¿Porqué Cuenta Larga?

¿Porqué cuenta Larga? Los mayas tuvieron dos maneras de llevar el calendario: la cuenta corta (el año o tun) y la cuenta larga, de 144,000 días, el baktun, equivalente a 395 años y medio, aproximadamente.

Las organizaciones deberían tomar en cuenta esta filosofía. Hay decisiones de corto plazo (Cuenta Corta) y de largo plazo (Cuenta Larga). Este blog está orientado a las situaciones de largo plazo y su influencia en las organizaciones
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lunes, 22 de mayo de 2023

Amabilidad y comunicación

 Parecería que, para algunos de nosotros, hablar de amabilidad en la comunicación, sobre todo en la información de tipo social y de contenido político, es una especie de contradicción en términos. Difícilmente podemos hablar de amabilidad cuando se debaten temas sociopolíticos y, sobre todo, cuando se trata de confrontar posiciones entre diferentes facciones. Si hablamos de política o de temas sociales, parece que no es posible ser amables.

Claramente seguimos en el concepto de vencer en nuestras conversaciones entre diferentes posturas políticas. Y queremos ganar en todo: nada de tener victorias parciales.  Nada de convencer al otro:  lo que queremos es dejarlo aturdido y sin palabras para respondernos.

Y esto que ocurre en la comunicación profesional, en  los medios tradicionales de comunicación, se ha multiplicado  en la comunicación individual,  en las redes sociales que  posiblemente abarcan más de la cuarta parte de la humanidad. Y esto claramente ha llevado a una polarización cada vez más extensa.  Una situación que puede verse en muchos países, por no decir en todos. Y que hace temer por nuestro futuro como sociedad civilizada.

Ante esta situación realmente conflictiva, se propone entre otros aspectos incorporar la amabilidad en la comunicación. Un poco como la amistad social, de la que se ha hablado recientemente. ¿Será verdaderamente esta la solución? Dependerá mucho de lo que entendamos por amabilidad.

Generalmente confundimos amabilidad con cortesía. Lo cual no es necesariamente lo mismo. La cortesía tiene mucho que ver con las formas y normas de comunicación, que tienen mucha relación con la cultura, las costumbres, hasta con la historia de  las comunidades y la construcción del lenguaje. Formas de hablar que no causen problema entre los que se comunican. Maneras de comunicarse que no necesariamente son genuinas, qué se llevan a cabo para quedar bien ante los demás y que con cierta frecuencia se prestan a una  cierta falsedad. Te trato con mucha cortesía, pero de fondo, no te respeto.  No uso palabras altisonantes, te hablo “bonito”, pero te desprecio. También puede ser utilizada para una agresión pasiva: uso una cortesía exagerada para darte una cachetada con guante blanco.

Ser amable, nos dice el diccionario, es ser digno de ser amado. O, más precisamente, hacerse digno de ser amado. Algo mucho más difícil. Comenzando porque, en nuestra situación actual, tenemos una idea muy restringida de lo que es el amor, pensando que se trata únicamente de la relación sexual. Puesto de esa manera, sería digno de ser amado aquel que tenga las condiciones físicas para tener relaciones sexuales muy placenteras. En un concepto más profundo, estaríamos hablando de quien tiene capacidad de generar afecto, buen trato, respeto, quien busca el bien de aquel al que ama.

Pero posiblemente, en otro nivel de profundidad, no solo se trata de quien tiene las cualidades que lo hacen ser amado, sino también de aquel que está dispuesto a encontrar, en los demás, razones que los hacen dignos de ser amados.  Algo todavía mucho más difícil.

 Vamos a pensar en nuestra comunicación cuando debatimos temas sociales o políticos. ¿Realmente podemos asegurar que al discutir algún tema en el que no estamos de acuerdo, verdaderamente queremos hacernos dignos de ser amados?  Más todavía, en esa misma situación, ¿estamos buscando cuáles serían las cualidades que me permitirían  valorar a mi contrincante y encontrar motivos para apreciarlo, respetarlo  y aceptar que tiene  razones de buena fe para pensar de la manera que lo hace? Al leer editoriales, escuchar discursos o revisar escritos y videos en las redes sociales, pocas veces encontramos ese tipo de trato. No estamos teniendo una auténtica amabilidad; difícilmente estaremos buscando hacernos dignos de ser amados ni tampoco estamos buscando las cualidades que harían amables a nuestros contrincantes.

Estoy consciente de que esto parece ser una especie de utopía:  un mundo donde confiamos en los demás y tratamos de encontrar, de buena fe, el modo de qué confíen en nosotros. Y tal parece que nada está más lejos de nuestra realidad. Es un concepto muy cercano a lo religioso, qué parece impracticable en nuestra vida diaria. Y nos encontramos a muchos que presumen de su religiosidad y que no tienen este concepto de buscar dónde está el bien en los demás ni tratarlos en consecuencia.

Sin embargo, si queremos que nuestra civilización se consolide, tenemos que encontrar un lugar para la amabilidad en nuestras comunicaciones.  Aún más, cuando la capacidad de comunicarnos, que antes era el privilegio de unos cuantos, ahora se ha vuelto una facilidad a la que una enorme cantidad de personas tienen acceso. Si no ponemos en práctica estos conceptos, sólo podemos esperar conflictos cada vez mayores. Usted, amiga o amigo, ¿está dispuesto a asumir como una responsabilidad ser amable?  ¿Está dispuesto a dar ejemplo y demostrar qué se puede construir la amabilidad en nuestra sociedad? Si es así, los necesitamos con urgencia. 

 

Antonio Maza Pereda

domingo, 2 de octubre de 2022

Desintegración de las sociedades intermedias

 No, no estoy hablando del antiguo delito de disolución social, uno que fue inventado durante la larga noche de la dictadura perfecta, para poder encarcelar legalmente a quienes se oponían a su gobierno. Penalidad que fue aplicada preferentemente a los grupos de izquierda que no habían pactado con los gobernantes. Un delito que no quedaba claro y que por lo mismo se podía aplicar con facilidad a todo aquel que no le cayera bien al mandatario en turno.

De lo que estamos hablando en este momento es de un fenómeno de desintegración de la sociedad, que no se está dando por grupos específicos que se oponen o apoyen al gobierno. En buena parte debido a la pandemia, se está notando que las sociedades intermedias están perdiendo aglutinamiento. Esos grupos, que se formaban de una manera espontánea, en otro tiempo se le llamaron redes sociales, un término acuñado por los sociólogos y que no tenía nada que ver con los medios de comunicación tecnológicos.

Asociaciones que se formaban con profesionales de distintos tipos: organizaciones culturales como clubes de lectura, cofradías de tipo religioso o laico, agrupaciones de barrios o de inmigrantes procedentes de alguna población en particular y otros más. Estas sociedades intermedias, redes sociales naturales, han perdido fuerza. Las redes sociales basadas en comunicaciones tecnológicas no son las únicas existentes. La razón de agruparse en aquellas redes naturales hace que hayan existido las sociedades intermedias desde tiempos inmemoriales.

¿A quiénes les está conviniendo esta desintegración? Mayormente al gobierno y a los políticos, a quienes las sociedades intermedias les han significado un contrapeso informal. Esos grupos naturales han sido sustituidos por lo que ahora llamamos redes sociales. Estas nuevas redes sociales, apoyadas en las tecnologías de comunicación, han logrado que sus integrantes hayan ampliado fuertemente su membresía, pero a expensas de un menor conocimiento de fondo entre sus integrantes.

 Conozco de primera mano una red social formada mayormente por personas mayores a 50 años, unificados por creencias religiosas y que lleva reuniéndose quincenalmente por muchos años. Yo empecé a participar en esta red social aproximadamente un año antes de la pandemia. En estos cuatro años hemos tenido una gran cantidad de reuniones, mayormente gracias a la tecnología para comunicación. Y a pesar de haber tenido, al menos un centenar de reuniones, hay un gran desconocimiento entre sus miembros. Estrictamente nos conocemos poco, aunque nos veamos mucho.

Y esto, qué ocurre con las sociedades intermedias, también empieza a ocurrir en las familias, reunidas físicamente pero donde cada uno está atento a su teléfono móvil y poniendo poca atención a la comunicación con familiares y amigos. Reunidos, sí, formalmente comunicados, pero sin una auténtica conversación entre los presentes, a expensas de los que se comunican remotamente. Con el famoso concepto de las multitareas (multi-tasking en inglés), muchos se creen la fábula de que, al atender muchos temas simultáneamente, mejoran su productividad. Lo cual, claramente, es un mito. Uno difícil de desarraigar. Para muchos miembros de estas nuevas redes sociales, el número de clicks y el número de likes se han vuelto lo realmente importante, en demérito de la profundidad de la comunicación y del trato entre los integrantes de la red.

¿Qué futuro les espera a esas sociedades intermedias? ¿Será acaso la comunicación entre conocidos remotos que no pueden articular sus ideas entorno a situaciones que les afectan de manera inmediata? Porque eso es lo que está ocurriendo. Hoy es más fácil que conozcamos cuáles fueron los que asistieron al sepelio de la reina Isabel segunda, y los nombres de los perros de la difunta reina, que los discursos de diputados y diputadas que están debatiendo en nuestro nombre y financiados con nuestros impuestos, temas que nos atañen, de los que deberíamos tener un conocimiento profundo para poder influir en aquellos que dicen representarnos, para que nuestra opinión sea tomada en cuenta.

Pero es muy difícil que los que integran las redes sociales en las que participamos, dónde lo mismo encontramos argentinos, costarricenses, chipriotas y algún que otro chino, redes tan diversas, que es casi imposible, que les puedan interesar nuestras problemáticas locales y mucho menos tener capacidad de influir para que nosotros, la mayoría silenciosa, podamos hacer sentir el peso de nuestras opiniones. Y, por otro lado, el mismo hecho de que estas redes sociales integran a decenas de miles o más miembros, hace muy difícil lograr consensos profundos sobre temas complejos y que están a debate.

Yo apuesto a que volveremos a tener una profundización de esos vínculos, dando nueva fuerza a las sociedades intermedias. Pero no en automático. Habrá que hacer un esfuerzo para profundizar estas relaciones y reconstruir sociedades intermedias locales, con temáticas muy específicas que puedan influir y ser un contrapeso importante ante las ocurrencias de nuestros políticos. Y para que eso se dé, necesitaremos cambiar nuestra sed de entretenimiento que sacian las redes sociales cibernéticas, para comprometernos en lo inmediato en las necesidades de nuestra sociedad a través de redes sociales fortalecidas, no sólo en lo tecnológico, sino en la profundidad de nuestro conocimiento y aprecio mutuo.

 

Antonio Maza Pereda

miércoles, 23 de junio de 2021

De política, religión y otros temas innombrables

Después de 15 meses de confinamiento, sustos y sofocones, gracias a la pandemia del Coronavirus, todavía hay mucho por entender y por asimilar. Con muy pocas, poquísimas excepciones, prácticamente ninguno hemos vivido algo similar. A menos de que usted tenga unos 103 años y alguien le haya contado de la Gripe Española, que a principios del siglo XX causó entre 50 y 100 millones de muertes en el mundo.

Claramente, queda mucho por entender. Cualquier comentario a estas alturas es, seguramente, prematuro. Pero algo se puede avanzar. En particular: la pandemia, la reclusión, causaron una ruptura de las costumbres normales, pero se crearon o se fortalecieron nuevas costumbres. Unas de ellas fueron las ahora llamadas redes sociales, apoyadas por aplicaciones computarizadas, que han tenido un gran auge. Y que han adquirido una dinámica diferente de las reuniones y las redes sociales que siempre han existido, pero que se hacían de manera presencial.

En mi caso en particular, pero sospecho que ha sido el caso de muchos otros, se reforzaron y profundizaron redes sociales que ya existían y que, en parte por el tiempo adicional que tuvimos debido a la reclusión y al uso de sistemas computarizados de comunicación, se desarrollaron de una manera más importante. No trato de presumirles a ustedes, pero al menos 6 nuevas redes de comunicación se crearon o se reforzaron en mi entorno inmediato. Cuatro de ellas, grupos que se formaron en los sesenta del siglo pasado, entre los estudiantes de nuestra universidad y  en grupos de trabajo que se formaron cuando varios tuvimos una parte importante de nuestra vida laboral en un organismo dedicado a información, consultoría y capacitación.

La amistad existía. En ambos casos habían pasado algunos años sin que nos viéramos de una manera continua excepto en alguna reunión ocasional. Pero a poco del inicio de la pandemia se crearon grupos de conversación que rápidamente alcanzaron el tamaño de varias docenas de participantes. Y en ambos casos, incluso se llegó a producir una división con lo cual se multiplicó el número de las redes. Tristemente, aun habiendo una historia común, no es fácil mantener una conversación amistosa y, por razones de ese tipo, los grupos se fraccionaron.

Sin embargo, en esos grupos ocurrió un fenómeno muy interesante. Siguiendo algunas costumbres muy mexicanas, se evitó cuidadosamente tratar de temas políticos o religiosos. Al principio, todos siguieron el dicho, muy mexicano, de que no hay que hablar de religión ni de política. Sin embargo, prácticamente desde el inicio de la reclusión, en los grupos se empezó a platicar de política. Para nuestra gran sorpresa, nos encontramos con que muchos colegas con los que habíamos compartido mucho tiempo, tenían posiciones muy desarrolladas en temas políticos. De la conversación resultó claro que muchos habían reflexionado con profundidad sobre estos temas y otros, tal vez no tan reflexivos, también sentían la necesidad de expresarse con mucho vigor sobre estos temas. Lo cual, efectivamente, provocó divisiones. Tal vez no tantas como pensaríamos, de seguir al pie de la letra ese tradicional consejo de no tratar en público esos temas. Da la impresión de que todos se sintieron en la situación, en la necesidad de opinar en cuestiones públicas. Y si bien hubo motivos de conflicto, también es cierto que en muchos se desarrolló una capacidad de tolerancia, en el buen sentido del término: la aceptación de que otros tienen sus propias razones para opinar en este tipo de temas y que, si logramos hacer una discusión civilizada, es muy posible que todos nos enriquezcamos.

Más interesante fue el tema de la participación en temas religiosos. Un tema que, generalmente, se considera una especie de tabú en México. En este tema, la reacción fue diferente. Sin pedir permiso, sin anuncio previo, los participantes empezaron a emplear expresiones religiosas: "Si Dios quiere, voy a pedir por ustedes, les pido oraciones…" expresiones que no son frecuentes en la conversación diaria, al menos en la mayoría de los Estados del país. Y todo ello con una gran tolerancia, sin quejas ni molestia. Y lo mismo con otro tipo de expresiones arreligiosas: “Yo no creo, siempre he sido agnóstico…”  Y todo ello, sin que se perdiera la cordialidad. Incluso con mayor aceptación que la que merecieron los conceptos políticos.

Claro que, en el caso de lo religioso, no hubo una intensión proselitista. Que tal vez sí se notaba en aspectos políticos. Ni expresiones de denigración o insulto. ¿Será acaso que nos iremos volviendo menos agresivos en estos temas? ¿Será que estemos aceptando que necesitamos libertad de expresión y tolerancia para llegar a tener una profunda amistad social que tanta falta nos hace?

Reconozco que mis observaciones son aisladas y que seguramente no son representativas. Pero también es cierto que los cambios sociales de fondo no ocurren en corto tiempo, a no ser que ocurran hechos traumáticos, como la pandemia que estamos viviendo. Pero por algún lado se empieza, y estos síntomas aislados podrían estar marcando algunos cambios de fondo. Sí, necesitamos cambiar. Si, necesitamos una sana tolerancia, amistad social, cariño entre conciudadanos. Entender que mi prójimo que no piensa como yo, no es el enemigo al que debo de silenciar. Que, finalmente, de todos podemos aprender.

Antonio Maza Pereda

viernes, 21 de mayo de 2021

Elecciones 2011... la recta final

 

Estamos ya a poco más de 2 semanas de las elecciones más grandes de la historia de México. Y ciertamente, una de las más discutidas: probablemente a nivel de aquellas donde por primera vez en 70 años tuvimos la oportunidad de un cambio democrático. Y, seguramente, mucho más discutidas porque en este momento las redes sociales, mucho más difundidas que entonces, están teniendo un papel protagónico. Seguramente no se han discutido tanto unas elecciones como estas que tenemos enfrente.

Independientemente de lo anecdótico, en estas elecciones se ha dado un papel preponderante a iniciativas de la sociedad civil, algunas en muy pequeña escala, grupos de una docena de participantes, y otras con una dimensión mayor. Grupos de amigos, ex compañeros de escuelas y universidades, grupos que se formaron en el trabajo e iniciativas de muy diverso origen, están discutiendo de política.  Lo cual es una verdadera novedad. En general, en México existía el círculo rojo, un grupo muy minoritario que discutía de política de una manera consistente.  Al resto de la población se le consideraba fuera de este círculo y, en el mejor de los casos, era objeto de las intenciones de dicho círculo rojo para lograr alinearnos en uno u otro sentido.

Otra característica es que en estas elecciones la clase política, sobre todo la oposición, pero no nada más ellos, están en un estado de confusión. No saben qué hacer y no se les ocurre mucho. De ahí los intentos verdaderamente lastimosos de atraer votantes por medios tan peregrinos cómo poner a los candidatos a bailar en el Tik Tok. Parece bastante claro que no encuentran argumentos para convencer a quienes opinan de manera diferente y ni siquiera para atraer a los indecisos. Al parecer sólo encuentran argumentos que son capaces de convencer a los que ya están convencidos: a su propio bando. Se han abandonado los razonamientos, las argumentaciones, y se ha centrado el “debate”, así entre comillas, en el insulto y la descalificación. Como si la ciudadanía no pudiera entender otros argumentos.

Y ante esta situación de debacle nacional de la clase política, no atinan a qué hacer. Y como en situaciones de urgencia, como los grandes terremotos del siglo pasado y este siglo, mientras que la casta política no encuentra qué cosa hacer, quiénes se movilizan son decenas de miles de pequeñas iniciativas para informarse, discutir, transferir información fuera de los canales tradicionales y entenderse, comunicarse e influir en pequeña escala. Esfuerzos que, en mi opinión, van a tener un efecto importante.

Es claro que la clase política no está entendiendo que estas elecciones, como en ocasiones anteriores, pero en una escala mucho mayor, van a ser decididas por los indecisos, por los que hoy no tienen claro todavía por quién deberían de votar. Los miembros de la clase política están convencidos de que sus argumentos (es un decir) son tan poderosos que solo los tontos no los pueden entender. Parece como si estuvieran diciendo: “si fueran inteligentes, estarían de mi lado”. Están tan convencidos de sus propias posiciones que ni siquiera ven la necesidad de demostrar sus puntos de vista.  Según ellos es suficiente con comunicarlos, sin mayor explicación.

Claramente, puede ser que ese porcentaje de dudosos, que algunos consideran entre el 20 y 30% del electorado, seguirá indeciso y no ejercerá su voto. En cuyo caso, las evaluaciones actuales y las doctas interpretaciones de las encuestas, serían correctas. También ocurre que hay quienes no quieren votar como porque no creen en el sistema ni en las distintas expresiones de la clase política. Hay algunos casos interesantes. Hay quienes, desesperando de hacer sentido en medio de esta confusión, deciden conscientemente no votar pensando que la mayoría tiene la razón y están dispuestos aceptar la decisión mayoritaria y colaborar con ella. Lo cual no es de desdeñarse: estos votantes creen en la democracia y que la mayoría tiene razón.

Pero quitando ellos, hay quienes no votarán por desinterés, desidia, o alguna otra razón inconfesable. Para todos debe ser claro que la abstención o la emisión de un voto en blanco, es equivalente a votar por la continuidad de la situación actual. No hay remedio. Había un analista, cuyo nombre he olvidado, que decía que no tendremos una auténtica democracia mientras en las boletas para votar no exista la opción de decidir diciendo: por ninguno de estos candidatos. Y una provisión para que, sí esa manera de votar fuera mayoritaria, se anularían las elecciones y se citaría a nuevas elecciones con candidatos diferentes, en un plazo preventorio. Pero, mientras no tengamos una provisión así, la manera más adecuada de ser ciudadano es votando: de la mejor manera posible, con la mejor información disponible, con un voto en conciencia, buscando lo mejor para nuestro país y nuestra sociedad.

Por lo pronto, hay que felicitar y felicitarnos por esta enorme cantidad de pequeños grupos, apoyados por las tecnologías disponibles, y que están haciendo su esfuerzo por entender, hacer sentido e iluminar el voto ciudadano. Bien por esos grupos. Y ojalá esos grupos no sé desbanden después de las elecciones: claramente los necesitaremos para asegurar la vigilancia ciudadana sobre una clase política que no ha estado a la altura de una sociedad que lentamente, pero de manera sostenida, está creciendo en madurez ciudadana. Y para los demás, es importante ejercer nuestros derechos y nuestras obligaciones ciudadanas. Que para eso sirven las elecciones.

Antonio Maza Pereda

viernes, 15 de enero de 2021

Libertad de expresión y el caso Trump

 

El gran tema noticioso de principio de año, a nivel mundial, fue el asalto al Capitolio, el hogar del poder legislativo de los Estados Unidos. Por varias horas, la atención de la población de los Estados Unidos y la de los medios informativos estuvo centrada en esos acontecimientos, que causaron cinco muertos, algunas docenas de heridos y de arrestados.

No faltó quién dijo que Estados Unidos se está convirtiendo en una “república bananera” hecho que preocupó al ciudadano promedio los Estados Unidos, acostumbrados a considerarse el paradigma de democracia y de respeto a la ley, una situación excepcional a nivel mundial según ellos.

El evento del pasado 6 de enero ha traído una gran cantidad de consecuencias. Sigue siendo posible la destitución del señor Trump, antes de que deje oficialmente su cargo.  Lo cual, si ocurriera, le quitaría todas las prerrogativas y privilegios que tiene un ex presidente de los Estados Unidos, incluyendo una cantidad bastante importante de dinero libre de impuestos y la protección del Servicio Secreto de esa nación.

Un tema importante es el papel que jugaron las redes sociales en este asunto. La convocatoria de Trump a una marcha llamada “Salvar Estados Unidos” (Save America), ocurrió por medio de las redes sociales a las que Trump es tan afecto. La exhortación para marchar hacia el Capitolio fue hecha en directo por el presidente Trump y   replicada en las redes sociales.  En un momento se pensó que el asunto iba a repetirse en los congresos estatales. Al ver Trump que el asunto se salía de las manos, emitió un llamado en Twitter exhortando a sus partidarios a que regresaran todos a sus hogares, en paz. Cosa que no ocurrió hasta que se impuso un toque de queda y empezaron los arrestos.

A continuación   las redes sociales, primeramente Twitter y después otras más, cancelaron su cuenta al presidente de los Estados Unidos, primero por unas horas y después hasta pasado el 20 de enero. Posteriormente Twitter anunció el cierre de 70,000 cuentas de partidarios de Donald Trump. Los mercados de valores tuvieron una reacción fuerte ante estas medidas: el precio de las acciones de Twitter cayó y se habló de la pérdida de valor por cientos o miles de millones de dólares

El tema provocó en la clase política mexicana una reacción contra las empresas que bloquearon al presidente de los Estados Unidos, acusándoles de ir en contra de la libertad de expresión y llamando a boicotearlas. Cosa extraña en nuestro país, que prohíbe a las iglesias tener propiedad de los medios de comunicación, prohibición que está en la Constitución y que no molesta a los liberales tan afectos a la libertad de expresión.

Creo que hay un punto a debatir. Y conste que no soy afecto ni al señor Trump ni a nuestra clase política. La respuesta de Twitter, Facebook y otros se basa en que los contratos que todos aceptamos al entrar a esas redes, les permiten a las compañías expulsar a sus usuarios si no cumplen con sus criterios. Por un lado, un contrato que va contra los derechos humanos, de origen es invalido. Pero, aún más, estas empresas asumen el papel de juez, papel que está poco claro en las leyes qué les permiten operar. Dado su inmenso tamaño, el poder que asumen es impresionante, tanto como el que mostraron en el caso de Donald Trump, por lo que no es poca cosa dejarles aún más poder.

Pero esto es solo el ejemplo más notable. Los que seguimos estas redes vemos con alguna frecuencia las quejas de quienes han sido bloqueados por esas empresas, sin que haya un juicio y con pocas posibilidades de apelación. ¿Debemos dejar tanto poder a estas redes? Probablemente no es tampoco práctico quitarles la posibilidad de bloquear cuentas en casos muy definidos. Por ejemplo, como la apología del delito, incitación a la insurrección o a la violencia. Pero aún en esos casos, las causales deben ser muy claras y los mecanismos de apelación deben ser muy precisos. Ninguno de los dos extremos es deseable: ni hacer que estas compañías de redes se vuelvan él “Hermano Mayor” qué defina cuando tenemos derecho de opinar ni, en el otro extremo, que no haya límites a los temas realmente delictivos, como la calumnia, la propaganda al delito, y otros similares.

Habría que desarrollar una legislación adecuada, tener jueces especializados en estos temas, pero sobre todo la figura de un ombudsperson, un procurador del usuario, elegido independientemente de la empresa, elegido por quienes utilizan esta red. Si no se ponen límites claros a estas empresas, dada su enorme penetración (miles de millones usuarios, en algunos casos) terminarán siendo organizaciones con el poder de poner o quitar gobiernos, estorbar la actuación de diversas instituciones y, probablemente más importante, actuando en contra del mejor interés de sus usuarios. Por otro lado, tampoco es deseable dejar al poder ejecutivo de los países, la potestad de decidir qué es libertad de opinión, por el riesgo de que ocurra lo que pasa en los países con gobiernos autoritarios. Y mucho menos, dejar el tema del procurador del usuario a los partidos políticos. Tema difícil, espinoso, que no se resolverá con boicots como algunos piden. Las próximas semanas y meses nos dirán cuál es el resultado.


Antonio Maza Pereda