¿Porqué Cuenta Larga?

¿Porqué cuenta Larga? Los mayas tuvieron dos maneras de llevar el calendario: la cuenta corta (el año o tun) y la cuenta larga, de 144,000 días, el baktun, equivalente a 395 años y medio, aproximadamente.

Las organizaciones deberían tomar en cuenta esta filosofía. Hay decisiones de corto plazo (Cuenta Corta) y de largo plazo (Cuenta Larga). Este blog está orientado a las situaciones de largo plazo y su influencia en las organizaciones
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domingo, 5 de mayo de 2024

¿Derecho a marginar?

 


Se ha hablado mucho sobre la polarización que vemos en nuestro país.  Una polarización que ha venido creciendo en el último sexenio, que ya existía anteriormente, aunque no con la misma intensidad. Y conforme nos acercamos   a la elección presidencial de este año se vuelve más intensa.

 Es bastante claro que, los así llamados estrategas políticos, consideran útil y necesaria esta actividad.  En los distintos debates qué habido en las diferentes entidades del país, así como en el debate presidencial, ha sido claro que el esquema ha sido uno de atacar sin misericordia a los contrincantes.

Interesantemente, este concepto viene de la idea de que las contiendas electorales deben manejarse como una guerra y, como en todas las guerras, siempre debe haber vencedores y vencidos.  La idea es destruir al contrincante de tal manera que no pueda representar ningún peligro a futuro.

Pero, ¿es esa la idea que debe tener la democracia?  Cuando en ese sistema, lo que se busca es el bien común, el respeto a todos los ciudadanos.  Cuando un oponente hace alguna propuesta, en lugar de examinar con lógica sus argumentos, consideramos que es suficiente ponerle algún tipo de etiqueta. Por ejemplo: “Lo que pasa es que usted es parte del grupo conservador.” “Y los conservadores son los enemigos de la Patria y siempre están equivocados". ¿Se da cuenta de que no se demuestra de ninguna manera que, lo que el otro está proponiendo, contiene errores? Basta con usar la etiqueta y se considera que ya se cumplió. Y eso ocurre en todos los bandos.  Si a alguien le ponen la etiqueta de chairo, de mocho o de comunista, ya no se siente la necesidad de demostrar con lógica los errores de su argumento.

 Y esto se da en otros ambientes, no solamente en el político. Al escuchar, por ejemplo, argumentos en favor de un trato justo para las mujeres, no faltan quienes dicen: las mujeres no son buenas para los números, no son lógicas, son demasiado sentimentales, fácilmente las convencen, padecen tormentas de hormonas que les impiden tomar decisiones correctas.  Todos esos perjuicios se resumen en unas cuantas etiquetas.  Con eso hay muchos que piensan que ya rebatieron los argumentos que puedan tener las mujeres en algún tema. No examinan sus argumentos por sus propios méritos, sino tratándolos a través   de sus ideas preconcebidas.

 Ocurre en muchos otros campus.  Si quien opina es una persona de edad avanzada, dicen que seguramente está atrasado en sus ideas, posiblemente ya está en el principio del Alzheimer. Si es indígena, dicen, seguramente es perezoso y con poca imaginación.  Y así por el estilo. Detrás de todos esos supuestos modos de debatir, está el propósito de negarle validez a grandes sectores de la Sociedad. No cabe duda de que a muchos nos cuesta trabajo usar la razón.  Siempre será más cómodo usar los prejuicios.

 

Esto, que es un defecto en el trato social, tiene todavía mayor importancia en la democracia. Ahí estamos partiendo de la base de que cada persona tiene el derecho a un voto, con la misma validez que el de cualquier otro votante.  Que el tener alguna ideología, no nos da una superioridad.  Que nuestros análisis y nuestros debates deben hacerse basándose en razones, no en prejuicios, no en suposiciones arbitrarias.  Que no tenemos derecho a marginar a nadie, excepto aquellos a quienes se les nieguen los derechos políticos por haber cometido algún crimen para el cual se haya establecido este tipo de pena.

Posiblemente, uno de los motivos por los que es difícil la democracia es precisamente el que nos obligamos al dar peso a las diferentes opiniones basándonos en la lógica y en argumentos de razón. Partimos de una base de que todos los seres humanos tenemos la misma dignidad y que nuestras creencias políticas no nos hacen superiores ni nos dan la facultad de negar a los demás el derecho a opinar.

 Hemos estado viviendo una temporada de polarización, en que este principio democrático se ha ido demeritando.  No solamente estamos padeciendo de una grave violencia física.  Los centenares de miles de muertos y desaparecidos son algo terrible. La violencia intrafamiliar no se ha reducido. Pero esta situación, gravísima como es, no se compara con los millones de ciudadanos a los que se les ataca verbalmente, que sufren diariamente de violencia en las declaraciones de los distintos bandos políticos a todos los niveles, o la de millones de personas que se atacan mutuamente en las redes sociales.

Necesitamos en gran medida reconstruir la amistad social. Tener la nobleza de reconocer opiniones diferentes de la nuestra, de tener la capacidad de analizar sus argumentos sin odio, evaluándolos por sus propios méritos y reconociendo que casi en cualquier tipo de argumentación hay elementos positivos, aun en las propuestas más negativas que puedan encontrarse. Y tener la capacidad de, en lugar de señalar las fallas, proponer soluciones mejores. ¿Que soy iluso? ¿Demasiado teórico? ¿Utópico?  Bueno, me han dicho cosas peores. Y creo que a nuestra Sociedad no le está haciendo ningún bien esta polarización, esta idea de marginar a partes importantes de la ciudadanía con tal de sentir el placer de haber dejado callados a los demás.


Antonio Maza Pereda

 

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martes, 19 de abril de 2022

Así no, Ciudadanía

A poco más de una semana de terminar la votación por la revocación del mandato, yo esperaba el ciclo típico de estos eventos. Primero, declaraciones triunfalistas el lunes; después, el martes una serie de sesudos análisis; el resto de la semana de declaraciones, debate y después el olvido paulatino en la segunda semana. Esta vez pasamos de declaraciones triunfalistas el lunes, a pocos comentarios el martes y un olvido casi total a partir del miércoles. Ni votantes ni abstencionistas le dan seguimiento al asunto.  No hay debate. ¿Acaso será por haber entrado todos en el clima de vacaciones de Semana Santa? Parece que nadie le importa el resultado. Algo suena hueco en las declaraciones triunfalistas de ambos bandos.  A la ciudadanía ya se le olvidó el tema. O nunca le importó.

El problema de fondo es que, si todos se dicen triunfadores, nadie va a cambiar mucho. Como ciudadano sin poder me preocupa eso. No puedo aceptar que consideremos la abstención como una manera de triunfo. Tampoco que el triunfo se defina con la ingeniería electoral. El gran asunto es que en la democracia ganan y gobiernan los que participan. Quien no tiene argumentos, pierde. La democracia sirve si estamos dispuestos a creer que la mayoría tiene razón o por lo menos si estamos dispuestos a cooperar con aquellos que demuestran de una manera justa tener la mayoría. A largo plazo lo que nos provee la democracia es un mecanismo para evitar las confrontaciones violentas y llevar el tema al punto de la discusión racional. No se trata de ver quién convence con apodos o con insultos surtidos que endosamos a todos aquellos que piensan diferente de nosotros.

Mientras no estemos convencidos de que, en la mayoría de los casos, debemos de cooperar con quien ha demostrado tener la mayoría en la votación, la democracia será cada vez más un ejercicio estéril. La solución a largo plazo está en la educación y el desarrollo de la conciencia política. La creación de narrativas es importante pero los argumentos son lo que funciona en el largo plazo. Necesitamos soluciones. No adjetivos.

Siempre podemos encontrar motivos por los que la democracia no es todo lo que debería de ser. Es fácil señalar: lo que no es tan simple es mostrar dónde están las soluciones.  Por ejemplo, es un hecho que las personas pobres muchas veces venden su voto. Podemos demostrar el hecho, pero ¿cuándo hemos escuchado qué cosa hacer para que los pobres sean menos pobres y no necesiten vender su voto? De hecho, tal parecería que hay grupos políticos en todos los bandos que prefieren tener a la población en situación precaria para que puedan movilizar sus votos. Otro tema: los jubilados que votan por determinadas formaciones políticas por temor a perder los escasos beneficios que han logrado recibir. ¿Cómo hacer para que estos jubilados tengan pensiones dignas? De eso no se habla. Señalamos a ignorantes que no entienden las consecuencias de sus votos.  Podemos denunciar y decir que en este país hay muchísimos ignorantes, fáciles de engañar. ¿Qué proponemos para enseñar a pensar críticamente a la mayoría de la población?

Porque si todo sigue igual, el 2024 no será muy diferente. Aún si empezamos a cambiar hoy, dos años no bastan para modificar estos temas que he mencionado. No cabe en duda que el argumento de Manuel Gómez Morín al hablar de una “brega de eternidad” como el modo de lograr cambiar de fondo las situaciones de México, sigue siendo una idea totalmente válida. Y nadie, ni siquiera los supuestos sucesores de Gómez Morín, tienen programas concretos para resolver los problemas de fondo que dañan nuestra democracia.

De modo que, volviendo a los resultados en la consulta por la revocación de mandato, insisto en que el gran tema es que todos los partidos se declararon vencedores y mientras se declaren triunfadores no tendrán ningún incentivo para modificar sus añejas costumbres. ¿Tienen ellos la culpa? Puede ser. Pero el gran asunto es que la ciudadanía nos conformamos con bastante facilidad. Seguimos aceptando el largo ayuno de ideas que ya podría considerarse que dura varias décadas. Nos estamos yendo con las narrativas creadas por especialistas en ese manejo y diseñadas para mantenernos entretenidos, en lugar de tomar al toro por los cuernos y exigir cambios a una clase política que está quedando a deber con los ciudadanos. Porque, aunque no estoy de acuerdo con la idea de que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, es claro que así las cosas no van a mejorar. Y no son los políticos, que han vivido bastante bien de nuestros impuestos, los que mejorarán la democracia.  No tienen por qué cambiar mientras nosotros sigamos viendo las cosas con la misma superficialidad.

Antonio Maza Pereda

martes, 30 de marzo de 2021

Para qué sirven las elecciones 2021

En nuestra cultura (o incultura) democrática, las elecciones intermedias, aquellas elecciones federales donde no se elige presidente de la República, son las menos concurridas. Abstencionismo de más de 50% es lo común. Lo cual indica que, para la mayoría de los votantes, esta es una elección poco importante. De nada sirve que la propaganda oficial nos diga que son las elecciones más importantes en la historia. Lo cual es cierto desde el punto de vista del número de ciudadanos que podrán votar. Pero la costumbre de abstenerse en estas elecciones nos demuestra que para la mayoría de los votantes no es una elección que importe.

Sí, hay excepciones. Se elige una gran cantidad de gobernadores, que a nivel local si tienen muchas más probabilidades de tener una asistencia copiosa en las urnas. Pero no será así en la mayoría de la población. Y no se les puede culpar del todo. Con nuestro limitado conocimiento de la democracia, para la mayoría no es claro cuál es el papel del poder legislativo, el cual forma la parte más importante de los cargos en juego en esta elección, sea en las federales o en las locales.

Tome usted un grupo al azar de ciudadanos y pregúnteles para qué sirven diputados y senadores. Lo normal será que la mayoría piensen que sólo sirven para validar y dar legalidad a las iniciativas del Poder Ejecutivo. Difícilmente se verá su lugar como el de un contrapeso efectivo que nos dé un balance de poderes, que sea una salvaguarda contra el autoritarismo y que permita escuchar todas las voces antes de tomar decisiones importantes.

Aún más: a ese mismo grupo de ciudadanos pregúnteles a ustedes cuáles son los nombres de su diputado y de su senador, y a qué partido representan. Poquísimos tendrán una respuesta clara. Y si, además, usted les pregunta cuál es su trayectoria lo más probable es que casi nadie la conozca. Todavía más, muéstreles sus fotografías entre las fotografías de otros ciudadanos y puede apostar casi con total seguridad que no lo reconocerán. Para la mayoría de nosotros pasa que a diputados y senadores sólo los conocemos en fotografía, en las pocas semanas que dura la campaña y veremos su imagen en todas las esquinas, en los famosos pasa calles, y a veces en los postes.

Hay, por cierto, un aspecto muy importante en estas elecciones, aspecto que casi no se ha mencionado. En estas elecciones, por primera vez en muchos años, se permitirá la reelección sucesiva de diputados y senadores. Lo cual va contra muchas décadas del famoso aforismo “Sufragio efectivo, no reelección.”. La teoría es que, al permitirse la reelección consecutiva de estos funcionarios, ellos se verán obligados a cumplir sus ofertas de campaña y cuidar su desempeño como legisladores ante aquellos que los eligieron. Algo muy importante: hoy por hoy, la mayoría de los políticos le deben su puesto a las buenas relaciones que tengan con la estructura partidista, no a los votantes. Si esta teoría es cierta, los miembros del Poder Legislativo tendrán mucho más interés en quedar bien con los electores. Habrá que ver sí la teoría se cumple. Porque, en realidad, un número sustantivo de legisladores han escogido hacer la prueba de la reelección.

Los medios y buena parte de los partidos de oposición están presentando estas elecciones intermedias como una especie de plebiscito sobre la administración de Andrés Manuel. De hecho, si uno ve las declaraciones de la oposición política, así como de la multitud de grupos ciudadanos que se están organizando para influir en las elecciones, es claro que la mayor parte de los argumentos para votar por partidos diferentes de la 4T, se basan en proclamar las insuficiencias de nuestro presidente y su administración. Prácticamente no se ven propuestas más allá del conocidísimo “quítate tú para poner a otro”. Con lo cual solamente estamos prolongando ese ayuno de ideas y de propuestas que ya se ha comentado ampliamente en esta columna.

De fondo, la situación más importante en estas elecciones es la que tenemos frente a nosotros desde hace muchas décadas. La decisión entre continuar o profundizar el autoritarismo en nuestro sistema político o la de avanzar hacia una democracia plena, una democracia sin adjetivos, sin condiciones. Estaremos eligiendo una capacidad de contrapeso al Poder Ejecutivo, que limite los excesos del Poder y les dé voz a minorías sustanciales y que actualmente no están siendo tomadas en cuenta para la toma de decisiones. O, en el extremo contrario, la ciudadanía estará extendiendo un cheque en blanco a la administración actual, confiando en la sabiduría y la buena fe del titular del Ejecutivo Federal.

Al final de cuentas, no se trata de un tema de simpatías personales. Se trata de construir un sistema de balances y comprobaciones que impida la prostitución de un sistema que todavía no acaba de ser plenamente democrático y que necesita consolidarse. Esto, amigas y amigos, es lo que se está jugando en este 2021. Y no podemos estar ausentes en esta decisión, de la cual van a depender en mucho las situaciones que se nos presenten en los próximos años, situaciones que no se ven fáciles. 

Antonio Maza Pereda 

 

viernes, 10 de enero de 2020

Autoritarismo contra Democracia

De las críticas que se hacen a Andrés Manuel, una de las importantes es su autoritarismo. Otras críticas llegan a lo infantil: que si es viejo, que si habla despacio, su acento, hasta sus hábitos alimenticios o si ha ganado peso. Cosas que nada tienen que ver con su toma de decisiones. Pero, ¿es un caso único, o vivimos todos los mexicanos en una cultura del autoritarismo?

Un gran tema de nuestra sociedad es este: ¿lograremos vencer al autoritarismo o solo queremos cambiar de autoridades? Es claro que la clase política no busca un cambio en este tema. La base del autoritarismo es ver a los gobernados como inferiores. El concepto de la casta política es: “Solo nosotros, la elite, tenemos derecho a decidir. Somos los únicos que sabemos. Los súbditos solo tienen el derecho a obedecer. Ellos, pobrecitos, son tan ignorantes: no entienden, no saben que hacer. Solo les toca callar y obedecer, como se decía en la Colonia. Solo nosotros,  los mejores (que somos pocos), tenemos  el derecho a decidir”. Así parece actuar la clase política. Claro, nunca lo van a decir. No son tontos. Pero esa es su actitud.

 Una actitud que está presente  en toda nuestra sociedad. Desde las relaciones familiares: “Porque soy tu madre”, como el gran argumento con el adolecente rijoso. En las relaciones laborales,  sindicales, las ONG’s, los grupos filantrópicos, en las escuelas, y también en el clericalismo, tan criticado por el Papa  Francisco. No, no requerimos eliminar toda autoridad y llegar al anarquismo. Pero sí hay que lograr que, para las decisiones, el argumento único no sea el argumento de autoridad.

Por otro lado, tenemos la actitud de la ciudadanía. Si hoy, por algún tipo de milagro, desapareciera el autoritarismo de los políticos, ¿estaríamos dispuestos  a asumir el cambio y participar responsablemente en la toma de decisiones? Tristemente, lo dudo. Es cómodo dejar las decisiones a otros. Es cómodo no participar. Muchos preferimos dejar la carga a otros. Ni siquiera queremos estar informados y debatir las opciones para decidir. Siempre es más fácil, y divertido criticar sin proponer. Y tampoco se nos da la autocrítica: nos parece un deporte de alto riesgo y no nos interesa practicarlo.

El tema de fondo es: ¿queremos hacernos responsables? ¿Proponer en lugar de dedicarnos al sabroso deporte de la crítica, constructiva o no? Porque eso requiere de un trabajo serio. Informarnos, cosa nada sencilla en estos tiempos de la post verdad y los “fake news” Formarnos, para aprender a dar opiniones sólidas. Desarrollar capacidad de análisis, de generación de opciones y toma de decisiones. Cada cual a su nivel: los obreros, como obreros y miembros de sindicatos, las parejas para la educación de los hijos, los empleados, los patrones, los clérigos y hasta los políticos y gobernantes. Necesitamos todos crecer en nuestras capacidades para poder dejar atrás la plaga del autoritarismo y vencer esta actitud de permitir que nos mangoneen.

No será fácil. Y, sobre todo al principio, deberemos aceptar que cometeremos errores. Es un gran trabajo. Pero ese trabajo y esos errores son el precio que hay que pagar para dejar atrás este autoritarismo. Qué los países desarrollados, aquellos  que se consideran modelo de civismo, no lograron de la noche a la mañana. Ni en un solo sexenio.

Antonio Maza Pereda