¿Porqué Cuenta Larga?

¿Porqué cuenta Larga? Los mayas tuvieron dos maneras de llevar el calendario: la cuenta corta (el año o tun) y la cuenta larga, de 144,000 días, el baktun, equivalente a 395 años y medio, aproximadamente.

Las organizaciones deberían tomar en cuenta esta filosofía. Hay decisiones de corto plazo (Cuenta Corta) y de largo plazo (Cuenta Larga). Este blog está orientado a las situaciones de largo plazo y su influencia en las organizaciones
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martes, 11 de febrero de 2025

Como anillo al dedo

Hace ya algunos años, el entonces presidente Andrés Manuel, tuvo un dicho a propósito de la pandemia del coronavirus, afirmando que dicha pandemia “le venía como anillo al dedo a la 4T”. No hubo mucha explicación de lo que dijo, no hubo tampoco debate. Muy rápidamente se olvidó todo el asunto en medio del caos de descalificaciones y críticas que hubo en ese momento. Hoy nos encontramos con una situación parecida. Las acciones del señor Trump podrían ser que le vengan como anillo al dedo a la 4T. Usted se preguntaría: ¿por qué? Bueno, porque es un distractor importante. Porque ha logrado que ya no haya debate, que no se examinen temas cruciales, como la tómbola mediante la cual se eligió a los candidatos para ser jueces. O el asunto del INFONAVIT y cómo el gobierno pretende quedarse con recursos que en realidad son de los trabajadores. Y también el anuncio reciente de que, el Poder Legislativo, pretende crear treinta nuevas reformas a la Constitución. En realidad, los anuncios de Trump han tenido ese efecto: distraernos y tenernos más preocupados por los aranceles, así como por las declaraciones del señor Trump, que lo que está ocurriendo en nuestro país. Pero ha tenido otro efecto importante. Las acciones del señor Trump se han tomado como un motivo para llamar a la unidad a los mexicanos. En primer lugar, para recuperar la unidad en la 4T, que venía ya empezando a tener problemas significativos. Con políticos de muy alto nivel atacándose entre sí. Al parecer, los políticos están convencidos de que cuando los mexicanos sentimos que alguien ataca a nuestro país, reaccionamos uniéndonos para apoyarnos los unos a los otros y para defender a nuestra nación. Lo cual no deja de ser un tanto dudoso. En nuestra historia, incluso en la historia precolombina, la norma fue una gran división entre los diferentes grupos indígenas y un historial de guerras donde unos trataban permanentemente de dominar a los otros. Por no hablar del siglo XIX, el siglo de los caudillos, como le llamó algún famoso historiador, marcado por una gran carrera, para atacar a sus contrincantes, con una gran cantidad de guerras civiles, y grupos que estaban haciendo intervenir a naciones extranjeras para qué apoyaran su causa. Y qué decir del siglo XX. De manera que es difícil demostrar que los mexicanos nos unimos ante las amenazas extranjeras, pero al menos esa parece ser la creencia de nuestros políticos mexicanos. La distracción que examinamos funciona de diferentes maneras. Por poner un ejemplo reciente, se habló de que, a nuestras aguas, llegó uno de los portaaviones más poderosos del mundo: el USS Nimitz de los EE. UU: un portaaviones con armas nucleares, propulsado por energía nuclear, y que tiene una capacidad de fuego extraordinaria. No solo en armas nucleares, sino también en las de tipo convencional. Se dijo que el mencionado portaaviones estaba entrando al mar de Cortés. Se hizo una pregunta en la mañanera del pueblo y la señora presidenta dijo que, efectivamente, el navío tenía autorización de la marina para ese viaje. El recorrido por el mar de Cortés pasa por las costas de Sinaloa y de Sonora, quedando también muy cercano a Durango: la zona de tres estados que se ha llamado el triángulo dorado, donde habitan los principales cárteles del país. Es muy difícil creer que ese portaaviones estuviera haciendo un recorrido turístico. Además de mostrar la bandera de su país, hay otras posibilidades. Por ejemplo, que estén haciendo un reconocimiento sobre el terreno con mayor detalle del que se puede obtener desde los satélites artificiales. Y también la posibilidad de tener desembarcos, para dejar suministros en sitios ocultos, para preparar un evento de guerra sintética, y eliminar a algunos de los que Trump llama “terroristas internacionales”. Pero finalmente, con toda esta distracción, el asunto se ha olvidado por completo. En otro momento se dijo que un avión de guerra norteamericano, del cual no se sabe si venía del propio portaaviones Nimitz o no, había cruzado a todo lo largo de Baja California y se pensó que era algún tipo de espionaje. Finalmente, no se ha terminado de dilucidar el asunto. No sabemos en concreto qué fue lo que pasó. Como de costumbre, por razones “de seguridad nacional”. Esto es, finalmente, lo que nos está pasando. Tenemos una competencia en los medios, donde se preocupan de lo estrambótico, de lo sensacionalista y olvidan lo demás. Y en este mismo sentido, encontramos con que las acciones del señor Trump, sean en América del Norte, sean en Europa o sean en la Franja de Gaza, tienen más interés por ser más exageradas, más raras, y esas noticias nos llevan a olvidar qué es lo que nos está ocurriendo en nuestro país. Es importante que no nos dejemos distraer tan fácilmente. Los temas relevantes que están ocurriendo en este momento en el país, no dejan de ser transcendentales por el hecho de que un extraño enemigo esté tratando de hacerle daño a nuestra nación. Y deberíamos estar permanentemente conscientes de lo que está ocurriendo. Olvidarnos del sensacionalismo. Pedir explicaciones. Nosotros, que somos los ciudadanos sin poder, no podemos dejarnos manejar fácilmente a través de medios interesados en mantenernos distraídos. Antonio Maza Pereda

lunes, 1 de julio de 2024

Debates

Como algunos, he estado proponiendo como una solución para la educación política de nuestra sociedad, y también para ayudar a la toma de decisiones en las elecciones, implementar y generalizar el uso de debates. Buenos debates, abundantes debates.  Debatir propuestas, debatir situaciones, debatir capacidades de los candidatos.

Sin embargo, al ver el triste resultado del debate en los Estados Unidos entre los dos candidatos a presidente, tal vez debería revisar mis ideas. Los resultados de ese debate fueron muy pobres. Se dedicaron básicamente a atacarse el uno al otro, incluso por temas intrascendentes, como quién jugaba mejor al golf. Como si jugar al golf, fuera una cualidad para ser presidente, o demostrase su capacidad para tomar decisiones.

Hubo, además, abundancia de noticias falsas, desgraciadamente de ambos lados. Con la idea de tratar de convencer a los que ya están convencidos de sus embustes. ¿Cuál fue la credibilidad de este tipo de declaraciones? Por ejemplo, cuando el señor Trump declaró que Estados Unidos es un país tercermundista. ¿Alguien, con un mínimo conocimiento de la economía, puede sostener esa falsedad?

¿Cómo fue la credibilidad de estos debates? Se extraña el pensamiento lógico, un análisis crítico de las situaciones. Se dedicaron básicamente a la inteligencia emocional. Con la cual es muy difícil tomar buenas decisiones. Aunque mucha gente asegura que es el modo ideal para hacerlo. No cabe duda de que buscaron manipular al auditorio, a una población que tiene dificultad para entender la lógica y que se apoyan en una visión superficial de la política.

Lo que estamos necesitando, realmente, es pensamiento crítico. Debatir debería ser un ejercicio de lógica. No un torneo de engaños. Es necesario aprender a reconocer las mentiras. ¿De qué manera? Reconocer los embustes es difícil. Tenemos pocas herramientas para hacerlo. El pensamiento crítico, sobre todo, es muy útil. Es algo que, aunque se enseña en las escuelas, sobre todo en países donde está muy arraigada la democracia, la mayoría de la población no sabe manejarlo. Desgraciadamente.

 Deberíamos de tener, frente a las declaraciones de los políticos, desconfianza. Un sano escepticismo. Creerles, hasta que nos hayan dado una demostración. Hasta que podamos decir que nos han probado sus afirmaciones. En ese tipo de debates trataron de crear impresiones, no de presentar hechos. Que es precisamente lo contrario de lo que un debate debería ser: un examen de ideas.

 Una solución a largo plazo es desarrollar en la población el modo de analizar y tener criterios de credibilidad, lo que es complicado. Algunos están proponiendo y transmitiendo análisis basados en el lenguaje no verbal. Lo cual no está mal: al analizar un debate, puede ayudar a decir quién está sorprendido, quién está angustiado, quién está dudando, y quién está mintiendo. Y eso puede ser útil. Pero, es un lenguaje que no puede ser manejado por la mayoría de la población.

Claramente, los medios tienen que jugar un papel en la credibilidad de los argumentos debatidos.  Deberían contribuir de modo importante en ese análisis. En el debate en Estados Unidos que comento, los que verdaderamente hicieron una buena tarea fueron los moderadores, que presentaron preguntas relevantes y, cuando alguno de los candidatos se estaba saliendo del tema, le decían: “Señor, le quedan tantos segundos y todavía no responde la pregunta”.  Con lo cual se manejó de una manera correcta el debate. Porque otro modo de debatir, para no contestar, es olvidarse de lo que se está debatiendo, ignorando la posición del contrincante y dedicarse a su propio rollo sin responder al otro. Que fue lo que estaban haciendo los candidatos.

Hay que hacer una campaña importante de educación, empezando posiblemente por los comunicadores, para que comprendan en dónde están las fallas y cómo tener credibilidad al debatir. Contra esto nos encontramos con que la población se ha transformado, de alguna manera, en grupos que ya tienen lo que Edward de Bono llamaba “las burbujas de lógica”: personas o grupos que creen que la verdad consiste en aceptar solo lo que confirma sus creencias, que lo lógico es solo lo que ya creen.

¿Hay que abandonar los debates? No lo creo. Hay que mejorarlos, aprender a llevarlos a cabo, sea de manera oral o por escrito, y adquirir las habilidades de pensamiento crítico. Y no perder la esperanza: los seres humanos fuimos creados con la capacidad de razonar, y podemos recuperar esa habilidad. Solo hay que alimentarla con lógica, buenos argumentos e información de calidad. Se puede. Hay que hacerlo realidad.

Antonio Maza Pereda 

lunes, 27 de febrero de 2017

¿Viene el fin del cuarto poder?


A raíz del enfrentamiento cada vez más fuerte entre el Presidente Trump y los principales medios de comunicación de Estados Unidos, se podría hablar de la declinación del llamado cuarto poder, es decir, la prensa y los medios. Pero esta declinación no empezó con el Presidente Trump y muy probablemente no terminará cuando él complete su mandato. Los medios tienen cada vez menor poder de influencia, menor viabilidad económica, y lo más importante: menor credibilidad. A corto plazo, no se ve que esta situación vaya a cambiar.

En la democracia occidental hablamos de tres poderes: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Ese esquema de tres poderes provee límites y balances que, en teoría, evitan que las democracias se vuelvan tiranías. Por otro lado, la Prensa, los Medios, al informar el desempeño de los poderes, proveen otro modo de limitar y balancear las democracias. El mecanismo es el de dar información a la ciudadanía para que puedan limitar los abusos de la clase política. De ahí que se le ha llamado el Cuarto Poder.

Por eso   las dictaduras tratan de subordinar todos los poderes a la voluntad del poder ejecutivo. Quienes hemos vivido en la dictadura perfecta, nos queda claro el concepto: una Presidencia imperial, que domina sobre el Congreso y sobre la Suprema Corte. Que domina la prensa y los medios de diversas maneras, además.

Eso, por supuesto, ha dado como resultado que en los países democráticos hay una tensión entre el ejecutivo y los medios. Y que una señal clara de dictadura es la existencia de una prensa que no difiere de la opinión de los gobernantes. Así, las naciones de la órbita soviética tenían una prensa muy domesticada. Como sigue ocurriendo en Cuba, Corea del norte y China. Como lo intenta cada vez con mayor fuerza el gobierno de Venezuela.

Ahora nos encontramos con una crisis entre el Presidente de los Estados Unidos y los medios tradicionales. El enfrentamiento va   escalando: de no responder preguntas, a expulsar algún preguntón, a prohibir algunos medios, a retrasar la entrega de información a los mismos, y últimamente a declinar la invitación tradicional a la cena anual de la asociación de reporteros de la Casa Blanca.

Por otro lado, los medios han reaccionado dejando de asistir a algunas ruedas de prensa, y llenando los espacios de noticias sobre la presidencia con múltiples maneras de alabar la verdad. Diciendo, por supuesto, que ellos son la verdad. En la versión electrónica del New York Times ahora dice en la primera línea algo similar a un brindis: algo que traducido de una manera libre podría ser algo como: “Brindo por ti, brindo por la verdad”. Y el Washington Post está publicando en las redes un anuncio casi lastimero, pidiendo que los apoyen para que pueda haber una prensa fuerte y con ello pueda haber democracia. Y para hacer fácil el asunto, ofrecen un sustancial descuento en sus cuotas de suscripción.

La verdad es que la crisis de los medios tiene muchas aristas. En otro tiempo eran la Opinión Pública, así en mayúsculas. Después empezó a cuestionar eso y se hablaba de la diferencia entre la verdadera opinión pública y la “opinión publicada”. Esto significa, por supuesto, que cada vez se confía menos en la veracidad de los medios. Pero mientras los medios tuvieron un cierto monopolio de la información, podrían ser útiles como un modo de influir en la sociedad. Pero, en un cortísimo período, la tecnología ha puesto en manos de todos los miembros de la sociedad su propio un modo de trasmitir información y de trasmitir opiniones. Sólo en México se habla de cien millones de líneas de teléfono celular; cien millones de personas que están emitiendo sus opiniones sin tomar en cuenta necesariamente las de los políticos y las de los medios. Para todo efecto práctico, ya no es posible influir de una manera tan completa sobre la sociedad.

Por otra parte, muchos medios están en una crisis económica. La fuente de sus ingresos, la publicidad, ahora se reparte entre más medios tradicionales y también en medios electrónicos. Pero los presupuestos de publicidad no han crecido en la misma proporción. La consecuencia ha sido la quiebra de varios periódicos tradicionales, situaciones económicas muy adversas como la que está pasando La Jornada y otros medios que encuentran cada vez más difícil sostenerse. Algunos han reaccionado tratando de cobrar la conexión a sus medios a través de la Redes, pero hay tal oferta de acceso gratuito en estos momentos que el público cada vez está menos dispuesto a pagar por tener acceso electrónico a periódicos y revistas. A esa    crisis económica se le agrega una crisis de credibilidad. En un estudio en 28 países, incluyendo México[1], los medios tienen menor calificación de confianza que las empresas, las ONG’s y solo arriba de los gobiernos.

El Presidente Trump habla de noticias falsificadas (fake news) y este concepto resuena con una parte importante de la sociedad estadounidense. Los ha llamado “enemigos del pueblo” y al parecer no habido muchos que se levanten a defenderlos. Pero esto no es exclusivo de la sociedad norteamericana. Ni es nuevo tampoco.

Hay otro concepto fundamental. Los medios, tradicionales o electrónicos, deberían tener en sus códigos de ética un manejo escrupuloso de la verdad. Porque hay muchas maneras de faltar a la ética. Una es distorsionar el concepto clásico de la verdad: que lo que se dice corresponda con la realidad. El modo más crudo de falsificar la verdad es deformando u ocultando los hechos. Lo cual es cada vez más difícil, en un ambiente híper-comunicado. Otro modo es negar que haya una sola verdad posible, hablando de la post verdad o de los  hechos alternativos”. Lo que en realidad está ocurriendo es que la interpretación de los hechos, que es la segunda parte del “producto” de los medios, es mucho más sujeta a discusiones. Claramente podremos encontrar un hecho que tiene una explicación única, pero a veces no. Y no es cierto que todas las posibles interpretaciones de un hecho sean válidas. Un aspecto muy delicado. Y que requiere una gran sutileza para distinguir la verdad del error.

¿Qué nos espera el futuro si continúa la decadencia de los medios tradicionales? Muy posiblemente, mayor confusión, mayor dificultad para lograr acuerdos en la sociedad, entre los mandatarios y los mandantes, entre las naciones y entre éstas con los organismos internacionales. También significa que los usuarios de los medios tendremos que aprender el difícil arte de validar la información que recibimos y su interpretación. Intoxicados por el exceso de información, podríamos ser fácil presa de demagogos y manipuladores
.
En mi opinión, la salvación de los medios esta en volver a una ética muy exigente en el aspecto de investigar, interpretar y difundir la verdad. Y también el tener un concepto de imparcialidad que les haga presentar todas las posibles interpretaciones de los hechos y dar   voz a los que difieren de su línea editorial y a los que le señalen sus fallas de información e interpretación. Veracidad e imparcialidad, fáciles de definir y no necesariamente fáciles de aplicar. Particularmente, el gran reto será convencer a la sociedad de su buena fe y de que están al servicio de todos, no solamente al de alguna ideología. Sin que ello signifique que no tengan un punto de vista, pero sin ocultar otras maneras de ver diferentes de la de su medio.

¿El fin de los Medios? No necesariamente. Pero si un cambio fundamental. Una reinvención en lo económico y posiblemente en su manera de presentar sus contenidos. El fin, posiblemente, del sensacionalismo. Un cambio de fondo de cara a la sociedad y a su derecho a la verdad. Ojalá sea para bien.



[1] http://imco.org.mx/competitividad/barometro-de-confianza-edelman-2016/

lunes, 13 de febrero de 2017

¿Qué pasó con las marchas por la Unidad?



No se les puede llamar un fracaso, pero tampoco fueron el éxito que se esperaba. ¿por qué las marchas organizadas para ser una demostración de unidad nacional no tuvieron el éxito esperado? La respuesta puede estar en el nivel de desconfianza que existe hacia el sistema en general y hacia la clase política en particular.

Los reportes han sido bastante vagos. Algunos se aventuran a decir que se reunieron 7,000 personas, otros hablan de 20,000. Pero, en todo caso, a juzgar por las fotos de la reunión, la afluencia fue mucho menor a la de la marcha del 2004 para protestar contra la violencia e incluso respecto a la marcha del Frente Nacional por la Familia, hace algunos meses en contra de los matrimonios igualitarios. ¿Qué ocurrió? ¿Qué hizo que no funcionara la amplia información y difusión que se dio a estos eventos? ¿Por qué no funcionó el poder de convocatoria de la mayor institución educativa del país, así como el de otras grandes universidades ni el de más de 80 organizaciones de distintos tipos? ¿En que fallaron los medios y la mercadotecnia?

Habría que cuestionarnos el modo como se planteó la unidad y también los orígenes de esta unidad. Porque a la ciudadanía la puede unir el miedo, el enojo, el hecho de no sentirse escuchada, el sentir que no se respeta su dignidad, y otras muchas causas. Pero debe haber algún terreno común, de otra manera esta es una unidad que dura poco, porque depende mucho de las emociones. Sí, puede ser que las manifestaciones nos sirvan para desahogarnos, pero habría que preguntar a la ciudadanía si cree que verdaderamente son efectivas. Y si no tenemos claro cuál es el motivo que nos unifica, la convocatoria se puede quedar bastante debilitada.

En el caso concreto, estamos apostando a que nos molestan las posiciones del Sr. Trump, que nos da miedo que nos devuelvan a diez millones de personas, que nos ofende  la manera como nos tratan y, tal vez en un sentido más amplio, que deseamos hacer algo contra la discriminación, el racismo, la misoginia y la xenofobia que vemos con un problema grave y no sólo para nuestro país, sino para toda la humanidad. Pero, por lo visto, a la ciudadanía no le parecieron razones suficientes.

Por otro lado, tal vez no tenemos claro la diferencia entre unidad y unanimidad. Porque no son la misma cosa. Sí, nos están pidiendo unidad en torno al Presidente de la República. Como dijo alguno, “poner en pausa nuestras diferencias” para darle a nuestro primer mandatario una posición fuerte para negociar. Pero, me temo, esto se leyó como un llamado a la unanimidad. La cual, seguramente, no es algo que estemos dispuestos a otorgar. Todos queremos seguir teniendo el derecho de opinar de manera diferente, de poder tener una mentalidad crítica, y de poner soluciones sobre la mesa.

Podemos unirnos ante el peligro y colaborar; podemos unirnos para aprovechar situaciones que convengan al país y contribuir. Pero es mucho pedir nos que todos opinemos igual, que no critiquemos, que renunciemos a nuestra individualidad. No podemos, no debemos volver a los tiempos donde nos gobernaba el “gran tlatoani” o a los tiempos donde éramos los que debíamos de “callar y obedecer”. Nos sentimos y queremos ser tratados como ciudadanos maduros, no como una masa de gente no pensante.

Por otro lado, es claro que la clase política no está entendiendo que para obtener colaboración tiene que haber confianza, que los gobernantes deben tener credibilidad frente a sus gobernados. El simplemente suspender nuestras opiniones puede ser válido en situaciones de extrema urgencia, siempre y cuando tengamos la confianza de que al terminar la emergencia nos serán devueltos nuestros derechos y se limitarán los poderes extraordinarios que asumieron los gobernantes.

Muchas pancartas en la marcha expresaban que el problema no es el Presidente Trump, sino la clase política mexicana. Lo cual nos habla de volúmenes de los motivos que hay para desconfiar. Quien tiene la confianza de la ciudadanía, puede pedir unidad. Si no le dan esa confianza, no le basta pedirla, tiene que ganársela con hechos y tiene que dar garantías de que esos hechos no son algo efímero, algo que sólo servirá para convencer a una ciudadanía que tiene a su clase política en los últimos niveles de confianza.

Tal vez sea el momento de proponer nuevos caminos para que la ciudadanía pueda verdaderamente confiar en quienes nos han defraudado por décadas y cada vez de una manera más profunda. Y ya que la clase política no ha tenido la imaginación suficiente para ofrecer propuestas convincentes para la ciudadanía, es momento de que la gente pensante de este país, las distintas organizaciones enfocadas al conocimiento y las organizaciones ciudadanas propongan caminos de acercamiento.

Sí, necesitamos unidad. Pero, pidiéndole perdón a Enrique Krauze por tomar su concepto de “democracia sin adjetivos”, aquí debemos de hablar de “unidad con adjetivos”. Necesitamos aclarar, debatir, detallar qué clase de unidad queremos, cual le vamos a pedir a la ciudadanía, como se le garantizará que ese capital político será bien empleado. Y debemos de renunciar a una unanimidad que no es deseable. Necesitamos aprender a vivir, a celebrar     y disfrutar la diversidad, verla como una riqueza y aprovecharla.

Dándole un giro laico al concepto de Agustín de Hipona, deberíamos decir: “En lo esencial, unidad; en lo demás, libertad. Y en todo, respeto.” Lo cual requiere establecer un terreno común, definir las pocas cosas son realmente esenciales y permitirnos una gran libertad para todo aquello que no es verdaderamente fundamental.


lunes, 30 de enero de 2017

Unidad Sí, cheque en blanco NO



Han sido días de una actividad frenética en los medios de comunicación tradicionales y en las redes sociales, con comentarios de todo tipo respecto a las primeras actividades y  órdenes ejecutivas del Presidente Trump. Obviamente, las que tienen que ver con México pero también las que tienen que ver con otros países.

La clase política, después de solicitar y obtener del Ejecutivo suspender la reunión entre los presidentes de los Estados Unidos y México, ha emprendido una campaña buscando la unidad en nuestra nación, como el medio de enfrentar lo que se percibe como la amenaza más importante a nuestro país en varias décadas. Este llamado ha tenido un apoyo bastante importante,

Valdría la pena, sin embargo, delimitar con cuidado que significa ese llamado a la unidad. Por desgracia, prácticamente todas las dictaduras han aprovechado momentos de crisis o de amenazas externas para solicitar, en nombre de la unidad, la limitación de las libertades civiles y políticas. No ha faltado quien ha aprovechado para posponer las elecciones, a veces de modo indefinido, con el motivo de evitar las divisiones que son inevitables en todo proceso electoral. Otros han  cancelado o limitado la libertad de expresión, con el pretexto de considerar cualquier desacuerdo como un ataque a la unidad. También es un buen motivo para evitar atender los temas que han dividido a la sociedad con la clase política; el argumento es posponerlos hasta que se haya resuelto esa amenaza.

Es obvio que tenemos una gran división en este país. Divisiones entre la ciudadanía y la clase política, principalmente, y muchas otras más. La clase política nos pide que olvidemos temporalmente, sin decir por cuanto tiempo, temas tan importantes como la corrupción, la intervención abusiva del Estado en la Economía, la violencia, las dificultades causadas por los errores en las Reformas Estructurales y otros muchos asuntos.

Es cierto que necesitamos tener unidad para enfrentar las dificultades que nos vienen desde el exterior, pero igualmente es importante sanar el rompimiento entre la sociedad y la clase política, cada vez más desprestigiada así como   con los gobiernos que de ella han emanado en todos los niveles federal, estatal y municipal.

Sí, necesitamos un pacto nacional de unidad. Unidad ante las amenazas del exterior, pero sin olvidar los asuntos pendientes en el interior ni dejar de atender las muy postergadas reivindicaciones de la ciudadanía. En otras palabras: la ciudadanía no podemos, no debemos extender a la clase política un cheque en blanco. Un “perdón y olvido”, que sólo posponga los cambios muy necesarios en nuestro país. La confianza no se obtiene mediante discursos emotivos y promesas vagas. Hemos tenido demasiadas promesas incumplidas y hemos sido decepcionados en muchas ocasiones por los oradores con brillante retórica que nos han mareado con frases bonitas.

 Hagamos formalmente un pacto de unidad. La clase política debe comprometerse a continuar resolviendo los problemas que más lastiman a la ciudadanía en nuestro camino de crecimiento democrático. También debe comprometerse a no limitar nuestras libertades ciudadanas ni a suspender el cumplimiento de las garantías que nos da la Constitución y la declaración mundial de los Derechos Humanos. Una vez teniendo este compromiso junto con una guía de ruta e indicadores de su cumplimiento, establezcamos en qué consistirán las actividades de la ciudadanía para generar unidad y que den soporte a nuestras autoridades para poder negociar desde una posición de fuerza con aquellos que están amenazando, ciertamente, a nuestra economía y a los derechos humanos de las familias de nuestros emigrantes que están allá y que quedaron acá.

Este es un momento muy complicado, de muy difícil solución y requiere también que la clase política permita la participación de la ciudadanía, de  las mejores  personas pensantes de este país. No es hora de llevarse medallas, no es hora de buscar imagen ni prestigio. Si logramos atender de una manera exitosa las amenazas que se nos presentan, será mérito de todos, sociedad y políticos. No deberá de ser un botín para las distintas formaciones electorales de cara a las elecciones del 2018. Las cuales, como otras elecciones estatales y municipales, deben ser escrupulosamente cumplidas, sin utilizar el momento crítico del país para posponer la toma de decisiones de la ciudadanía.

Si logramos atender esta situación, nuestro país, nuestra sociedad saldrá fortalecida. Todos, incluso la clase política hoy tan desprestigiada, saldremos ganando. Si atendemos el tema con mezquindad, buscando beneficios partidarios, buscando imagen y prestigio, podemos tener un retroceso en nuestro desarrollo de muchos años. La sociedad, la ciudadanía, está a la altura de este reto. ¿Lo estará a la clase política?


 

jueves, 26 de enero de 2017

Inicia la administración Trump: ¿Cómo reaccionar?


Si Usted, como muchos mexicanos y en particular políticos y empresarios, estuvieron escuchando el discurso de Trump en su toma de posesión, posiblemente le haya quedado una situación de mayor incertidumbre. Y no lo culpo.

El presidente Trump, como muchos políticos, es más claro  en cuanto a qué quiere lograr que en cuanto como lo quiere lograr, con pocas excepciones. No es fácil de entenderle, en parte porque hay bastante vaguedad y hasta contradicciones en sus  propuestas. De modo que aquí probablemente haya encontrado usted más dudas que soluciones. Pero creo que es valioso tener claras las dudas, para poder escoger cuales son los aspectos en los que debemos clarificar nuestras ideas y empezar a pensar nuestras reacciones ante este fenómeno llamado Donald Trump.

Probablemente su rasgo dominante es el aislacionismo. Un tema muy presente en los EEUU. Aunque la nación siempre ha intervenido en otras naciones, militar o comercialmente, siempre ha habido una parte importante de la población que no lo ve como algo deseable. El papel de primera potencia y gendarme del mundo, no es del gusto de todos. Ese es uno de sus mensajes fuertes: voltear hacia adentro, no ayudar a otras naciones, no contratar a extranjeros, comprar solo lo hecho en EEUU, concentrarse en su desarrollo económico, no apoyar el desarrollo de los demás.

La apertura de EEUU no ha sido necesariamente mala para ellos: es un hecho que los EEUU ha ayudado a otros, pero también que eso le ha generado mercados e influencias que le han convenido. El producir fuera de EEUU ha destruido empleos, pero ha mejorado su nivel de vida al tener productos más accesibles. Si, por poner algunos ejemplos, los estadounidenses tuvieran que comprar televisiones y smartphones hechos 100% en EEUU, ensamblados en su nación con mano de obra nacional y con componentes totalmente fabricados ahí,  sus precios estarían mucho más altos y esos productos no serían competitivos internacionalmente.

Desgraciadamente, como uno de los clientes y proveedores más importantes de EEUU, su aislacionismo nos pega directamente y de un modo relativamente rápido. Y el efecto será de largo plazo.

Ante estas actitudes del Señor Trump, hay que tener una idea clara de cómo debemos reaccionar. Hay que superar el enojo y la incertidumbre, dejar de preocuparnos y empezar a ocuparnos. No pretendo dar recetas, pero si algunos puntos para reflexionar.

Para comenzar, hay que tener claro que el Sr. Trump no acepta las reglas. En su discurso y en sus amenazas, ofrece cosas sin considerar que no tiene total libertad en un sistema de balances y límites, como es el de los EEUU. Actúa como si fuera el dueño de una empresa, que siempre tiene la última palabra. También desprecia los controles externos, como lo demostró al reconocer que evade impuestos siempre que puede evitar los problemas. Es muy probable que trate de hacer lo mismo con los controles que le intente poner el Congreso, tratará de gobernar por decreto siempre que pueda y tratará de evadir los convenios internacionales. Con las presiones que está llevando a cabo amenazando  con impuestos del 35% a nuestras exportaciones, está pasando por encima de su Congreso, quien aprueba los impuestos y también del tratado con la Organización Mundial del Comercio, en donde EEUU ha aceptado no poner barreras arancelarias. Y no le ha importado.

La mentalidad de Trump sobre la economía, es que se trata de un juego de suma cero. Para que a EEUU le vaya bien, a otros les tiene que ir mal. No entiende el concepto de sinergia que en este caso significa que si los aliados comerciales aportan sus mejores puntos fuertes, el resultado es que a ambos les irá mejor y lograrán prosperidad para todos. Por cierto que hay economistas y políticos que piensan igual que Trump. De modo que, para negociar con Trump habrá que tratar de demostrar que hay beneficio para los EEUU y no confiar en que quiera apoyar a otros. Y verá las cosas a corto plazo, no a largo plazo.

En este mismo concepto, está su enfoque sobre el empleo. Si hay desempleo en EEUU es porque se van empresas a otros países, le dice a su ciudadanía. Lo que no menciona es que EEUU tiene uno de los menores desempleos entre los países desarrollados y que la mayor parte de ese desempleo viene del impacto de la tecnología al sustituir a la mano de obra. Por eso, en este momento hay una recuperación económica, aunque débil,  sin una recuperación del empleo. Algo que ha ocurrido desde la Revolución Industrial. Pero la solución  no es detener la tecnología, sino en crear nuevos mercados.
La solución para Europa y Estados Unidos para  su desempleo y relativo estancamiento económico depende de que los países menos desarrollados crezcan y puedan ser mercados para otros países y que EEUU y Europa puedan ser más competitivos mediante desarrollar cadenas productivas con otros socios comerciales.

Para México y para otros muchos, la negociación tendrá que pasar por demostrarle el beneficio económico de colaborar con nosotros, y no será fácil. No creo que vayamos a convencerlo con manifestaciones, insultos, quebrando piñatas de Trump y mentándole la madre. Tampoco quemando banderas norteamericanas, apedreando su embajada o atacando a Wal-Mart y Starbucks. Los argumentos de lógica o de apelar a la filantropía no van a ayudar tampoco. Las amenazas, sobre todo de los países débiles, solo lograrán enfurecerlo. El único lenguaje que entiende es el de los negocios. ¿Tendrán nuestros negociadores la capacidad de demostrar con argumentos económicos y de negocios que a los EEUU les convienen ser nuestros aliados?



lunes, 26 de diciembre de 2016

2016: año de sorpresas

       

Un año curioso, el 2016. Un año de sorpresas políticas, en México y en el extranjero. Sorpresas que nos hacen comprender que las interpretaciones que hacemos de la sociedad, la política y sus procesos no son necesariamente acertadas. Y esto es muy bueno: necesitamos entendernos cada vez mejor a nosotros mismos, para poder operar  cada vez mejor en sociedad.

Este es estrictamente un artículo de  opinión y rigurosamente personal. No pretendo tener mejor interpretación que otros articulistas que tratan estos temas. Es mi visión personalísima y acepto de entrada que puede estar equivocada. Con esa advertencia, la ofrezco a su juicio y la pongo a debate, con la esperanza de que  de la discusión surja algo de luz.

La primera sorpresa fue la aceptación de la propuesta de que el Reino Unido abandone la Unión Europea, conocida como BREXIT. Los dos partidos políticos mayores apoyaron la permanencia del país en la Unión Europea, la prensa votó mayoritariamente en contra de salirse, las encuestas pronosticaban permanecerían en el tratado. Pero, por una escasa mayoría, se votó por salir. Los razonamientos, la mercadotecnia política, la influencia de la prensa y la maquinaria de los partidos no dieron el resultado que se esperaba. Y las encuestas fallaron lamentablemente.

Después, la derrota del PRI en la gran mayoría de las gubernaturas en las que compitió. También en contra de lo pronosticado por los politólogos, encuestadores y a pesar del apoyo de prensa y televisión de las localidades y en muchos casos en los medios nacionales. Tan sorpresivo que el propio partido Acción Nacional no lo podía creer. El dinero gastado en las campañas tampoco fue suficiente para convencer a la ciudadanía.

A continuación, la derrota el tratado de paz en Colombia, puesto a consulta en referéndum. Los medios, las encuestas y los expertos de nuevo fueron incapaces de pronosticar una derrota, a pesar del hecho incontrovertible de que Colombia ha sufrido muchísimo en esa que ha sido la  guerra de mayor duración en la historia de América y era de esperarse que la ciudadanía ya estuviera harta de la violencia y que aceptaría prontamente esta oportunidad de limitarla.

Y, por supuesto, el triunfo de Trump. Expertos, prensa, medios, encuestas fallaron una y otra vez para entender el mecanismo que le dio la victoria primero en el Partido Republicano y después en la contienda por la presidencia.

¿Qué pasó? Las explicaciones de comentaristas y expertos no resultan suficientes. Es importante entender por qué se dan tantas excepciones al interpretar esos temas. Los mecanismos de control y de manipulación de la ciudadanía usados por la clase política están siendo inútiles. Y, como en otros casos, la clase política no entiende que no entiende.

No por falta de explicaciones. Que hay un cambio generacional. Pero, al parecer no está operando como se esperaba. Hoy en proporción la población madura y de tercera edad sobrepasa a las nuevas generaciones en número de votantes y sienten que han sido olvidados por la clase política. Han votado en contra de Clinton en EEUU y a favor del BREXIT, en Inglaterra. En México y en Colombia no hay suficientes estadísticas para construir una interpretación en este sentido. 

Otra interpretación: el poder de influencia de los medios tradicionales es cada vez menor. Periódicos con una larga historia de “guiar· a la opinión pública”, están cerrando por tener menos y menos clientela. Su entrada a los medios modernos ha sido torpe y muchas veces contraproducente: claramente siguen sin entender que el juego es otro. Eso, sin tomar en cuenta que cada vez es más claro que no son imparciales en aspectos políticos y sociales.

Una explicación aventurada pero no depreciable: la entrada de nuevos actores en esta arena. Los grupos pro-vida y familia en EEUU y México podrían haber inclinado la balanza de forma decisiva a favor de Trump y en contra del PRI, respectivamente. La diferencia probablemente se debe a un acuerdo de estos grupos por encima de sus obvias diferencias religiosas y organizativas. Al parecer han encontrado un terreno común y mecanismos de colaboración eficaces.

En mi opinión, la explicación de fondo es el imparable desprestigio de la clase política en la mayoría de los países. Los políticos son vistos con desconfianza en el mejor de los casos y como beneficiarios de la manipulación de la democracia, en el peor de los casos. El triunfo de Trump puede deberse a que logró distanciarse de la clase política, verse como ajeno al sistema y traer ideas nuevas. Y algo así continúa  haciendo, al traer personajes “poco políticos” a su gabinete: militares, empresarios y miembros de la sociedad civil. En México es claro que los que derrotaron al PRI en diversas elecciones lo hicieron presentándose como ajenos al sistema político tradicional. Por esas razones en ambos países el dinero, la experiencia, la organización de la clase política no fue suficiente. Y en el Reino Unido, los proponentes de la salida de la Unión Europea vinieron de partidos en minoría o de las minorías de los partidos tradicionales.


Tras todo esto, en mi opinión, hay un tema muy esperanzador. La ciudadanía, al menos en parte, está cambiando para bien. Razona más, es más crítica y se da cuenta de cuando la están tratando de manipular. Y tiene medios para influir y comunicar su descontento. Las redes no solo le dan los instrumentos sino también un nuevo sentido gregario, que hace que los temas candentes se vuelvan “virales” en tiempos record. Hay en esto una gran esperanza. La ciudadanía puede recuperar su papel que nunca debió de dejar: de ser la mandante y librarse del yugo de los mandatarios. Habrá que ver si esta tendencia se continúa en 2017. Por el bien de todos, ojalá sea así.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Revelaciones del debate Clinton-Trump

                                  

El último debate de Hillary Clinton y Donald Trump, probablemente, fue el más interesante. Empujados por las preguntas del moderador, ambos trataron temas que habían evitado muy cuidadosamente. Ahora los campos están mucho más definidos y el votante de Estados Unidos tiene mejores conocimientos para elegir.

La señora Clinton había evitado definir durante los debates su postura hacia el aborto. No que fuera ningún secreto, pero no es lo mismo decirlo abiertamente en un evento que se calcula que tuvo una audiencia de 100 millones de votantes. No es casual que no lo haya abordado anteriormente, porque sabe bien que una parte importante del electorado no comparte sus puntos de vista sobre este tema. Además, al tratar de atraer a votantes tradicionalmente republicanos pero opuestos a Trump, esta posición puede provocar más abstenciones que adherentes. Y ella no se puede dar el lujo de ignorar a los indecisos ni a los republicanos descontentos.

La respuesta de Donald Trump sobre el tema del aborto fue clara, pero al mismo tiempo con una fundamentación muy débil. Atacó al aborto apoyándose en la crueldad del procedimiento de “nacimiento parcial”. Lo cual deja en el aire que la verdadera fundamentación de los oponentes al aborto es sobre el hecho de que se trata de una persona humana a la que se está suprimiendo. Si se matara al feto cuidadosamente, evitando la crueldad, de cualquier manera seguiría siendo un homicidio, de acuerdo a las creencias de los movimientos pro vida.

Era de esperarse ese tipo de respuesta por parte de la señora Clinton. En toda su trayectoria, ella se ha apoyado en el concepto de la libertad de la mujer para escoger,  como la razón para defender el aborto. Y a pocos días de haber recibido una donación importante en un homenaje por parte de la organización Planned Parenthood, era de esperarse que no cambiara de posición y que se viera obligada a renunciar a su estrategia de no mencionar su postura frente al aborto.

Más compleja fue la revelación de Donald Trump. Al decir primero que no diría si reconocería los resultados de las elecciones, y decir pocos días después que sólo las reconocerá si las gana, hizo evidente en los que muchos ya sospechaban: que no tiene una postura realmente democrática  y está aprovechando el sistema democrático para empujar una agenda autoritaria. Muy del estilo de algunos empresarios que creen que la autoridad del director general es incuestionable. Algo que muchos ya habían denunciado al observar sus actitudes y sus argumentos, pero que él  había tratado de ocultar jugando con la careta del  creyente en la democracia.

A ambos le hacen daño estas revelaciones. Por eso se habían cuidado de no dejar claras sus posiciones, sobre todo en un evento tan esencial para los votantes como son los debates. En otros campos sus posiciones eran mucho mejor conocidas. El asunto de la libertad de adquirir y portar armas de fuego, estaban claramente establecidas. Algo similar ocurrió con el comercio internacional, los tratados, el proteccionismo, los impuestos, la relación con México y otros temas más. Estas últimas revelaciones lo que hacen es dejar claro para el votante por quien va a votar.

La alternativa es, en realidad, decidir quién es el peor para el país y votar para minimizar los males que entre ambos le pueden traer. Posiblemente, la salida más lógica sería votar de manera que el Congreso pueda ser un contrapeso eficaz contra cualquiera de los dos que sean seleccionados. Esto hace la decisión mucho más compleja. El que va a votar la señora Clinton pensando que es el mal menor, debería votar por senadores y representantes que se opongan a sus posiciones y lo mismo tendrían  que hacer los que van a votar por el señor Trump pensando que es el menor de los males. Dada la situación, la abstención no es una opción, aunque el discurso de ambos candidatos pudiera inclinarlos a seguir ese camino.

La elección se decidirá mayormente mediante una decisión apoyada en la jerarquía de valores de los estadounidenses. Si se piensa que la defensa de la democracia es más importante que la defensa de los bebés no nacidos, el votante elegirá a la señora Clinton. Los que piensan que la defensa de los bebes  por nacer es más importante que la democracia, votarán por el señor Trump.
¿Por qué habría de importarnos a ustedes y a mí, amable lector? Por supuesto, por la fuerte influencia y capacidad de presión de la presidencia de los Estados Unidos hacia las autoridades mexicanas, de todos los signos políticos. Y también, de una manera mucho más cercana porque como yo, muchísimos mexicanos tenemos parientes y amigos en los Estados Unidos, algunos legales y otros ilegales.

Ojalá el electorado estadounidense tenga la sabiduría para salir de este terrible dilema en que los ha puesto la clase política. Es muy posible que no se encuentre una solución buena, y que haya que aceptar la menos mala y habrá que encontrar maneras de seguir como sociedad enfrentando los resultados de una mala decisión. A mediano y largo plazo, la solución es evitar la cómoda posición de dejar en manos de los políticos la conducción del Estado. En México, como en Estados Unidos y sospecho que en el resto del mundo, los ciudadanos tenemos que inconformarnos, formarnos, y organizarnos para diseñar nuevas maneras de participación ciudadana que eviten la dictadura de los partidos y de la clase política.