¿Porqué Cuenta Larga?

¿Porqué cuenta Larga? Los mayas tuvieron dos maneras de llevar el calendario: la cuenta corta (el año o tun) y la cuenta larga, de 144,000 días, el baktun, equivalente a 395 años y medio, aproximadamente.

Las organizaciones deberían tomar en cuenta esta filosofía. Hay decisiones de corto plazo (Cuenta Corta) y de largo plazo (Cuenta Larga). Este blog está orientado a las situaciones de largo plazo y su influencia en las organizaciones
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lunes, 11 de diciembre de 2023

La magia de la Navidad

 En estas fechas, prácticamente en todo el mundo, se maneja el tema de la Navidad.  En algunos medios, particularmente en los de orientación religiosa, es un tema de discusión. ”La Navidad ya no es lo que era”, se nos dice. Y esto no es totalmente cierto.  En muchos aspectos la Navidad es muy tradicional: las reuniones familiares, las visitas a parientes y amigos, los regalos, el apapacho a los niños, los árboles y sus adornos. En apariencia, todo sigue igual. El comercio aprovecha plenamente este concepto y lo liga con la entrega de cariño. Si regalas, estás demostrando amor.  Entre más costoso el regalo, más amor demuestras.  El consumismo a todo lo que da

Es un fenómeno prácticamente mundial, transcultural, transreligioso.  Precisamente para evitar conflictos para unir bajo la misma cobertura a diferentes creencias, se trata de evitar el nombre de Navidad y se quiere sustituir por “las fiestas de la estación”.  No sea que se nos vayan a ofender aquellos con otras creencias, a los que podría parecer que nosotros les estamos imponiendo una creencia, algunas agendas.

 Esta qué, posiblemente, es la festividad más extendida y aceptada en la humanidad, ha cambiado un poco en las formas. No así en el fondo, en su razón de ser.  Lo que verdaderamente se celebra. Debo reconocer que, para mí, esto no era una preocupación. Hasta hace relativamente poco. “Qué bueno que se celebre el nacimiento de Jesús”, decía yo. Tal vez no lo acepten, Tal vez no lo entiendan, tal vez ni siquiera repitan su nombre, pero de alguna manera sé están adhiriendo a Él. Y con este pensamiento, por años, no hice comentario sobre este tema.

Pero, algo ha cambiado.  Está cambiando el fondo de la celebración, su motivo, su intención. Y esto nos lleva tener dificultades para contestar una pregunta muy simple: ¿qué celebramos?  De algún modo, el concepto de la Navidad se ha vaciado de significado.  O, por lo menos, de su significado original. Sí, Navidad es un momento de nostalgia, el recuerdo de mis navidades de niño, la ocasión de mostrar cariño para mis hijos y nietos.  Es un asunto de tipo cultural, dónde seguimos las tradiciones de nuestros padres, las costumbres que tenemos en nuestro terruño. Una manera de ayudar a otros a ser felices.

 La mayoría de las iglesias cristianas celebramos a Jesús niño y en los regalos conmemoramos el gran regalo que Dios Padre le hizo a la humanidad al entregarnos a su Hijo. Pero si no tenemos su significado original, es necesario asignarle algún tipo de significado.  Recientemente, sobre todo en los canales de televisión originados en los Estados Unidos, se han producido programas de contenido navideño, en algún caso transmitiéndose 24 horas al día desde el mes de octubre hasta los primeros días de enero.  La mayoría con un esquema relativamente homogéneo: una familia incompleta, dónde la madre y en muchos otros casos el padre, dan todo su cariño a un hijo cuando se han quedado solos por diferentes razones.   Y hay tal devoción por el hijo que no se han preocupado por tener alguna otra relación. El niño es feliz, pero siente necesidad de que su padre también sea feliz.  Aparece alguna chica o algún chico, que no ha logrado encontrar un cariño estable y en el ambiente de la Navidad surge un romance.  Todo lo cual ocurre en torno a la Navidad, que contribuye a que ellos que viven la soledad, encuentren nuevamente el amor y el modo de completar la ausencia del padre o madre que ya no está ahí.  Y, obviamente, después de algunos problemas, de algunas dificultades, aquellos sedientos de cariño se encuentran finalmente. Todo ello en un ambiente festivo, la rememoración de las costumbres hogareñas, el cariño de familia. Un romance blanco, sin escenas de alcoba, temas muy familiares. Por cierto, con cierta frecuencia, se presentan películas donde se trata el tema de la Navidad entre las familias de los militares quiénes, por su servicio a la nación, se tienen que separar de sus familias en estos tiempos.  Se ve como, estas familias, mantienen vínculos con quienes están lejanos.  Algo hermoso y seguramente muy necesario para las familias de quienes están al servicio de la nación. Todo buenísimo. Pero ese no es el sentido de la Navidad.  Muy bueno y necesario en cualquier época.  Ojalá el mensaje penetre y se afiance. Pero esos son los valores familiares, valores eternos, no exclusivamente navideños.

Pero, últimamente, ha nacido otra tendencia, a la cual no le encuentro realmente las bondades que le puedo encontrar a las que comenté anteriormente. Ahora se ha estado hablando de la “magia de la Navidad”.  Como si fuera un rito, una palabra mágica, que produjera felicidad por sí misma. Como si el mero hecho de repetir ciertas costumbres generara bien por sí mismo. Esto, que se ha venido cocinando en los últimos años y que ahora ha sido encabezado por el poder mercadológico de uno de los refrescos más conocidos del mundo, el mismo que popularizó el concepto de Santa Claus y la imagen que todos le conocemos.  Y en esto, tristemente, yo no puedo estar de acuerdo.  Puedo aceptar las costumbres familiares, las culturas locales y el modo como celebran esta fiesta y también el hecho de que otras religiones y otras culturas deseen celebrar junto con toda la humanidad lo que nosotros celebramos, por sus razones muy particulares.  Porque en cada cultura están las semillas del mensaje que Dios ha puesto para los hombres.  Pero no es un mensaje de magia, es uno de valores de bondad, bien y belleza.

En fin, celebremos la Navidad cómo lo que es: un recordatorio de la verdad, el bien y la belleza, los grandes valores humanos.  Que para algunos de nosotros están encarnados en el hijo de Dios vivo, que nos llegó cómo un niño.  Otros, que no creen en Él, desean y creen en la bondad, el bien y la belleza. No en un rito mágico que produzca bien por sí mismo, sino el resultado de nuestro deseo de vivir siempre de mejor modo. Que esta Navidad sea, para todos y todas, una gran alegría y que esta ilumine nuestro año próximo.

 Antonio Maza Pereda

viernes, 25 de noviembre de 2022

Cine y Sociedad

 

Desde que inició de manera formal el cine, hace 127 años, ha sido objeto de una gran cantidad de críticas y por otro lado ha tenido un éxito incomparable. Aún en los países con menor desarrollo económico y tecnológico, el cine goza de una impresionante popularidad. Muy superior al de las otras artes que la humanidad produce desde la antigüedad clásica. Porque no a todos les gusta la poesía, o la literatura; las exposiciones de pintura, escultura, o de teatro no reúnen las muchedumbres de espectadores que reúne este llamado séptimo arte. Lo cual no ha dejado de causar escozor a muchos que se consideran exponentes de la cultura.

Ese éxito masivo tiene como resultado una gran capacidad de influir sobre las grandes mayorías de la sociedad. Razón por la cual gobiernos, partidos políticos e incluso religiones, han tratado de aprovechar esa capacidad para convencer. Por otro lado, no deja de ser una actividad de alto riesgo. Las inversiones de las superproducciones están fuera del alcance de la mayoría de los que tratan de influir sobre la sociedad. Y aunque se ha intentado, con algún resultado, tratar de predecir el éxito de una nueva producción, la verdad es que muchas veces la cantidad invertida no es necesariamente un predictor de su éxito social o comercial. O sea, no es posible pronosticar con precisión cual es su riesgo. Por otro lado, no es raro el caso de producciones de bajo costo que han tenido un éxito clamoroso, contra todas las predicciones.

Una buena parte de las críticas proceden del hecho de que se percibe el cine como un elemento que puede modificar los valores que una sociedad aprecia. Por esa razón muchas veces los gobiernos totalitarios y las ideologías tratan de influir de esa manera para modificar el modo de pensar de la mayoría. Crítica a las que sus partidarios muchas veces responden diciendo que el cine solamente es un reflejo de la sociedad. Pero eso no es del todo cierto: lo contrario también es bastante común. Es un hecho que el cine influye en las costumbres y no necesariamente para bien.

Los gobiernos en casi todos los países establecen una clasificación con la sana intención de que los contenidos que requieren formación según el tipo de asistente, se informen al público. Generalmente haciendo grupos de edades, deciden cuál es el usuario que debe de asistir a dichas películas. Lo cual también han hecho en muchas ocasiones las diferentes confesiones religiosas. Muy probablemente la mayoría de los ancianos mexicanos se acuerdan de que en la época de los 40 o 50 existía la llamada Liga de la Decencia, que establecía a qué públicos podían ser exhibidas esas producciones. Todo ello, combinado con un breve comentario dando la razón de la calificación.

Ese enfoque, tanto de los gobiernos como de las organizaciones religiosas, probablemente ya está siendo cada vez más inútil. Las producciones ya no se exhiben únicamente en salas; las películas tienen una vida mucho más larga de la que tienen en los cines. La televisión, los vídeos, y actualmente el llamado streaming, han ampliado el impacto y la longevidad de películas que se daban por obsoletas. Y ante esa multiplicidad de maneras de acceder a las películas, el intento de limitar su acceso a la población infantil y adolescente es cada vez más difícil de aplicar.

Ante ese procedimiento que trataba de proteger a la población, señalando las fallas de las distintas producciones, empieza a darse un enfoque más constructivo. En vez de criticar a las malas películas, se trata de crear buenos contenidos, mensajes que inviten a la reflexión y que tengan un impacto profundo. Lo cual no es sencillo. Darle atractivo al bien, la verdad y la belleza no es una empresa fácil. No sólo por el costo de la producción: también por el costo de una promoción inteligente que haga que las cadenas distribuidoras consideren que les conviene dar espacios a ese tipo de películas. Además, en la situación actual, no resulta fácil hacer atrayentes los valores tradicionales de la sociedad. Se necesita una gran capacidad para hacer atractivos, divertidos y a la vez profundos a esos valores. Tal vez por ello no abundan esas películas.

Al final de cuentas, la industria del cine requiere de tener producciones exitosas, que generen utilidades que puedan reinvertirse en nuevas ideas, en nuevas producciones.  Son pocos y muy meritorios los cineastas que están influyendo de esta manera. Hace ya algún tiempo se están desarrollando en México festivales de cine con valores en temas sociales. El hecho de que algunos de ellos se promueven como festivales de cine católico, no deja de ser un arma de dos filos. Por un lado, se apela a un público que nuestro país tiene nominalmente más de 100 millones de miembros, aquellos que en los censos nacionales se declaran católicos. Pero, por otro lado, esa forma de promover contenidos que son valiosos sin que necesariamente sean exclusivos de los católicos y que podrían tener un impacto más amplio, podrían estar ahuyentando a públicos que, en la práctica, tienen un enfoque laicista pero no necesariamente uno contrario a los valores humanos qué necesita urgentemente nuestra sociedad.

Nuestro papel como ciudadanos conscientes de que nuestra Patria necesita promover los valores que están en nuestras raíces, debería ser el de promover con nuestra asistencia y con nuestras recomendaciones el apoyo al buen cine sea cual fuere su signo ideológico o religioso. Porque el bien tiene un efecto por sí mismo, independientemente de quién es el que lo promueve.  

 

Antonio Maza Pereda

 

sábado, 19 de diciembre de 2015

¿A dónde se fue la Navidad?


Casi cada Navidad escucho o leo lo mismo. ¡Cómo se ha perdido el concepto de la Navidad! ¡Cómo hemos perdido la idea central de esas fiestas! ¡Cómo se ha paganizado!. Yo también he escrito artículos como esos. Algunos quisiéramos que la Navidad se viviera de otro modo, más sencilla, más centrada en lo fundamental, menos consumista.

Pero tal vez hay otros ángulos en este tema. Otros puntos que tomar en cuenta. Y, sin perder ese ideal de lo que creemos que debería ser la Navidad, pudiéramos ver lo que hay en el modo más generalizado de celebrarla.

Porque la Navidad se ha vuelto una celebración global. Aún en países donde la cultura no es cristiana,  han adoptado esta celebración. Cada cual a su manera, en su contexto y de acuerdo a sus valores. Hoy en día, en nuestra sociedad, lo común es ver la Navidad como una celebración de la paz y la esperanza, una ocasión  de celebrar la Familia, de revivir tradiciones que tal vez ya no se entienden del todo. Una ocasión de regalar y recibir regalos, de mostrar cariño y aprecio por los demás, de renovar comunicación y relaciones que tenemos olvidadas.

Y todo ello es muy bueno. Un momento del año en que hacemos un alto y recordamos cosas que valoramos. Momentos de celebración. Y probablemente eso ha ocurrido hace siglos, con distintas modalidades, con diferentes recursos, con diferente nivel de vida que el que se podía tener en otros siglos y que hacía que todo fuera más austero. Y también desde una vivencia diferente de la fe y de los valores.

Celebración, regalos, reuniones, son cosas muy buenas. Pero son lo adicional. Lo fundamental es que en Navidad celebramos que el Hijo de Dios se hizo Hombre y puso su morada entre nosotros. Y que, con ello, nos trajo la Redención del pecado y de la muerte y nos concedió llegar a  ser Hijos de Dios. El mayor regalo que ha recibido la Humanidad. Pero, ¿cuántos lo saben? ¿Cuántos tienen claro este concepto? ¿Para cuántos forma parte de sus creencias?

Claro, también hay un esfuerzo por desvalorizar la Navidad. Están, por supuesto, quienes han contribuido a su secularización a propósito, por diseño. Como los que han quitado toda referencia religiosa a esta fiesta, los que han prohibido en algunos países que se expongan públicamente los nacimientos, los que ya no hablan de Navidad, sino de las Fiestas, o las celebraciones de la temporada. Los que han despojado a los villancicos de cualquier sentido religioso. Los que nos hablan de la “Magia de la Navidad”. Los que han creado el frenesí de consumismo y que, comprensiblemente, quieren que estén incluidos los de cualquier creencia y temen que si la celebración es “demasiado” religiosa, ahuyentarán a consumidores con otras creencias.


En mi opinión, no debemos criticar ni atacar estos síntomas. Debemos ir a la raíz. Si no conocemos, entendemos y vivimos nuestra fe, la consecuencia será vivir tradiciones y costumbres  alejadas de su sentido original. Si volvemos a hacer de nuestra fe el fundamento de nuestras acciones, sabremos darle a la Navidad su sentido, sin necesidad de quitar nada a estas celebraciones. El reto es enriquecer nuestra vivencia de la Navidad y gozar de su sentido profundo. Que su propósito central sea el agradecimiento, el agradecimiento a nuestro Padre Dios por el magnífico regalo que recibimos mediante este Niño que nos ha nacido y que nos ha traído los mayores bienes.