¿Porqué Cuenta Larga?

¿Porqué cuenta Larga? Los mayas tuvieron dos maneras de llevar el calendario: la cuenta corta (el año o tun) y la cuenta larga, de 144,000 días, el baktun, equivalente a 395 años y medio, aproximadamente.

Las organizaciones deberían tomar en cuenta esta filosofía. Hay decisiones de corto plazo (Cuenta Corta) y de largo plazo (Cuenta Larga). Este blog está orientado a las situaciones de largo plazo y su influencia en las organizaciones
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lunes, 20 de febrero de 2023

Partidos Políticos: ¿son necesarios?

 De alguna manera, en el concepto moderno de la democracia, se nos ha creado una especie de dogma laico: la creencia de que necesitamos de partidos políticos. Un dogma que no necesariamente ha existido siempre. En realidad, el concepto de partidos políticos es una creación de los siglos XIX y XX. Obviamente, es el resultado de la generalización de los conceptos democráticos. En las democracias primitivas no había partidos.

Al generalizarse la democracia como  concepto y forma de gobierno,  llegando a una convicción relativamente generalizada de que es el mejor método de administración pública, ahora la mayor parte de los países adoptan una forma democrática de gobierno. Y con ello, siguiendo el ejemplo de las principales democracias occidentales, se generan los partidos políticos. Mismos que en principio se suponía qué representaban diferentes grupos de intereses y modos de pensar, generalmente presentados cómo ideologías, entendidas como: “Conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político”.

Atrás del concepto de los distintos partidos políticos, está la idea fundamental de qué no existe una unidad en el pensamiento de la Sociedad. No sólo eso, probablemente no es deseable que exista tal cosa. Lo cual no ha impedido a los cotos políticos, tratar de crear una ideología dominante. Como en los sistemas de inspiración soviética, qué hubo en una buena cantidad de países en parte del siglo XX, con el sistema del partido único, haciendo ilegal la existencia de otros partidos. O, cómo ocurrió en México, con la existencia de partidos satélites que daban la impresión de que existía una democracia a pesar de tener un partido fuertemente dominante.

Actualmente, en este inicio del siglo XXI, y ante el desprestigio de los distintos partidos políticos,  vale la pena cuestionarnos sí efectivamente debemos de seguir considerando su existencia para que pueda existir la democracia. En muchos países y el nuestro no es la excepción, hay un desencanto generalizado de los partidos políticos. Muchos de ellos concebidos cómo negocios familiares, cómo facciones que viven del erario sin dar mayor beneficio a la Sociedad. Tan es así que algunos de los nuevos partidos ya ni siquiera quieren llamarse así y, para no cargar con el desprestigio del concepto. Prefieren llamarse Movimientos, cómo se dio en México el caso con el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) o el Movimiento Ciudadano.

Ante la decepción de la ciudadanía frente a los partidos políticos, vale la pena debatir: ¿de qué manera estas formaciones benefician a la Sociedad y en particular a la democracia como modo de gobierno? No es una pregunta ociosa. Si no encontramos una respuesta adecuada, posiblemente deberíamos de cuestionar sí tendríamos que seguir organizando a los gobiernos de esta manera. Seguramente a muchos les parecerá algo imposible. El dogma de que requerimos de partidos tiene aceptación prácticamente universal. No nos podemos imaginar fácilmente otra manera de poner a competir nuestras ideas o poder elegir de qué manera  tener gobierno.

Hay algunas posibilidades. En algunos países, han resuelto quitar a los partidos una parte importante de las decisiones de gobierno. En Suiza, por ejemplo, una buena parte de las decisiones se toman mediante plebiscito; no se les dejan a los partidos políticos las soluciones. De otra manera, en los Estados Unidos, en las elecciones se escogen gran cantidad de funcionarios que toman diversas posiciones de mando, generalmente de tipo estatal o municipal, sin pasar necesariamente por el esquema de partidos. En algunos momentos, sobre todo en gobiernos de corte fascista, los congresos se formaban dando representación a diferentes corporaciones, las cuales se hacían cargo de atender los requerimientos de diferentes estratos de la Sociedad. Un sistema desechado en vista de los graves problemas generados por el fascismo.

¿Qué deberíamos de esperar de los partidos políticos? Que nos ofrecieran diferentes análisis de las situaciones que afectan a la Sociedad, ofreciendo posibles soluciones, diferentes opciones para atender esos temas. Cosa que muchas veces no ocurre: cómo lo estamos viendo cuando los partidos tienen como única solución a los problemas de la Sociedad, que otros se quiten para gobernar ellos.

También esperaríamos qué educaran al electorado, dándonos una cultura política pero, sobre todo, ayudándonos a entender los problemas nacionales y el modo como se podrían resolver. En alguna medida hoy los partidos se cuidan los unos a los otros y de esa manera podrían ponerle coto a la corrupción. Lo cual no siempre ocurre: si algo hemos podido entender últimamente, es que en cierta medida esa vigilancia no ha logrado que reduzca la corrupción, sino que ha sido utilizada como un arma arrojadiza para atacar a los demás. Quisiéramos que de ellos nazcan nuevas soluciones para los grandes temas nacionales. Tristemente, estamos pasando por un larguísimo ayuno de ideas nuevas. Da la impresión de que no se les ocurre nada realmente nuevo. Aun los que presumen de ser innovadores, sólo nos están volviendo a dar un recalentado de ideas ya usadas y muchas veces fracasadas.

Ante todo esto, ¿realmente los necesitamos? Creo que no. En otro tiempo necesitábamos quien nos representara, por la ignorancia de las grandes masas de la población y las grandes dificultades de comunicación. Ahora no nos hacen falta especialistas que se dediquen a representarnos. Sí queremos que la democracia permanezca, tendremos que pensar que necesitamos lo que algunos llamarían una cirugía mayor. No es un tema fácil, no es algo que se pueda resolver rápidamente, pero es importante que lo cuestionemos. Cuándo vemos una gran parte de la población decepcionada de los partidos, es claro que hay que emprender una tarea que podría tardar años para reformar el modo cómo,  sin perder lo básico de la democracia,  nos liberemos del yugo de una clase política qué usufructúan los partidos para su propio beneficio.

Antonio Maza Pereda

viernes, 25 de noviembre de 2022

Cine y Sociedad

 

Desde que inició de manera formal el cine, hace 127 años, ha sido objeto de una gran cantidad de críticas y por otro lado ha tenido un éxito incomparable. Aún en los países con menor desarrollo económico y tecnológico, el cine goza de una impresionante popularidad. Muy superior al de las otras artes que la humanidad produce desde la antigüedad clásica. Porque no a todos les gusta la poesía, o la literatura; las exposiciones de pintura, escultura, o de teatro no reúnen las muchedumbres de espectadores que reúne este llamado séptimo arte. Lo cual no ha dejado de causar escozor a muchos que se consideran exponentes de la cultura.

Ese éxito masivo tiene como resultado una gran capacidad de influir sobre las grandes mayorías de la sociedad. Razón por la cual gobiernos, partidos políticos e incluso religiones, han tratado de aprovechar esa capacidad para convencer. Por otro lado, no deja de ser una actividad de alto riesgo. Las inversiones de las superproducciones están fuera del alcance de la mayoría de los que tratan de influir sobre la sociedad. Y aunque se ha intentado, con algún resultado, tratar de predecir el éxito de una nueva producción, la verdad es que muchas veces la cantidad invertida no es necesariamente un predictor de su éxito social o comercial. O sea, no es posible pronosticar con precisión cual es su riesgo. Por otro lado, no es raro el caso de producciones de bajo costo que han tenido un éxito clamoroso, contra todas las predicciones.

Una buena parte de las críticas proceden del hecho de que se percibe el cine como un elemento que puede modificar los valores que una sociedad aprecia. Por esa razón muchas veces los gobiernos totalitarios y las ideologías tratan de influir de esa manera para modificar el modo de pensar de la mayoría. Crítica a las que sus partidarios muchas veces responden diciendo que el cine solamente es un reflejo de la sociedad. Pero eso no es del todo cierto: lo contrario también es bastante común. Es un hecho que el cine influye en las costumbres y no necesariamente para bien.

Los gobiernos en casi todos los países establecen una clasificación con la sana intención de que los contenidos que requieren formación según el tipo de asistente, se informen al público. Generalmente haciendo grupos de edades, deciden cuál es el usuario que debe de asistir a dichas películas. Lo cual también han hecho en muchas ocasiones las diferentes confesiones religiosas. Muy probablemente la mayoría de los ancianos mexicanos se acuerdan de que en la época de los 40 o 50 existía la llamada Liga de la Decencia, que establecía a qué públicos podían ser exhibidas esas producciones. Todo ello, combinado con un breve comentario dando la razón de la calificación.

Ese enfoque, tanto de los gobiernos como de las organizaciones religiosas, probablemente ya está siendo cada vez más inútil. Las producciones ya no se exhiben únicamente en salas; las películas tienen una vida mucho más larga de la que tienen en los cines. La televisión, los vídeos, y actualmente el llamado streaming, han ampliado el impacto y la longevidad de películas que se daban por obsoletas. Y ante esa multiplicidad de maneras de acceder a las películas, el intento de limitar su acceso a la población infantil y adolescente es cada vez más difícil de aplicar.

Ante ese procedimiento que trataba de proteger a la población, señalando las fallas de las distintas producciones, empieza a darse un enfoque más constructivo. En vez de criticar a las malas películas, se trata de crear buenos contenidos, mensajes que inviten a la reflexión y que tengan un impacto profundo. Lo cual no es sencillo. Darle atractivo al bien, la verdad y la belleza no es una empresa fácil. No sólo por el costo de la producción: también por el costo de una promoción inteligente que haga que las cadenas distribuidoras consideren que les conviene dar espacios a ese tipo de películas. Además, en la situación actual, no resulta fácil hacer atrayentes los valores tradicionales de la sociedad. Se necesita una gran capacidad para hacer atractivos, divertidos y a la vez profundos a esos valores. Tal vez por ello no abundan esas películas.

Al final de cuentas, la industria del cine requiere de tener producciones exitosas, que generen utilidades que puedan reinvertirse en nuevas ideas, en nuevas producciones.  Son pocos y muy meritorios los cineastas que están influyendo de esta manera. Hace ya algún tiempo se están desarrollando en México festivales de cine con valores en temas sociales. El hecho de que algunos de ellos se promueven como festivales de cine católico, no deja de ser un arma de dos filos. Por un lado, se apela a un público que nuestro país tiene nominalmente más de 100 millones de miembros, aquellos que en los censos nacionales se declaran católicos. Pero, por otro lado, esa forma de promover contenidos que son valiosos sin que necesariamente sean exclusivos de los católicos y que podrían tener un impacto más amplio, podrían estar ahuyentando a públicos que, en la práctica, tienen un enfoque laicista pero no necesariamente uno contrario a los valores humanos qué necesita urgentemente nuestra sociedad.

Nuestro papel como ciudadanos conscientes de que nuestra Patria necesita promover los valores que están en nuestras raíces, debería ser el de promover con nuestra asistencia y con nuestras recomendaciones el apoyo al buen cine sea cual fuere su signo ideológico o religioso. Porque el bien tiene un efecto por sí mismo, independientemente de quién es el que lo promueve.  

 

Antonio Maza Pereda