Un espacio para reflexionar sobre las consecuencias de largo plazo de las decisiones de las administraciones públicas, privadas y sociales. Su enfoque es mayormente estratégico, y su método es el de las proyecciones de tipo cualitativo, con los criterios de la creación de escenarios. Su ambición es la de ir más allá de la exposición y ser un espacio libre de discusión de los interesados en este tema.
¿Porqué Cuenta Larga?
¿Porqué cuenta Larga? Los mayas tuvieron dos maneras de llevar el calendario: la cuenta corta (el año o tun) y la cuenta larga, de 144,000 días, el baktun, equivalente a 395 años y medio, aproximadamente.
Las organizaciones deberían tomar en cuenta esta filosofía. Hay decisiones de corto plazo (Cuenta Corta) y de largo plazo (Cuenta Larga). Este blog está orientado a las situaciones de largo plazo y su influencia en las organizaciones
viernes, 25 de septiembre de 2026
¿Y la ONU?
Está por cumplir 81 años la Organización de las Naciones Unidas, creada al terminar la Segunda Guerra Mundial con un propósito central: mantener la paz y la seguridad internacionales. Ocho décadas después, y ante conflictos que no logra detener, la pregunta resulta inevitable: ¿la ONU todavía puede cumplir esa misión?
No todo ha sido negativo, pero las críticas tampoco han venido de un solo lado. Durante décadas, sectores de izquierda cuestionaron al FMI y al Banco Mundial por las condiciones impuestas a países en desarrollo y los costos sociales de sus programas de ajuste. Desde posiciones de derecha, las críticas se han dirigido con frecuencia a la UNESCO y a su intervención en asuntos educativos, culturales y de valores que consideran competencia de cada sociedad. Unos han acusado al sistema de imponer políticas económicas; otros, de imponer visiones culturales. Cuando las críticas llegan desde posiciones tan distintas, vale la pena preguntarse si el problema no es más profundo que una orientación ideológica.
El mundo que enfrenta tampoco es el de 1945. A las guerras entre países se han sumado conflictos librados por terceros, terrorismo, crimen transnacional, desplazamientos masivos y una creciente presión ambiental. Son problemas que atraviesan fronteras y exigen cooperación internacional. Justamente aquello para lo que debería servir una organización como la ONU.
Sin embargo, cuando los intereses de las grandes potencias entran en conflicto, la organización se paraliza. No se trata solamente del secretario general. António Guterres está por concluir dos periodos al frente de la organización, pero ningún secretario general puede superar una estructura en la que cinco países —Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido— conservan el derecho de veto en el Consejo de Seguridad.
Ahí está el problema de fondo. La ONU fue creada con la distribución del poder que dejó la Segunda Guerra Mundial. Ochenta años después, el mundo cambió profundamente, pero su estructura fundamental no.
Su presencia continúa siendo importante en muchos terrenos. Pero en aquello para lo que fue creada —preservar la paz y la seguridad internacionales— demasiadas veces termina convertida en espectadora: condena, exhorta y lamenta mientras las guerras continúan. Una organización internacional no puede detener todos los conflictos, pero tampoco puede acostumbrarse a explicar por qué no puede hacer nada frente a ellos.
Por eso no basta con cambiar de secretario general. Se requiere una reforma más profunda, especialmente de los mecanismos mediante los cuales se toman o bloquean las decisiones. La paradoja es evidente: quienes tendrían que aceptar esa reforma son precisamente quienes poseen el poder de impedirla.
Refundarla significaría revisar quién tiene asiento permanente en el Consejo de Seguridad, dar mayor representación a regiones que hoy pesan mucho más que en 1945 y, sobre todo, replantear un derecho de veto que permite a una sola potencia paralizar decisiones frente a conflictos que afectan a millones de personas. La pregunta es sencilla: ¿puede una organización diseñada con el equilibrio de poder de 1945 seguir funcionando con las mismas reglas en el siglo XXI?
La elección del próximo secretario general muestra esa contradicción. El Consejo de Seguridad debe recomendar una candidatura a la Asamblea General y cualquiera de sus cinco miembros permanentes puede bloquearla. El sistema empuja así hacia alguien aceptable para todos: no necesariamente quien proponga la transformación más ambiciosa, sino quien pueda superar todos los vetos.
En la contienda actual destaca Rebeca Grynspan, exvicepresidenta de Costa Rica y secretaria general de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo. Si fuera elegida, sería la primera mujer en ocupar la Secretaría General en la historia de Naciones Unidas.
Pero el nombre importa menos que la estructura que heredará. La ONU enfrenta enormes desafíos con mecanismos diseñados hace más de ocho décadas. Cambiar a quien ocupa la Secretaría General puede ayudar. Pensar que eso será suficiente sería engañarnos.
¿Se puede recuperar la ONU sin cambiarla de fondo? Difícilmente.
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