¿Porqué Cuenta Larga?

¿Porqué cuenta Larga? Los mayas tuvieron dos maneras de llevar el calendario: la cuenta corta (el año o tun) y la cuenta larga, de 144,000 días, el baktun, equivalente a 395 años y medio, aproximadamente.

Las organizaciones deberían tomar en cuenta esta filosofía. Hay decisiones de corto plazo (Cuenta Corta) y de largo plazo (Cuenta Larga). Este blog está orientado a las situaciones de largo plazo y su influencia en las organizaciones
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viernes, 11 de febrero de 2022

La educación en lo importante

No siempre es claro tener definido qué cosa es la educación. Con frecuencia la confundimos con instrucción e incluso con un conjunto de reglas de convivencia.  Por ejemplo, cuando decimos que una persona es bien educada, es alguien que en todo tiempo tiene presente las reglas de cortesía. Lo cual no siempre es cierto: muchas veces conocemos personas muy instruidas y que sin embargo son todo menos corteses. Su instrucción se basa fundamentalmente en lo técnico y no necesariamente en otras capacidades humanas.

Muchos dicen, y posiblemente tengan razón, que se nos ha perdido el concepto de lo importante. Y no es culpa de la gente: hemos vivido un cambio radical en los valores y en la manera de comportarnos. No tenemos acuerdo en aquello que es importante. Podríamos comentar algunos ejemplos: Acuerdo si la educación debe cumplir únicamente los requerimientos para un trabajo básico, si es lo necesario para progresar económica y socialmente, o al menos lo necesario para convivir en sociedad y para cumplir con nuestras obligaciones ciudadanas. Y mientras no tengamos un acuerdo respecto al alcance de lo que significa una educación en lo importante, o si lo quiere usted ver así, qué es lo importante en la educación, claramente seguiremos teniendo desacuerdos en este campo.

¿Será posible recuperar los mecanismos en el pasado permitía educar en lo importante? ¿Medios como las costumbres, tradiciones, la presión social, las prácticas familiares, el papel de los abuelos y el recuerdo de bisabuelos y tatarabuelos, por ejemplo?

Claramente hay una necesidad de recuperar la educación en lo importante. Valorar y tener acuerdos sobre el criterio de importancia, el manejo de conflictos, la lógica natural también conocida como el sentido común. y también otros tipos de criterios, no necesariamente fruto de la lógica. Criterios para definir lo importante, por ejemplo, ¿siguen teniendo vigencia actualmente, como tuvieron durante milenios en la historia de la humanidad?

Y esto, de por sí complejo, se nos ha complicado aún más por el efecto de la pandemia en que vivimos. Cuando miles de millones de seres humanos no están pudiendo tener los niveles de educación que, buenos o malos, teníamos antes de la pandemia. Cuando ya temíamos que mucho de lo que se enseña en las escuelas, manejaba muy ligeramente temas como la educación en la salud, las capacidades de análisis y de síntesis, el manejo del pensamiento crítico y del sentido común, la inteligencia emocional y otros muchos temas. Mientras se sobrecargaba a los alumnos con una serie de conocimientos poco útiles para su vida diaria y se estaba omitiendo lo que muchos consideran la habilidad más importante en los próximos siglos: la habilidad de aprender a aprender, sin seguir insistiendo en los sistemas basados en aprender memorizando.

Es un tema que da para rato. Sin embargo, no es una preocupación para la mayoría; estamos bastante cómodos con nuestra manera de educar en lo importante. O como diría una minoría, deseducar. Porque para algunos el tener criterios relativamente homogéneos de aquello que es importante, es percibido como una especie de tiranía. ¿Qué hacer? Lograr este tipo de acuerdos no será fácil ni rápido.

 Llevamos siglos de una revolución cultural no anunciada, no reconocida ampliamente y donde se nos ha convencido de que todo tiempo futuro será mejor. Creemos que todo lo pasado es desechable y no estamos logrando lo que la humanidad ha desarrollado: la habilidad de crecer apoyándose en nuestros conocimientos anteriores, ver la realidad subidos en los hombros de gigantes como dijo Newton, entendiendo por ello el conocimiento acumulado en la historia de la humanidad. No, no será fácil. Razón de más para empezar pronto.

 

Antonio Maza Pereda

viernes, 14 de enero de 2022

Tendencias al 2022

Esta es la época del año donde adivinos, Think Tanks, influencers, consultores, expertos y hasta analistas políticos se dedican a decirle a la población qué es lo que debemos de esperar para este año. Todo un tema. Yo en lo personal no me atrevo a pronosticar ni siquiera las próximas cuatro semanas, mucho menos lo que va a ocurrir en este año. Y no me arriesgo a pronosticar qué ocurrirá dentro de mi casa, no digamos en el país o en el mundo. Pero no cabe duda de que muchos les gusta el papel de los modernos Nostradamus. Un papel lucidor, sin duda alguna.

De manera que parto de decir que no sé qué va a pasar. Tal vez podría decir algo de lo que es posible que pase, que son 2 cosas muy diferentes. En todo caso, hay algo de ilusión en esto de saber cómo vendrán las cosas para este próximo 2022. Lo que sí podemos es decir qué opciones hay de manera que podamos tener lo que algunos le llaman un plan alternativo o, en términos empresariales, lo que se llama un plan B.

Si regresamos al inicio del año 2020, recordaremos que ninguno de los llamados futurólogos supuso, ni siquiera lejanamente, lo que iba a pasar en ese año. Se sabía desde los últimos días del 2019 que en una región poco conocida de China estaba empezando una enfermedad rara. Nadie le daba mucha importancia: de China hemos recibido enfermedades como la gripe aviar, la gripe porcina y algunas otras enfermedades. Pero nadie se imaginó lo contagioso de esta enfermedad ni la mortandad que el COVID 19 traería a la humanidad.

Casi 2 años después, ahora tenemos más variantes de la enfermedad original. Lo que empezó de manera local, se ha convertido en la pandemia más mortífera de las últimas décadas. Y, como hace 100 años, no hemos podido dominar plenamente este mal. No cabe duda de que se han estado dando palos de ciego, en buena parte porque todavía no sabemos tanto como a veces nos gusta creer. Muchas de las recetas que se recomendaron a la población en el principio, demostraron ser poco eficaces. Se propusieron medidas que se anunciaron como fundamentales, como por ejemplo la limpieza de las suelas con tapetes desinfectantes o esterilizar las superficies, que han demostrado ser poco útiles. Y no es de extrañarse: se estaban aplicando medidas preventivas a enfermedades que se tratan de manera diferente.

Ahora, al empezar del 2022, hay quien habla del “COVISito” y minimiza el impacto de esta variante Ómicron. Sin embargo, muchos señalan que esta variante es mucho más infecciosa. Por poner algunos ejemplos, en los primeros días de este año se triplicó el número de enfermos en el estado de Veracruz. Lo cual de alguna manera era de esperarse: las festividades navideñas y de fin de año continuaron e incluso se hicieron con mayor intensidad que en el final del año 2020. Pero además también es cierto que se está midiendo mucho más a los presuntos enfermos. de manera que no es de extrañarse que los números hayan aumentado.

En uno de los chats inteligentes, que los hay y mucho más de lo que nos imaginamos, alguien nos hacía reflexionar sobre cuál era la situación en junio y julio del 2020, cuando la discusión no era cuántos se enfermaban, sino la escasez de respiradores para poder atender a los enfermos graves y la dificultad para conseguir tanques de oxígeno. Temas de los que ahora no estamos hablando, y esperamos que no se den.

No es que podamos cantar victoria. De hecho, sería peligrosísimo hacerlo. Pero ya tenemos vacunas razonablemente eficaces, tal vez no tanto como lo quisiéramos, y también ya se anuncian y se han aprobado en algunos países terapias para curar a los ya infectados. Son muy pocas las enfermedades que hemos logrado vencer definitivamente. Probablemente tendremos que aprender a convivir con esta enfermedad, cómo convivimos con enfermedades como la malaria, la influenza, el dengue y el paludismo. Porque no hay muchas enfermedades a las que de veras hemos vencido. Tal vez se podía hablar de la poliomielitis, así como de la viruela negra, y no tenemos una total certeza de que efectivamente ya estén erradicadas.

Lo que muy probablemente tengamos todavía por mucho tiempo son las consecuencias sociales y económicas de la pandemia. El deterioro de ramas completas de la economía, el desempleo poco visible, debido al apoyo de las redes familiares son algunos ejemplos. Asuntos que, seguramente, estarán por ahí bastante tiempo. Necesitaremos construir nuevas opciones, nuevas soluciones, y aceptar que no habrá un regreso rápido a las situaciones del 2019, que tampoco eran tan maravillosas.

Antonio Maza Pereda

viernes, 5 de noviembre de 2021

El bono de la pandemia

 



En algunas situaciones se habla de un bono, que obtienen las naciones por las circunstancias en las que viven. Un ejemplo es el bono demográfico que, se dice, México debe de tratar de aprovechar. Este bono consiste en que, a pesar de muchas décadas de insistencia por limitar el crecimiento de la población, en México todavía se tiene una estructura demográfica mucho más joven que la que tienen la mayoría de los países desarrollados. Y esto, que en un principio se consideró como un problema, ahora se considera como un bono. Un beneficio que nos permite tener ventaja frente a otras naciones que sí siguieron al pie de la letra el llamado a limitar el crecimiento de la población.

En una circunstancia totalmente diferente, ahora podemos hablar del bono de la pandemia. Un bono que algunas sociedades podrían aprovechar. Tal vez sea demasiado pronto para evaluar dicho bono.  De hecho, en comparación con otras pandemias, algunas de las cuales han durado hasta un siglo, esta es una pandemia relativamente breve. O eso esperamos. Sin embargo, sí se puede especular con bastantes bases respecto a los cambios sociales que nos está trayendo el aislamiento que la pandemia nos ha impuesto.

A riesgo de no ser exhaustivo, se me ocurren algunos cambios sociales que ya están ocurriendo:

·       Una austeridad un tanto forzada, impuesta por el aislamiento. La mayoría de la clase media ha reducido sus gastos, se ha alejado de su proverbial consumismo, algunos por la reducción de sus ingresos y otros simplemente por el hecho de que al visitar menos al comercio se ha reducido su gasto. Alguna parte de la clase media, sobre todo aquella que todavía tiene ingresos gracias a que puede trabajar remotamente, se ha dedicado a reducir sus deudas. Y la mejor prueba de ello es la insistencia de los bancos por ofrecer tarjetas de crédito con mejores condiciones, en una campaña que ya resulta un tanto pesada. Claramente, a los bancos no les conviene que la clase media les deba menos. Su negocio consiste precisamente en lograr que la mayor parte de sus cuentahabientes vivan en un nivel de endeudamiento que sea un buen negocio para los bancos sin que signifique que el deudor se arruine. Un equilibrio difícil, pero que muchos bancos han logrado dominar.

·       Cuidado de la salud. El temor a los contagios debidos al COVID 19 ha creado una serie de costumbres sanitarias que pueden aplicarse también a otras enfermedades. Muchos médicos, en particular los médicos pediatras, reportan un descenso importante en las enfermedades de la infancia. Habrá que ver si esta reducción se mantiene, una vez que los críos regresen a clases presenciales, o no. Sin duda las familias están tomando bastante en serio estos cuidados, No son ni con mucho la totalidad, pero sí tienen el impacto suficiente como para reducir las posibilidades de contagio de estas enfermedades por las que antes muchísimos infantes pasaban. Y no sólo ellos: los adultos, muchos de ellos justamente atemorizados por la situación de la pandemia, están tomando más en serio su cuidado personal. Obviamente, no se trata de la mayoría, pero son los suficientes como para tener un impacto en la salud pública.

·       Las familias, que en muchísimos casos tenían una preocupación por la educación de sus hijos, pero sin una participación en un tema que es su derecho y su responsabilidad, se han visto obligados a tener una participación mucho más activa en su educación. Claro, aquellos que tienen la posibilidad de una educación a distancia. Pero aún en aquellos que sólo tuvieron acceso a la educación por medio de la televisión abierta, se vieron obligados a participar en educación de sus hijos de una manera mucho más directa, por el hecho de que los niños por sí solos no podían tener suficiente capacitación como para aprovechar ese medio. Y el resultado es que muchos se dieron cuenta de que el nivel de enseñanza que se recibe en las escuelas mexicanas dista mucho de ser el óptimo. Las informaciones periodísticas sobre el bajo nivel educativo en México tuvieron muy baja penetración. Pero al tener que participar padres y madres de familia apoyando a sus hijos en la educación a distancia, se dieron cuenta tanto del escaso nivel que estaban adquiriendo sus hijos como, dolorosamente, de su escasa capacidad para poder apoyar a sus hijos en ese tema.

·       La sociedad mexicana, clara y justamente apreciada por su solidaridad, sobre todo en las tragedias, está entrando con un nuevo nivel. No sólo el apoyo en casos de crisis, sino el concepto de más largo plazo, de un soporte de manera permanente. Apoyos para despensas, a organizaciones de la sociedad civil que aportan  a causas de diversos tipos, organizaciones informales que se comunican a través de las redes sociales para proyectos muy puntuales, muy en pequeño, pero que antes no se organizaban para apoyar a sus conciudadanos. Y, curiosamente, en muchos casos no esperan a que el Gobierno haga deducibles sus donativos para decidirse a contribuir.

·       El interés por los asuntos políticos y sociales, que tradicionalmente han sido poco apreciados y atendidos por el grueso de la población, ha crecido de una manera importante. Y este interés no ha sido fomentado por la clase política tradicional: se trata de un nuevo fenómeno, en parte impulsado por las redes sociales, por el mayor acceso a la información, y posiblemente por el descontento por el desempeño con buena parte de la clase política.

·       Finalmente, un pequeño pero interesante crecimiento en la expresión de conceptos religiosos. Tal vez por el miedo como diría algún marxista, tal vez por el agradecimiento de haber salvado algunas situaciones difíciles, pero ya es notable en algunos ambientes  que las expresiones religiosas, que en otro momento se consideraron como de mal gusto, están dándose cada vez con mayor libertad.

¿Serán duraderos estos cambios? Es muy difícil decirlo. Los cambios sociales no ocurren tan rápidamente: con frecuencia se tardan décadas para que un cambio social se consolide. Pero, por otro lado, esta pandemia viene en un momento particular de la historia, en el cual tenemos un nivel de comunicación mucho más extenso y mucho más actualizado de lo que tuvimos en ninguna época de la humanidad. Y eso podría acelerar este cambio.

Podría ocurrir que una situación que dure entre 5 y 10 años provoque cambios permanentes. Pero sólo el futuro nos lo dirá. Bien puede ser que, una vez vencida la pandemia, la sociedad vuelva a sus costumbres anteriores. Se dice, y creo que es cierto, que la pandemia ha descubierto temas negativos que no se trataban, ha hecho visibles situaciones que anteriormente se ignoraban. Pero también es cierto que la propia pandemia ha puesto de relieve situaciones sociales muy positivas de las que no teníamos conciencia. Ojalá podamos aprovechar este bono que la situación nos ha dado.

Antonio Maza Pereda

viernes, 3 de septiembre de 2021

Regreso a clases: de nuevo a la anormalidad.

 Empezando el nuevo año escolar, nos embarcamos en la aventura de un regreso presencial a las clases de los niños, adolescentes y adultos en todos los niveles educativos. Hay razones, pero también se reconoce que hay riesgos. Riesgos sanitarios, riesgos por el deterioro de las instalaciones escolares, por el atraso qué ha ocurrido en estos 17 meses de reclusión debido a la pandemia. Sí, esto se reconoce. Y desde la más alta tribuna de la nación. el Ejecutivo Federal ha dicho que es necesario tomar riesgos. Vale la pena, sin embargo, entender qué se gana y qué se arriesga con este regreso a clases. Un regreso que, en opinión de muchos, no ha sido suficientemente preparado. Pero no es únicamente decir si debemos de regresar o no. Tal vez la pregunta más importante es: ¿A qué vamos a regresar? Vamos a regresar a una situación de una grave anormalidad. Porque la normalidad no se mide solo por la asistencia presencial. El nivel de preparación del alumnado que egrese de las escuelas debería ser el indicador real de la normalidad a la que debemos aspirar.

Este regreso a las clases presenciales en un esquema híbrido, combinando actividades presenciales con actividades remotas en donde esto sea posible, responde a necesidades de una gran parte de la población. Y sin duda a necesidades del Gobierno y de la Sociedad. Una buena cantidad de familias tiene la necesidad de poder regresar a tener los tiempos necesarios para hacer sus actividades económicas. Dado que en la mayoría de los hogares mexicanos se puede funcionar gracias a que hay dos ingresos, el hecho de tener a los niños en casa hace muy difícil recuperar ese nivel económico. Lo cual no es algo indiferente: si las familias no tienen el ingreso que tenían antes del 2020, es extraordinariamente difícil lograr una recuperación económica sustancial. Y si no hay una recuperación económica adecuada, los ingresos de los gobiernos en los tres niveles también se reducen, con lo que los programas gubernamentales, principalmente aquellos que requieren inversión y gasto social, se verán severamente afectados.

Pero hay otras necesidades que tomar en cuenta. Principalmente el atraso en la educación de los menores. Pero también el impacto emocional de niños inmersos en familias tóxicas y sujetos a diversos tipos de violencia, desde los grados menores como puede ser la famosa “ley del hielo”, pasando por la verbal, la física, la psicológica y hasta la sexual. En condiciones de confinamiento, muchos menores son sujetos a toda clase de riesgos. Y aunque la inmensa mayoría de las familias hacen su mejor esfuerzo por sus hijos, es un hecho qué se necesita reducir al máximo esos posibles riesgos.

Y, por supuesto, está el hecho de que en la mayoría de las escuelas públicas y en muchos casos las privadas, no hay las condiciones para poder garantizar que no aumenten los contagios entre los menores. Sí, se han creado comités en las escuelas, se han desarrollado la mejor manera posible los protocolos para atender esos riesgos sanitarios, pero hay que reconocer que los riesgos no ocurren solo en la escuela y que los que ocurren en el transporte público no están siendo tomados en cuenta para proteger a la inmensa mayoría de los niños, que no tienen manera de transportarse de modo que estén protegidos.

Hablaba yo del regreso a la anormalidad. Una anormalidad que no nos resulta clara No es normal que México esté en un lugar muy bajo en las evaluaciones internacionales en temas de Lectura, Matemáticas y Ciencias. Materias en las que estamos muy por debajo del promedio de la OECD. Y es de esperarse que, en las próximas evaluaciones internacionales, no se verá una mejora sustancial. En parte por razones económicas: en los países desarrollados la inmensa mayoría de las familias tienen conexión muy razonable al internet de manera que pudieron tener clases remotas, tal vez no en un nivel óptimo, pero sí mucho mejor que el que tuvieron la mayoría de las familias mexicanas, que hicieron lo mejor posible con las clases a través de la televisión, usando en el mejor de los casos, sus teléfonos para poder tener algún acceso adicional a las clases.

Nuestras las autoridades educativas no han mencionado ningún plan para recuperar 17 meses de educación deficiente. No se trata de regresar al ya de por sí deficiente nivel que teníamos antes de la pandemia. Es cierto que se va a necesitar un esfuerzo mayúsculo de profesores y familias. Hay que reconocer que ya han hecho grandes esfuerzos, pero estos esfuerzos tendrán que continuar por un tiempo importante.

De manera que lo necesario será construir una nueva situación. No podemos conformarnos con que el regreso a la educación formal nos deje en los mismos niveles de insuficiencia que teníamos antes de la pandemia. No podemos seguir aceptando que el criterio sea que los alumnos “pasen de año”. Lo que necesitamos es que los alumnos estén verdaderamente capacitados para poder llevar a cabo las tareas que nos están imponiendo, no los sistemas políticos capitalistas o socialistas, sino la propia explosión del conocimiento que estamos presenciando en todo el mundo. Todos los especialistas en la educación están de acuerdo: la capacidad más importante que debe adquirir nuestra población, y en particular los menores, es aquella de aprender a aprender con una gran eficiencia.

Sí, estamos tomando riesgos importantes. Sí, estamos en un crecimiento del número de contagiados, aunque es posible que es porque en los últimos meses ha aumentado muy sustancialmente el número de análisis que se han hecho. Algunas familias decidieron esperar algunas semanas para ver cuáles son los resultados de los contagios, en aquellos alumnos que estén regresando a clases presenciales. No tendría nada de raro que en algunos lugares habrá que suspender este regreso. Pero esto es a corto plazo. Importante, pero no suficiente. A largo plazo hay que lograr las condiciones necesarias para recuperar el rezago por la pandemia y el otro rezago mucho mayor que hemos venido arrastrando por décadas.

Antonio Maza Pereda

jueves, 26 de agosto de 2021

Hay que encontrar al culpable

 Uno de los rasgos característicos de nuestra cultura nacional, es el deseo de encontrar culpables, para cualquier desgracia o dificultad que tenemos. Para cada problema, debe haber un culpable, alguien específico, a quien podamos castigar. No aceptamos que, para muchos problemas, todos compartimos una parte de la culpa. No: nosotros, la sociedad, nunca somos los culpables. Siempre hay alguien, el proverbial “extraño enemigo” (el Masiosare) que tiene la culpa de nuestras penurias.

Y no siempre es por un afán de justicia, de auténtica justicia. Muchas veces se trata solo de un “desquite”. Como aquella frase de nuestros ancestros: “No quiero saber quien me la hizo, quiero saber quien me la paga”. Aunque no sea el verdadero culpable. De ahí la prospera industria de la fabricación de culpables, que hizo tristemente celebres a los “judiciales” y que tanto trabajo sigue costando eliminar.  Sí, tenemos verdaderos expertos en la creación de “chivos expiatorios”.

Claro, esta lacra es más visible entre las facciones políticas, expertas en asignar culpas a los opositores de turno. Pero, desgraciadamente esta costumbre está presente muchas veces desde la familia. Empezando por los alegatos de los niños: “Yo no fui, fue mi hermano, fue mi primo. Ellos empezaron”. Y, cuando oye uno a los políticos, nos parece haber vuelto a esos días infantiles de las acusaciones mutuas.

Claro, ante una tragedia mundial, como la actual pandemia, la construcción de culpables está a todo lo que da. No solo basta con encontrar imprudencias: estamos buscando el dolo. Por supuesto, el villano favorito es quien está a cargo de las instituciones. Pero, para defenderse, muchas veces también ellos culpan a médicos, personal de salud, fabricantes de medicamentos, organismos técnicos y quien se nos ocurra la semana próxima.

No quiero decir que no haya habido fallas. O imprudencias. Pero no reconocemos que estamos ante una situación inédita y que, por más que nos guste creer que ya la humanidad tiene todas las respuestas, la verdad es que desconocemos todavía muchísimo. Hace menos de dos años que sabemos del COVID 19 y, la verdad, todavía no lo entendemos bien. Tenemos explicaciones provisionales sobre el modo como se contagia. Y, con ese conocimiento limitado, recomendamos acciones que creemos que funcionarán. Pero, la verdad, ni nuestro país ni los países con alto nivel tecnológico y médico, tienen respuestas infalibles. Solo hay que ver los problemas y las recaídas que han tenido esos países, a pesar de su alto nivel de conocimiento. ¿Qué podemos esperar de un país, como el nuestro, donde se invierte cada vez menos en educación e investigación pura y aplicada?

Lo cual tampoco es motivo para no tomar medidas. Aunque sean medidas provisionales, lo prudente es ponerlas en práctica. Como las vacunas, por ejemplo, que tienen aprobaciones provisionales, temporales, pero que no podemos dar el lujo de esperar varios años hasta tener aprobaciones definitivas. Hay que usarlas ya.

Finalmente, esta costumbre de encontrar culpables se está dando en las familias. He visto casos donde en una familia tienen la trágica situación de caer enfermos de COVID 19 y donde sus miembros se empeñan en acusaciones mutuas. “La culpa la tiene Juanito”, “No, Pedro fue muy imprudente”, “Lo que pasa es que no se cuidan”, “Eso pasa por no vacunarse” y otras frases por el estilo. Como si todos fuéramos expertos en prevención de enfermedades. La verdad, como si no bastara la tragedia y el temor, nos dedicamos a culpabilizar a los enfermos y a los que los cuidaron. Conozco casos muy graves donde el enfermo, que ha quedado con severas secuelas, tiene que además que cargar con el sentimiento de culpa por haber sido, supuestamente, el que llevó la enfermedad a la familia. Pero no hay certeza de que los aparentemente sanos, no hayan sido asintomáticos y sean los que verdaderamente transmitieron la infección a la familia. No necesariamente el primero con síntomas fue el que contagió a los demás.

Ojalá no me vea en ese caso. No sé cómo reaccionaría. Pero creo que, por esta vez, todos debemos cuidar nuestras reacciones y evitar esas acusaciones que, al parecer, se ven justificadas pero no lo son. Por el bien de todos. 

 

Antonio Maza Pereda