Un espacio para reflexionar sobre las consecuencias de largo plazo de las decisiones de las administraciones públicas, privadas y sociales. Su enfoque es mayormente estratégico, y su método es el de las proyecciones de tipo cualitativo, con los criterios de la creación de escenarios. Su ambición es la de ir más allá de la exposición y ser un espacio libre de discusión de los interesados en este tema.
¿Porqué Cuenta Larga?
lunes, 25 de noviembre de 2024
Totalitarismo, el gran riesgo
lunes, 11 de diciembre de 2023
La magia de la Navidad
En estas fechas, prácticamente en todo el mundo, se maneja el tema de la Navidad. En algunos medios, particularmente en los de orientación religiosa, es un tema de discusión. ”La Navidad ya no es lo que era”, se nos dice. Y esto no es totalmente cierto. En muchos aspectos la Navidad es muy tradicional: las reuniones familiares, las visitas a parientes y amigos, los regalos, el apapacho a los niños, los árboles y sus adornos. En apariencia, todo sigue igual. El comercio aprovecha plenamente este concepto y lo liga con la entrega de cariño. Si regalas, estás demostrando amor. Entre más costoso el regalo, más amor demuestras. El consumismo a todo lo que da
Es un fenómeno prácticamente mundial, transcultural, transreligioso. Precisamente para evitar conflictos para unir bajo la misma cobertura a diferentes creencias, se trata de evitar el nombre de Navidad y se quiere sustituir por “las fiestas de la estación”. No sea que se nos vayan a ofender aquellos con otras creencias, a los que podría parecer que nosotros les estamos imponiendo una creencia, algunas agendas.
Esta qué, posiblemente, es la festividad más extendida y aceptada en la humanidad, ha cambiado un poco en las formas. No así en el fondo, en su razón de ser. Lo que verdaderamente se celebra. Debo reconocer que, para mí, esto no era una preocupación. Hasta hace relativamente poco. “Qué bueno que se celebre el nacimiento de Jesús”, decía yo. Tal vez no lo acepten, Tal vez no lo entiendan, tal vez ni siquiera repitan su nombre, pero de alguna manera sé están adhiriendo a Él. Y con este pensamiento, por años, no hice comentario sobre este tema.
Pero, algo ha cambiado. Está cambiando el fondo de la celebración, su motivo, su intención. Y esto nos lleva tener dificultades para contestar una pregunta muy simple: ¿qué celebramos? De algún modo, el concepto de la Navidad se ha vaciado de significado. O, por lo menos, de su significado original. Sí, Navidad es un momento de nostalgia, el recuerdo de mis navidades de niño, la ocasión de mostrar cariño para mis hijos y nietos. Es un asunto de tipo cultural, dónde seguimos las tradiciones de nuestros padres, las costumbres que tenemos en nuestro terruño. Una manera de ayudar a otros a ser felices.
La mayoría de las iglesias cristianas celebramos a Jesús niño y en los regalos conmemoramos el gran regalo que Dios Padre le hizo a la humanidad al entregarnos a su Hijo. Pero si no tenemos su significado original, es necesario asignarle algún tipo de significado. Recientemente, sobre todo en los canales de televisión originados en los Estados Unidos, se han producido programas de contenido navideño, en algún caso transmitiéndose 24 horas al día desde el mes de octubre hasta los primeros días de enero. La mayoría con un esquema relativamente homogéneo: una familia incompleta, dónde la madre y en muchos otros casos el padre, dan todo su cariño a un hijo cuando se han quedado solos por diferentes razones. Y hay tal devoción por el hijo que no se han preocupado por tener alguna otra relación. El niño es feliz, pero siente necesidad de que su padre también sea feliz. Aparece alguna chica o algún chico, que no ha logrado encontrar un cariño estable y en el ambiente de la Navidad surge un romance. Todo lo cual ocurre en torno a la Navidad, que contribuye a que ellos que viven la soledad, encuentren nuevamente el amor y el modo de completar la ausencia del padre o madre que ya no está ahí. Y, obviamente, después de algunos problemas, de algunas dificultades, aquellos sedientos de cariño se encuentran finalmente. Todo ello en un ambiente festivo, la rememoración de las costumbres hogareñas, el cariño de familia. Un romance blanco, sin escenas de alcoba, temas muy familiares. Por cierto, con cierta frecuencia, se presentan películas donde se trata el tema de la Navidad entre las familias de los militares quiénes, por su servicio a la nación, se tienen que separar de sus familias en estos tiempos. Se ve como, estas familias, mantienen vínculos con quienes están lejanos. Algo hermoso y seguramente muy necesario para las familias de quienes están al servicio de la nación. Todo buenísimo. Pero ese no es el sentido de la Navidad. Muy bueno y necesario en cualquier época. Ojalá el mensaje penetre y se afiance. Pero esos son los valores familiares, valores eternos, no exclusivamente navideños.
Pero, últimamente, ha nacido otra tendencia, a la cual no le encuentro realmente las bondades que le puedo encontrar a las que comenté anteriormente. Ahora se ha estado hablando de la “magia de la Navidad”. Como si fuera un rito, una palabra mágica, que produjera felicidad por sí misma. Como si el mero hecho de repetir ciertas costumbres generara bien por sí mismo. Esto, que se ha venido cocinando en los últimos años y que ahora ha sido encabezado por el poder mercadológico de uno de los refrescos más conocidos del mundo, el mismo que popularizó el concepto de Santa Claus y la imagen que todos le conocemos. Y en esto, tristemente, yo no puedo estar de acuerdo. Puedo aceptar las costumbres familiares, las culturas locales y el modo como celebran esta fiesta y también el hecho de que otras religiones y otras culturas deseen celebrar junto con toda la humanidad lo que nosotros celebramos, por sus razones muy particulares. Porque en cada cultura están las semillas del mensaje que Dios ha puesto para los hombres. Pero no es un mensaje de magia, es uno de valores de bondad, bien y belleza.
En fin, celebremos la Navidad cómo lo que es: un recordatorio de la verdad, el bien y la belleza, los grandes valores humanos. Que para algunos de nosotros están encarnados en el hijo de Dios vivo, que nos llegó cómo un niño. Otros, que no creen en Él, desean y creen en la bondad, el bien y la belleza. No en un rito mágico que produzca bien por sí mismo, sino el resultado de nuestro deseo de vivir siempre de mejor modo. Que esta Navidad sea, para todos y todas, una gran alegría y que esta ilumine nuestro año próximo.
Antonio Maza Pereda
lunes, 31 de julio de 2023
¿Juventud criticada?
Es interesante ver cómo, simultáneamente, se critica a la juventud mientras que una gran mayoría de las personas tratan de parecer o aparecer más jóvenes de lo que realmente son. Cabría la duda de pensar que ese reproche procede de nuestra envidia: quisiéramos volver a ser jóvenes y que tuviéramos la experiencia y los conocimientos que nos dan la edad. A veces, por lo menos.
El hecho es que se critica a los jóvenes como grupo. Y generalmente ese tipo de crítica se centra en la falta de compromiso de los jóvenes en una serie de temas: la política, la sociedad, la religión o la cultura, por decir algunos asuntos. Se habla de que los jóvenes ya no se comprometen y muchas veces no analizamos a fondo estas críticas. Valdría la pena confrontar lo que valoran nuestros jóvenes comparado con lo que aplicamos en la práctica los que ahora criticamos.
Se dice que la mayor abstención electoral ocurre en el grupo de los jóvenes. Pero no analizamos si verdaderamente la oferta política que se les presenta es como para que realmente se entusiasmen. También deberíamos cuestionar si, efectivamente, cuando teníamos nuestros primeros años de ciudadanía, estábamos ansiosos por emitir nuestro voto de una manera sensata e informada.
Se dice también que a los jóvenes no les importan los temas sociales. Se habla de un egoísmo colectivo y se supone que este es más fuerte en los jóvenes. Les llamamos: “la generación de cristal, quejumbrosa y pasiva”. Recordando nuestros años juveniles, hay que reconocer que a la mayoría no nos preocupaban los temas sociales y que solo a pocos verdaderamente les apasionaban.
En temas como el conocimiento, criticamos el hecho de que los jóvenes tienen mucho mayor interés por las redes sociales que por la cultura, misma que para algunos parecería estar en decadencia. Pero se nos olvida que, en nuestra generación que no tenía un acceso tan amplio a los temas culturales o informativos, no nos dedicábamos como jóvenes al leer a Aristóteles, a Kant, Dostoievski, a Octavio Paz o a Juan Rulfo, por ejemplo. Claro, siempre ha habido alguna minoría con intereses culturales, pero claramente en nuestra generación y sobre todo en las clases menos favorecidas, se leía el Libro Vaquero o se veían los programas de televisión, qué era muy escasos.
Realmente, ¿es justa la crítica que le hacemos a nuestra juventud? Hablamos de una cultura del entretenimiento, analizamos científicamente los efectos de la distracción prácticamente permanente. Algo hay de razón: una pedagoga brillante, a quien conozco personalmente, habla de que hoy en día el gran tema no es el síndrome de déficit de atención, y que este se confunde con la sobreestimulación que reciben los niños y jóvenes. Y que ellos no han creado. También es claro que ellos no han construido el entretenimiento adictivo. Es cierto que hace algunos años la calidad del entretenimiento era bastante inferior. Pensamos en las grandes ciudades y no recordamos que, cuando una proporción importante de la población era rural, las opciones de entretenimiento eran muy limitadas. Todavía hace unas cuantas décadas, en muchos poblados pequeños el único medio de entretenimiento eran las cantinas y las pulquerías, y estas últimas tenían su área para mujeres. Los juegos de cartas y otros similares era lo que daba el entretenimiento en esos establecimientos.
En los temas políticos y sociales valdría la pena cuestionar: ¿quién ha desanimado la participación ciudadana, no sólo la de los jóvenes sino de la población en general? Somos los mayores quienes estamos permanentemente desprestigiando el quehacer político. Y luego nos extrañamos de que los jóvenes no quieran participar en las labores ciudadanas. Cosa que tampoco es nueva: en la generación de los 60, el movimiento del 68 iniciado en Francia y replicado en muchos países, incluyendo el nuestro, se basaba en una muy justificada desconfianza hacia el sistema político.
Podría decirse que prácticamente en todas las edades, la participación en los temas mencionados siempre ha sido un tema de minorías. Esperamos tal vez demasiado de los jóvenes cuando nosotros mismos no tenemos la participación qué esperamos de ellos. Y hay que reconocer que no hemos predicado con el ejemplo: les pedimos lo que no dimos en nuestro momento.
Tenemos que construir como Sociedad una cultura de los valores que necesitamos, pero hay que estar conscientes de que en la mayoría de los casos tendremos una respuesta minoritaria. La construcción de las sociedades es una labor dificultosa y lenta. Una labor que requiere formar minorías que, siguiendo la parábola evangélica, consisten en un poco de sal que hace agradables los alimentos, de una pequeña cantidad de levadura que fermenta toda la masa. Porque no podemos esperar una sociedad donde todos sean participativos, influyentes, cultos y sabios. Pero sí tenemos la obligación de apoyar a esas minorías de jóvenes que están destacando en los campos que a la Sociedad le importan. Animarlos, asesorarlos, instruirlos y aceptar qué harán las cosas de maneras diferentes de como nosotros lo hubiéramos hecho.
Antonio Maza
Pereda
viernes, 7 de abril de 2023
Cultura del entretenimiento
Recientemente un buen amigo me deseaba, a propósito de la Semana Santa, que lograra reconstruir el alma. Me encantó el concepto. Un deseo claramente ambicioso. A veces tenemos que reconstruir el alma, una tarea similar a la de reconfigurar el software o nuestras aplicaciones cibernéticas; parecida a la reorganización de nuestros planes. Algo que nos ocurre con alguna frecuencia.
También me estaba deseando un trabajo exigente, honrado, nada fácil a la hora de llevarlo a cabo. Porque requiere de un esfuerzo de profundizar en nuestros pensamientos, nuestros razonamientos, en nuestro conocimiento de lo que ocurre a nuestro alrededor. Pensando en la cultura de esta primera cuarta parte del siglo XXI, podríamos definirla como una cultura del entretenimiento. Entendiendo que la definición de una cultura se hace mayormente por el orden de importancia que le damos a nuestros valores. Y así, sí le damos prioridad al entretenimiento y a la diversión sobre la reflexión profunda, estaremos actuando en una cultura que pone en primer lugar el entretenimiento.
No hay más que ver cuánto de nuestros ingresos se destinan a la diversión. He visto muchachos y muchachas jóvenes endeudarse para poder asistir a un espectáculo, por montos que podrían fácilmente ser el de sus ingresos de uno o más meses. Pero que lo hacen con gusto, considerando que esa diversión lo vale. En otro campo, recientemente me hicieron una encuesta sobre el mercado de un producto industrial y una de las preguntas era si el empaque del producto me parecía divertido. Después de que se me pasó el ataque de risa, reflexioné: ¿cuál es el sentido de que se use en industria química un empaque que se pueda considerar divertido? Pero, evidentemente, al diseñador de ese producto le parecía algo muy importante.
Hay que reconocer que eso es algo que nos ocurre a todos. Gracias a las “benditas redes sociales”, han aumentado exponencialmente la facilidad y la disponibilidad de las ocasiones para la diversión y el entretenimiento. Simplemente considere usted cuántas horas del día le dedica al entretenimiento, cómo mezcla el entretenimiento con su trabajo formal. Después de medir eso, calcule usted cuánto le dedica a profundizar sus capacidades para desarrollar el trabajo que le han encomendado o que usted mismo se ha impuesto.
Recientemente se presentó el resultado de una evaluación sobre el coeficiente intelectual de la humanidad. Dicen los investigadores que, por primera vez desde que se empezó a medir ese indicador de la humanidad en su conjunto, el coeficiente intelectual ha disminuido en la última década. Los investigadores no llegan a comentar cuál es la razón de esta disminución. Pero no faltarán algunos, por ejemplo Nicolas Carr o Cal Newport, qué le asignan esta disminución a la presencia permanente de distractores y al concepto, muy de moda, de las multitareas, que nos recetan para ser cada vez más productivos.
No quiere decir esto que no debamos de tener entretenimiento y diversión. Ellos forman una parte del descanso necesario. Pero cuando se exagera puede reducir la eficiencia. Algo similar ocurre con actividades necesarias, cómo podría ser el sueño. Claramente necesitamos una cantidad razonable de sueño, para mantenernos mentalmente activos. Pero una persona que considere el sueño como su actividad fundamental, dormirá veinte horas diarias, y claramente terminaría enfermo. De la misma manera que si creyera que con dormir tres horas diarias podría aumentar enormemente su productividad.
Volviendo a mi amigo, yo entiendo qué es un buen deseo y tiene que ver con que yo tenga profundidad en mis pensamientos, en mis acciones. Entiendo que no me está pidiendo un tipo de profundidad exclusivamente académica, racional, científica o religiosa. Aunque claramente tiene elementos de esos en la reflexión, que me permiten tener un pensamiento profundo y, cómo dice mi buen amigo, reconstruir el alma.
La profundización ocurre fundamentalmente en nuestro interior. Y muy particularmente en nuestra capacidad de poner prioridades en nuestro trabajo y nuestro descanso. Así como ocurre en los individuos, ocurre también en la Sociedad y, señaladamente, en las actividades de nuestro Gobierno. Muchas veces nuestro desacuerdo con nuestros mandatarios no es por las actividades que llevan a cabo, sino porque estas no concuerdan con las prioridades de la Sociedad. Por poner un ejemplo, darle prioridad al ahorro sobre el gasto en la salud, se trata de fondo de un tema de prioridades.
Claro que ya pasó la Semana Santa, pero aún tenemos algunos de nosotros una semana adicional dónde podemos dedicarnos a revisar nuestras prioridades. En todo caso, no es un trabajo para hacer de una sola vez, sino una tarea permanente. Profundizar, construir nuestras prioridades, definir tareas, concentrarnos en lo fundamental. Ese es el tema.
Antonio Maza Pereda
viernes, 25 de noviembre de 2022
Cine y Sociedad
Desde que inició de manera formal el cine, hace 127 años, ha sido objeto de una gran cantidad de críticas y por otro lado ha tenido un éxito incomparable. Aún en los países con menor desarrollo económico y tecnológico, el cine goza de una impresionante popularidad. Muy superior al de las otras artes que la humanidad produce desde la antigüedad clásica. Porque no a todos les gusta la poesía, o la literatura; las exposiciones de pintura, escultura, o de teatro no reúnen las muchedumbres de espectadores que reúne este llamado séptimo arte. Lo cual no ha dejado de causar escozor a muchos que se consideran exponentes de la cultura.
Ese éxito masivo tiene como resultado una gran capacidad de influir sobre las grandes mayorías de la sociedad. Razón por la cual gobiernos, partidos políticos e incluso religiones, han tratado de aprovechar esa capacidad para convencer. Por otro lado, no deja de ser una actividad de alto riesgo. Las inversiones de las superproducciones están fuera del alcance de la mayoría de los que tratan de influir sobre la sociedad. Y aunque se ha intentado, con algún resultado, tratar de predecir el éxito de una nueva producción, la verdad es que muchas veces la cantidad invertida no es necesariamente un predictor de su éxito social o comercial. O sea, no es posible pronosticar con precisión cual es su riesgo. Por otro lado, no es raro el caso de producciones de bajo costo que han tenido un éxito clamoroso, contra todas las predicciones.
Una buena parte de las críticas proceden del hecho de que se percibe el cine como un elemento que puede modificar los valores que una sociedad aprecia. Por esa razón muchas veces los gobiernos totalitarios y las ideologías tratan de influir de esa manera para modificar el modo de pensar de la mayoría. Crítica a las que sus partidarios muchas veces responden diciendo que el cine solamente es un reflejo de la sociedad. Pero eso no es del todo cierto: lo contrario también es bastante común. Es un hecho que el cine influye en las costumbres y no necesariamente para bien.
Los gobiernos en casi todos los países establecen una clasificación con la sana intención de que los contenidos que requieren formación según el tipo de asistente, se informen al público. Generalmente haciendo grupos de edades, deciden cuál es el usuario que debe de asistir a dichas películas. Lo cual también han hecho en muchas ocasiones las diferentes confesiones religiosas. Muy probablemente la mayoría de los ancianos mexicanos se acuerdan de que en la época de los 40 o 50 existía la llamada Liga de la Decencia, que establecía a qué públicos podían ser exhibidas esas producciones. Todo ello, combinado con un breve comentario dando la razón de la calificación.
Ese enfoque, tanto de los gobiernos como de las organizaciones religiosas, probablemente ya está siendo cada vez más inútil. Las producciones ya no se exhiben únicamente en salas; las películas tienen una vida mucho más larga de la que tienen en los cines. La televisión, los vídeos, y actualmente el llamado streaming, han ampliado el impacto y la longevidad de películas que se daban por obsoletas. Y ante esa multiplicidad de maneras de acceder a las películas, el intento de limitar su acceso a la población infantil y adolescente es cada vez más difícil de aplicar.
Ante ese procedimiento que trataba de proteger a la población, señalando las fallas de las distintas producciones, empieza a darse un enfoque más constructivo. En vez de criticar a las malas películas, se trata de crear buenos contenidos, mensajes que inviten a la reflexión y que tengan un impacto profundo. Lo cual no es sencillo. Darle atractivo al bien, la verdad y la belleza no es una empresa fácil. No sólo por el costo de la producción: también por el costo de una promoción inteligente que haga que las cadenas distribuidoras consideren que les conviene dar espacios a ese tipo de películas. Además, en la situación actual, no resulta fácil hacer atrayentes los valores tradicionales de la sociedad. Se necesita una gran capacidad para hacer atractivos, divertidos y a la vez profundos a esos valores. Tal vez por ello no abundan esas películas.
Al final de cuentas, la industria del cine requiere de tener producciones exitosas, que generen utilidades que puedan reinvertirse en nuevas ideas, en nuevas producciones. Son pocos y muy meritorios los cineastas que están influyendo de esta manera. Hace ya algún tiempo se están desarrollando en México festivales de cine con valores en temas sociales. El hecho de que algunos de ellos se promueven como festivales de cine católico, no deja de ser un arma de dos filos. Por un lado, se apela a un público que nuestro país tiene nominalmente más de 100 millones de miembros, aquellos que en los censos nacionales se declaran católicos. Pero, por otro lado, esa forma de promover contenidos que son valiosos sin que necesariamente sean exclusivos de los católicos y que podrían tener un impacto más amplio, podrían estar ahuyentando a públicos que, en la práctica, tienen un enfoque laicista pero no necesariamente uno contrario a los valores humanos qué necesita urgentemente nuestra sociedad.
Nuestro papel como ciudadanos conscientes de que nuestra Patria necesita promover los valores que están en nuestras raíces, debería ser el de promover con nuestra asistencia y con nuestras recomendaciones el apoyo al buen cine sea cual fuere su signo ideológico o religioso. Porque el bien tiene un efecto por sí mismo, independientemente de quién es el que lo promueve.
Antonio Maza Pereda
jueves, 7 de julio de 2022
Ideología de Género: nuestras grietas
Entre las decenas de temas políticos, sociales y económicos que ocupan a la población, hay asuntos urgentes o no tan urgentes, importantes o de poca importancia, estratégicos o tácticos, de interés para unos pocos o los que atañen a gran parte de la sociedad.
Desgraciadamente,
los temas importantes, pero no urgentes, suelen posponerse hasta que se
convierten en crisis. Ese es el caso de la ideología de género. Un tema
que afecta a más de la mitad de la humanidad y que claramente es importante.
Uno que se ha presentado por milenios. Y por esa combinación de lo importante
pero que no es urgente, se ha venido posponiendo hasta que se está convirtiendo
en un conflicto social.
Afortunadamente,
el tema empieza a ser tratado desde el ángulo de la escucha y el diálogo
en vez del ataque que ha suscitado esta ideología por parte de algunos o la
indiferencia por parte de otros. Desde el campo de lo religioso, pensadores
destacados como Hector Sampieri proponen un método de diálogo que tiene como
base establecer puentes y ubicar grietas en la argumentación de esta ideología.
Con bases sólidas que van desde la antropología hasta las técnicas del coaching,
este autor busca el diálogo entre proponentes y opositores de dicha ideología.
Pero, para que
haya un diálogo profundo, hay que reconocer no solo las grietas en la
argumentación de los que proponen la ideología de género sino también las
grietas de quienes se le oponen a dicha ideología. Que van desde los que opinan
que “antes estábamos mejor”, pasando por los que piensan que “no es
para tanto”, hasta los que reconocen que hay una “deuda histórica a la
mujer”, como dice Sanpieri.
El punto más
fuerte de esta argumentación es rechazar la confrontación entre hombres y
mujeres, entendiendo que somos diferentes pero complementarios. Lo cual tiene
lógica, y está basado en argumentos biológicos, antropológicos y hasta
religiosos. La dificultad del asunto es doble: decidir en qué nos complementamos
y en qué somos igualmente aptos, así como quien decide esos roles, por un lado;
y cuál es el aprecio social de quien tiene el papel principal y cuál el del que
es complementario.
Porque eso
siempre ha existido. Un ejemplo entre muchos: la tarea del médico es
complementada por la de la enfermera. A principio del siglo XX, era raro que
hubiera médicas, y el papel femenino se asignaba a la enfermera. Y, correspondientemente,
el mayor prestigio se asignaba al médico, así como una remuneración superior.
Hoy, que tenemos enfermeras con grados de maestría y doctorado, su prestigio y
remuneración sigue casi igual. ¿Quién decidió que el cometido complementario
fuera el de la mujer?
Este papel se
repite por miles de millones de casos en la familia. El hombre es el sostén
económico del hogar; la mujer complementa ese papel del hombre. Y, por
supuesto, en esta época del Homo Economicus, quien más aporta tiene el
papel importante. Y cuando en alguna familia el hombre solo complementa el
sostén del hogar, es visto con desprecio, como el “mantenido”. A la
mujer se le asigna la virtud de la abnegación, es la que se sacrifica por el
bienestar de todos en la familia, la que se hace chiquita para servir a todos.
Y al hombre se le asigna el papel dominante, el de las decisiones, el de los
derechos. Y cuando no es así, a veces la misma mujer oculta el hecho. Otro
tema: la mujer es la responsable de la educación de los hijos, de su cuidado diario,
mientras que el hombre tiene un rol periférico, porque tiene “cosas más
importantes que hacer”. Y los ejemplos se multiplican casi hasta el
infinito. Y antes de que usted me cuestione, le reconozco que así sigo siendo
yo en estos temas que critico, a pesar de que entiendo que no es lo correcto.
Esta situación
tiene que cambiar. Debemos que reconocer que hombres y mujeres somos iguales en
dignidad y valía. Que debemos tener la misma remuneración y tener acceso a los
mismos niveles de autoridad, basado en nuestras capacidades. Que se nos debe permitir
ocupar los mismos niveles de mando. Que hombre y mujer debemos ser consultados por
igual en las decisiones importantes.
Un gran tema:
¿Estamos dispuestos a aceptar un enfoque de complementariedad, no de superioridad
ni de imposición? Necesitamos trabajar por un enfoque de complementariedad
activa, no impuesta, por una igualdad de fondo en lo esencial. Y si logramos
que esto ocurra en este siglo XXI, habremos hecho una buena tarea.
Antonio Maza Pereda
viernes, 11 de febrero de 2022
La educación en lo importante
No siempre es claro tener definido qué cosa es la educación. Con frecuencia la confundimos con instrucción e incluso con un conjunto de reglas de convivencia. Por ejemplo, cuando decimos que una persona es bien educada, es alguien que en todo tiempo tiene presente las reglas de cortesía. Lo cual no siempre es cierto: muchas veces conocemos personas muy instruidas y que sin embargo son todo menos corteses. Su instrucción se basa fundamentalmente en lo técnico y no necesariamente en otras capacidades humanas.
Muchos dicen, y posiblemente tengan razón, que se nos ha perdido el concepto de lo importante. Y no es culpa de la gente: hemos vivido un cambio radical en los valores y en la manera de comportarnos. No tenemos acuerdo en aquello que es importante. Podríamos comentar algunos ejemplos: Acuerdo si la educación debe cumplir únicamente los requerimientos para un trabajo básico, si es lo necesario para progresar económica y socialmente, o al menos lo necesario para convivir en sociedad y para cumplir con nuestras obligaciones ciudadanas. Y mientras no tengamos un acuerdo respecto al alcance de lo que significa una educación en lo importante, o si lo quiere usted ver así, qué es lo importante en la educación, claramente seguiremos teniendo desacuerdos en este campo.
¿Será posible recuperar los mecanismos en el pasado permitía educar en lo importante? ¿Medios como las costumbres, tradiciones, la presión social, las prácticas familiares, el papel de los abuelos y el recuerdo de bisabuelos y tatarabuelos, por ejemplo?
Claramente hay una necesidad de recuperar la educación en lo importante. Valorar y tener acuerdos sobre el criterio de importancia, el manejo de conflictos, la lógica natural también conocida como el sentido común. y también otros tipos de criterios, no necesariamente fruto de la lógica. Criterios para definir lo importante, por ejemplo, ¿siguen teniendo vigencia actualmente, como tuvieron durante milenios en la historia de la humanidad?
Y esto, de por sí complejo, se nos ha complicado aún más por el efecto de la pandemia en que vivimos. Cuando miles de millones de seres humanos no están pudiendo tener los niveles de educación que, buenos o malos, teníamos antes de la pandemia. Cuando ya temíamos que mucho de lo que se enseña en las escuelas, manejaba muy ligeramente temas como la educación en la salud, las capacidades de análisis y de síntesis, el manejo del pensamiento crítico y del sentido común, la inteligencia emocional y otros muchos temas. Mientras se sobrecargaba a los alumnos con una serie de conocimientos poco útiles para su vida diaria y se estaba omitiendo lo que muchos consideran la habilidad más importante en los próximos siglos: la habilidad de aprender a aprender, sin seguir insistiendo en los sistemas basados en aprender memorizando.
Es un tema que da para rato. Sin embargo, no es una preocupación para la mayoría; estamos bastante cómodos con nuestra manera de educar en lo importante. O como diría una minoría, deseducar. Porque para algunos el tener criterios relativamente homogéneos de aquello que es importante, es percibido como una especie de tiranía. ¿Qué hacer? Lograr este tipo de acuerdos no será fácil ni rápido.
Llevamos siglos de una revolución cultural no anunciada, no reconocida ampliamente y donde se nos ha convencido de que todo tiempo futuro será mejor. Creemos que todo lo pasado es desechable y no estamos logrando lo que la humanidad ha desarrollado: la habilidad de crecer apoyándose en nuestros conocimientos anteriores, ver la realidad subidos en los hombros de gigantes como dijo Newton, entendiendo por ello el conocimiento acumulado en la historia de la humanidad. No, no será fácil. Razón de más para empezar pronto.
Antonio Maza Pereda