¿Porqué Cuenta Larga?

¿Porqué cuenta Larga? Los mayas tuvieron dos maneras de llevar el calendario: la cuenta corta (el año o tun) y la cuenta larga, de 144,000 días, el baktun, equivalente a 395 años y medio, aproximadamente.

Las organizaciones deberían tomar en cuenta esta filosofía. Hay decisiones de corto plazo (Cuenta Corta) y de largo plazo (Cuenta Larga). Este blog está orientado a las situaciones de largo plazo y su influencia en las organizaciones
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sábado, 1 de agosto de 2026

Ciudadanos sin partido

La democracia no depende solo de los partidos y los gobernantes; depende, sobre todo, de ciudadanos sin partido que asuman responsablemente su papel en la vida pública. El ciudadano sin partido, frecuentemente, no participa; no le importa la cuestión pública. Nos hemos conformado con una división de lo público y lo privado, considerando que el ciudadano que no participa en política no tiene responsabilidad en los asuntos públicos. Lo hemos aceptado y hemos dejado a la clase política actuar sin cortapisas. Y eso es falso. Al no hacernos responsables, fallamos por omisión. Estamos acostumbrados a que nos den y, pocas veces, a exigir. Hace falta recuperar el concepto de responsabilidad. Necesitamos ciudadanos responsables en lo sociopolítico. Esto también se da en ciudadanos que están adheridos a algún partido. Pero los demás, generalmente, no nos hacemos responsables. Creemos que toda la responsabilidad corresponde a quienes gobiernan. Ante esta situación, ¿cómo podemos esperar que ese ciudadano desorganizado y poco formado nos dé una solución? Precisamente porque ese ciudadano ha renunciado a sus responsabilidades es indispensable recuperarlas. Ningún gobierno puede hacerlo. Partamos del hecho de que hay campos donde el ciudadano tiene un papel fundamental, uno que no puede abdicar en nadie más: la familia, la comunidad y la vigilancia del poder, entre otros. Esos campos requieren nuestra participación, vigilancia y exigencia, sin perder de vista que los políticos son nuestros representantes y nuestros empleados. Nosotros somos los mandantes; ellos mandan en representación nuestra. Tenemos que asumir esos campos. Debatir con apertura, analizar consecuencias, escuchar otros puntos de vista y difundir esas conversaciones. Un debate sano y amistoso, con la intención de aprender y comprender, no de polarizar. Hay que organizarnos. No abdicar de nuestras responsabilidades. No dejar que otros sean quienes tomen todas las decisiones. Tenemos obligaciones de solidaridad y de amistad social; de cuidado del otro, del ambiente y del tejido social que nos mantiene unidos como comunidad. Ese ciudadano no surge espontáneamente. Probablemente, hay que formarlo “a mano”, uno por uno. Ese ciudadano se forma en distintos ámbitos: el hogar, donde se aprende la democracia y la solidaridad; la escuela, que fomenta la convivencia social y enseña a aprender; el barrio y las asociaciones; y también el entorno digital, donde debemos cuidar la conversación pública, proteger nuestra mente y desarrollar un pensamiento crítico. ¿Es posible esperar resultados rápidos de este tipo de actividades? Es muy dudoso. Por muchas razones, hemos dejado que se deteriore el papel del ciudadano. Razón de más para empezar pronto y participar con mayor decisión en el ámbito de lo público. Que va a ser difícil, seguramente. Que habrá dificultades, júrelo. Pero es una tarea fundamental y no podemos dejarla en otras manos. La democracia no madura por el solo hecho de que haya buenos gobernantes. Para fortalecerse, es indispensable tener mejores ciudadanos.

lunes, 27 de febrero de 2017

Los políticos no van a cambiar. ¿Podrá cambiar la ciudadanía?



Ante un tiempo de incertidumbre importante y extrema desconfianza hacia la clase política, urge una reforma profunda, la más importante de todas: la reforma de la ciudadanía. Una reforma a fondo en por lo menos tres aspectos: Conocimiento, Actuación y Respeto en la procuración del bien común, que es el otro nombre de la Política.

Los que hemos vivido la dictadura perfecta, es decir, la mayoría de los ciudadanos de este país, hemos transitado desde una época en que era de mal gusto hablar de política y pensábamos que ser político no era algo de gente decente, pasando a una época en que para ser un buen ciudadano bastaba con dar un voto razonado, en conciencia, hasta la situación actual de desesperanza en la posibilidad de que la política sirva a la ciudadanía. Como me dijo hace unos días un buen amigo: “Yo ya no leo periódicos, no veo noticieros y, en la radio, solo pongo estaciones gruperas. Cada vez que oigo noticias y oigo a los políticos, nacionales o extranjeros, me siento enfermo”, concluía.

Creo que muchos pensamos que la clase política, esta clase política que hoy tenemos, ya no tiene remedio. No es cosa de más leyes, más organismos, de nuevos planes, No van a cambiar, porque no quieren hacerlo y porque les ha convenido enormemente su situación actual, con sus privilegios y prebendas.

Por otro lado, cuando se ha intentado sustituir a los políticos mediante candidatos independientes, los resultados no han sido extraordinariamente mejores. Allí están los resultados de Fernando Collor de Melho en Brasil y de Alberto Fujimori en Perú. Por no mencionar al casi omnipresente Sr. Trump, del que todavía no sabemos cómo serán sus resultados.
Probablemente la dificultad consiste en que estamos buscando al hombre o mujer providencial que resuelva las cosas solamente con su presencia y con la mayor comodidad para los ciudadanos. Una visión probablemente ilusa; aunque una sola persona puede hacer muchas diferencias, reformar una estructura tan podrida como la del Estado Mexicano y su clase política, no es posible sin un cambio más de fondo. Y el cambio tiene que venir en la ciudadanía.
Usted perdone mi atrevimiento. O mi crítica. Para nosotros, la ciudadanía, la situación ha sido bastante cómoda. En el mejor de los casos, votamos y después abandonamos el control de la nación en manos de la clase política. Eso en el mejor de los casos, porque todavía tenemos un alto índice de abstencionismo. Pero el abstencionismo no se queda en el voto. Los que sí votamos no nos ocupamos suficientemente de controlar y de exigir a los políticos el cumplimiento de sus obligaciones, de las promesas mediante las cuales obtuvieron nuestro voto o el cumplimiento de los mandatos de la Constitución. Si es que acaso la conocemos; en la mayoría de los casos no sabemos cuáles son nuestros derechos ni cuáles son los límites y las obligaciones de nuestros mandatarios. Eso sí: somos buenísimos para criticar, para poner motes y para transmitir chismes en aspectos de política. Para efectos prácticos, le hemos dejado el campo a la clase política. Y ahí están los resultados.
Una vez más, perdóneme por esta autocrítica. Yo mismo no me escapo de esto que estoy criticando. Para mí hay tres aspectos de esta reforma, para que pasemos de ser un mero votante, más o menos consciente, más o menos manipulado, a ser un ciudadano que influye en la procuración del bien común.

En mi opinión, el primer aspecto es el de tener un Conocimiento fundamental de los asuntos políticos. Saber lo que pasa, opinar en todos los ámbitos en los que nos movamos, dar seguimiento a los temas de interés nacional, en pocas palabras estar enterados y crear opinión. Algo, me parece a mí, al alcance de todos. Pero que, obviamente, requiere un esfuerzo. Saber escoger la información que recibimos, por ejemplo, y aprender a diferenciar la manipulación que muchas veces nos hacen pasar por información.

Pero, generalmente, el conocimiento no basta. Tenemos también que Actuar. Y actuar con congruencia. Actuar de la misma manera como pensamos. Esta actuación comienza por las cosas sencillas. Primero, cumplir con mis obligaciones ciudadanas, cumplir con las leyes. Rechazar la corrupción. Claro, encontraremos muchas veces ordenamientos que son muy difíciles o casi imposibles de cumplir. Algunos parecen haber sido diseñados de manera que sólo se puedan enfrentar mediante la corrupción. En ese caso, nuestra actuación sería la de protestar en los términos más enérgicos y de todas maneras que nos sea posible.

Finalmente, tenemos que hacer que el Respeto vuelva a ser la norma en el trato político. Recordar el dicho: “cuando empiezan los insultos, es porque se acabaron las razones.” Hemos perdido uno de los valores mexicanos más distintivos: el respeto, la cortesía, el buen trato. Hay que acostumbrarnos a pensar sin insultar. Destacar lo positivo y hacer crítica constructiva.

Estoy seguro de que esta corta lista es incompleta. Ciertamente, si tuviera la solución completa probablemente no estaría yo aquí escribiendo: estaría haciéndome millonario vendiendo la solución. Mi punto es que entre todos los ciudadanos tenemos que desarrollar, implementar y dar seguimiento a esta reforma de la ciudadanía. Una reforma particularmente urgente, ante la bancarrota moral de la clase política y las amenazas económicas y políticas que nos vienen del extranjero. Por no hablar de otros tipos de amenazas, más sutiles, como las que permanentemente están ocurriendo en nuestros valores, en nuestra cultura.

No será fácil. No será cómodo. Costará un gran esfuerzo y, frecuentemente, parecería una labor imposible o posiblemente inútil. Pero es algo fundamental. No importa si tardaremos décadas en ver los resultados. Esta sería una razón más para empezar lo más pronto posible. Pero, francamente, no veo, no se ve en el horizonte otra solución. O cambiamos nosotros, la ciudadanía, los mandantes o las cosas seguirán igual.


lunes, 6 de febrero de 2017

Contra el poder de la Ciudadanía


Fin de semana de Constituciones: viejas y nuevas. 160 años de la Constitución de 1857, 100 años de la del 1917 y promulgación de la Constitución del Estado Ciudad de México (CDMX). No cabe duda del amor de la clase política por las fechas históricas. O, tal vez, de un deseo de limitar el número de fiestas y de puentes. Vaya usted a saber.

La alegría y las auto-felicitaciones de la clase política no concuerdan con la indiferencia y hasta el pesimismo de la Ciudadanía que espera poco del nuevo mamotreto que encarna el modelo de país de las izquierdas en la CDMX y del parchado, ignorado y desobedecido monumento ruinoso que es la Constitución de 1917.

Y no es que haya habido altas expectativas. Las constituciones que se celebran no fueron el resultado de una petición de la sociedad. Fueron ideadas por grupos políticos en pugna, buscando un equilibrio de fuerzas en el caso del 1917 y un deseo de consolidar y “blindar” la ideología de quienes ven en la CDMX el bastión de la izquierda. El congreso constituyente, nombrado por las facciones militares en 1917 y el del 2016, electo parcialmente con el 15% del voto ciudadano, no son de ningún modo el reflejo de los anhelos de la Ciudadanía. Son legales. Pero la legitimidad no la dan las leyes, la da el consenso de la Ciudadanía. Y este no ha sido obtenido por una clase política que ocupa los últimos lugares en todos los estudios de confianza ciudadana.

Como ciudadano, yo esperaría de la Constitución los derechos fundamentales de la persona humana, las obligaciones de la Ciudadanía y los límites al poder de los gobernantes. Unos límites que establecen el poder del ciudadano. Nuestra Constitución General de la República y la novísima Constitución de la CDMX hacen muy difícil o casi imposible que la Ciudadanía pueda limitar o revertir las decisiones políticas. Hay instrumentos en las constituciones, como el referéndum, el plebiscito y la iniciativa ciudadana. Pero las condiciones para ejercerlos han hecho casi  imposible ejercerlos. Por poner un ejemplo: ¿Recuerda Usted cuando tuvimos el último referéndum o plebiscito? Yo, no.

A final de la carrera por entregar el documento de la Constitución de la CDMX, con más de una treintena de artículos transitorios que reflejan que se privilegió una fecha de entrega sobre los acuerdos, hubo una petición formal de poner esta Constitución a consulta en un referéndum. La respuesta de las autoridades de la CDMX refleja el miedo de la clase política a la Ciudadanía y, no en menor medida, la ignorancia de su papel como servidores y mandatarios de la misma. Su argumento es: “como los constituyentes fueron electos parcialmente y los demás nombrados por el Congreso”, el mandato ciudadano ya se expresó y no puede ser revocado”.

Con un argumento así, no podemos revocar ningún ordenamiento de la clase política porque ellos ya fueron elegidos como representantes populares (al menos en teoría) y sus decisiones, según este argumento, son inamovibles. En otras palabras, la Ciudadanía tiene prohibido enmendar lo que consideren un error de sus representantes. Una vez electos los gobernantes, los ciudadanos ya no tienen opción más que obedecer y callar, como nos decían los virreyes. Tal vez por este espíritu, profundamente pernicioso, nunca se ha ejercido la revocación del mandato que, supuestamente, es un derecho de la Ciudadanía. Ahora me explicó el ordenamiento de la Constitución de la CDMX que prohíbe modificarla, a no ser que sea para beneficiar a la población. Sin aclarar quién definirá que es beneficioso. Porque, al parecer, lo que los “progres” consideran beneficioso no le es para una parte importante de la Ciudadanía.

La Ciudadanía, como todo ser humano, tiene el derecho a equivocarse y también el derecho a reparar sus errores. Y las constituciones federal y estatales deben dar los instrumentos para enmendar esos errores y facilitar su aplicación, antes de que los daños de un error sean excesivos o irreparables.
En este mismo tenor está la urgente necesidad de la segunda vuelta electoral. La Ciudadanía tiene el derecho  de reconocer que su voto no tuvo el apoyo de sus conciudadanos y volver a emitirlo del modo que refleje lo mejor posible sus deseos para el gobierno del Estado. Algo que la clase política no está dispuesta a aceptar, con honrosas excepciones.


¿Hasta cuándo veremos a la clase política reconociendo que el poder le viene de la Ciudadanía y que no nos conceden derechos sino que únicamente pueden reconocerlos y honrarlos? ¿Hasta cuándo dejarán de asignarnos el papel de niños en asuntos políticos? ¿Cuándo aceptarán que son empleados de la Ciudadanía? Sus acciones, sus auto-felicitaciones y declaraciones en ésta celebración de las constituciones muestran que todavía falta bastante.