¿Porqué Cuenta Larga?

¿Porqué cuenta Larga? Los mayas tuvieron dos maneras de llevar el calendario: la cuenta corta (el año o tun) y la cuenta larga, de 144,000 días, el baktun, equivalente a 395 años y medio, aproximadamente.

Las organizaciones deberían tomar en cuenta esta filosofía. Hay decisiones de corto plazo (Cuenta Corta) y de largo plazo (Cuenta Larga). Este blog está orientado a las situaciones de largo plazo y su influencia en las organizaciones
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miércoles, 29 de julio de 2026

¿Necesitamos nuevos partidos?

En las últimas semanas se aprobó la creación de dos nuevos partidos políticos federales: el Partido de la Paz y Somos México. Ambos están formados por ciudadanos que ya militaban en otros partidos, lo cual puede leerse como un síntoma de vitalidad política o como un simple reparto de poder. Pero los partidos no crean la democracia: son los ciudadanos quienes la construyen. Somos México reúne a experredistas y a independientes que se organizaron en la llamada Marea Rosa, movimiento que logró manifestaciones de peso; sus dirigentes provienen del PRD. El Partido de la Paz, por su parte, viene del Partido Encuentro Social, que desapareció por falta de adherentes y ahora busca reinsertarse en la política nacional. Ambos partidos apuestan a capitalizar el descontento con las opciones actuales, viendo en las elecciones de 2027 y 2028 la oportunidad de atraer tanto a quienes rechazan al partido en el poder como a quienes desconfían de la oposición actual. Una consecuencia posible es que los núcleos duros de los partidos existentes se fragmenten y se reacomoden sin que la clase polItica crezca. La otra —probablemente la que buscan estos nuevos partidos— es atraer a ciudadanos que hoy no participan, pero que tienen inquietudes políticas o sociales y esperan partidos genuinamente distintos. Existe el temor de que estas opciones terminen pareciéndose a lo que vivimos durante la dictadura perfecta: partidos satélites del PRI que daban la apariencia de democracia sin serlo. Ese es el riesgo. Otro temor es la ingobernabilidad por exceso de partidos, pero la experiencia internacional no lo respalda. Italia tiene hoy 40 partidos en el Parlamento y al menos otros 60 a nivel local. Desde 1948 ha tenido 68 gobiernos, con una duración promedio de un año y dos meses, sin que eso se traduzca en inestabilidad: cuenta con un buen servicio civil de carrera, y los cambios de gobierno no causan mayores daños. El problema de fondo es si realmente necesitamos nuevos partidos. Si son solo ediciones parciales del sistema actual, es difícil creer que un cambio de siglas produzca una mejora real. Pero si lo que están provocando es la incorporación de nuevos ciudadanos a la vida pública, el resultado puede ser positivo. No necesitamos nuevos partidos: necesitamos nuevos ciudadanos interesados en la cosa pública, con ideas y propuestas, con una manera distinta de ver al País. Todos los partidos, sin importar su éxito o su representación en el gobierno, necesitan una refundación completa. Si la aparición de nuevos partidos empuja ese cambio, bienvenida sea. De lo contrario, habremos multiplicado las siglas, pero no la democracia.

viernes, 16 de enero de 2026

Reforma electoral

En este movido y muy noticioso inicio del año de 2026, se ha pasado un tanto de noche el asunto de la reforma electoral. Aparentemente, el objeto de esta propuesta es reducir los costos de una democracia que nos resulta costosa, considerando qué tan efectiva es para nosotros. Nuestra manera de elegir representa el balance de fuerzas entre la clase política y no necesariamente las necesidades de la mayoría, los que somos ciudadanos sin partido. Hay quien dice que no tendremos una democracia viable mientras en las boletas electorales no haya la posibilidad de votar por “ninguno de los nominados”. Si triunfara esa opción, los partidos estarían obligados a presentar nuevos candidatos. Ahí está el fondo del asunto. Los candidatos de los partidos políticos no necesariamente representan las necesidades de la población y muchas veces se vota por el menos malo, por el que consideramos el mal menor. El costo de elegir representantes es alto. Esto se hizo a sabiendas de que hay poderes fácticos que tienen la capacidad de influir en el gobierno. Supuestamente, también se buscaba evitar la intervención del crimen organizado en la política. Lo que ha demostrado que fue bastante inútil. Al quitar los llamados representantes plurinominales, que son representantes de las minorías, se le da una ventaja injusta al partido en el poder. ¿Cómo reducir los costos y lograr un pluralismo que permita que todas las voces sean escuchadas? Uno de los problemas no resueltos de la democracia es el tema de la tiranía de las mayorías. Estas, cuando llegan al gobierno, tienen muchas posibilidades de gobernar simplemente por la fuerza del número, sin obligación de convencer ni de demostrar. Tenemos un sistema con pocos balances y contrapesos. Una auténtica democracia tiene que dar cabida a otros modos de pensar. Gobernar para todos, dicen. Tenemos una cantidad muy importante de representantes espléndidamente pagados y que responden poco a las necesidades de la población. Si la única solución a esto es reducir el número de los representantes plurinominales, se habrá logrado un fortalecimiento de la clase política tradicional. En realidad, si se desea reducir los costos de la representación ciudadana, esa reducción debe ser pareja. Un ejemplo: ¿tenemos, realmente, necesidad de 400 diputados federales? ¿No sería suficiente para un buen debate tener 200 de ellos? Nos hace falta, además de la oposición política, una oposición ciudadana no partidizada. La reacción ha venido de los partidos satélites de la 4T: el Partido Verde Ecologista y el Partido del Trabajo, quienes resienten la reducción de financiamiento a los partidos, por un lado, y la reducción de los representantes plurinominales. La votación de esos partidos satélites les es imprescindible para la 4T para poder aprobar esta reforma. Por eso, se ha pospuesto su presentación a febrero. Tenemos un tiempo valioso para estudiar la situación y presentar propuestas alternativas. Es un momento importante para hacer oír nuestra voz. No tenemos que esperar a que se presente esta propuesta en un momento en que la atención ciudadana esté ocupada en otros temas aparentemente más urgentes. Porque de esto depende que nuestra democracia siga perfeccionándose. No hay que dejar esta modificación a los políticos. La clase política buscará, por razón natural, su beneficio. Su supervivencia es su valor supremo. Y como ciudadanos sin partido, tenemos que ver más allá de las propuestas de esa clase política.

sábado, 30 de agosto de 2025

Rendición de cuentas

Hablando de democracia, existen tres pilares para que, el gobierno verdaderamente lo sea y que este sistema funcione adecuadamente. En primer lugar, el Estado. En segundo lugar, el imperio de la ley. Y el tercero es la rendición de cuentas. Lo cual significa obligar al Estado y al Gobierno a rendir cuentas de su gestión ante aquellos quienes lo eligieron. La rendición de cuentas es una tarea pendiente en nuestro país y en muchos otros. Nunca es completa. Requiere independencia de los encargados de evaluarla. Cuando los gobiernos y los partidos políticos son los mismos que rinden cuentas y evalúan el resultado de ese desempeño, obviamente hay un conflicto de intereses. Y hace muy difícil que la rendición de cuentas sea creíble. ¿Hemos mejorado? Creo que sí. En otros tiempos hubo despidos, exilios obligatorios y ataques a personas que diferían de la visión que presentaba el Ejecutivo. Se ha intentado, por diferentes medios, mejorar la rendición de cuentas. No siempre al gusto de la ciudadanía. Por ejemplo, esa es la idea detrás de las famosas presentaciones mañaneras, donde todos los días el Ejecutivo da cuentas de diferentes aspectos de su gobierno ante un grupo de periodistas. Se puede cuestionar, y por supuesto hay que hacerlo: ¿qué tan imparciales son esos periodistas? ¿Qué tanta independencia tienen? ¿Qué tanto les presentan solamente los logros y no las dificultades? Lo cierto es que ahora se dedica más tiempo a informar sobre el gobierno. El mecanismo más completo que prevé la Ley, es el Informe presidencial. Ha tenido varios enfoques en nuestro país. Se veía, en otros tiempos, como el día del presidente, a quien se rendía homenaje. Otras veces ha sido una justificación de sus fallas y la demostración de sus logros. El problema es que, a menudo, en la presentación del informe presidencial, se presentan resultados, sin cuestionarlos, sin compararlos con una planeación. Por ejemplo: se habla de la construcción de 1500 kilómetros de carreteras. Muy bien. Es un logro. Pero la pregunta sería. ¿Eso fue lo planeado? ¿Habíamos planeado 1500 kilómetros y se lograron? ¿O habíamos planeado 3000 y hemos logrado 1500? Esa información no se presenta en los informes presidenciales. No es porque no existan planes: efectivamente, existe un plan nacional de desarrollo. El cual debería ser el marco para poder medir si este gobierno cumple sus tareas. Es importante construir una cultura de la rendición de cuentas. Para ello se necesitan algunos elementos: Un marco legal claro. Mecanismos de control independientes del ejecutivo. Transparencia en la información. La obligación de difundir esa información. Construir la participación ciudadana. Confianza, una de nuestras asignaturas pendientes. La construcción de responsabilidad de los funcionarios públicos. Agregar tecnología, conocimiento y análisis a la información que se está proveyendo. Tener evaluación y revisiones, independientes y confiables. Se necesita, como un requerimiento fundamental, que sea la propia ciudadanía quien exija esta rendición de cuentas y la valide. Mientras no pasemos del chisme, de los chistes y de los memes, el progreso de la rendición de cuentas, será lento y sujeto a retrocesos.

viernes, 18 de julio de 2025

Democracia y Demagogia

Cuando hablamos de sistemas de gobierno, en términos generales los ubicamos en sistemas de derecha o izquierda. Podemos también hablar de sistemas donde hay planeación centralizada y sistemas que dan una gran libertad de planeación, con poca intervención del gobierno. Hay otra categoría de la que poco se habla. Existen sistemas de tipo demagógico y otros que son de estilo democrático. Que ocurren tanto en gobiernos de izquierda o de derecha. En esto hay gran confusión. Los medios, en general, consideran a los sistemas demagógicos como totalmente malos, mientras que a la democracia se le considera, prácticamente de entrada, como un sistema bueno. Aclarando: un gobierno demagógico puede tener las mejores intenciones y buscar lo mejor para su pueblo. Eso no le quita lo demagógico. No es una cuestión de intenciones. Es muy raro encontrar quien, permanentemente, tenga intenciones malévolas respecto a su pueblo. Y algo parecido ocurre con las democracias, donde supuestamente todo debe ser bueno, aceptado por todos y de buena voluntad. También es cierto que hay demócratas que ejercen la llamada tiranía de las mayorías, que evitan tener controles. La diferencia está en algo más fundamental. El aspecto más importante no es si el pueblo acepta o si está feliz con un sistema. Eso no los convierte en demagógicos o democráticos. Hay ejemplos muy cercanos. Por poner uno, hubo un tiempo durante el cual, una porción relevante de la población mexicana estaba muy contenta con el sistema del PRI. Tampoco se puede medir por encuestas de popularidad. Muchos demagogos han sido y son enormemente populares. Lo fundamental es: ¿Cuál es el lugar que tiene el ciudadano en estos sistemas? En principio, si nos vamos a la etimología, la demagogia es un sistema donde un grupo conduce a los pueblos, de acuerdo con las ideas de quien los conduce. Los dirige un grupo minoritario que les dice qué debe hacerse. Y les maneja, por manipulación, por convencimiento, por presión o temor, a seguirlo de determinada manera. O por amor o conveniencia. Se le dice al pueblo por dónde se debe ir. Y eso no entra en discusión. Mientras que en la democracia es el ciudadano quien le dice al gobierno qué es lo que debe de hacer. Me dirá usted, y tendrá mucha razón: “si esto es cierto, verdaderamente hay pocas democracias auténticas”. De acuerdo con usted. Ese es el asunto. Esto se nota, sobre todo, en los grupos de tipo fascista, donde el título del dirigente tiene una connotación de conductor. Hablamos del Führer, del Duce o del Caudillo. O del “Padrecito de los pueblos”, como le decían a Stalin. Habitualmente, hay alguien que es quien dirige, quien conduce al pueblo por donde debe de ir. ¿Quién manda, el ciudadano común o el dirigente? Lo más importante es que, en los sistemas demagógicos, se está tratando al ciudadano como un menor de edad. Y no se está respetando el hecho de que todos los ciudadanos somos adultos. No se acepta que el ciudadano no requiere ser conducido, sino totalmente al revés: es la ciudadanía la que tiene que conducir al gobierno de acuerdo con sus necesidades. Amiga, amigo: verdaderamente, ¿usted siente que la clase política le trata como adulto?

viernes, 13 de diciembre de 2024

Apartidismo

De un artículo anterior, surgieron algunas preguntas de mis lectores. “¿Por qué la obstinación en el apartidismo?” "¿Por qué la insistencia en la necesidad de una oposición apartidista?” A lo cual le di una respuesta relativamente breve, diciendo que la razón de ser de los partidos, es obtener el poder para un grupo y lograr que gobierne. Pero al mismo tiempo es su mayor tentación: la corrupción. Obviamente, tuve algunas observaciones que vale la pena aclarar. Partiríamos de una cita famosa de un político inglés, del siglo XIX, Lord Acton, quien decía, y cito: “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Claramente, no es el único que ha opinado así. Se encuentran algunas citas parecidas en Maquiavelo y en Rousseau, uno de los ideólogos de la Revolución Francesa. Así como en Mijaíl Bakunin, uno de los fundadores de la corriente moderna del anarquismo. Lo que se puede criticar aquí es lo absoluto del dicho. Es decir, que no hay ninguna otra opción: que quien tiene poder absoluto, siempre se volverá absolutamente corrupto. Lo que no necesariamente ocurre. Pero también es cierto que es una gran tentación. Claramente, cuando alguien tiene el poder absoluto, es decir, un poder sin contrapesos, un poder sin frenos, verdaderamente requiere ser un verdadero santo para no abusar de ese poder. El modelo actual de nuestra democracia, no solamente en nuestro país, sino en el mundo entero, es muchas veces tener un poder concentrado en partidos políticos. Desde quien tiene un partido único, hasta quien permite cantidades inmanejables de partidos políticos. Finalmente, se busca concentrar poder, sea a través de las votaciones, o a través de alianzas. Habría que desarrollar un modelo donde el papel de los partidos fuera diferente. Donde no tuvieran que estar conectados necesariamente con el ejercicio del poder, sino solamente el de concentrar, concertar y combinar las elecciones para poder elegir a quienes deben de gobernar según la ciudadanía. Y una vez hecho esto, dejar de tener un papel en el gobierno en cualquiera de los tres poderes. Claramente, podemos pensar que esto es una utopía. Y también es cierto que es difícil lograr una reforma integral de los partidos políticos. Hay que discutir si el papel de los partidos debe ser temporal, actuando solamente mientras duren las elecciones. Tenemos que lograr tener “un piso verdaderamente parejo” para todos los participantes. Lo cual, hoy en día, cuesta mucho trabajo lograr. Los partidos existentes han estado recibiendo cantidades importantes de recursos que les han permitido desarrollar capacidades que les permiten estar en ventaja ante sus contrincantes. Para tener “un piso parejo”, habría que eliminar la posición competitiva, construida por años y décadas de estar recibiendo recursos, que les han permitido crear ventajas que son difíciles de remontar por quienes crean un nuevo partido. En esta utopía, podría pensarse en una moratoria de, por lo menos, unos cinco o diez años, durante la cual los funcionarios de administraciones anteriores a todos los niveles tendrían prohibido participar en los partidos políticos y en las elecciones. Para que no puedan aprovechar un prestigio que fue generado a través de fondos financiados por la ciudadanía y por sus impuestos. También, obligar a los partidos a cambiar de nombre, colores e imagen, porque eso ha sido resultado de una inversión que hizo la ciudadanía para permitirles operar. Y podría haber otros cambios parecidos. Pero reconozco que esto, verdaderamente, es difícil. Pero el concepto es adecuado. Deberíamos tener una idea clara de cómo se podría crear ese “piso parejo” para los partidos reformados. Se necesitaría también una auditoría ciudadana, independiente de los partidos, que se asegurara de que estas reglas se cumplan. Y, desde luego, leyes que pudieran hacerse cumplir por jueces adecuadamente preparados para ello. No es fácil, hay que reconocerlo. Hay que tratar de ver hasta dónde se puede llegar, porque esto tiene grandes dificultades. Por un lado: ¿dónde hay ciudadanos que no hayan participado en los niveles importantes de decisión de los partidos existentes, que se formen y tengan la disponibilidad para poder encauzar la democracia con nuevas instituciones? Por otro lado, que tengan conocimiento de la política y de la democracia para poder mejorarla. Habría que pensar en una transición. Es claro que no podemos aspirar a un remedio rápido, ni completo. Sería una labor de ir construyendo poco a poco lo necesario. Apostar también a la educación de la ciudadanía, para que pueda exigir, a quienes estén desarrollando esas nuevas posibilidades y a quienes los auditen, que reformen esta parte de la democracia. Finalmente, habría que confiar en que esto será posible, gracias al sentido común del votante. Creer lo que en algún momento dijo Abraham Lincoln: que “no se puede engañar a todos durante todo el tiempo”. Ese sentido común, nutrido por un conocimiento profundo de lo que significa ser ciudadano. Eso es lo que puede modificar nuestra situación. Antonio Maza Pereda

domingo, 5 de mayo de 2024

¿Derecho a marginar?

 


Se ha hablado mucho sobre la polarización que vemos en nuestro país.  Una polarización que ha venido creciendo en el último sexenio, que ya existía anteriormente, aunque no con la misma intensidad. Y conforme nos acercamos   a la elección presidencial de este año se vuelve más intensa.

 Es bastante claro que, los así llamados estrategas políticos, consideran útil y necesaria esta actividad.  En los distintos debates qué habido en las diferentes entidades del país, así como en el debate presidencial, ha sido claro que el esquema ha sido uno de atacar sin misericordia a los contrincantes.

Interesantemente, este concepto viene de la idea de que las contiendas electorales deben manejarse como una guerra y, como en todas las guerras, siempre debe haber vencedores y vencidos.  La idea es destruir al contrincante de tal manera que no pueda representar ningún peligro a futuro.

Pero, ¿es esa la idea que debe tener la democracia?  Cuando en ese sistema, lo que se busca es el bien común, el respeto a todos los ciudadanos.  Cuando un oponente hace alguna propuesta, en lugar de examinar con lógica sus argumentos, consideramos que es suficiente ponerle algún tipo de etiqueta. Por ejemplo: “Lo que pasa es que usted es parte del grupo conservador.” “Y los conservadores son los enemigos de la Patria y siempre están equivocados". ¿Se da cuenta de que no se demuestra de ninguna manera que, lo que el otro está proponiendo, contiene errores? Basta con usar la etiqueta y se considera que ya se cumplió. Y eso ocurre en todos los bandos.  Si a alguien le ponen la etiqueta de chairo, de mocho o de comunista, ya no se siente la necesidad de demostrar con lógica los errores de su argumento.

 Y esto se da en otros ambientes, no solamente en el político. Al escuchar, por ejemplo, argumentos en favor de un trato justo para las mujeres, no faltan quienes dicen: las mujeres no son buenas para los números, no son lógicas, son demasiado sentimentales, fácilmente las convencen, padecen tormentas de hormonas que les impiden tomar decisiones correctas.  Todos esos perjuicios se resumen en unas cuantas etiquetas.  Con eso hay muchos que piensan que ya rebatieron los argumentos que puedan tener las mujeres en algún tema. No examinan sus argumentos por sus propios méritos, sino tratándolos a través   de sus ideas preconcebidas.

 Ocurre en muchos otros campus.  Si quien opina es una persona de edad avanzada, dicen que seguramente está atrasado en sus ideas, posiblemente ya está en el principio del Alzheimer. Si es indígena, dicen, seguramente es perezoso y con poca imaginación.  Y así por el estilo. Detrás de todos esos supuestos modos de debatir, está el propósito de negarle validez a grandes sectores de la Sociedad. No cabe duda de que a muchos nos cuesta trabajo usar la razón.  Siempre será más cómodo usar los prejuicios.

 

Esto, que es un defecto en el trato social, tiene todavía mayor importancia en la democracia. Ahí estamos partiendo de la base de que cada persona tiene el derecho a un voto, con la misma validez que el de cualquier otro votante.  Que el tener alguna ideología, no nos da una superioridad.  Que nuestros análisis y nuestros debates deben hacerse basándose en razones, no en prejuicios, no en suposiciones arbitrarias.  Que no tenemos derecho a marginar a nadie, excepto aquellos a quienes se les nieguen los derechos políticos por haber cometido algún crimen para el cual se haya establecido este tipo de pena.

Posiblemente, uno de los motivos por los que es difícil la democracia es precisamente el que nos obligamos al dar peso a las diferentes opiniones basándonos en la lógica y en argumentos de razón. Partimos de una base de que todos los seres humanos tenemos la misma dignidad y que nuestras creencias políticas no nos hacen superiores ni nos dan la facultad de negar a los demás el derecho a opinar.

 Hemos estado viviendo una temporada de polarización, en que este principio democrático se ha ido demeritando.  No solamente estamos padeciendo de una grave violencia física.  Los centenares de miles de muertos y desaparecidos son algo terrible. La violencia intrafamiliar no se ha reducido. Pero esta situación, gravísima como es, no se compara con los millones de ciudadanos a los que se les ataca verbalmente, que sufren diariamente de violencia en las declaraciones de los distintos bandos políticos a todos los niveles, o la de millones de personas que se atacan mutuamente en las redes sociales.

Necesitamos en gran medida reconstruir la amistad social. Tener la nobleza de reconocer opiniones diferentes de la nuestra, de tener la capacidad de analizar sus argumentos sin odio, evaluándolos por sus propios méritos y reconociendo que casi en cualquier tipo de argumentación hay elementos positivos, aun en las propuestas más negativas que puedan encontrarse. Y tener la capacidad de, en lugar de señalar las fallas, proponer soluciones mejores. ¿Que soy iluso? ¿Demasiado teórico? ¿Utópico?  Bueno, me han dicho cosas peores. Y creo que a nuestra Sociedad no le está haciendo ningún bien esta polarización, esta idea de marginar a partes importantes de la ciudadanía con tal de sentir el placer de haber dejado callados a los demás.


Antonio Maza Pereda

 

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lunes, 26 de febrero de 2024

Nosotros, que somos tanto como usted…

 En la Edad Media, antes de que las monarquías se volvieran hereditarias, en el reino de Aragón los nobles, así como el alto clero y las corporaciones, hacían un juramento al nuevo rey de la siguiente manera: “Nosotros, que somos y valemos tanto como usted, pero juntos más que usted, lo hacemos Principal, Rey y Señor entre los iguales, con tal de que guarde nuestros fueros y libertades…” Una anécdota interesante, de la cual se pueden obtener algunos criterios para nuestros tiempos democráticos.

 En la democracia, podemos decir que los ciudadanos valemos y somos tanto como los gobernantes y que juntos contamos más que ellos.  Porque en la democracia cada persona vale un voto. Y también podremos decir a la nueva gobernante que, de acuerdo con nuestras costumbres democráticas, la hacemos Presidenta, Comandante Suprema de las Fuerzas Armadas, así como Jefa de Estado y de Gobierno.  También le recordaremos que tenemos derecho a exigirle que defienda a nuestra Nación, nuestras libertades y nuestras leyes.

Efectivamente, nuestro voto no es un cheque en blanco. El hecho de que hayamos elegido a nuestra Presidenta significa una apuesta a que convencerá a la Sociedad. No es un apoyo irrestricto; está sujeto a que nuestra Primera Mandataria cumpla con defender a nuestra nación, así como nuestras libertades y nuestras leyes. Y que estemos convencidos de su desempeño.

Claramente, nos encontramos en nuestra Sociedad con un amplio segmento que no cree en el significado amplio de democracia. Incrédulos, les podríamos decir. Y aun entre quienes aceptan este tipo de gobierno, la mayoría ve la democracia únicamente como un mecanismo para decidir quiénes nos han de gobernar. Pero raramente vemos a la democracia como un modo de vida. En lo político y en lo social hay muchos que aceptan la elección, pero una vez habiendo votado, no están dispuestos a aceptar la decisión de la mayoría.  Se dedican a obstaculizar al gobierno elegido democráticamente y se niegan a aceptar sus decisiones.

Este problema fue expuesto magistralmente por un periodista mexicano que usa el nombre de Catón, mediante una pequeña parábola. “Tres personas van en automóvil por un camino vecinal y al llegar a lo alto de una loma, el auto se atasca y no puede seguir. Hay dos opciones: regresarse y hacer un amplio rodeo o bajar los tres, cargar el coche por algunos pasos para poder vencer el obstáculo, y continuar.  Uno de los pasajeros se niega a apoyar a los otros, y deciden poner el asunto a votación. Ganan los dos que sí están dispuestos a cargar el auto, pero el que pierde se niega a colaborar. Con lo cual le impone su voluntad a la mayoría”.

La parábola es magnífica: si realmente tuviéramos una mentalidad democrática, estaríamos dispuestos a colaborar con quien resulte elegido, a no ser que esa persona vaya contra nuestras libertades y nuestros derechos de un modo grave. Y no por acatar al triunfador, sino por respetar la voluntad de la mayoría. Para evitar este tipo de conflicto, existe un poder judicial y un poder legislativo que resolverían estas diferencias. Para estos temas, donde haya una diferencia importante, también estaría la figura de una consulta popular o referéndum, así como una auditoría social que vigilara que quien fuera elegido cumpla con la voluntad mayoritaria.

Tristemente, en nuestro país, vemos que los partidos políticos raramente tienen una verdadera vocación democrática.  Tanto es así que no se da el uso de la democracia en la vida interna de los partidos.  Solo recientemente se han estado usando encuestas para definir algunos niveles de candidatura.  Pero las ternas a ser votadas son propuestas por la dirección de los partidos.  Y cuando la selección, por ejemplo, de los candidatos a diputados y senadores, se hace por insaculación, los beneficiados en los sorteos, por mera casualidad, son parientes o amigos de los dirigentes de los partidos.

Desgraciadamente, todavía ocurre en nuestra naciente democracia la idea de que los presidentes, elegidos democráticamente, son emperadores sexenales.  No basta con que la elección haya sido democrática y limpia; también es fundamental que los elegidos se sujeten a la Ley y a la Sociedad.  Asimismo, es importante que comuniquen sus resultados a la ciudadanía, cómo ha sido la moda recientemente, pero esto no basta.  Está bien que comuniquen, pero es muy necesario que también escuchen a la Sociedad, reconozcan sus errores, se sujeten a la voluntad del electorado.

Y para nosotros, los ciudadanos de a pie, es muy importante que tengamos como uno de nuestros criterios para elegir, que haya pruebas fehacientes de que los candidatos son verdaderamente democráticos, no solo en el modo de elegir, sino, sobre todo, como un modo de vida.

Antonio Maza Pereda

 

 

 

 

 

 

domingo, 18 de febrero de 2024

¿La oposición que hay?

 Se dice que los pueblos tienen los gobiernos que merecen. Lo cual no deja de ser un poco injusto: si eso fuera cierto, tendríamos que concluir que la culpa de que un país tenga un mal gobierno es de su población.  La realidad nos dice que no siempre es así.  Y, por otro lado, también podríamos decir que el electorado tiene la oposición que se merece. Cuando en algún país la oposición no cumple las expectativas de los ciudadanos, podríamos estar concluyendo que la culpa la tienen los propios electores. O conformarnos con una oposición que no nos satisface diciendo: “Es la oposición que hay”. ¡Como si la Sociedad no tuviera derecho a algo mejor!

En nuestro caso, a punto de iniciar la campaña formal de elecciones en este año, podríamos cuestionarnos si verdaderamente tenemos la oposición que se requiere. Tenemos una alianza partidista que no está levantando gran entusiasmo entre los votantes indecisos. Entre el núcleo duro de los distintos partidos, tampoco se ve que estén muy alegres. Se puede echar la culpa a la falta de formación cívica de la población, a la pasividad del electorado. Pero es un hecho que la oposición no está dando motivos para entusiasmar a la población.

Los apasionados de la 4T lo explican con una frase de Benito Juárez que decía que la reacción estaba moralmente derrotada. Lo cual parece como un eslogan para animar a la grey Morenista. Pero hay algo raro en el modo como la oposición está tratando de convencer al votante. En la mayoría de los casos, atacan a las personas que están en el gobierno, pero no atacan el fondo de lo que están ofreciendo al electorado.

Veamos, por ejemplo, el ataque a la nueva refinería de Dos Bocas. Acusan a la señora Rocío Nahle de ser inepta. Al agrónomo que dirige a Pemex, por la misma razón. Las objeciones son muchas: que se escogió mal el sitio, que ha habido sobreprecios, que ocurrió corrupción y una larga lista de fallas. Sin embargo, no se cuestiona el fondo del asunto. Realmente, ¿se justifica una nueva refinería? ¿Es mejor crearla o modernizar las refinerías existentes? ¿Contribuirá a mejorar nuestra economía? A un plazo medio o largo, ¿conviene seguir produciendo gasolina, cuando se espera un gran desarrollo de los vehículos eléctricos? Yendo aún más a fondo: ¿no nos convendrá más seguir importando gasolina? ¿Debemos seguir teniendo un monopolio estatal o nos convendría más tener varias compañías estatales, a cargo de diferentes zonas del país y compitiendo las unas con las otras, con lo cual se verían obligadas a ser más eficientes? O, en el extremo, ¿no deberíamos de tener compañías públicas y privadas en este sector? 

Esa es una discusión que podríamos tener y que nos permitiría aclarar si la oposición realmente tiene otra propuesta. Actualmente, su único ofrecimiento es que se quiten los de la 4T para que entren otros. Se cuestionan a las personas, no los orígenes de los problemas que tenemos, ni los supuestos para las soluciones que se han dado.

Por supuesto, no es fácil. Los adeptos a la oposición nos dicen que aún no es el momento para hacer propuestas. Tenemos poco más de dos semanas para que empecemos a escuchar ideas que entusiasmen a la ciudadanía. Pero, en este momento, solo estamos recibiendo una narrativa centrada en las fallas de los miembros de la 4T, pero dejando la impresión de que no se ofrece nada diferente más allá de cambiar a las personas a cargo de los distintos temas.  El gobierno y su candidata no ofrecen nada radicalmente diferente.  Su narrativa consiste en señalar los errores de las pasadas administraciones, y negar sus propias fallas, presentándolas como ataques infundados de aquellos que se sienten lastimados en sus privilegios. No les entra en sus cabezas que pudiera haber críticas de buena fe; cualquiera que les ve errores es, por definición, un malvado. Los casos de ineptitud se seguirán resolviendo conforme ganen experiencia sus actuales cuadros, nos dicen.

 La oposición anuncia: “aún hay tiempo.  Si decimos desde antes lo que pensamos hacer, nos van a copiar nuestras buenas ideas”, dicen. “Como copiaron la visita al Papa de la candidata a presidenta por la oposición”, añaden. Ambos bandos nos están pidiendo actos de fe, nos piden que confiemos en su buena voluntad.  Nosotros, los ciudadanos de a pie, necesitamos más.  Aunque no pidamos más detalle, pero que al menos nos den los conceptos básicos que harán diferentes a ambos bandos.

Cosas como el papel del gobierno en temas como la economía, el papel de los contrapesos que permitan a la Sociedad tener un control sobre el ejecutivo, el modo como este rendirá cuentas de manera efectiva al pueblo a través de sus representantes y sometiendo a juicio la legalidad de sus actos, a través del Poder Judicial. Sin estos aspectos básicos, podríamos llegar a tener un remedo de democracia, una simulación que permitiría dar la impresión de que tenemos democracia, como lo logró la dictadura perfecta, en muchos ámbitos internacionales.  Estaríamos buscando que no nos puedan criticar. Tanto la oposición como el Movimiento en el poder tienen que buscar cuáles son las propuestas que podían entusiasmar al electorado.  Con toda probabilidad, no necesitamos que esas promesas sean muchas.  Necesitamos que estén bien fundadas, que sean pocas, pero que se cumplan.

Antonio Maza Pereda

 

 

 

domingo, 7 de enero de 2024

No hay nada tan malo…

 Hay algo de cierto en el dicho   de que: “no hay nada tan malo que no tenga algo de bueno”.  O, como se decía en el siglo pasado: “no hay mal que por bien no venga”. En este inicio del 2024, ¿qué tanto se pueden aplicar estos dichos?

 Si le creemos a una parte de la clase política, antes de los finales del 2018, no había nada que no fuera totalmente malo y perverso, en opinión de los adherentes a la 4T.  Por otro lado, aquellos a los que se les está diciendo permanentemente fifís, conservadores y otras lindezas parecidas, consideran que todo lo que ha ocurrido a partir de diciembre del 2018, es una colección de males irremediables. No cabe duda: este es uno de los aspectos sobresalientes de la polarización que está sufriendo nuestra Sociedad.

Cierto, es difícil encontrar aspectos buenos en los gobiernos de la dictadura perfecta o en los de la transición democrática. Y es difícil también considerar que todo lo que ha ocurrido de diciembre del 2018 a la fecha ha sido totalmente bueno. Tan es así que todas las situaciones que no han salido a la perfección se explican hablando de la maldad de una oposición de la que, se dice, está moralmente derrotada, pero que, de acuerdo con la opinión de la administración actual, conserva tanto poder como para descarrilar los planes que, de acuerdo con la 4T, estaban planeados sin falla.

De acuerdo, me dirá usted. Supongamos que le hacemos caso. ¿Qué bienes estamos encontrando en la Sociedad Mexicana después de 5 años de la susodicha transformación? Es cierto que ha habido logros.  También es cierto qué cuestiones, que no se habían atendido suficientemente por décadas, se les está dando atención. Claramente, somos muchos los que creemos qué se han puesto de manifiesto problemas reales, aunque no podemos estar de acuerdo con las maneras como se les está resolviendo. O, al menos, intentando resolverlos.

En mi opinión de un ciudadano sin poder, me parece que el mayor logro de esta media década es un despertar de la Sociedad. Se percibe en la ciudadanía una preocupación por asuntos sociales que claramente no estaban en la discusión del electorado.  Muchas veces eran temas que se tomaban como banderas políticas, para incluir grupos de poder que podrían influir en la Sociedad.  Cuestiones cómo la pobreza, los llamados ninis, la salud, el reparto desigual de la riqueza, el maltrato a la mujer y otros similares, raramente formaban parte de la discusión diaria. Puntos de los que se hablaba poco y mucho menos se intentaban posibles soluciones.

Cuestiones que ahora están en la agenda pública, como pueden ser la violencia, la debilidad de las estructuras gubernamentales y la de las sociedades intermedias, la importancia de la discusión de las leyes y la omnipresente corrupción, eran puntos que se veían como parte del paisaje, una característica de nuestra idiosincrasia para la que no se veían soluciones. Asuntos de alguna manera permitidos y casi perdonados. Cuestiones buenas para el chisme y la discusión de los que forman parte del afamado círculo rojo, los allegados al poder.  Ya no es así. Cada vez más se discute en familia, en grupos sociales, en las famosas redes, cuestiones que han estado presentes en nuestra Sociedad desde tiempo inmemorial, pero que no habían despertado mayor preocupación.

Esto es un cambio fundamental. El hecho de que la Sociedad, el ciudadano común, esté discutiendo estos puntos, a favor o en contra, es algo extraordinariamente importante. No hay modo de hacer funcionar una sociedad cuando la mayoría de sus miembros ve con indiferencia las grandes cuestiones nacionales.

Pero estamos aprendiendo y, creo yo, de buena manera. Cada vez se puede ver más cercana una conciencia de lo que significa verdaderamente la democracia. Por ejemplo: que no basta que exista el voto y que los votos se cuenten, bien contados. Nos damos cuenta de que no basta con votar: hay que analizar, debatir e informar sobre los diferentes puntos de vista, para los grandes asuntos nacionales.  Porque no basta con tener muchos votos para que la democracia sea efectiva. Se necesitan votos razonados, fruto del conocimiento y discusión. Y también la conciencia de que una democracia auténtica limita la dictadura de las mayorías. Situación que, algún momento, se planteó como la justificación de la dictadura perfecta, que decía actuar en nombre de las grandes mayorías.

De modo que en este momento estamos encontrando un gran bien: el despertar del ciudadano común, el empoderamiento de los que tradicionalmente han estado sin poder. Un desencanto con los políticos y sus partidos, que puede llevar a un cambio importante en una ciudadanía que, por muchos años, ha estado ausente de las grandes cuestiones nacionales. Y de su discusión, es de esperarse que logremos un mejor balance en nuestra Sociedad. 

Antonio Maza Pereda

lunes, 30 de octubre de 2023

Rebelión de los partidos

 ¿Qué les está pasando a los partidos?  Es una buena pregunta.  Su actividad en las últimas semanas ha resultado, por lo menos, desacostumbrada, poco alineada con su actuación histórica en la política mexicana.  El valor de los partidos políticos es que, de alguna manera, representan votos para los candidatos. Todo ello porque, supuestamente, representan la opinión de algunos sectores representativos de la Sociedad. Pero ¿cuál es su valor cuando no logran aglutinar números suficientes de votos a favor de sus candidatos?

En la democracia y solo en la democracia, es importante tener partidos que realmente sean representativos de la Sociedad.  Cuando estamos hablando de una monarquía, su papel es sumamente limitado y fungen meramente como mecanismo consultivo, pero no es obligatorio seguir sus opiniones, aunque fueren mayoritarias. En las autonombradas democracias populares solo existe un partido de estado, el partido comunista, por ejemplo, en los sistemas de inspiración soviética.  Y en nuestro país, la dictadura perfecta tenía algunos partidos muy menores, muchas veces financiados por el propio sistema y algunos partidos realmente independientes, pero que influían poco en la vida política. Esto fue así hasta aproximadamente los años 90.  El valor de esos partidos políticos tenía más que ver con la posibilidad de demostrar ante la comunidad internacional que no había una dictadura de verdad, puesto que había otras opciones. Y si esas opciones no eran favorecidas por los votantes, decían, quería decir que no tenían plataformas políticas suficientemente atractivas. O, por lo menos, esa era la narrativa en esos años. Después de la apertura democrática del año 2000 y siguientes, por primera vez tuvimos partidos realmente competitivos. No necesariamente efectivos: desacostumbrados a gobernar, su desempeño muchas veces fue deficiente.

En estas últimas semanas han ocurrido algunos hechos notables. Da la impresión de que los partidos, o por lo menos una parte importante de su militancia, se están rebelando a los precandidatos del partido en el poder y de la alianza opositora. Se ha comentado mucho el gran fracaso de los operadores de la 4T para poder reunir un número suficiente de asistentes a una manifestación en la Ciudad de México, en apoyo a la doctora Claudia Sheinbaum. La mayoría de los medios se solazaron difundiendo los vídeos que mostraban el llamado Estadio Azul, con una capacidad de 30, 000 asistentes, prácticamente vacío. Hubo un intento de dar explicaciones, pero finalmente hubo que reprogramar el evento. Queda por verse si la dificultad para reunir un número suficiente de asistentes fue un tema de ineptitud de quiénes se encargaron de la organización, la falta de fondos para poder pagar el acostumbrado acarreo, o si ocurrió, cosa que sería muy grave, que la militancia se les está rebelando a la cúpula del partido de la 4T y a su candidata. Habrá que esperar y ver.

Por otro lado, la ingeniera Xóchitl Gálvez no ha tenido algún evento fallido, pero es un hecho que, a partir de recibir su nombramiento como representante de la alianza opositora, no ha vuelto a tener ninguna reunión multitudinaria.  Puede ser que la ingeniera ha querido ser muy escrupulosa en cumplir los lineamientos de la ley electoral pero, por otro lado, se habla mucho de que la estructura de los tres partidos a los que representa, le han hecho el vacío.  Incluso se han dado datos de que algunos de sus dirigentes han tomado vacaciones y no se han mencionado reuniones entre los partidos y la candidata. Lo cual querría decir que, en algún momento, las estructuras directivas de los partidos no han quedado totalmente a gusto con el nombramiento de doña Xóchitl.

Los miembros de las estructuras territoriales de los partidos tienen como misión atraer votos, no para sí mismos, sino para aquellos que elige su directiva.  Si el partido se negara a convocar suficiente número de votantes, ¿cuál sería su valor? Y esto puede darse por ineptitud o porque se niegan a cumplir su función de convocar.  En cualquiera de los casos, uno se preguntaría: ¿para qué sirven?

Es muy posible que sigamos sin renovar los conceptos básicos de la función partidista.  Posiblemente, en el pasado, los números de asistentes a diferentes eventos, era un indicador confiable de los resultados en las elecciones.  Lo cual posiblemente era muy cierto cuando la mayor parte de la población vivía en localidades pequeñas o medianas, dónde se podía controlar con facilidad quién asistía a uno a los diferentes eventos.  Ya no es el caso. Según el CONAPO, en este año más de 60 millones de personas viven en veinticinco áreas metropolitanas. Una población muy difícil para conocer y saber con precisión quién está votando por un partido u otro. Esto significa el 47% del total de la población del país, con mayor proporción de clase media y de educación avanzada, más difícil de controlar por los partidos.

Por otro lado, muchas veces las estructuras de los partidos se están guiando por medios modernos para conocer la intención de voto.  El análisis de las redes sociales, el así llamado número de likes, y los resultados de las encuestas, se les considera tanto o más representativos cómo la asistencia a reuniones políticas o mítines.  Lo cual está por demostrarse.

No deja de ser significativo que, ante el desastre natural en Acapulco, la 4T no haya organizado todavía manifestaciones multitudinarias de apoyo al presidente de la República.  Y, por otro lado, la oposición no ha tratado de hacer lo propio, es decir, crear manifestaciones de repudio al desempeño de la 4T.  Es muy pronto para tener un buen análisis.  Pero no deja de ser significativo que ni siquiera ha habido ningún anuncio y que, la mayoría de la oposición ha manifestado su repudio por fuera de la estructura de los partidos y mediante los comentarios de la Sociedad en las redes. ¿Será que los partidos no se recuperan de su marasmo y están esperando a ver cómo va evolucionando la situación? Solo el tiempo nos dirá. Y lo hará muy pronto.    

Antonio Maza Pereda

domingo, 8 de octubre de 2023

Decisiones... grandes y pequeñas

En muchos casos, la esencia del poder está en la toma de decisiones.  Por esta razón la mayor parte de los gobernantes tratan de dejar la capacidad de decidir en muy pocas manos. Y esto ocurre en la mayor parte de las organizaciones: empresariales, lucrativas o no lucrativas, educativas, ONGs, religiosas y, por supuesto, en organizaciones políticas.

No es lo único que importa: en la gestión de organizaciones, a partir de las decisiones sigue un proceso de planeación, operación y control.  Asuntos que aseguran que la decisión se vuelva una realidad.  Pero, por supuesto, si la toma de decisiones no fue adecuada, difícilmente se tendrá un proceso de gestión sin dificultades. De ahí que la mayor parte de los gobernantes no se sientan cómodos compartiendo la toma de decisiones.  Para lo cual, por principio, se trata de incorporar a los menos posibles en el proceso y asegurar que compartan los puntos de vista de quien dirige.

En la teoría de la democracia, se supone que al ciudadano le tocan las grandes decisiones. Por ejemplo: quién será el primer mandatario y los mandatarios en los diversos órdenes de gobierno. Y, por supuesto, la decisión de quién representará a los ciudadanos en el poder legislativo. Aunque en principio se siguen las formas, en la práctica hay muchos obstáculos para que el ciudadano común pueda tomar una decisión adecuada.  Por ejemplo, las mismas leyes reducen de una manera importante el número de posibles candidatos para los distintos puestos a elección.  Fuera de lo que proponen los partidos políticos, es muy difícil encontrar otros mecanismos para mejorar el proceso. 

 Por otro lado, los intentos de ampliar las posibilidades de candidatos, al menos en los países latinos, no han dado los mejores resultados. Solamente por mostrar algunos ejemplos, este intento de tener una gran cantidad de opciones ha llevado a Italia a tener aproximadamente 200 partidos políticos, con lo cual el promedio de duración de los gobiernos de 1946 a la fecha ha sido de poco más de 12 meses por cada uno. Y eso también ha llevado a que algunos políticos con relativamente pocos seguidores, como fue el caso de Berlusconi, que pudo gobernar gracias a que ningún partido realmente podía obtener una mayoría suficiente. Y también está el caso de Collor de Mello, en Brasil y de Fujimori en Perú, que llegaron al poder desde afuera de los partidos políticos y que no tuvieron buenos resultados.

Volviendo al caso de la toma de decisiones, es de alguna manera de esperarse que los gobernantes se resistan a compartir el poder. Pero también es cierto que la ciudadanía tampoco muestra un gran entusiasmo por participar. En algunos de nuestros Estados se han tratado de implementar decisiones mediante votaciones vecinales, por ejemplo, con escasa participación de los votantes.

En las democracias maduras, el número de puestos que deben ser elegidos por la ciudadanía es mucho mayor que lo que ocurre en nuestro país.  En muchos de ellos se vota por los fiscales, procuradores de justicia, jefes de policía y muchos más.  Además, a veces se sujetan a plebiscito asuntos importantes que son vinculantes para los gobernantes.  Lo cual hace tedioso el proceso del voto y en algunos casos lleva al abstencionismo.  El concepto es muy importante: decisiones de gran envergadura deben ser puestas a votación por los ciudadanos.  Lo cual requiere de importante madurez, y hasta de sabiduría para poder tomar este tipo de decisiones.

A propósito, en estos momentos la Iglesia Católica está llevando a cabo un proceso que tiene propósitos similares a los que estamos mencionando.  El llamado sínodo sobre la sínodalidad tiene el propósito de incorporar religiosas y seglares en algunas de las decisiones de la iglesia.  Hay un campo amplio donde los católicos que no forman parte del clero podrían opinar de una manera informada y mejorar la calidad de la toma de decisiones. Cómo es de esperarse, también allá encontramos resistencias.  Pero es interesante qué, la qué es probablemente la organización con mayor número de miembros en el mundo, y también la más antigua, está considerando necesario analizar este tema.

El asunto en general es bastante difícil.  Siempre se podrá decir que la ciudadanía no tiene las capacidades para influir de manera decisiva en la toma de decisiones. Un argumento que, de ser aceptado, nos lleva a decir que, si no somos capaces de tomar decisiones de mediana importancia, muchísimo menos la tendríamos para elegir a quienes llevan los asuntos de mayor peso en el país.  De aceptar este argumento de la falta de sabiduría política, tendríamos que abandonar el sistema democrático e intentar lograr lo que algunos filósofos griegos consideraron cómo la solución: la aristocracia, entendida esta como el gobierno de los mejores.  Dónde quedaría por definir quiénes son esos mejores.

El futuro de la democracia probablemente dependerá de una buena solución a este tema.  Si no logramos definir un sistema donde una sociedad, cada vez más informada, mejor comunicada y no necesariamente mejor formada, pueda tomar decisiones aceptables y de alta calidad, estamos en serios problemas. ¿Qué es difícil?  Por supuesto.  Nunca en toda la historia de la humanidad se ha logrado algo así.  Pero la alternativa no es sostenible a largo plazo.  Necesitamos mejorar la capacidad de tomar decisiones políticas y sociales, informadas y bien razonadas, dónde la mayoría de los ciudadanos tengan la última palabra.  

Antonio Maza Pereda

lunes, 21 de agosto de 2023

Unidad, divino tesoro

 Estamos apenas en los inicios de las precampañas y ya empieza a haber señales de que la unidad en las diferentes fuerzas políticas va a ser una mercadería muy escasa.  En la 4T el factor de unidad es el señor Presidente. Él es quien pone orden, quien establece los criterios, quien logra que las ambiciones personales y de facción se mantengan más o menos alineadas. No es cosa fácil:  si en el PRD, uno de los antecesores de MORENA, se hablaba de las nueve tribus, esto se ha complicado con la absorción de personas procedentes de otras fuerzas políticas, sobre todo los que proceden del PRI. Es claro que ya están más visibles los pleitos entre las “corcholatas” y que las patadas ya no son nada más  “bajo la mesa”, sino que algunas ya empiezan a trascender a los medios tradicionales.

En la alianza opositora después de los primeros shows de unidad, los llamados Diálogos Ciudadanos, ya hay la amenaza de una interrupción de relaciones del  PRD y también el anuncio de que uno de los contendientes por la nominación,  ya ha renunciado.  Con lo cual baja la probabilidad de que la precandidata Xóchitl Gálvez sea la nominada por la oposición.

 Es relativamente fácil achacar este fenómeno a las ambiciones personales.  Sin duda hay una buena parte de real en esto: en la historia política de nuestro país la mayoría de las disensiones han ocurrido por razones personales y muy raramente por razones que pudieran tener alguna lógica o que estén basadas en una filosofía política.

 La gran pregunta, para los dos grupos contendientes,  es cómo lograr la unidad.  Incluso MORENA, que no tiene aparentemente un problema en este sentido,  gracias a la  popularidad del señor Presidente,  tampoco puede confiarse a que siempre tendrá esa fuerza de unión. Es triste decirlo, pero lo que está ocurriendo no es nada nuevo.  Somos un país sin unidad.  Lo que pasa es que esto se notaba poco, porque las fuerzas políticas trataban de mantener lo más ocultos posible sus diferendos.  Tal vez nos estamos dando cuenta con mayor claridad porque gracias a la gran capacidad de comunicación que tiene toda la población, es mucho más difícil ocultar las dificultades entre grupos. Por otro lado, la siembra sistemática de odio ha sido abierta y es muy notoria porque ocurre desde la presidencia, desde las conferencias cotidianas y en cadena nacional.

Es bastante claro que hemos tenido divisiones entre las clases sociales, por razones de género, raciales y por muchas otras causas.  Solo que no eran tan claras. Los discriminados normalmente soportaban su situación e incluso tenían miedo de hacer notar su disconformidad, por temor a empeorar su situación. Ya no es así.

 Ante esto no es ocioso hacernos la pregunta: ¿qué es lo que nos une a los mexicanos? Hay algunas respuestas, pero generalmente son en temas poco significativos a nivel social.  Nos une, y seguramente todos estaremos de acuerdo, cierto tipo de música,  nuestra manera peculiar de divertirnos y de una manera muy  amplia el gusto por los espectáculos deportivos. Nos une la gastronomía.  Pero aun en esto tenemos nuestras diferencias:  no siempre es así.

 Nos gustaría pensar en qué nos unen de una manera más sólida, nuestra cultura, construida a través de una jerarquía de valores.  Nos une nuestro aprecio por la familia, qué se intensifica de manera importante en nuestros emigrantes, qué se sacrifican diariamente para contribuir al sostenimiento de los que se quedaron atrás, así como nuestro deseo de que nuestros hijos avancen en lo económico y en lo social, para lo cual muchas familias se sacrifican de una manera importante. También nos unen una buena parte de nuestras creencias que en otro tiempo se concentraban en la peculiar espiritualidad comunitaria de los mexicanos. Mayormente, pero no exclusivamente, en torno a la Iglesia católica.

Todos esos son motivos más sólidos de unidad,  pero desgraciadamente  cada vez están siendo menos importantes. ¿Dónde están los obstáculos para poder construir una convivencia pacífica y productiva?  Muchos hablarán de la ambición cada vez más desmedida que ha entrado a suplantar una buena parte de esos valores tradicionales. Y hay algo de razón en esto.

 También nos estorban algunos mitos, que en muchos casos contribuyen a la separación entre los mexicanos. Como el mito de que somos un país rico. Sin tomar en cuenta hechos muy claros, por ejemplo: que tenemos muy poca tierra cultivable, de la cual menos de la mitad tiene riego;  que tenemos un bono demográfico envidiable, comparado con los países europeos, pero tenemos una población con educación deficiente.  

No hemos logrado, en más de 200 años de independencia, construir un verdadero estado de derecho.  La impunidad no se ha logrado abatir.  Vivimos una situación de profunda desconfianza hacia las autoridades, desconfiamos prácticamente de casi todas las fuerzas sociales del país.  Ninguna ideología política, ningún sistema de gobierno, puede darle unidad a este país. Tenemos que aceptar que nunca tendremos total unidad.  

No podemos aspirar a la unanimidad, a que toda la población acepte un cierto grupo de ideas.  Para eso está la democracia: un sistema que permite administrar la falta de unidad mediante sistemas y acuerdos que permiten que podamos seguir colaborando a pesar de que no estamos realmente de acuerdo en todo.  Pero sí estamos de acuerdo en que necesitamos tener mecanismos para que, independientemente de que no alcancemos la unidad, se puedan seguir tomando decisiones qué respeten las necesidades de las minorías y den cumplimiento a los deseos de las mayorías. Un equilibrio difícil, pero necesario. Y tal vez podríamos empezar a construir una mejor situación, en la medida en que pensemos que esto tiene alguna probabilidad de cumplirse.

Antonio Maza Pereda

lunes, 20 de marzo de 2023

Marchas: vuelta al pasado

El pasado 18 de Marzo, tuvimos una regresión a los tiempos de los cuarenta y cincuenta del siglo XX e incluso un poco después. Una época en que la legitimación de muchos de los decretos del Gobierno se daba mediante marchas. Para la mayoría de la Nación, esto es una historia poco conocida. En ese tiempo solamente el Gobierno y el partido gobernante, con sus sectores obrero, campesino y popular eran los únicos que tenían capacidad de poner en la calle un número importante de ciudadanos. La escasa oposición que había no tenía la capacidad de convocatoria necesaria  y los demás partidos eran en realidad satélites del partido gobernante.

Después de un largo y tortuoso proceso de democratización del País, ahora ya se pueden tener grupos de ciudadanos y ciudadanas organizados, con la capacidad  de poner en la calle números importantes de personas, como en las recientes marchas defendiendo al INE y protestando por la discriminación de las mujeres.  Y, por supuesto, el partido en el Gobierno, quien conserva la metodología y los recursos para poder llevar a las calles a números importantes de manifestantes, reacciona tratando de demostrar que tienen mayor capacidad de movilización.

Lo cual nos lleva a una distorsión importante en la vida política del país. Parecería, y así lo están manejando la prensa y alguna parte de la oposición (es un decir) qué piensan que a la población realmente la van a convencer las comparaciones numéricas. Y tratan de demostrar o al menos dar la impresión, de que pueden poner en la calle a un número mayor de electores que el que mueve el Gobierno. Parecería que el asunto se reduce a un juego de números y al hecho de poder demostrar que el contrincante hace trampa en la contabilidad del personal que llevan a sus marchas.

No es que sea algo nuevo. Los partidos fascistas en la primera mitad del siglo XX,  así como los partidos soviéticos que actuaron en más de dos tercios del mismo siglo, justificaban el derecho a gobernar mediante marchas multitudinarias. Como sigue ocurriendo en algunas de las izquierdas latinoamericanas, como las de Cuba, Nicaragua y Venezuela, así como las izquierdas menos consolidadas como en algunos momentos estuvieron las de Brasil, Argentina y Chile.

Sin tratar de justificar estas marchas, su existencia se daba porque,  ante sistemas electorales con poca solidez y casi nula credibilidad, los resultados de las votaciones tenían un tanto de “política ficción”. Ante los robos de urnas,  el voto de los difuntos, el acarreo de los grupos beneficiarios de los programas sociales y la amenaza de la cláusula de exclusión de los sindicatos, llevaban a la ciudadanía a ver con un profundo cinismo los resultados electorales. La mitología de los métodos como el ratón loco, el embarazo de urnas, el acarreo de empleados del Gobierno,  los mapaches y otros elementos de la fauna electoral,  hacían pensar al ciudadano que no tenía caso votar.  Yo recuerdo un conocido mío que se lanzó como diputado federal en uno de los estados del norte del País y que citó a la prensa, a sus alumnos y a los escasos ciudadanos que le hicieron caso para un discurso de inicio de su campaña, el cual se dio en el panteón civil de la capital de su estado. Lo cual obviamente provocó muchas bromas de la ciudadanía. Y más aún cuando la prensa le preguntó al candidato: ¿por qué iniciaba su campaña en el cementerio?. A lo cual él contestó que en un país dónde los muertos votan, se tenía que hablarle al electorado.

Esto empezó a cambiar por muchas razones, pero alguien que tuvo un influjo importante fue un ensayo muy bien elaborado por Enrique Krauze, quien pedía que en México tuviéramos una democracia sin adjetivos. Abundando en el tema decía que necesitábamos que los votos se contaran y se contaran bien, para darle credibilidad con la ciudadanía. Lo cual se logró en buena medida,  sin llegar realmente a poder desechar del todo los antiguos vicios en los temas electorales.

Ese es el punto crucial. Perderemos mucho sí empezamos a sustituir el aburrido, pero extraordinariamente valioso método de tomar decisiones mediante el voto de la ciudadanía y sustituirlo por la métrica de las marchas. Al parecer en esto está cayendo también nuestra enclenque oposición. Las marchas sólo representan un porcentaje mínimo de la ciudadanía; aún en aquellas dónde se habla de millones de marchantes, ellos representan cuando mucho un 2 o 3% de los ciudadanos. Lo importante es seguirle dando solidez al tradicional método electoral y negarnos a aceptar qué las estimaciones más o menos amañadas del monto de los que marchan, substituyan a una contabilidad precisa y confiable del número de los que votan.

Que, por otro lado, no significa que no debiera haber marchas. Pero en la realidad estas sirven mayormente para convencer y enardecer a quienes ya forman parte de los diferentes grupos políticos. Y también para que aquellos que no forman parte de las facciones electoreras, puedan hacer oír su voz. Pero lo importante realmente es defender un sistema que, estando todavía distante de tener total credibilidad, es un modo mucho mejor de gobernar, que lograr poner en las calles a un número importante de personas.

Antonio Maza Pereda