¿Porqué Cuenta Larga?

¿Porqué cuenta Larga? Los mayas tuvieron dos maneras de llevar el calendario: la cuenta corta (el año o tun) y la cuenta larga, de 144,000 días, el baktun, equivalente a 395 años y medio, aproximadamente.

Las organizaciones deberían tomar en cuenta esta filosofía. Hay decisiones de corto plazo (Cuenta Corta) y de largo plazo (Cuenta Larga). Este blog está orientado a las situaciones de largo plazo y su influencia en las organizaciones
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miércoles, 16 de julio de 2025

¿Necesitamos Comisiones de la Verdad?

La situación actual, en muchos países, es que a los ciudadanos nos han mentido, sistemáticamente, personas de la clase política o interesados en negocios particulares. Hay dos tipos de reacciones ante este asunto. Uno, es que no nos importe; que nos dé igual si nos están diciendo verdades o mentiras. Y otro, que vive parte importante de la población, quien sí quiere la verdad. Pero no cree que sea posible obtenerla o conocerla. Ante esto se ha propuesto, para casos relevantes, la creación de Comisiones de la Verdad, que ya hemos comentado en estas páginas. Hay problemas que deberían de solucionarse mediante dichas Comisiones. Uno, lograr la reconciliación nacional. Cosa particularmente difícil, cuando la clase política se ha dedicado a sembrar el odio entre la población. Además, desarrollar en la Ciudadanía un aprecio genuino por la verdad. Existen dificultades para constituirlas. Desde luego, el escepticismo: “No se va a poder”, dicen algunos. Las grandes preguntas serían: ¿Verdaderamente necesitamos la verdad? ¿Podemos vivir sin ella? ¿Hay otra opción diferente? Hay obstáculos de diferentes tipos para lograr constituir y hacer funcionar Comisiones de la Verdad. Desde luego, que haya un tema claro. No se puede hablar de esto en abstracto, hay que encontrar suficiente materia para que se pueda crear una comisión que dé resultados significativos. Los inconvenientes más importantes vienen de la clase política y sobre todo aquella parte que está gobernando en ese momento, que puede obstaculizar de una manera considerable el desarrollo de estas comisiones. La falta de información, el temor a denunciar, son aspectos que el gobierno debería de resolver. Por otro lado, está el desinterés de la ciudadanía. ¿Cómo reconocer la verdad? ¿Cómo asegurar que la Comisión maneje los hechos de una manera precisa? ¿Cómo evitar los juicios apresurados o basados en información incompleta? Este es un problema filosófico, difícil de resolver. Un político famoso, Abraham Lincoln, dio una solución interesante diciendo: “Es posible engañar a todos, por algún tiempo, y también engañar a algunos, todo el tiempo: pero no es posible engañar a todos, todo el tiempo”. Una buena idea, pero que difícilmente se puede traducir en acciones concretas. Es un acto de fe: creer que la verdad finalmente brillará y será reconocida. En cuanto a las propias comisiones, habría ciertos requerimientos para que lleguen a sus objetivos. En primer lugar, precisarlos. Si el objetivo es desprestigiar al contrincante o demostrar que un grupo de personas tiene la razón, estamos empezando mal. Lo básico, debería ser la reconciliación de la sociedad en temas cruciales. Otros requerimientos son: tener expertos que den certeza al proceso, darle seguridad a los denunciantes y evitar la participación de la clase política. Cosas que son difíciles de lograr sin apoyo del gobierno. Necesitamos un cambio fundamental. El aprecio de la verdad no se puede obtener a corto plazo. Habrá que aceptar que es un cambio difícil y lento, que no podemos esperar resultados mediante recetas rápidas y fáciles. Hay que pensar en estos y otros instrumentos, que pueden y deben estar contribuyendo a la reconciliación en una sociedad que parecería irremediablemente polarizada y construir la amistad social que tanta falta nos hace.

sábado, 12 de julio de 2025

¿Qué es la verdad?

"¿Qué es la verdad?” Dicho de Poncio Pilatos, poco antes de lavarse las manos para condenar a Jesucristo. Como si tuviéramos pocos temas para debatir, en los últimos días se ventilaron en los medios, acusaciones a un expresidente mexicano: una denuncia de empresarios israelíes en una investigación sobre asuntos de corrupción de sus empresas en el extranjero. Ahí se dijo, y hasta donde se sabe no se ha podido demostrar aún, que estos hombres de negocios habrían dado dinero al mandatario, con el objeto de que adquiriera un software para vigilar a los ciudadanos. Hay que reflexionar sobre ello y sobre el asunto, más a fondo: ¿qué es la verdad en temas de interés público? Es claro que los medios se han adelantado a dar por hecho, dichos que aún no han sido comprobados. Hay acusaciones como esas, que se dirigen periódicamente a la clase política. Vale la pena analizar esos casos. Muchos asuntos denunciados y no comprobados, sirven para impulsar la agenda de los partidos políticos. No es fácil tener una verdadera certeza en esos casos. Lo que se ha propuesto como una posible solución para asuntos complejos, como estos, es la creación de comisiones de la verdad. Eso significa establecer grupos que revisen las acusaciones, que a veces pueden tener una antigüedad importante y definir, con base en sus investigaciones, qué hay de cierto en ellas. Son agrupaciones que se dedican a analizar y llegar a una conclusión creíble para la mayoría de la ciudadanía, en los temas que se están investigando, buscando llegar hasta donde sea posible, a establecer cuál es la verdad de esos hechos. No hay escasez de temas: desde algunos tan antiguos como las matanzas de Huitzilac, pasando por el 68, por Acteal, hasta la corrupción y los desaparecidos de estos últimos tiempos. Esto ocurre, generalmente, cuando ha habido un cambio importante de gobierno. Hay casos, algunos de ellos exitosos, otros no tanto. Por ejemplo, en Sudáfrica, el resultado de las comisiones de la verdad fue exitoso. En otros: Perú, Chile, República de El Salvador, Guatemala y otros más, no lo han sido tanto. Valdría la pena pensar si esa es la solución para nuestro medio y si así podríamos llegar a tener cierta medida de concordia y darle un cierre a esta clase de problemas, por lo menos desde el punto de vista de establecer cuál fue la situación real. La dificultad que hay para enfrentar en estos casos, es el uso faccioso que podrían estar haciendo los vencedores de una contienda política, para desprestigiar a sus contrincantes. Que es lo que muchas veces se percibe. Se trata de tener certeza de que los hechos que se denuncian han sido precisos. Lo que sigue, a partir de ello, es un tema diferente. Si esto generará acusaciones o condenas, queda fuera del alcance de estas comisiones. El punto da para bastante de modo que, en otra colaboración para este medio, se profundizará un poco sobre cuáles son los obstáculos que tienen que enfrentar estas comisiones de la verdad, y cuáles son los requerimientos para su conformación, de manera que tengan credibilidad que es, probablemente, lo más importante.

lunes, 14 de agosto de 2023

Información o Confusión

 Hace algún tiempo que estamos supuestamente en la era de la información. Tenemos medios para obtener datos de una manera tan extensa como nunca antes en la historia de la humanidad. Sin embargo, para muchos lo que verdaderamente nos está ocurriendo es que estamos en la era de la confusión.  Se ha acuñado el término de infoxicación, qué quiere decir la intoxicación por exceso de información.  Tenemos muchísima información, pero pocos medios para diferenciar aquella que es válida de la que no lo es.

Para algunos es un tema puramente académico.  Sin embargo, en la vida diaria, está ocurriendo un acceso a la información que antes ni siquiera la academia tenía disponible.  La información es abundante, está disponible en tiempo real, tiene un costo mínimo y la pregunta es ¿por qué no podemos aprovecharla plenamente sin intoxicarnos?

El gran tema es la validación del información. Es difícil poder distinguir la buena información de la distorsionada. Algunos hablan del tema de la posverdad. Un asunto del que ahora se habla poco, pero que hace unos pocos años estaba muy presente en la comunicación.  Se trata, dicen algunos, de que ya no se considera posible la existencia de la verdad. Es la metástasis del relativismo, invadiendo todas las comunicaciones humanas.  Sin embargo, estrictamente no estamos teniendo ese concepto.

Se entendía que la posverdad significaba que había tantas verdades como individuos, todas ellas de igual valor. Todas esas versiones de la verdad -se decía- son igualmente válidas. Con lo cual se vuelve imposible un diálogo auténtico, porque todo el mundo se aferra a su propia versión de la verdad.  Hasta aquí, uno podría decir que esto es lo que está ocurriendo.  Hay muy pocas verdades realmente válidas, nos dicen los que proponen que ya estamos en una época así.

Sin embargo, la realidad es diferente. Se encuentra uno con que la mayor parte de la gente acepta que hay muchas verdades, pero también están plenamente convencidos de que su propia versión personal de la verdad, es la correcta. Todos los demás están equivocados. Cuando alguno nos dice: “yo tengo otros datos”, generalmente está queriendo decir que los suyos son los correctos y no los de los demás. No acepta que todas las verdades son igualmente válidas o valiosas. “Sólo la mía, sólo mis datos son los correctos”, piensan.

Las consecuencias de esta visión de la verdad, es que en la práctica es casi imposible llegar a tomar decisiones en conjunto. No se pueden tener acuerdos cuando partimos de la base de que todos los demás están equivocados y solo mi versión de la realidad, o la de aquellos a los que he logrado convencer, es la correcta.

En esas condiciones ¿a quién creer? Para algunos la respuesta es, en la práctica, creer a quien se oye con mayor frecuencia. Lo cual nos lleva  a un convencimiento que se logra según el dinero que se puede invertir en propaganda,  dónde lo que importa es que se escuche más intensamente un mensaje,  independientemente de su contenido. Y este es el quehacer de la mercadotecnia política, qué empezamos a padecer de cara a las próximas elecciones federales.

Ya no importa para muchos la solidez de los argumentos de los contendientes.  Lo importante es lograr la penetración de un mensaje, a través de una repetición incansable y que excluya la posibilidad de dedicar tiempo a los mensajes de los demás. A eso muchos mercadólogos le llaman convencimiento, aunque en la realidad no es más que tener una memorización del mensaje y recordación de quién lo difunde.

Claramente necesitamos educarnos como ciudadanos conscientes para poder hacernos una idea sobre la confiabilidad de los precandidatos y candidatos que se nos están proponiendo por las distintas fuerzas políticas.  Será un trabajo pesado.  Dedicarle tiempo y esfuerzo a oír opiniones, tener criterios para validarlas, llegar a entender quiénes son los candidatos qué más le convienen al País.  

 Tenemos ante nosotros una época de arduo trabajo ciudadano.  Captar la mayor información posible, tener razones para validar las distintas propuestas, además de tener motivos para juzgar la credibilidad de quiénes nos están ofreciendo esos planteamientos. Teniendo muy claro que nos dirán aquello que saben que queremos escuchar.  Están pagando a especialistas en política qué están revisando, hasta el último detalle, el modo como nos podrían convencer:  su imagen, las reacciones que generan su voz y la cadencia con la que nos entregan su mensaje, y mucho más.

Ante ese derroche de conocimientos y capacidades políticas, lo único que puede hacer el “ciudadano de a pie”, el “sin poder” como usted y yo, es estar lo más enterado posible,  discutir a fondo con otros “ciudadanos de a pie” la credibilidad de las propuestas y la confiabilidad de los candidatos para formar nuestra propia opinión.  Mediante lo cual podríamos estar votando en conciencia, contrastando nuestras opiniones con las de otros que no han recibido un pago por convencer a los demás,  los que no tienen nada que ganar en lo personal al convencernos.

Se va a poner interesante. El resultado de los próximos comicios dependerá en mucho de que la ciudadanía tengamos una sana desconfianza  de lo que se nos proponga, nos comuniquemos los unos con los otros y votemos  pensando en el bien mayor de la sociedad.

Antonio Maza Pereda

lunes, 27 de febrero de 2017

¿Viene el fin del cuarto poder?


A raíz del enfrentamiento cada vez más fuerte entre el Presidente Trump y los principales medios de comunicación de Estados Unidos, se podría hablar de la declinación del llamado cuarto poder, es decir, la prensa y los medios. Pero esta declinación no empezó con el Presidente Trump y muy probablemente no terminará cuando él complete su mandato. Los medios tienen cada vez menor poder de influencia, menor viabilidad económica, y lo más importante: menor credibilidad. A corto plazo, no se ve que esta situación vaya a cambiar.

En la democracia occidental hablamos de tres poderes: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Ese esquema de tres poderes provee límites y balances que, en teoría, evitan que las democracias se vuelvan tiranías. Por otro lado, la Prensa, los Medios, al informar el desempeño de los poderes, proveen otro modo de limitar y balancear las democracias. El mecanismo es el de dar información a la ciudadanía para que puedan limitar los abusos de la clase política. De ahí que se le ha llamado el Cuarto Poder.

Por eso   las dictaduras tratan de subordinar todos los poderes a la voluntad del poder ejecutivo. Quienes hemos vivido en la dictadura perfecta, nos queda claro el concepto: una Presidencia imperial, que domina sobre el Congreso y sobre la Suprema Corte. Que domina la prensa y los medios de diversas maneras, además.

Eso, por supuesto, ha dado como resultado que en los países democráticos hay una tensión entre el ejecutivo y los medios. Y que una señal clara de dictadura es la existencia de una prensa que no difiere de la opinión de los gobernantes. Así, las naciones de la órbita soviética tenían una prensa muy domesticada. Como sigue ocurriendo en Cuba, Corea del norte y China. Como lo intenta cada vez con mayor fuerza el gobierno de Venezuela.

Ahora nos encontramos con una crisis entre el Presidente de los Estados Unidos y los medios tradicionales. El enfrentamiento va   escalando: de no responder preguntas, a expulsar algún preguntón, a prohibir algunos medios, a retrasar la entrega de información a los mismos, y últimamente a declinar la invitación tradicional a la cena anual de la asociación de reporteros de la Casa Blanca.

Por otro lado, los medios han reaccionado dejando de asistir a algunas ruedas de prensa, y llenando los espacios de noticias sobre la presidencia con múltiples maneras de alabar la verdad. Diciendo, por supuesto, que ellos son la verdad. En la versión electrónica del New York Times ahora dice en la primera línea algo similar a un brindis: algo que traducido de una manera libre podría ser algo como: “Brindo por ti, brindo por la verdad”. Y el Washington Post está publicando en las redes un anuncio casi lastimero, pidiendo que los apoyen para que pueda haber una prensa fuerte y con ello pueda haber democracia. Y para hacer fácil el asunto, ofrecen un sustancial descuento en sus cuotas de suscripción.

La verdad es que la crisis de los medios tiene muchas aristas. En otro tiempo eran la Opinión Pública, así en mayúsculas. Después empezó a cuestionar eso y se hablaba de la diferencia entre la verdadera opinión pública y la “opinión publicada”. Esto significa, por supuesto, que cada vez se confía menos en la veracidad de los medios. Pero mientras los medios tuvieron un cierto monopolio de la información, podrían ser útiles como un modo de influir en la sociedad. Pero, en un cortísimo período, la tecnología ha puesto en manos de todos los miembros de la sociedad su propio un modo de trasmitir información y de trasmitir opiniones. Sólo en México se habla de cien millones de líneas de teléfono celular; cien millones de personas que están emitiendo sus opiniones sin tomar en cuenta necesariamente las de los políticos y las de los medios. Para todo efecto práctico, ya no es posible influir de una manera tan completa sobre la sociedad.

Por otra parte, muchos medios están en una crisis económica. La fuente de sus ingresos, la publicidad, ahora se reparte entre más medios tradicionales y también en medios electrónicos. Pero los presupuestos de publicidad no han crecido en la misma proporción. La consecuencia ha sido la quiebra de varios periódicos tradicionales, situaciones económicas muy adversas como la que está pasando La Jornada y otros medios que encuentran cada vez más difícil sostenerse. Algunos han reaccionado tratando de cobrar la conexión a sus medios a través de la Redes, pero hay tal oferta de acceso gratuito en estos momentos que el público cada vez está menos dispuesto a pagar por tener acceso electrónico a periódicos y revistas. A esa    crisis económica se le agrega una crisis de credibilidad. En un estudio en 28 países, incluyendo México[1], los medios tienen menor calificación de confianza que las empresas, las ONG’s y solo arriba de los gobiernos.

El Presidente Trump habla de noticias falsificadas (fake news) y este concepto resuena con una parte importante de la sociedad estadounidense. Los ha llamado “enemigos del pueblo” y al parecer no habido muchos que se levanten a defenderlos. Pero esto no es exclusivo de la sociedad norteamericana. Ni es nuevo tampoco.

Hay otro concepto fundamental. Los medios, tradicionales o electrónicos, deberían tener en sus códigos de ética un manejo escrupuloso de la verdad. Porque hay muchas maneras de faltar a la ética. Una es distorsionar el concepto clásico de la verdad: que lo que se dice corresponda con la realidad. El modo más crudo de falsificar la verdad es deformando u ocultando los hechos. Lo cual es cada vez más difícil, en un ambiente híper-comunicado. Otro modo es negar que haya una sola verdad posible, hablando de la post verdad o de los  hechos alternativos”. Lo que en realidad está ocurriendo es que la interpretación de los hechos, que es la segunda parte del “producto” de los medios, es mucho más sujeta a discusiones. Claramente podremos encontrar un hecho que tiene una explicación única, pero a veces no. Y no es cierto que todas las posibles interpretaciones de un hecho sean válidas. Un aspecto muy delicado. Y que requiere una gran sutileza para distinguir la verdad del error.

¿Qué nos espera el futuro si continúa la decadencia de los medios tradicionales? Muy posiblemente, mayor confusión, mayor dificultad para lograr acuerdos en la sociedad, entre los mandatarios y los mandantes, entre las naciones y entre éstas con los organismos internacionales. También significa que los usuarios de los medios tendremos que aprender el difícil arte de validar la información que recibimos y su interpretación. Intoxicados por el exceso de información, podríamos ser fácil presa de demagogos y manipuladores
.
En mi opinión, la salvación de los medios esta en volver a una ética muy exigente en el aspecto de investigar, interpretar y difundir la verdad. Y también el tener un concepto de imparcialidad que les haga presentar todas las posibles interpretaciones de los hechos y dar   voz a los que difieren de su línea editorial y a los que le señalen sus fallas de información e interpretación. Veracidad e imparcialidad, fáciles de definir y no necesariamente fáciles de aplicar. Particularmente, el gran reto será convencer a la sociedad de su buena fe y de que están al servicio de todos, no solamente al de alguna ideología. Sin que ello signifique que no tengan un punto de vista, pero sin ocultar otras maneras de ver diferentes de la de su medio.

¿El fin de los Medios? No necesariamente. Pero si un cambio fundamental. Una reinvención en lo económico y posiblemente en su manera de presentar sus contenidos. El fin, posiblemente, del sensacionalismo. Un cambio de fondo de cara a la sociedad y a su derecho a la verdad. Ojalá sea para bien.



[1] http://imco.org.mx/competitividad/barometro-de-confianza-edelman-2016/