizamos al ver que aumenta progresivamente. Las soluciones que nos proponen los gobernantes en los tres Poderes de la Unión buscan, en términos generales, imponer castigos cada vez más fuertes a algunos de los comportamientos considerados más violentos. Sin tomar en cuenta que el aumento de la penalidad nunca ha servido para reducir las conductas delictivas. Como claramente estamos viendo con las figuras de feminicidio, con penalidades cada vez más fuertes y que no han servido para reducir ni los propios feminicidios ni otros actos de violencia cómo son la intrafamiliar y las violaciones. Y es de esperarse porque las penalidades, por intensas que sean, tienen poco efecto cuando la impunidad es prácticamente absoluta en esos crímenes.
Claramente la solución pasa por un rechazo masivo de la sociedad a todos los grados de violencia, no únicamente a la violencia más extrema. Porque cuando una persona se acostumbra a ser violenta, muchas veces va aumentando su grado de violencia hasta que llega un momento que ya es imparable por él mismo agresor. Cuando la sociedad percibe un comportamiento como dañino y actúa en consecuencia, exige a las autoridades mayor rigor en el seguimiento de la impunidad y se preocupa por influir en la educación, así como en las costumbres, para lograr reducir ese nivel de violencia.
Posiblemente hay que empezar por las conductas menos agresivas, pero más extendidas, convenciendo a la mayoría de que son inaceptables y pasando de ahí a otros conceptos más dañinos. Hace ya más de 30 años en Colombia, que ha tenido un problema de violencia por décadas y han logrado reducirla de una manera significativa, hubo una campaña apoyada por la Sociedad, algunas organizaciones sociales e iglesias cuyo lema era: “Por la Paz yo conduzco sin odio”. Un pequeño paso, pero que muestra que, para empezar a reducir la violencia, hay que iniciar por las actitudes más extendidas en la sociedad, para ir progresando hacia los temas más dañinos.
En todo caso no podemos seguir ignorando el hecho de que estamos viviendo una situación cada día más violenta. No podemos seguir pensando que los violentos son otros, cuando todos tenemos un cierto grado mayor o menor de actitudes violentas. La Paz no debería de ser una utopía; debería ser un anhelo para toda la sociedad y una ocupación de todos, no sólo de los gobiernos ni de los tribunales.
Antonio Maza Pereda
viernes, 11 de noviembre de 2022
Construir la unidad (segunda parte)
Para muchos de nosotros es muy claro que no hay una manera fácil y rápida de construir unidad en una sociedad tan fragmentada, tan polarizada, tan llena de enfrentamientos y resentimientos como la nuestra. Pero claramente el nuestro no ha sido el único caso. Todavía en los siglos XIX y XX, en Europa no pasaban más de unos pocos años sin que hubiera guerras entre países. Tuvieron que pasar algunos siglos antes de que se pudiera llegar al concepto, que a algunos les parecía absurdo, de una unidad europea. Misma que se empezó a construir en la segunda mitad del siglo XX, que empezó por asuntos de tipo comercial y que, a pesar de diferencias aparentemente insalvables de lenguaje, sistemas políticos y creencias religiosas o ausencia de estas, los europeos han podido construir un sistema viable. Que, sin embargo, no está exento de peligros.
Tal vez podríamos pensar que, siendo el nuestro un país bastante más homogéneo, con un lenguaje que habla la inmensa mayoría de la población, con diferencias culturales relativamente menores, no debería ser tan difícil conseguir la unidad. Pero la realidad nos ha demostrado lo contrario y nos ha probado que quienes le apuestan a la división y a la polarización de los mexicanos, se benefician de ello políticamente.
Necesitamos un verdadero esfuerzo de todos los sectores en nuestro país y en particular de los mejores pensadores que tenemos, para lograr un programa concreto, viable y muy práctico para ir construyendo los mínimos de unidad que nos están haciendo falta. Posiblemente el primer punto a resolver es precisamente definir cuáles son esos mínimos para la unidad, conscientes del antiguo refrán que dice que “lo mejor es enemigo de lo bueno”. O sea, que no hay que exigirnos soluciones perfectas.
Entre algunos de los temas que debemos enfrentar, deberían estar los siguientes:
· Encontrar el modo de diferir entre nosotros sin odio. Entender que la asertividad no es lo mismo que el ataque. No es una pequeña tarea: por milenios en la historia escrita de la humanidad y seguramente muchísimo antes, el odio siempre ha estado presente. Las leyes humanas y las amenazas de castigos divinos no han sido totalmente eficaces para ello. Pero cualquier avance siempre será bienvenido.
· Es importante que nos acostumbremos a debatir nuestras diferencias, nuestros criterios divergentes sin atacar a las personas. Algo muy complicado, porque siempre identificamos a las opiniones con la persona que las emite. Es particularmente difícil sostener que una idea o una opinión están equivocados, conservando al mismo tiempo el respeto y el aprecio por quien sostiene opiniones diferentes de las nuestras.
· Tenemos que encontrar modelos que nos inspiren para encontrar el modo de sanar estas diferencias. Ejemplos como el que nos dieron en Colombia el hijo de Pablo Escobar, el capo más poderoso de su época, que buscó a Rodrigo Lara Restrepo, a cuyo padre, un periodista, mandó asesinar el suyo. El hijo de la víctima y el del victimario se reunieron y el hijo de Escobar pidió perdón al hijo de Lara. Un perdón pedido y recibido que sanó a ambos. ¿Seremos capaces de encontrar casos ejemplares como estos? Porque nuestra Sociedad está muy herida. Necesitamos urgentemente de muchas acciones, pequeñas y grandes, de sanación.
· También es importante comprender que a nadie le podemos obligar a perdonar. No podemos exigir total perdón y olvido. El acto de perdonar es particularmente difícil, porque requiere simultáneamente de una combinación de justicia con misericordia, combinación tan compleja que algunos dicen que sólo ocurre en la justicia divina, y que es inalcanzable por los humanos. Conscientes de esa dificultad, es como debemos de tratar en la medida de nuestras capacidades de pedir y de conceder perdón, si es que queremos alguna sanación de nuestra Sociedad.
Muy posiblemente no todos nos sentimos culpables del daño que hemos hecho a otros al contribuir a dividir nuestra Sociedad. Y una vez que hayamos logrado entender en dónde hemos fallado, habría que encontrar maneras de reparar el daño que hemos hecho, consciente o inconscientemente. También quienes hemos sido de alguna manera víctimas de un sistema o de personas, tendríamos que estar buscando las maneras concretas para encontrar y recuperar la confianza de la que nuestra Sociedad carece en estos momentos.
Nada fácil. Todavía en muchos aspectos nos reconocemos en esos artículos escritos por J. K. Turner titulados México Bárbaro, y que tratan la vida de la sociedad mexicana, hace poco más de 100 años. Cuando había autentica esclavitud y brutal discriminación hacia algunos sectores de la sociedad mexicana. Sí, algo hemos mejorado. Pero en el fondo seguimos teniendo la idea de que realmente no todos son dignos de un trato justo. Y de ahí la necesidad de comprometernos a construir los mínimos de unidad qué necesitamos para que nuestra Sociedad funcione. Porque si no lo logramos, nuestro futuro es muy dudoso.
Antonio Maza Pereda
sábado, 5 de noviembre de 2022
Construir la unidad (primera parte)
No cabe duda de que uno de los problemas serios en nuestra sociedad y en este momento es la falta de unidad. Necesitamos construir unidad o, algo muy parecido, evitar la división social. Que no es lo mismo. La verdad, no estoy muy seguro del cómo. Si tuviera respuestas a este problema, probablemente no estaría yo acá escribiendo artículos: seguramente estaría vendiendo mi asesoría muy costosamente en nuestro país y probablemente en muchos otros más. Pero como ciudadano me parece que es importante que tratemos de encontrar, en conjunto, respuestas a este grave problema. De lo cual dependerá que podamos encontrar soluciones de largo plazo para nuestro País.
La primera duda es: ¿podemos verdaderamente tener una unidad nacional? Más aún: ¿realmente necesitamos algo así? En mi opinión, es ilusorio pensar en una unidad auténtica. Unidad de criterios, unidad de puntos de vista, unidad de ideas, son ideales que se han planteado algunos. Curiosamente, muchos de ellos han sido dictadores tratando de construir una unidad en torno a ellos, así como en los sistemas totalitarios que intentan lograr que no haya disidencia de ninguna manera.
Por aquí debemos de empezar: para que haya una auténtica democracia, no es necesario ni imprescindible una completa unidad entre la ciudadanía. Precisamente uno de los criterios más importantes de la democracia es que podemos funcionar aún sin concordar en todo, porque precisamente la democracia nos daría la mecánica para resolver pacíficamente nuestras diferencias de opinión. Y eso requiere unidad en cuanto a unos pocos conceptos básicos, y un respeto profundo por las diferencias en todos los demás aspectos. Y, por supuesto, otro concepto básico es que necesitamos construir un método de toma de decisiones sociales que permita a la ciudadanía operar, con la base de que nunca lograremos total unanimidad.
En nuestra situación actual no estamos encontrando en el país verdaderas acciones para construir un consenso en los puntos básicos de la vida democrática. Hay muchos, en todos los bandos políticos, dedicados con singular alegría a fomentar y promover la división. Los pocos que tratan de promover la unidad no pasan de dar sermones, más o menos piadosos, sobre las ventajas de la unidad, pero sin ofrecer propuestas concretas.
Más allá de la prédica, podría haber algunos caminos para enfrentar esta siembra de la guerra civil que estamos presenciando. Claramente, no hay soluciones fáciles ni mucho menos rápidas. Después de muchas décadas de estar tratando de dividir a los mexicanos, para muchos no hay otro camino más que convencer a otros de sus puntos de vista y, además, de arrinconar a quienes piensan diferente para expulsarlos de la vida pública, o al menos neutralizarlos.
Tendríamos que aprender a diferir, a debatir y también a acordar. Por lo que ve uno en la vida política, en los medios y en la conversación diaria entre los ciudadanos, no hemos aprendido a diferir sin ponerle una carga de violencia a nuestros argumentos. Nuestras argumentaciones casi siempre van acompañadas de insultos, descalificaciones, negaciones y la imposibilidad de que otro pudiera tener, al menos parcialmente, algo de razón. Creemos que el debate se gana cuando hemos aplastado al contrincante, al que opina diferente de nosotros.
Y esta carga violenta se magnifica, sobre todo, cuando viene de las autoridades. En muchas ocasiones nuestros mandatarios no se ponen en el papel de quienes deben equilibrar las diferencias de opiniones y lograr el mayor acuerdo posible. Probablemente encontremos aquí un paralelo en la definición de lo que significa la ley. Algunos definen la ley como el conjunto mínimo de regulaciones para la convivencia de la sociedad. Una buena legislación no trata de cubrir todos los casos posibles, no trata de dar todas las soluciones, sólo trata de cubrir lo necesario para que haya acuerdos en la sociedad. Y son precisamente esos mínimos, no sólo en lo legal sino también en lo social, lo político y lo económico a lo que debemos de aspirar. Así debería ser el rol de nuestros mandatarios.
Hay que crear, por otro lado, los mecanismos necesarios para que cuando se presente un conflicto entre los derechos y deberes, así como con esos mínimos necesarios para la convivencia, deberá haber mecanismos para resolver esas diferencias. Lo cual no es fácil de lograr, pero es fundamental.
Podríamos aprender de un ejemplo, ya un poco antiguo, de lo que ocurrió cuando en España, después de un régimen autoritario que duró algunas décadas, se dio el cambio democrático. Para que ese pacto funcionara, se buscó incluir a todos los sectores políticos y sociales, con una amnistía amplísima para aquellos grupos políticos que se les consideraba fuera de la ley, y se creó un conjunto de criterios a los que se les llamó “los pactos de la Moncloa”. Criterios que no eran perfectos, que no cubrían todos los temas necesarios, pero que permitieron avanzar en el camino de pasar de un sistema autoritario a un sistema democrático.
No tuvimos nada parecido en nuestra transición democrática en el año 2000, no lo tenemos en este momento, cuando una parte importante de la población votó por una transformación, y claramente ahí estamos atorados. Y me temo que, dados los argumentos que se escuchan de las diferentes facciones políticas, no veremos esto antes de las elecciones del 2024. Ojalá esté equivocado. Pero si logramos construir esos criterios mínimos en torno a los cuales haya unidad y que nos permitan administrar las discrepancias en la mayoría de los temas, aunque todo eso nos lleve del 2024 al 2030, habremos hecho una buena tarea.
Antonio Maza Pereda