¿Porqué Cuenta Larga?

¿Porqué cuenta Larga? Los mayas tuvieron dos maneras de llevar el calendario: la cuenta corta (el año o tun) y la cuenta larga, de 144,000 días, el baktun, equivalente a 395 años y medio, aproximadamente.

Las organizaciones deberían tomar en cuenta esta filosofía. Hay decisiones de corto plazo (Cuenta Corta) y de largo plazo (Cuenta Larga). Este blog está orientado a las situaciones de largo plazo y su influencia en las organizaciones
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lunes, 11 de septiembre de 2023

La Presidenta

 


La precampaña a la presidencia para el período 2024- 2030 se ha puesto interesante por el hecho, ciertamente inédito, de tener dos precandidatas con las mayores probabilidades para ser quien presida el Poder Ejecutivo de nuestro País.

 Probablemente, lo más importante es que el hecho de ser mujeres no fue el tema de las discusiones que las llevaron a esas posiciones. En un país tan machista como México, esto es realmente extraordinario.  Recordemos los casos de Cecilia Soto, Josefina Vázquez Mota y Margarita Zavala, quienes estuvieron nominadas como candidatas a la Presidencia y en cuyos casos se dio esta discusión: ”¿Verdaderamente está México preparado para tener una presidencia femenina?”  Y el tema fue discutido muy ampliamente. No fue el caso de estas precandidatas.  En esto podemos ver un avance en la madurez política de nuestro país.

Claramente, una vez tomada la decisión de la administración actual y su oposición más relevante, han empezado las discusiones y los señalamientos. Que si la doctora Sheinbaum es un títere de Andrés Manuel, que si la ingeniera Xóchitl Gálvez lo será de Claudio X. González.  Y en ambos casos se está suponiendo que ellas son incapaces de tener iniciativa propia, que ambas serán manipuladas por varones y que no podemos esperar de ellas un liderazgo fuerte. O sea que el aparente avance en la aceptación de las mujeres gobernantes es puesto en duda.  Posiblemente con el propósito de captar el voto machista. O dividir el voto opositor.

Nuestro País es uno de los que, en todo el mundo, llegó más tarde a la aceptación del voto femenino. La clase política, dominada en aquella época por los sectores jacobinos, se negaba a aceptar el voto de la mujer, con el argumento de que ellas eran fácilmente manipulables por el clero y que eso les daría un gran poder a los curas. No fue hasta mediados de los cincuenta del siglo XX que, finalmente, se les concedió el voto.  En la práctica, con el famoso “techo de cristal “que todavía padecemos en muchas organizaciones públicas y privadas. Es decir, un obstáculo invisible que no permite a las mujeres acceder a los máximos niveles de decisión.

 Este “techo de cristal” aparentemente se ha roto, aunque se siga poniendo en duda la capacidad de las mujeres en el campo político. Y qué bueno que se haya roto: dar el voto a la mujer, pero sin permitirles el acceso a los más altos niveles de responsabilidad, no deja de tener algo de simulación.

Por lo pronto, estas acusaciones a las precandidatas de ser fácilmente manipulables, de tener una gran debilidad en cuestiones delicadas de gobierno, están siendo usadas como un arma mediática.  Las experiencias en otros países, confiando el poder ejecutivo a mujeres, ha demostrado que no existe tal debilidad.  Solo por mencionar dos casos relativamente recientes, Golda Meir y Margaret Thatcher, quienes gobernaron con una gran fortaleza e incluso condujeron a sus países  durante guerras extranjeras,  cómo fue el caso de la  guerra de las Malvinas, con Margaret Thatcher,  apodada “la dama de hierro”,  y el de Golda Meir, qué condujo a su nación durante la “Guerra del Yom Kipur”,  que estableció la situación actual de Israel en el Medio Oriente.

¿Será verdaderamente efectiva una mujer presidenta? Claramente, depende de la Sociedad, del electorado. Los votantes, tanto masculinos como femeninos, ¿tendrán la confianza en que una de ellas conduzca al país de manera igual o mejor que los varones? La pregunta no es ociosa. Y en particular habrá que ver si las mujeres tendrán la confianza para elegir a otras mujeres. Porque es claro que en esto no necesariamente se da una conciencia de clase. Se dice, y hay algo de razón, que son muchas mujeres las que contribuyen gustosamente a sostener al patriarcado.

Ojalá podamos sacudirnos estas costumbres, estos criterios que tanto daño le han hecho al país. Necesitamos incluir a todos los sectores de la Sociedad en la toma de decisiones, y con mayor razón al sector que es  mayoritario y que puede aportar puntos de vista muy valiosos a nuestra vida pública.

Antonio Maza Pereda

 

lunes, 8 de mayo de 2023

¿Vencer o Convencer?

 

Nos esperan al menos 14 o 15 meses de fuerte efervescencia política.  Una competencia cada vez más intensa por puestos importantes de índole local y sobre todo de nivel federal.  Seguramente veremos de todo:  los tradicionales pasacalles, bardas pintadas, abundancia de lemas y eslóganes, debates, discursos, artículos y editoriales.  Todos con un objetivo común:  convencer a la ciudadanía de la bondad de los contrincantes. Buscando retener a quienes actualmente son sus partidarios y, preferiblemente, convencer a los seguidores de sus contrarios de cambiar el sentido de su voto.

 De acuerdo con las encuestas, en la medida en que de veras sean creíbles, ha habido poco cambio en las intenciones de voto.  Se ha deteriorado el voto de la izquierda, mientras que no ha aumentado apreciablemente el voto de sus contrincantes. Al parecer lo que aumenta es el número de los indecisos o de los que no piensan votar.  Si revisamos la popularidad del Señor Presidente, aunque ha disminuido, es claro que sigue siendo mayoritaria, al menos si le creemos a los encuestadores.

Después de 4 años y medio de ataques de todo tipo: descalificaciones, insultos, incluso ataques violentos, la situación del electorado al parecer ha cambiado poco. Probablemente no hemos visto en los últimos 70 años una cantidad de ataques tan frecuentes y tan numerosos como los que hemos visto en estos últimos 4 años. Agresiones que vienen de ambos bandos: tanto del gobiernista como de los opositores. Sin mucho resultado, al parecer.

Aparentemente muchos piensan que insultar a sus contrincantes los van a convencer de votar en su favor.  Algo que parece poco probable. Su lógica no ha sido la de convencer, sino la de vencer.  Aparentemente muchos creen qué con tal de no ser llamados chairos, fifís o conservadores, una cantidad importante de la población votará de una manera diferente.  El señalamiento, algunos creen, dará tal vergüenza a los opositores qué cambiarán de bando o al menos se abstendrán de participar en las próximas elecciones, dejándole el campo libre a la facción política con la que antes no comulgaban.

 A mí, por lo menos, no se me ocurre cuál es la lógica de este tipo de ataque. Sí, puede ser que a algunos les avergüence  el que en el pasado hayan apoyado a los malos. Aunque en muchos casos, y me incluyo entre ese grupo, votamos por la opción que nos pareció menos mala, conscientes de que no podíamos esperar demasiado de  la clase política. Pero dudo que esos avergonzados sean muy numerosos. O que voten de otra manera.

Dentro de su aparente lógica (es un decir), muchos piensan que demostrar que otros mandatarios lo hicieron mal, significa en automático que los gobernantes actuales lo están haciendo bien. O lo contrario: que, si el gobierno actual lo ha hecho mal, quiere decir que sus opositores lo harán bien. Aparentemente no se les ocurre la posibilidad de que tanto los gobiernos anteriores como el gobierno actual hayan hecho o estén haciendo mal las cosas.  Y no se le ocurra a usted señalar esta falacia de lógica:  de inmediato será usted atacado como ignorante, chayotero,  corrupto o algo peor.

Mucho menos se le ocurra reconocer logros de cualquiera de los bandos.   De inmediato se encontrará usted acusado de haber cambiado de ideología, de haberse vuelto fifí o chairo, solamente por reconocer que en ninguno de los bandos existe la maldad químicamente pura, sin la menor mezcla de una pequeña migaja de bien.

 Las facciones políticas siguen creyéndose sus propias mentiras y tienen la mente completamente cerrada a que pueda haber un modo diferente de hacer política.  Y, por lo que estamos viendo, lo que nos espera es más de lo mismo:  violencia verbal y posiblemente violencia física, mayor polarización, rigidizacíon de las posiciones políticas.

 Ante esta situación poco podemos esperar de estos facciosos. Solamente los moverá un mensaje fuerte e inequívoco del electorado, diciéndole a los políticos: “no me convencen, no me están dando argumentos para creerles, ni nuevas razones para  votar por ustedes”.  La carga del convencimiento le toca a la ciudadanía.  Tenemos que convencer a esta clase política, que tanto nos ha quedado a deber, de que tienen que ofrecernos visiones nuevas, porque las actuales y las antiguas no han sido suficientes,  en su mayoría.  Necesitamos que conserven lo que ha funcionado, por poco que sea, y que desarrollen nuevos conceptos que puedan entusiasmar al electorado. Porque esto es lo que necesitamos: una ciudadanía consciente y propositiva que ponga en su lugar a los que sólo les interesa vencer sin convencer.

Antonio Maza Pereda

jueves, 30 de marzo de 2023

Cambiar la narrativa

 Cuando los politólogos y algunos que no lo somos, hablamos de la  política, es bastante frecuente que digamos qué es necesario tener una nueva narrativa y en todo caso no estar siguiendo la narrativa del Presidente de la República, ni siquiera para rebatirla.   Lo cual suena bien. Hace ya algún tiempo que la susodicha oposición   no ha tenido ideas propias y que, en términos generales, se ha dedicado más bien a criticar la narrativa de la 4T o en todo caso afirmar que no es una mala narrativa, pero que en el Gobierno han sido ineptos para aplicarla.

 Suena bien, en teoría. Pero no basta. La gran pregunta, es: ¿cómo?   ¿De qué manera se podría cambiar esa narrativa?   Por qué es claro que no hemos escuchado nada realmente nuevo. Pero también es cierto que quienes criticamos a la oposición, no hemos presentado ideas muy concretas.

No basta con decir cosas diferentes, nuevas soluciones, otros modos de alcanzar nuevos objetivos.   Tampoco decir qué la situación actual o su narrativa no está siendo suficiente.   No sólo se necesita que la oposición ofrezca una narrativa distinta; también se necesita una que entusiasme al electorado. Una narrativa que sea creíble,  que tenga racionalidad y al mismo tiempo elementos emotivos,   que sea una guía que lleve a la acción.   Todo eso, obviamente, es necesario.   Pero, otra vez, ¿de qué manera?

Para cambiar la intención del   electorado no basta con decirle que el actual gobierno tiene errores.   Finalmente, todo gobernante los tiene.   En todo caso, esas fallas se pueden enmendar.   Pero cuando no hay propuesta, ciertamente no hay errores, pero tampoco hay nada que mejorar. Necesitamos enfoques radicalmente diferentes. Dejar de ver la situación de la Nación en términos de blanco y negro, en términos bidimensionales   y ver que nuestra situación cómo Nación tiene múltiples colores con muy diversas tonalidades y que operamos no sólo en dos o tres dimensiones sino probablemente en un número mucho mayor.   Se necesita una propuesta que despierte el entusiasmo de quienes se oponen al sistema actual. Ya es bastante claro que la mera negación que se está haciendo no ha sido suficiente.

Tema que, además, no es solo de la oposición. Aquellos a los que el Presidente les llama “las corcholatas”,  tampoco han mostrado mayor iniciativa.   Su propuesta es la continuidad y hacer lo que les diga AMLO.   Pero al menos ellos tienen   el aval   del señor Presidente quién, de ser cierto lo que dicen las encuestas de opinión, sigue teniendo una gran popularidad.   Al menos eso tienen.   Los aspirantes a candidatos presidenciales de la oposición, ni siquiera eso.   No tienen quien les preste popularidad, no tienen un programa que continuar, o hasta el momento no lo han mostrado.   Alguien me dice que lo que pasa es que están reservando las buenas ideas para qué la 4T no se las vaya a robar.   Puede ser.   Pero hasta ahora no han mostrado mayor cosa.

También valdría la pena profundizar en el concepto de narrativa.   Es de esas cosas de las que todo mundo habla, pero qué no se define con claridad.   Incluso se dan cursos,  y se critican para bien o para mal las narrativas existentes,   pero más allá de las definiciones no hay más detalle.   Es como si alguien pretendiera hacer un nuevo automóvil   sin tener los planos detallados de las piezas, de los sistemas y las interconexiones entre ellos.

Si queremos ver en sus términos más simplificados la narrativa de la 4T, esos puntos quedarían así:   la situación:  antes teníamos una situación mucho mejor que la actual.   La complicación:   se abandonaron los postulados de la primera Revolución social del siglo XX y se permitió un viraje hacia el neoliberalismo.   La pregunta: ¿cómo regresar a ese pasado maravilloso que se nos ha perdido?    La respuesta: una transformación fundamental, basada en un caudillo qué entiende y encarna los anhelos de la población:   la cuarta transformación.   Obviamente es un esquema muy simple: la respuesta es una vuelta al pasado.

¿Basta atacar esta narrativa?   Posiblemente el 60% o 70% del   electorado no vivió esa situación idílica de la que nos platican.   No existe información clara sobre el nivel de pobreza o de violencia  en los cincuenta, sesenta y setenta del siglo XX.   Y siempre está el recurso a “los otros datos”. Muchos aceptan esta premisa como un acto de fe, que no hay que demostrar.

Para poder exorcizar, valga la comparación,  una narrativa,   se necesita tener una base amplia de cultura política en lo económico, en lo numérico,  en los aspectos sociales   y hasta en la antropología filosófica.   Una base amplia pero no necesariamente profunda. Se trata de entender los aspectos básicos de estos temas.   Pero cuando los políticos, por poner un caso, no tienen un sentido claro de las proporciones, y  usan los números sin entender el concepto de la magnitud,   tendrán éxito sí el ciudadano  no tiene bases sólidas. Qué es justamente el tema más grave de la educación que hemos recibido y que se pretende seguirnos dando.

¿Es fácil?   Seguramente no. ¿Rápido?   Tampoco. Y tal vez por eso los politólogos     no pueden proponer soluciones aplicables. Todos los políticos, no importa su tendencia,   quieren tener resultados a toda velocidad, que no requieran un gran esfuerzo y que no haya que explicar demasiado. Sí, hay que reconocer las ventajas y las bondades de crear una nueva narrativa. Partiendo de un análisis de la situación:    creíble, demostrable, fácil de entender.   Con esa base,  crear objetivos que entusiasmen a    la ciudadanía,   Y que dejen muy claros cuáles serían los pasos para que ese grupo de objetivos se pueda cumplir.

Sé que pido demasiado.   Pero no puedo creer que solamente a base de mercadotecnia política esta opción actual, que resulta insuficiente al ciudadano que quisiera ver otras ideas, se vuelva eficaz.    La ciudadanía, organismos intermedios, y hasta algunas partes de los partidos políticos actuales tienen que hacer un gran esfuerzo de reflexión para ofrecer algo diferente.    La gran cuestión es: ¿alcanzará el tiempo de aquí al día de las elecciones?

Antonio Maza Pereda

lunes, 20 de marzo de 2023

Marchas: vuelta al pasado

El pasado 18 de Marzo, tuvimos una regresión a los tiempos de los cuarenta y cincuenta del siglo XX e incluso un poco después. Una época en que la legitimación de muchos de los decretos del Gobierno se daba mediante marchas. Para la mayoría de la Nación, esto es una historia poco conocida. En ese tiempo solamente el Gobierno y el partido gobernante, con sus sectores obrero, campesino y popular eran los únicos que tenían capacidad de poner en la calle un número importante de ciudadanos. La escasa oposición que había no tenía la capacidad de convocatoria necesaria  y los demás partidos eran en realidad satélites del partido gobernante.

Después de un largo y tortuoso proceso de democratización del País, ahora ya se pueden tener grupos de ciudadanos y ciudadanas organizados, con la capacidad  de poner en la calle números importantes de personas, como en las recientes marchas defendiendo al INE y protestando por la discriminación de las mujeres.  Y, por supuesto, el partido en el Gobierno, quien conserva la metodología y los recursos para poder llevar a las calles a números importantes de manifestantes, reacciona tratando de demostrar que tienen mayor capacidad de movilización.

Lo cual nos lleva a una distorsión importante en la vida política del país. Parecería, y así lo están manejando la prensa y alguna parte de la oposición (es un decir) qué piensan que a la población realmente la van a convencer las comparaciones numéricas. Y tratan de demostrar o al menos dar la impresión, de que pueden poner en la calle a un número mayor de electores que el que mueve el Gobierno. Parecería que el asunto se reduce a un juego de números y al hecho de poder demostrar que el contrincante hace trampa en la contabilidad del personal que llevan a sus marchas.

No es que sea algo nuevo. Los partidos fascistas en la primera mitad del siglo XX,  así como los partidos soviéticos que actuaron en más de dos tercios del mismo siglo, justificaban el derecho a gobernar mediante marchas multitudinarias. Como sigue ocurriendo en algunas de las izquierdas latinoamericanas, como las de Cuba, Nicaragua y Venezuela, así como las izquierdas menos consolidadas como en algunos momentos estuvieron las de Brasil, Argentina y Chile.

Sin tratar de justificar estas marchas, su existencia se daba porque,  ante sistemas electorales con poca solidez y casi nula credibilidad, los resultados de las votaciones tenían un tanto de “política ficción”. Ante los robos de urnas,  el voto de los difuntos, el acarreo de los grupos beneficiarios de los programas sociales y la amenaza de la cláusula de exclusión de los sindicatos, llevaban a la ciudadanía a ver con un profundo cinismo los resultados electorales. La mitología de los métodos como el ratón loco, el embarazo de urnas, el acarreo de empleados del Gobierno,  los mapaches y otros elementos de la fauna electoral,  hacían pensar al ciudadano que no tenía caso votar.  Yo recuerdo un conocido mío que se lanzó como diputado federal en uno de los estados del norte del País y que citó a la prensa, a sus alumnos y a los escasos ciudadanos que le hicieron caso para un discurso de inicio de su campaña, el cual se dio en el panteón civil de la capital de su estado. Lo cual obviamente provocó muchas bromas de la ciudadanía. Y más aún cuando la prensa le preguntó al candidato: ¿por qué iniciaba su campaña en el cementerio?. A lo cual él contestó que en un país dónde los muertos votan, se tenía que hablarle al electorado.

Esto empezó a cambiar por muchas razones, pero alguien que tuvo un influjo importante fue un ensayo muy bien elaborado por Enrique Krauze, quien pedía que en México tuviéramos una democracia sin adjetivos. Abundando en el tema decía que necesitábamos que los votos se contaran y se contaran bien, para darle credibilidad con la ciudadanía. Lo cual se logró en buena medida,  sin llegar realmente a poder desechar del todo los antiguos vicios en los temas electorales.

Ese es el punto crucial. Perderemos mucho sí empezamos a sustituir el aburrido, pero extraordinariamente valioso método de tomar decisiones mediante el voto de la ciudadanía y sustituirlo por la métrica de las marchas. Al parecer en esto está cayendo también nuestra enclenque oposición. Las marchas sólo representan un porcentaje mínimo de la ciudadanía; aún en aquellas dónde se habla de millones de marchantes, ellos representan cuando mucho un 2 o 3% de los ciudadanos. Lo importante es seguirle dando solidez al tradicional método electoral y negarnos a aceptar qué las estimaciones más o menos amañadas del monto de los que marchan, substituyan a una contabilidad precisa y confiable del número de los que votan.

Que, por otro lado, no significa que no debiera haber marchas. Pero en la realidad estas sirven mayormente para convencer y enardecer a quienes ya forman parte de los diferentes grupos políticos. Y también para que aquellos que no forman parte de las facciones electoreras, puedan hacer oír su voz. Pero lo importante realmente es defender un sistema que, estando todavía distante de tener total credibilidad, es un modo mucho mejor de gobernar, que lograr poner en las calles a un número importante de personas.

Antonio Maza Pereda