¿Porqué Cuenta Larga?

¿Porqué cuenta Larga? Los mayas tuvieron dos maneras de llevar el calendario: la cuenta corta (el año o tun) y la cuenta larga, de 144,000 días, el baktun, equivalente a 395 años y medio, aproximadamente.

Las organizaciones deberían tomar en cuenta esta filosofía. Hay decisiones de corto plazo (Cuenta Corta) y de largo plazo (Cuenta Larga). Este blog está orientado a las situaciones de largo plazo y su influencia en las organizaciones
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viernes, 20 de mayo de 2022

Las universidades incómodas

 



Empiezo por decir que soy egresado de la UNAM. Le debo en muchos aspectos, no sólo el académico sino también en mi proceso de entender otras regiones del país y otras clases sociales con los que no había yo tenido contacto. En la UNAM aprendí de excelentes maestros, los que crearon las capacidades más importantes que necesitaba el país. Además, aprendí mucho y sigo aprendiendo de excelentes compañeros, con los que tengo una amistad de varias décadas y a los que tengo un agradecimiento que nunca será suficiente. Lo digo porque reconozco que no puedo ser imparcial cuando se trata de la UNAM. Así que le pido, estimable lectora o lector que lo tomen en cuenta al leer estas líneas.

No cabe duda de que, en este país, como en otros muchos, las universidades siempre tienen algo de incómodas. En parte porque cuestionan la así llamada “sabiduría popular”, en parte también por la real o aparente soberbia de profesores y académicos, que se perciben superiores a la mayoría de la población por otras razones.

En particular, en nuestro país, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) ha sido tradicionalmente la universidad más incómoda para las autoridades de este país. Nacida de una confrontación fortísima entre el Gobierno y los profesores, así como los estudiantes de esta, su autonomía no fue el resultado de una concesión del sistema: le fue arrancada por la fuerza al Gobierno de la Revolución.

Desde entonces todos los gobiernos han tratado de influir o manipular de alguna manera a la UNAM. Los métodos han sido muy diversos: desde el reclutamiento de alumnos para participar en el partido en el poder, hasta los intentos de manipulación de la Junta de Gobierno y del Consejo universitario para imponer o al menos dar su anuencia al nombramiento de un rector. Muchos de los movimientos universitarios han tenido como objeto la destitución de algún rector o, en algunos casos, este ha sido el precio que han para tenido que pagar los rectores que no han podido resolver los problemas de los movimientos estudiantiles o que no han seguido los dictados de las autoridades.

El hecho es que La UNAM ha sido la proverbial “piedra en el zapato” para los gobernantes de este país. Sin embargo, éstos han tenido mucho cuidado no mostrar públicamente interés por controlar a la UNAM. Lo que no quiere decir que no lo hayan intentado, pero nunca de una manera abierta.

Esto ha cambiado con la 4T.  Muy al principio de esta administración hubo un diferendo importante entre el presidente de la República y el rector de la UNAM, porque este no acepto algunos criterios que esperaba el señor presidente que se incorporarán en la UNAM. En los últimos días, en cambio, ha habido un extrañamiento importante de Andrés Manuel hacia la UNAM. Le acusa de no tener suficiente conciencia social y de no haber colaborado de manera importante en la atención a la población en el caso del COVID-19. La UNAM responde en un documento citando las indicaciones de la Secretaría de Salud sobre la participación de los estudiantes en los hospitales. Indicaciones que fueron aceptadas por la UNAM, por diversas razones que expresa en ese mencionado documento.[1]

Cabría preguntar si otras universidades hicieron algo diferente. Que yo sepa, y estoy dispuesto a que me corrijan públicamente, todas las universidades siguieron las mismas indicaciones. También es cierto que la UNAM tuvo participación de otros modos, sobre todo en la Ciudad de México.

¿Será acaso que este extrañamiento a la UNAM se da en el ambiente de rechazo a la contratación de médicos cubanos? Porque el argumento es que no tenemos suficientes especialistas y que los egresados de las escuelas de Medicina no quieren ir a las zonas marginadas del país. Lo cual indicaría que no están siendo formados con una conciencia social. Y, como muestra, la mayor de las escuelas de Medicina, precisamente la Facultad de Medicina de la UNAM, es señalada como formadora de médicos faltos de conciencia social.

Creo que esta podría ser la razón, pero reconozco que no le veo fruto a este enfrentamiento. La UNAM y sus centenares de miles de egresados en todo el país, han mostrado su rechazo a esta acusación. Con lo cual, previsiblemente, la UNAM será cada vez más una molestia. ¿Hasta dónde llegará este diferendo? ¿Será que el propósito final, en una carambola de 3 bandas, el de reducir el ámbito de la autonomía a nuestra máxima casa de estudios? Espero que no. Todo país, y en particular este país, necesitamos una conciencia cívica. Necesitamos de universidades auténticamente autónomas. El sujetar a la UNAM al arbitrio de los grupos políticos en el poder, no presagia nada bueno.

 Antonio Maza Pereda



[1] https://www.dgcs.unam.mx/boletin/bdboletin/2022_401.html

viernes, 14 de enero de 2022

Tendencias al 2022

Esta es la época del año donde adivinos, Think Tanks, influencers, consultores, expertos y hasta analistas políticos se dedican a decirle a la población qué es lo que debemos de esperar para este año. Todo un tema. Yo en lo personal no me atrevo a pronosticar ni siquiera las próximas cuatro semanas, mucho menos lo que va a ocurrir en este año. Y no me arriesgo a pronosticar qué ocurrirá dentro de mi casa, no digamos en el país o en el mundo. Pero no cabe duda de que muchos les gusta el papel de los modernos Nostradamus. Un papel lucidor, sin duda alguna.

De manera que parto de decir que no sé qué va a pasar. Tal vez podría decir algo de lo que es posible que pase, que son 2 cosas muy diferentes. En todo caso, hay algo de ilusión en esto de saber cómo vendrán las cosas para este próximo 2022. Lo que sí podemos es decir qué opciones hay de manera que podamos tener lo que algunos le llaman un plan alternativo o, en términos empresariales, lo que se llama un plan B.

Si regresamos al inicio del año 2020, recordaremos que ninguno de los llamados futurólogos supuso, ni siquiera lejanamente, lo que iba a pasar en ese año. Se sabía desde los últimos días del 2019 que en una región poco conocida de China estaba empezando una enfermedad rara. Nadie le daba mucha importancia: de China hemos recibido enfermedades como la gripe aviar, la gripe porcina y algunas otras enfermedades. Pero nadie se imaginó lo contagioso de esta enfermedad ni la mortandad que el COVID 19 traería a la humanidad.

Casi 2 años después, ahora tenemos más variantes de la enfermedad original. Lo que empezó de manera local, se ha convertido en la pandemia más mortífera de las últimas décadas. Y, como hace 100 años, no hemos podido dominar plenamente este mal. No cabe duda de que se han estado dando palos de ciego, en buena parte porque todavía no sabemos tanto como a veces nos gusta creer. Muchas de las recetas que se recomendaron a la población en el principio, demostraron ser poco eficaces. Se propusieron medidas que se anunciaron como fundamentales, como por ejemplo la limpieza de las suelas con tapetes desinfectantes o esterilizar las superficies, que han demostrado ser poco útiles. Y no es de extrañarse: se estaban aplicando medidas preventivas a enfermedades que se tratan de manera diferente.

Ahora, al empezar del 2022, hay quien habla del “COVISito” y minimiza el impacto de esta variante Ómicron. Sin embargo, muchos señalan que esta variante es mucho más infecciosa. Por poner algunos ejemplos, en los primeros días de este año se triplicó el número de enfermos en el estado de Veracruz. Lo cual de alguna manera era de esperarse: las festividades navideñas y de fin de año continuaron e incluso se hicieron con mayor intensidad que en el final del año 2020. Pero además también es cierto que se está midiendo mucho más a los presuntos enfermos. de manera que no es de extrañarse que los números hayan aumentado.

En uno de los chats inteligentes, que los hay y mucho más de lo que nos imaginamos, alguien nos hacía reflexionar sobre cuál era la situación en junio y julio del 2020, cuando la discusión no era cuántos se enfermaban, sino la escasez de respiradores para poder atender a los enfermos graves y la dificultad para conseguir tanques de oxígeno. Temas de los que ahora no estamos hablando, y esperamos que no se den.

No es que podamos cantar victoria. De hecho, sería peligrosísimo hacerlo. Pero ya tenemos vacunas razonablemente eficaces, tal vez no tanto como lo quisiéramos, y también ya se anuncian y se han aprobado en algunos países terapias para curar a los ya infectados. Son muy pocas las enfermedades que hemos logrado vencer definitivamente. Probablemente tendremos que aprender a convivir con esta enfermedad, cómo convivimos con enfermedades como la malaria, la influenza, el dengue y el paludismo. Porque no hay muchas enfermedades a las que de veras hemos vencido. Tal vez se podía hablar de la poliomielitis, así como de la viruela negra, y no tenemos una total certeza de que efectivamente ya estén erradicadas.

Lo que muy probablemente tengamos todavía por mucho tiempo son las consecuencias sociales y económicas de la pandemia. El deterioro de ramas completas de la economía, el desempleo poco visible, debido al apoyo de las redes familiares son algunos ejemplos. Asuntos que, seguramente, estarán por ahí bastante tiempo. Necesitaremos construir nuevas opciones, nuevas soluciones, y aceptar que no habrá un regreso rápido a las situaciones del 2019, que tampoco eran tan maravillosas.

Antonio Maza Pereda

viernes, 5 de noviembre de 2021

El bono de la pandemia

 



En algunas situaciones se habla de un bono, que obtienen las naciones por las circunstancias en las que viven. Un ejemplo es el bono demográfico que, se dice, México debe de tratar de aprovechar. Este bono consiste en que, a pesar de muchas décadas de insistencia por limitar el crecimiento de la población, en México todavía se tiene una estructura demográfica mucho más joven que la que tienen la mayoría de los países desarrollados. Y esto, que en un principio se consideró como un problema, ahora se considera como un bono. Un beneficio que nos permite tener ventaja frente a otras naciones que sí siguieron al pie de la letra el llamado a limitar el crecimiento de la población.

En una circunstancia totalmente diferente, ahora podemos hablar del bono de la pandemia. Un bono que algunas sociedades podrían aprovechar. Tal vez sea demasiado pronto para evaluar dicho bono.  De hecho, en comparación con otras pandemias, algunas de las cuales han durado hasta un siglo, esta es una pandemia relativamente breve. O eso esperamos. Sin embargo, sí se puede especular con bastantes bases respecto a los cambios sociales que nos está trayendo el aislamiento que la pandemia nos ha impuesto.

A riesgo de no ser exhaustivo, se me ocurren algunos cambios sociales que ya están ocurriendo:

·       Una austeridad un tanto forzada, impuesta por el aislamiento. La mayoría de la clase media ha reducido sus gastos, se ha alejado de su proverbial consumismo, algunos por la reducción de sus ingresos y otros simplemente por el hecho de que al visitar menos al comercio se ha reducido su gasto. Alguna parte de la clase media, sobre todo aquella que todavía tiene ingresos gracias a que puede trabajar remotamente, se ha dedicado a reducir sus deudas. Y la mejor prueba de ello es la insistencia de los bancos por ofrecer tarjetas de crédito con mejores condiciones, en una campaña que ya resulta un tanto pesada. Claramente, a los bancos no les conviene que la clase media les deba menos. Su negocio consiste precisamente en lograr que la mayor parte de sus cuentahabientes vivan en un nivel de endeudamiento que sea un buen negocio para los bancos sin que signifique que el deudor se arruine. Un equilibrio difícil, pero que muchos bancos han logrado dominar.

·       Cuidado de la salud. El temor a los contagios debidos al COVID 19 ha creado una serie de costumbres sanitarias que pueden aplicarse también a otras enfermedades. Muchos médicos, en particular los médicos pediatras, reportan un descenso importante en las enfermedades de la infancia. Habrá que ver si esta reducción se mantiene, una vez que los críos regresen a clases presenciales, o no. Sin duda las familias están tomando bastante en serio estos cuidados, No son ni con mucho la totalidad, pero sí tienen el impacto suficiente como para reducir las posibilidades de contagio de estas enfermedades por las que antes muchísimos infantes pasaban. Y no sólo ellos: los adultos, muchos de ellos justamente atemorizados por la situación de la pandemia, están tomando más en serio su cuidado personal. Obviamente, no se trata de la mayoría, pero son los suficientes como para tener un impacto en la salud pública.

·       Las familias, que en muchísimos casos tenían una preocupación por la educación de sus hijos, pero sin una participación en un tema que es su derecho y su responsabilidad, se han visto obligados a tener una participación mucho más activa en su educación. Claro, aquellos que tienen la posibilidad de una educación a distancia. Pero aún en aquellos que sólo tuvieron acceso a la educación por medio de la televisión abierta, se vieron obligados a participar en educación de sus hijos de una manera mucho más directa, por el hecho de que los niños por sí solos no podían tener suficiente capacitación como para aprovechar ese medio. Y el resultado es que muchos se dieron cuenta de que el nivel de enseñanza que se recibe en las escuelas mexicanas dista mucho de ser el óptimo. Las informaciones periodísticas sobre el bajo nivel educativo en México tuvieron muy baja penetración. Pero al tener que participar padres y madres de familia apoyando a sus hijos en la educación a distancia, se dieron cuenta tanto del escaso nivel que estaban adquiriendo sus hijos como, dolorosamente, de su escasa capacidad para poder apoyar a sus hijos en ese tema.

·       La sociedad mexicana, clara y justamente apreciada por su solidaridad, sobre todo en las tragedias, está entrando con un nuevo nivel. No sólo el apoyo en casos de crisis, sino el concepto de más largo plazo, de un soporte de manera permanente. Apoyos para despensas, a organizaciones de la sociedad civil que aportan  a causas de diversos tipos, organizaciones informales que se comunican a través de las redes sociales para proyectos muy puntuales, muy en pequeño, pero que antes no se organizaban para apoyar a sus conciudadanos. Y, curiosamente, en muchos casos no esperan a que el Gobierno haga deducibles sus donativos para decidirse a contribuir.

·       El interés por los asuntos políticos y sociales, que tradicionalmente han sido poco apreciados y atendidos por el grueso de la población, ha crecido de una manera importante. Y este interés no ha sido fomentado por la clase política tradicional: se trata de un nuevo fenómeno, en parte impulsado por las redes sociales, por el mayor acceso a la información, y posiblemente por el descontento por el desempeño con buena parte de la clase política.

·       Finalmente, un pequeño pero interesante crecimiento en la expresión de conceptos religiosos. Tal vez por el miedo como diría algún marxista, tal vez por el agradecimiento de haber salvado algunas situaciones difíciles, pero ya es notable en algunos ambientes  que las expresiones religiosas, que en otro momento se consideraron como de mal gusto, están dándose cada vez con mayor libertad.

¿Serán duraderos estos cambios? Es muy difícil decirlo. Los cambios sociales no ocurren tan rápidamente: con frecuencia se tardan décadas para que un cambio social se consolide. Pero, por otro lado, esta pandemia viene en un momento particular de la historia, en el cual tenemos un nivel de comunicación mucho más extenso y mucho más actualizado de lo que tuvimos en ninguna época de la humanidad. Y eso podría acelerar este cambio.

Podría ocurrir que una situación que dure entre 5 y 10 años provoque cambios permanentes. Pero sólo el futuro nos lo dirá. Bien puede ser que, una vez vencida la pandemia, la sociedad vuelva a sus costumbres anteriores. Se dice, y creo que es cierto, que la pandemia ha descubierto temas negativos que no se trataban, ha hecho visibles situaciones que anteriormente se ignoraban. Pero también es cierto que la propia pandemia ha puesto de relieve situaciones sociales muy positivas de las que no teníamos conciencia. Ojalá podamos aprovechar este bono que la situación nos ha dado.

Antonio Maza Pereda

viernes, 29 de octubre de 2021

Ancianos y COVID-19

 

Para todos es bastante claro que, por lo menos en nuestro país, a los ancianos se les dio un tratamiento preferencial en el aspecto de la vacunación para prevenir su contagio por el COVID-19. Y para ello había razones: el tema de que son más vulnerables por su edad y por el hecho de que, teniendo otros padecimientos, es más probable que su contagio sea grave. Y la población, en general, acepto con gusto. Las ventajas, por supuesto, era reducir la progresión de la pandemia y desahogar los servicios de terapia intensiva como la llamada intubación. En términos generales, los jóvenes y los adultos aceptaron esto que en otras circunstancias podría haberse sentido como  una imposición. Incluso por el hecho de que, por regla general, los adultos mayores ya contribuyen poco en los aspectos económicos a la sociedad.

Recientemente estuve en una cola de un hospital público, donde una buena cantidad de derechohabientes estaban  en la calle, antes de la salida del Sol, esperando para entrar a recibir un servicio de laboratorio clínico. La cola era relativamente larga y todos trataban de guardar más o menos la distancia prescrita. En medio del silencio de los que estaban esperando llegó un taxi que se estaciono en la parte más cercana a la puerta.  El conductor se bajó y ayudó a un adulto bastante mayor a bajar del automóvil. Lo acercó a la banqueta, le ayudó a subir a la misma, y se retiró. El anciano pregunto a los que hacían cola por donde había que formarse y de inmediato los que estaban cercanos a él le hicieron hueco. Alguno le dijo a los demás que estaban esperando, si aceptaban que se le dejara entrar, con lo todos que estuvieron de acuerdo, y el anciano tuvo un lugar. Casi inmediatamente una señora encontró en algún sitio un banco, lo ofreció al anciano, y una joven fue hasta la puerta del hospital y regresó con una silla de ruedas para que el anciano pudiera estar más cómodo. Todo esto, sin protestas, sin enojos, con la aceptación de todos los que estaban en el lugar. Lo cual no es algo común, pero nos muestra cómo la pandemia, que ha descubierto muchas carencias, ha dado visibilidad a los mejores sentimientos de la población. Algunos minutos después llegó una joven, evidentemente familiar del anciano, y se hizo cargo de él. Pero ya había sido cobijado y apoyado por una serie de desconocidos, sin relación con él, y que se ocuparon de ayudarlo.

Independientemente de estas situaciones, hay un tema de salud mental del cual se ha hablado relativamente poco. El confinamiento ha separado muchas veces al anciano de sus familiares, sobre todo en las primeras etapas de la pandemia. Lo cual vino a agravar el tema de soledad que enfrenta la gente de la tercera edad. Varios de ellos resintieron fuertemente el que se les separara de los hijos y de los nietos, sobre todo en los casos de aquellos ancianos que viven solos. Pero aún en los que viven en una familia extensa, acostumbrados a tener muchas veces una “soledad en compañía”, sintieron que el hecho de que toda la familia estuviera reunida durante todas las horas hábiles reducía el tiempo que podían tener para compartir con hijos y nietos.

¿Cuáles son las consecuencias médicas de este aislamiento? ¿De qué manera se deteriora la salud mental del adulto mayor qué resiente un mayor grado de aislamiento que el que de por sí estaba padeciendo debido a su edad? Es claro que en nuestra sociedad el adulto mayor se siente cada vez más inútil, cada vez menos necesario, cada vez menos apreciado. Que reciban las vacunas antes, obviamente tiene un aspecto positivo. Pero también es cierto que, normalmente, el adulto mayor tiene menor contacto con hijos y nietos. Aun cuando puede aprovechar las ventajas de la tecnología que le permite tener algún contacto, aunque no sea igual de satisfactorio. Ventajas que los adultos mayores están adoptado con singular alegría. Encontramos abuelas que son unas verdaderas tigresas del WhatsApp y del Zoom. Pero los abrazos y besos, los efectos del contacto físico no están ahí. ¿Cómo podemos suplir esa carencia del adulto mayor?

Estamos viviendo, en opinión de pensadores muy apreciados, la llamada cultura del descarte, que empieza en parte por un consumismo que lleva a sus víctimas a descartar una parte importante de sus propiedades, simplemente por razones de novedad o de moda, y que se ha ido trasladando a otros segmentos de la sociedad: a los pobres, a los que tienen alguna discapacidad, incluso los que tienen un origen racial diferente, y con mucha frecuencia a los ancianos. Una cultura que desecha a todos aquellos que por diversas razones no pueden aportar lo mismo que lo que aporta la parte mayoritaria de la población. Y, en el extremo, incluye también descartar a los niños, naturalmente incapaces de aportar a la economía de la sociedad y que son muchas veces vistos como una carga. Con todas las consecuencias de esta manera de pensar.

El tema no es simple. Poner la economía en primer lugar, como ocurre en muchas tendencias políticas tanto de derecha como de izquierda, está teniendo consecuencias desastrosas, al considerar que los que tienen menos que aportar deben ser desechados, descartados, discriminados. Finalmente, una sociedad bien constituida, tiene claro que una parte de la sociedad, los adultos, se tienen que hacer cargo del apoyo a los niños, a los ancianos, a los pobres y a los discapacitados. La solución fácil es descartar a todos aquellos que no generan ingresos económicos similares a los que puede aportar la mayoría. Lo difícil es encontrar en nuestros corazones la compasión, en el buen sentido del término, para rechazar esa cultura del descarte y adoptar una cultura de solidaridad hacia todos.

Antonio Maza Pereda

 

jueves, 26 de agosto de 2021

Hay que encontrar al culpable

 Uno de los rasgos característicos de nuestra cultura nacional, es el deseo de encontrar culpables, para cualquier desgracia o dificultad que tenemos. Para cada problema, debe haber un culpable, alguien específico, a quien podamos castigar. No aceptamos que, para muchos problemas, todos compartimos una parte de la culpa. No: nosotros, la sociedad, nunca somos los culpables. Siempre hay alguien, el proverbial “extraño enemigo” (el Masiosare) que tiene la culpa de nuestras penurias.

Y no siempre es por un afán de justicia, de auténtica justicia. Muchas veces se trata solo de un “desquite”. Como aquella frase de nuestros ancestros: “No quiero saber quien me la hizo, quiero saber quien me la paga”. Aunque no sea el verdadero culpable. De ahí la prospera industria de la fabricación de culpables, que hizo tristemente celebres a los “judiciales” y que tanto trabajo sigue costando eliminar.  Sí, tenemos verdaderos expertos en la creación de “chivos expiatorios”.

Claro, esta lacra es más visible entre las facciones políticas, expertas en asignar culpas a los opositores de turno. Pero, desgraciadamente esta costumbre está presente muchas veces desde la familia. Empezando por los alegatos de los niños: “Yo no fui, fue mi hermano, fue mi primo. Ellos empezaron”. Y, cuando oye uno a los políticos, nos parece haber vuelto a esos días infantiles de las acusaciones mutuas.

Claro, ante una tragedia mundial, como la actual pandemia, la construcción de culpables está a todo lo que da. No solo basta con encontrar imprudencias: estamos buscando el dolo. Por supuesto, el villano favorito es quien está a cargo de las instituciones. Pero, para defenderse, muchas veces también ellos culpan a médicos, personal de salud, fabricantes de medicamentos, organismos técnicos y quien se nos ocurra la semana próxima.

No quiero decir que no haya habido fallas. O imprudencias. Pero no reconocemos que estamos ante una situación inédita y que, por más que nos guste creer que ya la humanidad tiene todas las respuestas, la verdad es que desconocemos todavía muchísimo. Hace menos de dos años que sabemos del COVID 19 y, la verdad, todavía no lo entendemos bien. Tenemos explicaciones provisionales sobre el modo como se contagia. Y, con ese conocimiento limitado, recomendamos acciones que creemos que funcionarán. Pero, la verdad, ni nuestro país ni los países con alto nivel tecnológico y médico, tienen respuestas infalibles. Solo hay que ver los problemas y las recaídas que han tenido esos países, a pesar de su alto nivel de conocimiento. ¿Qué podemos esperar de un país, como el nuestro, donde se invierte cada vez menos en educación e investigación pura y aplicada?

Lo cual tampoco es motivo para no tomar medidas. Aunque sean medidas provisionales, lo prudente es ponerlas en práctica. Como las vacunas, por ejemplo, que tienen aprobaciones provisionales, temporales, pero que no podemos dar el lujo de esperar varios años hasta tener aprobaciones definitivas. Hay que usarlas ya.

Finalmente, esta costumbre de encontrar culpables se está dando en las familias. He visto casos donde en una familia tienen la trágica situación de caer enfermos de COVID 19 y donde sus miembros se empeñan en acusaciones mutuas. “La culpa la tiene Juanito”, “No, Pedro fue muy imprudente”, “Lo que pasa es que no se cuidan”, “Eso pasa por no vacunarse” y otras frases por el estilo. Como si todos fuéramos expertos en prevención de enfermedades. La verdad, como si no bastara la tragedia y el temor, nos dedicamos a culpabilizar a los enfermos y a los que los cuidaron. Conozco casos muy graves donde el enfermo, que ha quedado con severas secuelas, tiene que además que cargar con el sentimiento de culpa por haber sido, supuestamente, el que llevó la enfermedad a la familia. Pero no hay certeza de que los aparentemente sanos, no hayan sido asintomáticos y sean los que verdaderamente transmitieron la infección a la familia. No necesariamente el primero con síntomas fue el que contagió a los demás.

Ojalá no me vea en ese caso. No sé cómo reaccionaría. Pero creo que, por esta vez, todos debemos cuidar nuestras reacciones y evitar esas acusaciones que, al parecer, se ven justificadas pero no lo son. Por el bien de todos. 

 

Antonio Maza Pereda