Un espacio para reflexionar sobre las consecuencias de largo plazo de las decisiones de las administraciones públicas, privadas y sociales. Su enfoque es mayormente estratégico, y su método es el de las proyecciones de tipo cualitativo, con los criterios de la creación de escenarios. Su ambición es la de ir más allá de la exposición y ser un espacio libre de discusión de los interesados en este tema.
¿Porqué Cuenta Larga?
viernes, 21 de noviembre de 2025
¿Está lejos nuestra Paz?
lunes, 17 de junio de 2024
Reacciones de la oposición
Como es de esperarse, tras las elecciones, la oposición pasa un tanto a segundo término y deja de ser noticia. Sin embargo, vale la pena entender un poquito: ¿qué está ocurriendo con esta oposición que ha sido derrotada? Hay pocas noticias; la mayoría son chismes.
Por ejemplo, el gritoneo a Xóchitl por parte del presidente del Partido Acción Nacional. El tema de los gobernadores de ese mismo partido que le piden a su presidente que renuncie. En el caso de la oposición, (es un decir), buena parte todavía sigue centrada en la búsqueda de culpables. Por supuesto, el culpable favorito es el actual presidente saliente. En fin, intentos de posicionarse de una manera diferente.
Pero no hay una idea clara de autocrítica, con la notable excepción del Partido de la Revolución Democrática, quien sí ha hecho una autocrítica amplia y pública. Los otros siguen tratando de encontrar justificaciones. Y para ello, lo ideal es encontrar culpables. “Nosotros no tenemos la culpa”, nos dicen. “Lo que pasa es que el piso no estaba parejo”, añaden. Y cosas por el estilo. De alguna manera, este modo de reaccionar ya estaba previsto.
El punto ahora, es decir: ¿qué hacer? No basta con encontrar culpables. Ahora hay que decir que sigue. Y eso se ha extrañado. Hay pocas ideas. Algo dijo Xóchitl Gálvez de crear un nuevo partido. Pero en términos generales, ha habido un silencio, una ausencia. ¿Cuál sería la idea? Da la impresión de que algunos creen que hay que esperar dos años o cinco años para reconstruir la oposición. Hay quien habla de resistencia. Mientras, dedicarse sobre todo a actividades con los tribunales, para tratar de echar para atrás las elecciones. Lo cual es algo aceptable. Es importante hacer todo eso. Pero se extraña, realmente, una propuesta. Hay, al parecer, una idea de crear nuevas narrativas. Pero no pasa de eso: es como un título. ¿Se requieren nuevas narrativas? Sí, señora. Sí, señor. ¿Y cómo? Eso es lo que no tenemos claro.
Se habla también de la refundación de los partidos. Y creo que ninguno se salva. Sobre todo, aquellos que perdieron. Sin embargo, no quiere decir que los partidos triunfadores o el propio Movimiento Ciudadano no requieran algún cambio de este estilo. Pero es muy importante tener un buen diagnóstico. Tal como están las cosas, todavía no lo tenemos. No hay claridad de qué fue lo que pasó. Se oyen cosas tan raras o tan poco prácticas como los que piensan que, con cambiar el nombre de los partidos, ya lograron un cambio. Lo cual, básicamente, es risible. No es algo que verdaderamente funcione.
Después de seis años de una crítica tremenda, contra el gobierno actual, al parecer, lo único que se les ocurre es seguir criticando. Hay quien decía que una definición de locura es hacer las cosas del mismo modo y esperar resultados diferentes. No sé si esto sea cierto o no, pero lo que sí vemos, por lo menos en estos primeros días después de las elecciones, es que los opositores siguen en la misma tónica. Proponen seguir acusando, criticando. Tal vez con la idea, que es una falacia, de que si demuestro que López Obrador o la 4T o la actual señora presidenta están equivocados, quiere decir que la oposición está bien. Y piensan, además, que el electorado así lo va a aceptar. Lo cual también es verdaderamente difícil de creer.
No bastaron seis años de crítica e insultos, que muchos reconocen que nunca se había dado de una manera tan fuerte. Y que no funcionó. No es justificación decir que la 4T hizo lo mismo. Se necesitan otras cosas. Necesitamos reducir la polarización. Y, francamente, no resulta claro por qué el seguir criticando tan ferozmente a sus contrincantes, les va a funcionar. Da la impresión de que no se les ocurre nada nuevo. Y piensan que, al seguir insultando y criticando a sus contrincantes, más pronto o más tarde, la gente se va a volver de su bando. Como que, por pura vergüenza, les van a hacer ganar. Y realmente no basta con demostrar que los otros están mal.
Piensan, tal vez, que con más regaños al electorado, van a lograr un cambio. Y esto es muy dudoso. Necesitamos nuevas ideas. Nuevos modos de presentar las cosas. Nuevos temas. Pero el público no tiene una respuesta. Hace falta que ya no sea simplemente decir lo mismo. Hay que pensar en diagnósticos de asuntos que no han sido tratados, que han sido dejados de lado, para poder realmente ofrecer ideas nuevas. Se ha propuesto la idea de resistencia, lo que tiene connotaciones interesantes. Acciones de mediano y largo plazo, con la participación de la sociedad civil, sin darle el protagonismo a los partidos perdedores. Faltaría establecer quién diseñaría y organizaría ese esfuerzo.
Posiblemente, tendríamos que aceptar, como ciudadanos sin partido, que queremos otro modo de hacer política, pero que no sabemos qué hacer. Que, probablemente, ese es el principio de la sabiduría: reconocer que no tenemos las soluciones. Una vez aceptado esto, discutir, debatir, sugerir nuevas ideas, desarrollar nuevos programas y nuevas narrativas. Y con prisa, que esto no es algo que pueda improvisarse.
Antonio Maza Pereda
lunes, 29 de enero de 2024
Líneas de la batalla
En estas semanas previas al inicio formal de la campaña presidencial, los equipos de las competidoras están dedicados a preparar las líneas para la batalla que se avecina. Podría decirse que las precampañas fueron una prueba piloto para probar diferentes conceptos y ver cuáles son los más exitosos. En el caso de una competencia electoral, en primer lugar, hay que ganarse a los indecisos, los que aún no han tomado una opción en firme. De ahí seguiría convencer a quienes votaron por nuestro partido, pero que no forman parte de nuestro núcleo duro. Y el último, el más difícil: lograr que miembros del núcleo duro del contrincante se pasen a nuestro bando.
Este modo de actuar, por supuesto, requiere mucho más de preparación y entender cuáles son las razones de los indecisos, que podrían conducirlos a votar. Los miles o posiblemente centenares de miles de votantes haciendo cola para obtener su credencial de elector, nos está diciendo algo: los vacilantes ya han tomado la primera decisión: la de participar. ¿Qué llevó a esos ciudadanos a dar el primer paso: el de tener la capacidad y el derecho al voto? Hasta este momento, no tenemos total claridad.
La oposición está ofreciendo más de lo mismo, de dos maneras: los ofrecimientos que hicieron cuando estuvieron en el poder y repetir una parte del programa de la 4T, tratando de convencer al votante de que las fallas fueron por ineptitud. Pero si se les confía el gobierno a personas más honestas y capaces, esos apoyos serán eficaces. Claramente, estamos viendo una ausencia de ofertas novedosas que puedan entusiasmar al votante. Se está apostando al hartazgo de la sociedad. De ser así, nos encontraríamos con una campaña para desprestigiar a la 4T. Algo que ya lleva cinco años y que no parece suficiente.
Los modos para desprestigiar seguirían siendo los mismos: encontrar nuevos ejemplos de corrupción, medir la ineficiencia y convencer al votante de que el País está en riesgo, de qué se juega la existencia de la democracia y que se avecina una crisis económica sin precedentes. A la oposición le urge recuperar la iniciativa mediante nuevos argumentos. Volver a ganar prestigio, aceptando las fallas del pasado y demostrando que se tienen ideas claras y nuevas. Por otro lado, esto significa deshacerse del lastre de desprestigio que tienen los partidos que forman la alianza opositora. No es fácil de convencer a los indecisos de que se tiene algo realmente nuevo. Una estrategia de auto ataque requiere de poder mostrar nuevas caras.
La 4T está apostando al prestigio del señor presidente. Hasta el momento su campaña se ha centrado en la continuidad, en magnificar los logros, tratar de explicar las fallas y los retrasos en los resultados que se han prometido, culpando a la oposición: encontrar excusas para las fallas mediante el ataque a los conservadores.
Los temas que importan a los ciudadanos y en particular a los que no forman parte del núcleo duro, los indecisos y quiénes en otro momento votaron por el gobierno actual, pero están decepcionados, son bastante claros. La seguridad, el nivel de vida, y la posibilidad de progreso, porque nadie quiere ser pobre, por más que nos traten de convencer de que con dos zapatos y un par de pantalones se puede tener una vida más feliz, que siendo un miembro de la clase media. Un número importante de electores a los que hay que ganarse son quienes llamaríamos los nuevos pobres, aquellos que, por la pandemia o por los cambios en el Gobierno, dejaron de pertenecer a la clase media. Ciertamente, los apoyos del Gobierno han reducido en parte la pobreza, pero, en términos absolutos, aumentó la pobreza extrema, según los datos del CONEVAL. También es cierto que la disminución de esta no ha sido homogénea: Chiapas y Oaxaca siguen teniendo índices muy altos de pobreza, y todavía no se mide el impacto de los desastres naturales en Guerrero.
Las remesas, un paliativo importante para la pobreza, ahora le rinden menos a quienes las reciben debido a la apreciación del peso. Si antes al recibir 100 USD se tenían 2000 pesos, ahora por esa misma cantidad reciben 1690. Y aunque todavía no tenemos una inflación catastrófica, esa remesa rinde bastante menos que lo que significaba antes de la depreciación del peso.
Tradicionalmente, los pobres en México, a diferencia de lo que ocurre en otros países, tienen esperanza. Muchos de ellos aspiran a que sus hijos tengan estudios y salgan de la pobreza, mientras en otros países la desesperanza les hace que ya no luchen por una situación mejor. En nuestra sociedad, posiblemente, quienes ya no tienen esperanza son los ancianos, quienes ya solamente esperan alguna medida de mejora basada en los apoyos asistenciales.
Y, naturalmente, el tema de salud y la falta de medicamentos son algo a considerar. La famosa mega farmacia no ha mejorado las cosas todavía, en buena parte, porque se ha hecho el supuesto de que el problema de falta de medicamentos es un problema de distribución. Uno que las poderosas farmacéuticas, se dice, no han podido resolver. Los resultados han sido verdaderamente decepcionantes. Se han surtido 67 recetas en cuatro semanas, que es más o menos lo que una pequeña botica puede surtir en un día. Y habría que conocer cuál ha sido el costo de distribución por receta surtida.
Hacen falta propuestas novedosas y diferentes de ambos bandos sobre cómo atraer inversión que genere nuevos empleos, cómo mejorar la seguridad más allá de la presencia de las fuerzas armadas y, sobre todo, cómo reducir la impunidad, qué probablemente lastima más a la Sociedad que la misma inseguridad. Para lo cual, hace falta invertir fuertemente en capacitación y equipamiento del personal técnico de las fiscalías en todos los niveles.
En fin, que la Sociedad está esperando propuestas muy concretas que no estén basadas en la imagen de las contrincantes o en el prestigio de sus partidos y mandatarios en los sexenios anteriores. Las candidatas están frente a una Sociedad decepcionada de la política y de los políticos, un electorado que ya no cree en nadie y que, en muchos casos, emitieron un voto de castigo a las dos grandes corrientes de la clase política. El gran tema es cómo recuperar la confianza y el entusiasmo del electorado.
Antonio Maza Pereda
lunes, 15 de enero de 2024
¿Cómo le pinta el año?
Esta era una pregunta muy usual en tiempos de nuestros abuelos. ”Y a usted, ¿cómo le pinta el año?” Una manera, a veces jocosa, de preguntarnos: ¿Cómo ve la situación? ¿Qué espera en este Año Nuevo? ¿Cómo le está yendo? Y a veces la respuesta podía ser un tanto divertida: “Pinta como mi cuñado, el que se siente artista: ¡Espantoso!”
En todo caso es una cuestión que a muchas personas no les interesa. Si a la mayoría les está yendo bien o esperan que les vaya bien, nosotros podremos apoyarnos en ese optimismo más o menos generalizado. Claro, por supuesto, también puede ocurrir que nos contagiemos de un cierto pesimismo.
Generalmente, lo que esperamos para este año 2024 ya está sembrado, sobre todo en los finales del año 2023. Una economía con signos que podrían parecer contradictorios: una cierta estabilidad, pero, al mismo tiempo, la necesidad de ampliar el endeudamiento de la Nación. Un gobierno al que le está costando trabajo obtener los ingresos suficientes para poder llevar a cabo todos sus ofrecimientos. Y para lograrlo reduce los gastos en salud y medicamentos, en seguridad y en obras que no sean los proyectos insignia de esta administración. Y, por supuesto, presume el fortalecimiento del peso. Que no tiene un origen claro. No faltan quienes, desde la oposición, sospechan que esto se logra gracias al lavado de dinero, porque los incrementos en productividad del País no justifican este fortalecimiento. Por otro lado, el fenómeno tiene efectos mezclados: beneficia a los que importan bienes y servicios, que pueden importar más gracias al peso fuerte; pero perjudica a los exportadores que obtienen menos pesos por sus dólares obtenidos del comercio exterior. Por no hablar de las remesas, uno de los ingresos más relevantes en divisas extranjeras, donde el peso fuerte está reduciendo el poder adquisitivo de quienes reciben dólares.
El signo dominante del 2024 es el de la política. Probablemente, el evento que mayor expectativa ha despertado en muchísimas décadas, por no decir en toda la historia de México. Empiezan las campañas en un ambiente de división, de polarización. Pocas veces se ha vivido esa siembra sistemática de odio que divide a las familias, pone en entredicho las amistades y crea grandes dificultades para tener los acuerdos que el País necesita.
Ahora podríamos fragmentar a los ciudadanos en dos categorías: los que creen los “otros datos” que promulga el presidente de la República, y los que no le aceptan absolutamente nada, ni siquiera las verdades patentes. Un ambiente que hace particularmente difícil el entendimiento: cuando ni siquiera estamos de acuerdo sobre los hechos y sobre el significado de las palabras, el diálogo se vuelve casi imposible. Pero no cabe duda: hay también un tercer grupo de ciudadanos, difícil de medir, pero que en mi opinión es el que podría definir las elecciones: los que no le creen a ninguno, ni a la 4T ni a la oposición. Que, curiosamente, no es un tema que se pregunta en las encuestas.
Dentro de este ambiente de división, existe más abiertamente que nunca un tipo especial de polarización: una división entre quiénes se consideran católicos tradicionalistas, que algunos juzgan que la sede del Papa está vacante, unos de ellos desde el Concilio Vaticano II o desde antes, mientras que otros católicos consideran convenientes y saludables los cambios decretados por los Papas posconciliares. Esto, entre los católicos practicantes. Al 70 % de aquellos católicos que no asisten a misa dominical, estas aparentes sutilezas no les podrían importar menos. Lo cual no impide que haya quienes acusen a un bando o al otro de hacer el juego a MORENA. Quién, por cierto, tuvo un fuerte apoyo en las elecciones pasadas por parte de los cristianos no católicos. Los cuales, últimamente, no han dado a conocer claramente en que sentido sería su apoyo.
En cuanto a la economía, podemos esperar que se mantenga fuerte hasta el 2 de junio. Nadie quiere tener elecciones en medio de una crisis económica. ¿Qué pasará después del 2 de junio? Entonces será cuando sabremos la realidad: si la economía verdaderamente está sólida. Es un hecho que ya una parte de la población está resintiendo aumentos en los bienes y servicios que ofrece el Gobierno: agua y electricidad muestran incrementos a partir del mes de enero, por no hablar de los ajustes a los impuestos prediales.
Por supuesto, el gran tema es la votación. ¿Tendremos una votación copiosa o tendremos un gran abstencionismo? Los recortes al gasto del Instituto Nacional electoral, ¿tendrán un impacto negativo en la vigilancia del voto? ¿Hubo tiempo suficiente para el registro de los nuevos ciudadanos y de aquellos que finalmente decidieron registrarse para votar?
Probablemente, unos de los aspectos que más influirá en ese resultado, será la naturaleza del examen público de los temas que proponga cada una de las candidatas. Y no será únicamente la calidad y la oportunidad de los debates televisivos. Las discusiones en los grupos familiares, entre amigos, entre las redes sociales computarizadas o no, podrían definir el voto en una proporción mucho más importante que nunca antes.
¿Qué ocurrirá después del 2 de junio? No hay una respuesta clara, de la misma manera que no se pueden predecir los resultados de las campañas electorales, por más que haya agencias de investigación electoral que ya nos están tratando de convencer de resultados que, curiosamente, coinciden con los de sus patrocinadores. Si pierde MORENA, es muy posible que, cómo ocurrió en algunas otras ocasiones, aceleren las aprobaciones de cambios que les convienen, en el período anterior a la entrada en funciones del nuevo gobierno. Y, en el extremo, no faltarían quienes buscarían asilo en países amigos de la 4T, temiendo que se les exijan cuentas de su función. Si gana MORENA, habrá quien busque refugio para sus capitales a los que considere en riesgo, y un aumento de la migración legal o ilegal, por el temor a un recrudecimiento de la violencia y el fortalecimiento de los grupos delictivos.
Una situación compleja, no cabe duda. Y a usted amiga o amigo, ¿cómo le pinta el año?
Antonio Maza Pereda
lunes, 30 de octubre de 2023
Rebelión de los partidos
¿Qué les está pasando a los partidos? Es una buena pregunta. Su actividad en las últimas semanas ha resultado, por lo menos, desacostumbrada, poco alineada con su actuación histórica en la política mexicana. El valor de los partidos políticos es que, de alguna manera, representan votos para los candidatos. Todo ello porque, supuestamente, representan la opinión de algunos sectores representativos de la Sociedad. Pero ¿cuál es su valor cuando no logran aglutinar números suficientes de votos a favor de sus candidatos?
En la democracia y solo en la democracia, es importante tener partidos que realmente sean representativos de la Sociedad. Cuando estamos hablando de una monarquía, su papel es sumamente limitado y fungen meramente como mecanismo consultivo, pero no es obligatorio seguir sus opiniones, aunque fueren mayoritarias. En las autonombradas democracias populares solo existe un partido de estado, el partido comunista, por ejemplo, en los sistemas de inspiración soviética. Y en nuestro país, la dictadura perfecta tenía algunos partidos muy menores, muchas veces financiados por el propio sistema y algunos partidos realmente independientes, pero que influían poco en la vida política. Esto fue así hasta aproximadamente los años 90. El valor de esos partidos políticos tenía más que ver con la posibilidad de demostrar ante la comunidad internacional que no había una dictadura de verdad, puesto que había otras opciones. Y si esas opciones no eran favorecidas por los votantes, decían, quería decir que no tenían plataformas políticas suficientemente atractivas. O, por lo menos, esa era la narrativa en esos años. Después de la apertura democrática del año 2000 y siguientes, por primera vez tuvimos partidos realmente competitivos. No necesariamente efectivos: desacostumbrados a gobernar, su desempeño muchas veces fue deficiente.
En estas últimas semanas han ocurrido algunos hechos notables. Da la impresión de que los partidos, o por lo menos una parte importante de su militancia, se están rebelando a los precandidatos del partido en el poder y de la alianza opositora. Se ha comentado mucho el gran fracaso de los operadores de la 4T para poder reunir un número suficiente de asistentes a una manifestación en la Ciudad de México, en apoyo a la doctora Claudia Sheinbaum. La mayoría de los medios se solazaron difundiendo los vídeos que mostraban el llamado Estadio Azul, con una capacidad de 30, 000 asistentes, prácticamente vacío. Hubo un intento de dar explicaciones, pero finalmente hubo que reprogramar el evento. Queda por verse si la dificultad para reunir un número suficiente de asistentes fue un tema de ineptitud de quiénes se encargaron de la organización, la falta de fondos para poder pagar el acostumbrado acarreo, o si ocurrió, cosa que sería muy grave, que la militancia se les está rebelando a la cúpula del partido de la 4T y a su candidata. Habrá que esperar y ver.
Por otro lado, la ingeniera Xóchitl Gálvez no ha tenido algún evento fallido, pero es un hecho que, a partir de recibir su nombramiento como representante de la alianza opositora, no ha vuelto a tener ninguna reunión multitudinaria. Puede ser que la ingeniera ha querido ser muy escrupulosa en cumplir los lineamientos de la ley electoral pero, por otro lado, se habla mucho de que la estructura de los tres partidos a los que representa, le han hecho el vacío. Incluso se han dado datos de que algunos de sus dirigentes han tomado vacaciones y no se han mencionado reuniones entre los partidos y la candidata. Lo cual querría decir que, en algún momento, las estructuras directivas de los partidos no han quedado totalmente a gusto con el nombramiento de doña Xóchitl.
Los miembros de las estructuras territoriales de los partidos tienen como misión atraer votos, no para sí mismos, sino para aquellos que elige su directiva. Si el partido se negara a convocar suficiente número de votantes, ¿cuál sería su valor? Y esto puede darse por ineptitud o porque se niegan a cumplir su función de convocar. En cualquiera de los casos, uno se preguntaría: ¿para qué sirven?
Es muy posible que sigamos sin renovar los conceptos básicos de la función partidista. Posiblemente, en el pasado, los números de asistentes a diferentes eventos, era un indicador confiable de los resultados en las elecciones. Lo cual posiblemente era muy cierto cuando la mayor parte de la población vivía en localidades pequeñas o medianas, dónde se podía controlar con facilidad quién asistía a uno a los diferentes eventos. Ya no es el caso. Según el CONAPO, en este año más de 60 millones de personas viven en veinticinco áreas metropolitanas. Una población muy difícil para conocer y saber con precisión quién está votando por un partido u otro. Esto significa el 47% del total de la población del país, con mayor proporción de clase media y de educación avanzada, más difícil de controlar por los partidos.
Por otro lado, muchas veces las estructuras de los partidos se están guiando por medios modernos para conocer la intención de voto. El análisis de las redes sociales, el así llamado número de likes, y los resultados de las encuestas, se les considera tanto o más representativos cómo la asistencia a reuniones políticas o mítines. Lo cual está por demostrarse.
No deja de ser significativo que, ante el desastre natural en Acapulco, la 4T no haya organizado todavía manifestaciones multitudinarias de apoyo al presidente de la República. Y, por otro lado, la oposición no ha tratado de hacer lo propio, es decir, crear manifestaciones de repudio al desempeño de la 4T. Es muy pronto para tener un buen análisis. Pero no deja de ser significativo que ni siquiera ha habido ningún anuncio y que, la mayoría de la oposición ha manifestado su repudio por fuera de la estructura de los partidos y mediante los comentarios de la Sociedad en las redes. ¿Será que los partidos no se recuperan de su marasmo y están esperando a ver cómo va evolucionando la situación? Solo el tiempo nos dirá. Y lo hará muy pronto.
Antonio Maza Pereda
lunes, 25 de septiembre de 2023
Reconciliación nacional
Casi por entrar a los debates preelectorales frente a las elecciones del 2024, resulta interesante definir: ¿cuál es el gran tema? Porque se tratan muchos asuntos: la economía y su control por el gobierno, la violencia, la paz, democracia, gobernabilidad y muchos más. Pero, hasta donde me doy cuenta, nadie menciona el tema de la reconciliación nacional.
Probablemente, para que se mencionara ese asunto, algunos deberían de reconocer: ¿qué nos hace falta? La verdad es que todas las tendencias políticas, en mayor o menor medida, han contribuido a una gran polarización que divide a los mexicanos no solo en cuanto a los temas, sino en una auténtica siembra de odio. Y no es que uno espere que la reconciliación sea lo mismo que la unidad. De hecho, no lo es. La reconciliación tampoco es necesariamente la Paz. Porque un país puede tener una paz impuesta, cómo se da en el caso de las dictaduras, perfectas o imperfectas.
La reconciliación no se puede imponer. Esta se logra sobre todo por convencimiento, a nivel de los ciudadanos. Podría darse al nivel de los partidos, pero no es fácil lograrlo: muchas veces los propios partidos tienen profundas divisiones internas y aunque se presentan al público como un grupo con gran armonía, es muy frecuente que se requieran, para cada elección, importantes “operaciones cicatriz”, tratando de sanar las heridas internas.
Deberíamos de empezar por reconocer que todos hemos fallado. Los partidos y sus dirigentes han encontrado mucho más fácil el ataque que el convencimiento. Y como les cuesta mucho trabajo encontrar argumentos sólidos para sustentar sus afirmaciones, es mucho más fácil atacar a sus contrincantes. Hay una regla no escrita en los debates, que dice que el que empieza a insultar es porque se le acabaron los argumentos. Y esto es exactamente lo que nos está pasando.
Pero la ciudadanía también tiene parte de la culpa de este clima de crispación. Al no estar bien enterados de los temas y de la administración pública, también caemos en insultar, cuando se nos acaba la posibilidad de convencer. Porque muchas veces ni siquiera se intenta el convencimiento: lo que se busca es acallar a quien opina distinto y dejarlo silencioso. Un contrincante que sabe argumentar nos resulta extraordinariamente molesto. Y los organismos intermedios, los que están entre el Estado y el ciudadano, no han tenido mejor desempeño.
El punto fundamental para que se empiece a dar una reconciliación, es reconocer nuestras culpas. Como dicen los juristas, nuestras fallas culposas: aquellas que no han sido premeditadas, pero que ocurren por descuido, ignorancia o imprudencia.
Se propone, como parte de este proceso de reconciliación, la creación de comisiones de la verdad. Estas, que han sido establecidas en diversos países, no tienen una trayectoria verdaderamente exitosa. En parte porque, generalmente, se han dado después del triunfo de alguna fuerza política y se ha excluido a quienes opinan diferente. Estrictamente, se les podría llamar comisiones de la vergüenza, porque su propósito es exponer todas las fallas de los derrotados, de tal manera que queden tan apenados que no vuelvan a intentar levantarse y luchar por sus ideas.
Es cierto que sí hay quienes intentan una reconciliación nacional. Desgraciadamente, nos dan gran abundancia de diagnósticos y una gran escasez de propuestas. Y muchas veces dichos planteamientos terminan siendo ideas ciertas, pero poco prácticas, que tardarían mucho tiempo en dar resultados. Por poner un ejemplo, mejorar la educación cívica. Algo ciertamente fundamental, pero es muy difícil esperar resultados en un horizonte menor al de varias décadas.
Para bien o para mal, la solución está en manos de los “sin poder”. Asumir nuestro papel de ciudadanos mandantes, exigiéndole a los mandatarios en todos los niveles que dejen de provocar la división. Necesitamos un plan, pero también debemos estar conscientes de que todo plan para la reconciliación tendrá una larga etapa de acciones provisionales, sujetas a una revisión frecuente y con ajustes permanentes.
También requiere algunos aspectos que, más que de acción, son de actitud. Necesitamos reducir la culpabilización y reconocer hay muy pocos casos donde existe maldad pura. Hay que despersonalizar el diagnóstico, Encontrar las fallas sin buscar necesariamente culpables. Desideologizar el proceso de búsqueda de la Paz. Por supuesto, evitar rencores, venganzas personales o de grupo y otros temas similares.
Y no falta quien propone una amplia amnistía, una especie de “borrón y cuenta nueva”. Un tema sumamente interesante, pero que habrá que tratar en otra ocasión.
Antonio Maza Pereda
lunes, 21 de agosto de 2023
Unidad, divino tesoro
Estamos apenas en los inicios de las precampañas y ya empieza a haber señales de que la unidad en las diferentes fuerzas políticas va a ser una mercadería muy escasa. En la 4T el factor de unidad es el señor Presidente. Él es quien pone orden, quien establece los criterios, quien logra que las ambiciones personales y de facción se mantengan más o menos alineadas. No es cosa fácil: si en el PRD, uno de los antecesores de MORENA, se hablaba de las nueve tribus, esto se ha complicado con la absorción de personas procedentes de otras fuerzas políticas, sobre todo los que proceden del PRI. Es claro que ya están más visibles los pleitos entre las “corcholatas” y que las patadas ya no son nada más “bajo la mesa”, sino que algunas ya empiezan a trascender a los medios tradicionales.
En la alianza opositora después de los primeros shows de unidad, los llamados Diálogos Ciudadanos, ya hay la amenaza de una interrupción de relaciones del PRD y también el anuncio de que uno de los contendientes por la nominación, ya ha renunciado. Con lo cual baja la probabilidad de que la precandidata Xóchitl Gálvez sea la nominada por la oposición.
Es relativamente fácil achacar este fenómeno a las ambiciones personales. Sin duda hay una buena parte de real en esto: en la historia política de nuestro país la mayoría de las disensiones han ocurrido por razones personales y muy raramente por razones que pudieran tener alguna lógica o que estén basadas en una filosofía política.
La gran pregunta, para los dos grupos contendientes, es cómo lograr la unidad. Incluso MORENA, que no tiene aparentemente un problema en este sentido, gracias a la popularidad del señor Presidente, tampoco puede confiarse a que siempre tendrá esa fuerza de unión. Es triste decirlo, pero lo que está ocurriendo no es nada nuevo. Somos un país sin unidad. Lo que pasa es que esto se notaba poco, porque las fuerzas políticas trataban de mantener lo más ocultos posible sus diferendos. Tal vez nos estamos dando cuenta con mayor claridad porque gracias a la gran capacidad de comunicación que tiene toda la población, es mucho más difícil ocultar las dificultades entre grupos. Por otro lado, la siembra sistemática de odio ha sido abierta y es muy notoria porque ocurre desde la presidencia, desde las conferencias cotidianas y en cadena nacional.
Es bastante claro que hemos tenido divisiones entre las clases sociales, por razones de género, raciales y por muchas otras causas. Solo que no eran tan claras. Los discriminados normalmente soportaban su situación e incluso tenían miedo de hacer notar su disconformidad, por temor a empeorar su situación. Ya no es así.
Ante esto no es ocioso hacernos la pregunta: ¿qué es lo que nos une a los mexicanos? Hay algunas respuestas, pero generalmente son en temas poco significativos a nivel social. Nos une, y seguramente todos estaremos de acuerdo, cierto tipo de música, nuestra manera peculiar de divertirnos y de una manera muy amplia el gusto por los espectáculos deportivos. Nos une la gastronomía. Pero aun en esto tenemos nuestras diferencias: no siempre es así.
Nos gustaría pensar en qué nos unen de una manera más sólida, nuestra cultura, construida a través de una jerarquía de valores. Nos une nuestro aprecio por la familia, qué se intensifica de manera importante en nuestros emigrantes, qué se sacrifican diariamente para contribuir al sostenimiento de los que se quedaron atrás, así como nuestro deseo de que nuestros hijos avancen en lo económico y en lo social, para lo cual muchas familias se sacrifican de una manera importante. También nos unen una buena parte de nuestras creencias que en otro tiempo se concentraban en la peculiar espiritualidad comunitaria de los mexicanos. Mayormente, pero no exclusivamente, en torno a la Iglesia católica.
Todos esos son motivos más sólidos de unidad, pero desgraciadamente cada vez están siendo menos importantes. ¿Dónde están los obstáculos para poder construir una convivencia pacífica y productiva? Muchos hablarán de la ambición cada vez más desmedida que ha entrado a suplantar una buena parte de esos valores tradicionales. Y hay algo de razón en esto.
También nos estorban algunos mitos, que en muchos casos contribuyen a la separación entre los mexicanos. Como el mito de que somos un país rico. Sin tomar en cuenta hechos muy claros, por ejemplo: que tenemos muy poca tierra cultivable, de la cual menos de la mitad tiene riego; que tenemos un bono demográfico envidiable, comparado con los países europeos, pero tenemos una población con educación deficiente.
No hemos logrado, en más de 200 años de independencia, construir un verdadero estado de derecho. La impunidad no se ha logrado abatir. Vivimos una situación de profunda desconfianza hacia las autoridades, desconfiamos prácticamente de casi todas las fuerzas sociales del país. Ninguna ideología política, ningún sistema de gobierno, puede darle unidad a este país. Tenemos que aceptar que nunca tendremos total unidad.
No podemos aspirar a la unanimidad, a que toda la población acepte un cierto grupo de ideas. Para eso está la democracia: un sistema que permite administrar la falta de unidad mediante sistemas y acuerdos que permiten que podamos seguir colaborando a pesar de que no estamos realmente de acuerdo en todo. Pero sí estamos de acuerdo en que necesitamos tener mecanismos para que, independientemente de que no alcancemos la unidad, se puedan seguir tomando decisiones qué respeten las necesidades de las minorías y den cumplimiento a los deseos de las mayorías. Un equilibrio difícil, pero necesario. Y tal vez podríamos empezar a construir una mejor situación, en la medida en que pensemos que esto tiene alguna probabilidad de cumplirse.
Antonio Maza
Pereda
lunes, 8 de mayo de 2023
¿Vencer o Convencer?
Nos esperan al menos 14 o 15 meses de fuerte efervescencia política. Una competencia cada vez más intensa por puestos importantes de índole local y sobre todo de nivel federal. Seguramente veremos de todo: los tradicionales pasacalles, bardas pintadas, abundancia de lemas y eslóganes, debates, discursos, artículos y editoriales. Todos con un objetivo común: convencer a la ciudadanía de la bondad de los contrincantes. Buscando retener a quienes actualmente son sus partidarios y, preferiblemente, convencer a los seguidores de sus contrarios de cambiar el sentido de su voto.
De acuerdo con las encuestas, en la medida en que de veras sean creíbles, ha habido poco cambio en las intenciones de voto. Se ha deteriorado el voto de la izquierda, mientras que no ha aumentado apreciablemente el voto de sus contrincantes. Al parecer lo que aumenta es el número de los indecisos o de los que no piensan votar. Si revisamos la popularidad del Señor Presidente, aunque ha disminuido, es claro que sigue siendo mayoritaria, al menos si le creemos a los encuestadores.
Después de 4 años y medio de ataques de todo tipo: descalificaciones, insultos, incluso ataques violentos, la situación del electorado al parecer ha cambiado poco. Probablemente no hemos visto en los últimos 70 años una cantidad de ataques tan frecuentes y tan numerosos como los que hemos visto en estos últimos 4 años. Agresiones que vienen de ambos bandos: tanto del gobiernista como de los opositores. Sin mucho resultado, al parecer.
Aparentemente muchos piensan que insultar a sus contrincantes los van a convencer de votar en su favor. Algo que parece poco probable. Su lógica no ha sido la de convencer, sino la de vencer. Aparentemente muchos creen qué con tal de no ser llamados chairos, fifís o conservadores, una cantidad importante de la población votará de una manera diferente. El señalamiento, algunos creen, dará tal vergüenza a los opositores qué cambiarán de bando o al menos se abstendrán de participar en las próximas elecciones, dejándole el campo libre a la facción política con la que antes no comulgaban.
A mí, por lo menos, no se me ocurre cuál es la lógica de este tipo de ataque. Sí, puede ser que a algunos les avergüence el que en el pasado hayan apoyado a los malos. Aunque en muchos casos, y me incluyo entre ese grupo, votamos por la opción que nos pareció menos mala, conscientes de que no podíamos esperar demasiado de la clase política. Pero dudo que esos avergonzados sean muy numerosos. O que voten de otra manera.
Dentro de su aparente lógica (es un decir), muchos piensan que demostrar que otros mandatarios lo hicieron mal, significa en automático que los gobernantes actuales lo están haciendo bien. O lo contrario: que, si el gobierno actual lo ha hecho mal, quiere decir que sus opositores lo harán bien. Aparentemente no se les ocurre la posibilidad de que tanto los gobiernos anteriores como el gobierno actual hayan hecho o estén haciendo mal las cosas. Y no se le ocurra a usted señalar esta falacia de lógica: de inmediato será usted atacado como ignorante, chayotero, corrupto o algo peor.
Mucho menos se le ocurra reconocer logros de cualquiera de los bandos. De inmediato se encontrará usted acusado de haber cambiado de ideología, de haberse vuelto fifí o chairo, solamente por reconocer que en ninguno de los bandos existe la maldad químicamente pura, sin la menor mezcla de una pequeña migaja de bien.
Las facciones políticas siguen creyéndose sus propias mentiras y tienen la mente completamente cerrada a que pueda haber un modo diferente de hacer política. Y, por lo que estamos viendo, lo que nos espera es más de lo mismo: violencia verbal y posiblemente violencia física, mayor polarización, rigidizacíon de las posiciones políticas.
Ante esta situación poco podemos esperar de estos facciosos. Solamente los moverá un mensaje fuerte e inequívoco del electorado, diciéndole a los políticos: “no me convencen, no me están dando argumentos para creerles, ni nuevas razones para votar por ustedes”. La carga del convencimiento le toca a la ciudadanía. Tenemos que convencer a esta clase política, que tanto nos ha quedado a deber, de que tienen que ofrecernos visiones nuevas, porque las actuales y las antiguas no han sido suficientes, en su mayoría. Necesitamos que conserven lo que ha funcionado, por poco que sea, y que desarrollen nuevos conceptos que puedan entusiasmar al electorado. Porque esto es lo que necesitamos: una ciudadanía consciente y propositiva que ponga en su lugar a los que sólo les interesa vencer sin convencer.
Antonio Maza Pereda