¿Porqué Cuenta Larga?

¿Porqué cuenta Larga? Los mayas tuvieron dos maneras de llevar el calendario: la cuenta corta (el año o tun) y la cuenta larga, de 144,000 días, el baktun, equivalente a 395 años y medio, aproximadamente.

Las organizaciones deberían tomar en cuenta esta filosofía. Hay decisiones de corto plazo (Cuenta Corta) y de largo plazo (Cuenta Larga). Este blog está orientado a las situaciones de largo plazo y su influencia en las organizaciones
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lunes, 1 de abril de 2024

Unidad: ¿Un imposible?

 A casi 60 días de una de las elecciones más reñidas desde la Revolución Mexicana, todos los bandos se declaran triunfadores. Bueno, casi todos. Excepto los que no quisieron formar alianzas. Quienes, posiblemente, esperan vender caro su apoyo a quien resulte ser la mayor minoría, para que tengan gobernabilidad.

Muy pronto conoceremos el fruto de la siembra sistemática de odio que hemos tenido en este sexenio o, posiblemente, desde mucho antes. Una siembra en la que todos los bandos participaron y siguen participando, con singular alegría. Todos, pensando que ese es el camino para el éxito electoral. Los que, al no tener argumentos convincentes a su favor, recurren al insulto. Los que dicen a sus contrincantes conservadores y fachos o chairos y morenacos.  Quienes creen el dogma de que, si demuestro que mi contrincante está mal, quiere decir que yo estoy bien. Todos, o casi todos, apostando contra la unidad de los mexicanos.

Pero, ¿realmente es posible la unidad en un país? ¿O, en una familia? ¿En una organización religiosa o política? ¿O cualquier otro tipo de organización? Parecería que no, y que buscar la unidad es una lucha inútil. Y, por lo mismo, innecesaria. Si estamos convencidos de que la división está dando un lucro electoral, entonces ese es el camino a seguir. Por lo tanto, entre más insultemos al contrincante, tanto mejor. Entre más fuerte sea el insulto, más poderoso su efecto y nuestra ganancia política. Además, como el electorado parece contento con esa polarización y se une al coro de insultos, ¿por qué cambiar? ¿Qué podría salir mal?

Posiblemente, estamos confundiendo dos conceptos muy parecidos: Unidad y Unanimidad. Dos visiones diferentes. La unanimidad es tener, etimológicamente, una sola alma. Un solo pensamiento. El mismo ánimo. Sin disidencia. Nadie difiere. Todos, absolutamente todos, de acuerdo. Siempre. En todos los temas. Algo, claramente, imposible. Solo por el hecho de que tenemos libre albedrío. No somos una colonia de bacterias, una manada de ovejas, una parvada de pajarillos. Somos algo más. Somos seres humanos.

Y para lograr esa unanimidad, la receta es declarar a quien difiere como un no-humano. Quien no piensa como la mayoría, no es mexicano. O, por lo menos, no es un buen mexicano. En el extremo, es un gusano, como decía Fidel Castro de sus opositores. O eran de una raza inferior, como decía Hitler. Personas que parecían humanos, pero no lo eran.

Vista de esa manera, la unanimidad tiene un fuerte tufo de tiranía. Huele a dictadura. A dictadura perfecta, como se dijo de los regímenes emanados de la Revolución Mexicana. Y a esa unanimidad hay que darle apariencia de realidad. Que parezca que hay democracia. Por ejemplo, con las votaciones a mano alzada, tan típicas de los ejidos y de los sindicatos charros. Donde el voto no es libre ni secreto. Donde el que no está de acuerdo, se pone en peligro. La aparente democracia de las asambleas, tan en boga por los líderes universitarios del pasado y que ahora nos gobiernan. Las decisiones tomadas en los mítines políticos, sujetos a la manipulación del mejor demagogo, decisiones tomadas por medio de las emociones del momento. Donde muchos no se atreven a diferir, porque no hay la salvaguardia del voto libre y secreto.

No, la unanimidad no es posible. Siempre habrá quien difiere. Y es normal. Más aún, es necesario, es útil. Nos obliga a pensar, a mejorar nuestras decisiones. A cuestionar y mejorar nuestros argumentos. Porque somos humanos, libres, con libre albedrío. La unidad, pienso yo, si es posible. No busca la unanimidad. Acepta que existen diferendos, pero los asimila y crea mecanismos para poder llegar a acuerdos cuando no bastan los debates, las discusiones, las argumentaciones. Estar de acuerdo con el modo de administrar las diferencias de opinión. Como es el intento, siempre mejorable, de la práctica democrática. Sobre todo, el mecanismo del voto libre y secreto. Pero también el concepto de los balances y contrapesos, hoy tan atacado en la práctica.

Eso sí es posible. Tener unidad en lo fundamental y aceptar que diferiremos en lo accesorio. Y aceptar que habrá minorías               que serán incluidas en el diseño de leyes y reglamentos. Y, al mismo tiempo, aceptar que habrá que cumplir esas leyes, cumplirlas porque creemos que el modo como se crearon tomó en cuenta, y se debatieron, todas las opciones. Nada fácil, pero necesario.

De fondo, podemos y debemos buscar una cierta medida de unidad, sabiendo que no tendremos unanimidad absoluta. Buscar lo mejor para nuestra nación. Porque nos queremos. Porque actuamos de buena fe y creemos que los demás, al menos la mayoría, actúan de buena fe. ¿Difícil? Claro. Décadas de sembrar el odio, dan resultados: desconfianza, división, polarización. Una gran dificultad para llegar a acuerdos. Dudar permanentemente de nuestros conciudadanos. Dudar hasta de su humanidad, y actuar en consecuencia. Tener una gran dificultad para dar marcha atrás, reconocer nuestros errores y estar dispuestos a corregirlos. Repito: algo muy difícil. Pero, si no queremos que la nación se nos desmorone entre las manos, esa es la tarea que nos queda. A todos los partidos y a los sin partido, los sin poder y al ciudadano de a pie.

Antonio Maza Pereda

lunes, 21 de agosto de 2023

Unidad, divino tesoro

 Estamos apenas en los inicios de las precampañas y ya empieza a haber señales de que la unidad en las diferentes fuerzas políticas va a ser una mercadería muy escasa.  En la 4T el factor de unidad es el señor Presidente. Él es quien pone orden, quien establece los criterios, quien logra que las ambiciones personales y de facción se mantengan más o menos alineadas. No es cosa fácil:  si en el PRD, uno de los antecesores de MORENA, se hablaba de las nueve tribus, esto se ha complicado con la absorción de personas procedentes de otras fuerzas políticas, sobre todo los que proceden del PRI. Es claro que ya están más visibles los pleitos entre las “corcholatas” y que las patadas ya no son nada más  “bajo la mesa”, sino que algunas ya empiezan a trascender a los medios tradicionales.

En la alianza opositora después de los primeros shows de unidad, los llamados Diálogos Ciudadanos, ya hay la amenaza de una interrupción de relaciones del  PRD y también el anuncio de que uno de los contendientes por la nominación,  ya ha renunciado.  Con lo cual baja la probabilidad de que la precandidata Xóchitl Gálvez sea la nominada por la oposición.

 Es relativamente fácil achacar este fenómeno a las ambiciones personales.  Sin duda hay una buena parte de real en esto: en la historia política de nuestro país la mayoría de las disensiones han ocurrido por razones personales y muy raramente por razones que pudieran tener alguna lógica o que estén basadas en una filosofía política.

 La gran pregunta, para los dos grupos contendientes,  es cómo lograr la unidad.  Incluso MORENA, que no tiene aparentemente un problema en este sentido,  gracias a la  popularidad del señor Presidente,  tampoco puede confiarse a que siempre tendrá esa fuerza de unión. Es triste decirlo, pero lo que está ocurriendo no es nada nuevo.  Somos un país sin unidad.  Lo que pasa es que esto se notaba poco, porque las fuerzas políticas trataban de mantener lo más ocultos posible sus diferendos.  Tal vez nos estamos dando cuenta con mayor claridad porque gracias a la gran capacidad de comunicación que tiene toda la población, es mucho más difícil ocultar las dificultades entre grupos. Por otro lado, la siembra sistemática de odio ha sido abierta y es muy notoria porque ocurre desde la presidencia, desde las conferencias cotidianas y en cadena nacional.

Es bastante claro que hemos tenido divisiones entre las clases sociales, por razones de género, raciales y por muchas otras causas.  Solo que no eran tan claras. Los discriminados normalmente soportaban su situación e incluso tenían miedo de hacer notar su disconformidad, por temor a empeorar su situación. Ya no es así.

 Ante esto no es ocioso hacernos la pregunta: ¿qué es lo que nos une a los mexicanos? Hay algunas respuestas, pero generalmente son en temas poco significativos a nivel social.  Nos une, y seguramente todos estaremos de acuerdo, cierto tipo de música,  nuestra manera peculiar de divertirnos y de una manera muy  amplia el gusto por los espectáculos deportivos. Nos une la gastronomía.  Pero aun en esto tenemos nuestras diferencias:  no siempre es así.

 Nos gustaría pensar en qué nos unen de una manera más sólida, nuestra cultura, construida a través de una jerarquía de valores.  Nos une nuestro aprecio por la familia, qué se intensifica de manera importante en nuestros emigrantes, qué se sacrifican diariamente para contribuir al sostenimiento de los que se quedaron atrás, así como nuestro deseo de que nuestros hijos avancen en lo económico y en lo social, para lo cual muchas familias se sacrifican de una manera importante. También nos unen una buena parte de nuestras creencias que en otro tiempo se concentraban en la peculiar espiritualidad comunitaria de los mexicanos. Mayormente, pero no exclusivamente, en torno a la Iglesia católica.

Todos esos son motivos más sólidos de unidad,  pero desgraciadamente  cada vez están siendo menos importantes. ¿Dónde están los obstáculos para poder construir una convivencia pacífica y productiva?  Muchos hablarán de la ambición cada vez más desmedida que ha entrado a suplantar una buena parte de esos valores tradicionales. Y hay algo de razón en esto.

 También nos estorban algunos mitos, que en muchos casos contribuyen a la separación entre los mexicanos. Como el mito de que somos un país rico. Sin tomar en cuenta hechos muy claros, por ejemplo: que tenemos muy poca tierra cultivable, de la cual menos de la mitad tiene riego;  que tenemos un bono demográfico envidiable, comparado con los países europeos, pero tenemos una población con educación deficiente.  

No hemos logrado, en más de 200 años de independencia, construir un verdadero estado de derecho.  La impunidad no se ha logrado abatir.  Vivimos una situación de profunda desconfianza hacia las autoridades, desconfiamos prácticamente de casi todas las fuerzas sociales del país.  Ninguna ideología política, ningún sistema de gobierno, puede darle unidad a este país. Tenemos que aceptar que nunca tendremos total unidad.  

No podemos aspirar a la unanimidad, a que toda la población acepte un cierto grupo de ideas.  Para eso está la democracia: un sistema que permite administrar la falta de unidad mediante sistemas y acuerdos que permiten que podamos seguir colaborando a pesar de que no estamos realmente de acuerdo en todo.  Pero sí estamos de acuerdo en que necesitamos tener mecanismos para que, independientemente de que no alcancemos la unidad, se puedan seguir tomando decisiones qué respeten las necesidades de las minorías y den cumplimiento a los deseos de las mayorías. Un equilibrio difícil, pero necesario. Y tal vez podríamos empezar a construir una mejor situación, en la medida en que pensemos que esto tiene alguna probabilidad de cumplirse.

Antonio Maza Pereda

viernes, 11 de noviembre de 2022

Construir la unidad (segunda parte)

Para muchos de nosotros es muy claro que no hay una manera fácil y rápida de construir unidad en una sociedad tan fragmentada, tan polarizada, tan llena de enfrentamientos y resentimientos como la nuestra. Pero claramente el nuestro no ha sido el único caso. Todavía en los siglos XIX y XX, en Europa no pasaban más de unos pocos años sin que hubiera guerras entre países. Tuvieron que pasar algunos siglos antes de que se pudiera llegar al concepto, que a algunos les parecía absurdo, de una unidad europea. Misma que se empezó a construir en la segunda mitad del siglo XX, que empezó por asuntos de tipo comercial y que, a pesar de diferencias aparentemente insalvables de lenguaje, sistemas políticos y creencias religiosas o ausencia de estas, los europeos han podido construir un sistema viable. Que, sin embargo, no está exento de peligros.

Tal vez podríamos pensar que, siendo el nuestro un país bastante más homogéneo, con un lenguaje que habla la inmensa mayoría de la población, con diferencias culturales relativamente menores, no debería ser tan difícil conseguir la unidad. Pero la realidad nos ha demostrado lo contrario y nos ha probado que quienes le apuestan a la división y a la polarización de los mexicanos, se benefician de ello políticamente.

Necesitamos un verdadero esfuerzo de todos los sectores en nuestro país y en particular de los mejores pensadores que tenemos, para lograr un programa concreto, viable y muy práctico para ir construyendo los mínimos de unidad que nos están haciendo falta. Posiblemente el primer punto a resolver es precisamente definir cuáles son esos mínimos para la unidad, conscientes del antiguo refrán que dice que “lo mejor es enemigo de lo bueno”. O sea, que no hay que exigirnos soluciones perfectas.

Entre algunos de los temas que debemos enfrentar, deberían estar los siguientes:

·       Encontrar el modo de diferir entre nosotros sin odio. Entender que la asertividad no es lo mismo que el ataque. No es una pequeña tarea: por milenios en la historia escrita de la humanidad y seguramente muchísimo antes, el odio siempre ha estado presente. Las leyes humanas y las amenazas de castigos divinos no han sido totalmente eficaces para ello. Pero cualquier avance siempre será bienvenido.

·       Es importante que nos acostumbremos a debatir nuestras diferencias, nuestros criterios divergentes sin atacar a las personas. Algo muy complicado, porque siempre identificamos a las opiniones con la persona que las emite. Es particularmente difícil sostener que una idea o una opinión están equivocados, conservando al mismo tiempo el respeto y el aprecio por quien sostiene opiniones diferentes de las nuestras.

·       Tenemos que encontrar modelos que nos inspiren para encontrar el modo de sanar estas diferencias. Ejemplos como el que nos dieron en Colombia el hijo de Pablo Escobar, el capo más poderoso de su época, que buscó a Rodrigo Lara Restrepo, a cuyo padre, un periodista, mandó asesinar el suyo. El hijo de la víctima y el del victimario se reunieron y el hijo de Escobar pidió perdón al hijo de Lara. Un perdón pedido y recibido que sanó a ambos. ¿Seremos capaces de encontrar casos ejemplares como estos? Porque nuestra Sociedad está muy herida. Necesitamos urgentemente de muchas acciones, pequeñas y grandes, de sanación.

·       También es importante comprender que a nadie le podemos obligar a perdonar. No podemos exigir total perdón y olvido. El acto de perdonar es particularmente difícil, porque requiere simultáneamente de una combinación de justicia con misericordia, combinación tan compleja que algunos dicen que sólo ocurre en la justicia divina, y que es inalcanzable por los humanos. Conscientes de esa dificultad, es como debemos de tratar en la medida de nuestras capacidades de pedir y de conceder perdón, si es que queremos alguna sanación de nuestra Sociedad.

Muy posiblemente no todos nos sentimos culpables del daño que hemos hecho a otros al contribuir a dividir nuestra Sociedad. Y una vez que hayamos logrado entender en dónde hemos fallado, habría que encontrar maneras de reparar el daño que hemos hecho, consciente o inconscientemente. También quienes hemos sido de alguna manera víctimas de un sistema o de personas, tendríamos que estar buscando las maneras concretas para encontrar y recuperar la confianza de la que nuestra Sociedad carece en estos momentos.

Nada fácil. Todavía en muchos aspectos nos reconocemos en esos artículos escritos por J. K. Turner titulados México Bárbaro, y que tratan la vida de la sociedad mexicana, hace poco más de 100 años. Cuando había autentica esclavitud y brutal discriminación hacia algunos sectores de la sociedad mexicana. Sí, algo hemos mejorado. Pero en el fondo seguimos teniendo la idea de que realmente no todos son dignos de un trato justo. Y de ahí la necesidad de comprometernos a construir los mínimos de unidad qué necesitamos para que nuestra Sociedad funcione. Porque si no lo logramos, nuestro futuro es muy dudoso.

 

Antonio Maza Pereda

sábado, 5 de noviembre de 2022

Construir la unidad (primera parte)

 

No cabe duda de que uno de los problemas serios en nuestra sociedad y en este momento es la falta de unidad. Necesitamos construir unidad o, algo muy parecido, evitar la división social. Que no es lo mismo. La verdad, no estoy muy seguro del cómo. Si tuviera respuestas a este problema, probablemente no estaría yo acá escribiendo artículos: seguramente estaría vendiendo mi asesoría muy costosamente en nuestro país y probablemente en muchos otros más. Pero como ciudadano me parece que es importante que tratemos de encontrar, en conjunto, respuestas a este grave problema. De lo cual dependerá que podamos encontrar soluciones de largo plazo para nuestro País.

La primera duda es: ¿podemos verdaderamente tener una unidad nacional? Más aún: ¿realmente necesitamos algo así? En mi opinión, es ilusorio pensar en una unidad auténtica. Unidad de criterios, unidad de puntos de vista, unidad de ideas, son ideales que se han planteado algunos. Curiosamente, muchos de ellos han sido dictadores tratando de construir una unidad en torno a ellos, así como en los sistemas totalitarios que intentan lograr que no haya disidencia de ninguna manera.

Por aquí debemos de empezar: para que haya una auténtica democracia, no es necesario ni imprescindible una completa unidad entre la ciudadanía. Precisamente uno de los criterios más importantes de la democracia es que podemos funcionar aún sin concordar en todo, porque precisamente la democracia nos daría la mecánica para resolver pacíficamente nuestras diferencias de opinión. Y eso requiere unidad en cuanto a unos pocos conceptos básicos, y un respeto profundo por las diferencias en todos los demás aspectos. Y, por supuesto, otro concepto básico es que necesitamos construir un método de toma de decisiones sociales que permita a la ciudadanía operar, con la base de que nunca lograremos total unanimidad.

En nuestra situación actual no estamos encontrando en el país verdaderas acciones para construir un consenso en los puntos básicos de la vida democrática. Hay muchos, en todos los bandos políticos, dedicados con singular alegría a fomentar y promover la división. Los pocos que tratan de promover la unidad no pasan de dar sermones, más o menos piadosos, sobre las ventajas de la unidad, pero sin ofrecer propuestas concretas.

Más allá de la prédica, podría haber algunos caminos para enfrentar esta siembra de la guerra civil que estamos presenciando. Claramente, no hay soluciones fáciles ni mucho menos rápidas. Después de muchas décadas de estar tratando de dividir a los mexicanos, para muchos no hay otro camino más que convencer a otros de sus puntos de vista y, además, de arrinconar a quienes piensan diferente para expulsarlos de la vida pública, o al menos neutralizarlos.

Tendríamos que aprender a diferir, a debatir y también a acordar. Por lo que ve uno en la vida política, en los medios y en la conversación diaria entre los ciudadanos, no hemos aprendido a diferir sin ponerle una carga de violencia a nuestros argumentos. Nuestras argumentaciones casi siempre van acompañadas de insultos, descalificaciones, negaciones y la imposibilidad de que otro pudiera tener, al menos parcialmente, algo de razón. Creemos que el debate se gana cuando hemos aplastado al contrincante, al que opina diferente de nosotros.

Y esta carga violenta se magnifica, sobre todo, cuando viene de las autoridades. En muchas ocasiones nuestros mandatarios no se ponen en el papel de quienes deben equilibrar las diferencias de opiniones y lograr el mayor acuerdo posible. Probablemente encontremos aquí un paralelo en la definición de lo que significa la ley. Algunos definen la ley como el conjunto mínimo de regulaciones para la convivencia de la sociedad. Una buena legislación no trata de cubrir todos los casos posibles, no trata de dar todas las soluciones, sólo trata de cubrir lo necesario para que haya acuerdos en la sociedad. Y son precisamente esos mínimos, no sólo en lo legal sino también en lo social, lo político y lo económico a lo que debemos de aspirar. Así debería ser el rol de nuestros mandatarios.

Hay que crear, por otro lado, los mecanismos necesarios para que cuando se presente un conflicto entre los derechos y deberes, así como con esos mínimos necesarios para la convivencia, deberá haber mecanismos para resolver esas diferencias. Lo cual no es fácil de lograr, pero es fundamental.

Podríamos aprender de un ejemplo, ya un poco antiguo, de lo que ocurrió cuando en España, después de un régimen autoritario que duró algunas décadas, se dio el cambio democrático. Para que ese pacto funcionara, se buscó incluir a todos los sectores políticos y sociales, con una amnistía amplísima para aquellos grupos políticos que se les consideraba fuera de la ley, y se creó un conjunto de criterios a los que se les llamó “los pactos de la Moncloa”. Criterios que no eran perfectos, que no cubrían todos los temas necesarios, pero que permitieron avanzar en el camino de pasar de un sistema autoritario a un sistema democrático.

No tuvimos nada parecido en nuestra transición democrática en el año 2000, no lo tenemos en este momento, cuando una parte importante de la población votó por una transformación, y claramente ahí estamos atorados. Y me temo que, dados los argumentos que se escuchan de las diferentes facciones políticas, no veremos esto antes de las elecciones del 2024. Ojalá esté equivocado. Pero si logramos construir esos criterios mínimos en torno a los cuales haya unidad y que nos permitan administrar las discrepancias en la mayoría de los temas, aunque todo eso nos lleve del 2024 al 2030, habremos hecho una buena tarea.

 


Antonio Maza Pereda