¿Porqué Cuenta Larga?

¿Porqué cuenta Larga? Los mayas tuvieron dos maneras de llevar el calendario: la cuenta corta (el año o tun) y la cuenta larga, de 144,000 días, el baktun, equivalente a 395 años y medio, aproximadamente.

Las organizaciones deberían tomar en cuenta esta filosofía. Hay decisiones de corto plazo (Cuenta Corta) y de largo plazo (Cuenta Larga). Este blog está orientado a las situaciones de largo plazo y su influencia en las organizaciones
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lunes, 29 de abril de 2024

¿De dónde…?

 Si quiere usted un rápido resumen del segundo debate presidencial, para las próximas elecciones mexicanas, se puede sintetizar en dos grandes rubros: abundancia de ataques personales y una feria de ofrecimientos, mayormente enfocados a apoyos sociales, aunque no exclusivamente.

Nada nuevo en el frente de los ataques. Nuestros políticos manejan un dogma laico: “Si yo demuestro que tú estás mal, quiere decir que yo estoy bien”, nos dicen. Y, por asociación, “si quien te apoya estuvo mal hace años, quiere decir que tú estás mal”, agregan.

El tema de las múltiples falacias que usan en estos y otros debates, ya ha sido muy tratado en otras ocasiones. En cambio, el de los ofrecimientos que, por cierto, no fueron muy novedosos, casi no se cuestionan. Y valdría la pena hacerlo. Hay poca variedad en estos. Todos los contendientes ofrecieron beneficios similares. La diferencia estuvo en la prioridad que, a cada oferta, le asignó cada contrincante, generalmente por aspectos ideológicos. La candidata de la izquierda, como era de esperarse, considera necesario poner todo en manos del gobierno o casi. Mientras que la opositora, que difícilmente es de derecha, sí ve la necesidad de descentralizar el poder y dar más participación a la sociedad civil y a la iniciativa privada. El candidato también ve un fuerte papel para el gobierno y casi no elabora sobre el tema de la participación privada y ciudadana en sus propuestas.

Lo que no se respondió es la pregunta que el ciudadano, y en particular el contribuyente, tiene en mente: “¿De dónde…?”. Todos estos ofrecimientos tienen un costo. ¿Cómo se van a pagar? Entiendo que los políticos no quieran contestar estas preguntas. Responderlas tiene algo de tóxico. Si nos dicen que lo pagaremos los contribuyentes, a nadie le va a gustar. Y en este debate, solo el candidato mencionó como de pasada la necesidad de una reforma fiscal. Solo una vez y solo dedicando al asunto un par de segundos.

Tristemente, nada es gratis. ¿Queremos paz? Habrá que gastar en equipamiento, capacitación, comunicaciones, planeación y muchas cosas más. ¿Queremos mejor educación? Habrá que gastar en capacitación, dignificación de las instalaciones, mejor remuneración de los profesores para que no estén en el pluriempleo, y más. ¿Queremos más y mejor calidad de agua? Habrá que gastar en tecnología, recuperación de agua, potabilización, nuevas presas y más. Y la lista sigue y sigue.  La gran pregunta es: ¿de dónde? Todas estas ofertas de apoyos sociales, ¿cuánto nos van a costar? ¿De dónde van a salir los recursos? Aun en los sistemas más primitivos de administración, ningún plan está completo si no se consideran los recursos y cuál será su origen.

La réplica facilona y que la mayor parte de los políticos y muchos en la Sociedad dan por respuesta es: “que lo pague el gobierno”.  Y aquí se está haciendo la suposición de que el gobierno tiene recursos inagotables. No se dan cuenta de que todo el dinero que tiene el gobierno es porque lo extrajo de los sufridos contribuyentes. No hay de otra. Sí, puede haber ahorros, puede ser que se logre reducir o eliminar la corrupción. Pero eso claramente no basta, como ha demostrado el gobierno actual, que ha necesitado endeudar al país a un nivel nunca antes alcanzado.

El tema que ha estado en la agenda pública en las últimas semanas, muy a disgusto de nuestro actual gobierno, es el asunto de la incautación de los fondos de las AFORES no retirados por los mayores de 70 o 75 años.  Este asunto se justifica diciendo que con ello se podrán tener más recursos para las pensiones. Pero hay algo que no está considerado.  En 25 años de existencia de las AFORES, se ha acumulado una cantidad de varios miles de millones de pesos que no han sido reclamados por sus dueños. Pero esos son ingresos que ocurren una sola vez.  Si la totalidad es gastada en este año, el año próximo solamente habrá una proporción, creemos, del 4% anual de lo disponible en 2024. Esto, suponiendo que los jubilados dejen su dinero sin recoger.  Lo que sería muy raro: con todo el escándalo en torno a esto, la mayoría de la gente ya está enterada y seguramente estarán acelerando los trámites para cobrar el dinero que tienen en las AFORES.

 Se podrá recuperar una cantidad importante de lo desviado por la corrupción, en 30 años o más. Pero una vez que se ha logrado recuperarlo, cada año la cantidad que se puede obtener es menor. Mucho menor. Eso, suponiendo que fallen los programas contra la corrupción; si de veras son exitosos, cada año habrá menos por recuperar.  Y hay muchos ejemplos más.

No se pueden pagar apoyos permanentes, con ingresos que no se repiten de la misma manera año con año. Y eso nos deja dos soluciones.  A corto plazo, una reforma fiscal que aumente las recaudaciones.  En los países que nos ponen como modelo de servicios sociales, los países nórdicos, por ejemplo, los impuestos llegan a ser superiores al 50% de los ingresos.  Por supuesto, ningún candidato va a proponer tal cosa.  Otra solución es un esfuerzo enorme para mejorar la economía del país.  Algo que es la solución de fondo, pero de largo plazo.

A nosotros, los ciudadanos sin partido, nos toca exigir cuentas claras de cuáles son los costos de todos esos ofrecimientos y de qué manera se va a obtener el dinero para poder pagarlos. Ciertamente, necesitamos un gran debate público, qué habrá que iniciar antes de las elecciones, pero claramente tendrá que continuar por un largo tiempo.  Será necesario que los ciudadanos nos acostumbremos a vigilar el desempeño de los gobiernos que elegimos y exigirles un mínimo de sentido común en temas tan importantes como el gasto público. Una gran tarea. 

No podemos permitir que las imágenes desarrolladas por los expertos en mercadotecnia política nos hagan pensar que todo saldrá bien, que nuestros candidatos siempre cumplirán con lo ofrecido y tendrán un gasto público responsable.  Si pensábamos que la participación ciudadana terminaba con las elecciones, la noticia es que todavía hará falta mucha intervención del electorado.

Antonio Maza Pereda

 

lunes, 8 de abril de 2024

Primer debate: ¿Quién ganó?

Una pregunta que, en principio, parece un tanto ociosa.  Nadie, por supuesto, va a aceptar qué ha perdido: todos se han declarado ganadores y han presentado encuestas que, generalmente, apoyan su causa.

Habría que empezar por preguntarnos: ¿a qué le llamamos ganar? El objeto de un debate es informar, convencer y apoyar a la decisión del voto. Y si no lo logra, malamente se puede decir que fue un buen debate. La pregunta no debería de ser quién ganó, sino de qué manera ha cambiado la intención del voto a favor de los debatientes.  Esto es mucho más difícil de medir. Habría que tener un grupo de votantes a los que se les midiera la intención de voto antes y después del debate y medir si realmente hubo una diferencia.  Sin haber hecho algo así, no se puede decir si el primer debate contribuyó a cambiar la decisión de voto. Y aun haciéndolo así, la auténtica respuesta se sabrá hasta que se den las elecciones.  Habrá que esperar para poder responder a esta pregunta.

En cuanto al tono de los candidatos, podría decirse que Xóchitl Gálvez estuvo generalmente a la ofensiva, Claudia Sheinbaum estuvo mayormente a la defensiva y Álvarez Máynez estuvo tratando de desmarcarse de ambas posiciones. Con la ventaja de que no tenía nada que defender.

 El énfasis de las candidatas fue sobre el pasado, con pocas ideas a futuro. Hubo pocas sorpresas, pocas ideas realmente nuevas y una gran cantidad de generalidades.  Por poner un ejemplo, para acabar la corrupción se habló de evitar la impunidad.  Lo cual es una generalidad: nadie va a decir que está en favor de la impunidad.  Lo importante, y nadie lo dijo, es cómo lograr que no exista la impunidad. Crear nuevas organizaciones para substituir a las que actualmente son inoperantes, sigue siendo una propuesta insuficiente.  Falta más detalle y, en todo caso, hay que reconocer que se requieren estudios más profundos.

En el caso de las candidatas, la impresión es que están tratando de convencer a los que ya están convencidos.  Hablaron para su núcleo duro, y muy poco para los indecisos, y mucho menos tuvieron argumentos para cambiar la intención de aquellos que ya han decidido su voto. No cabe duda de que tienen mucha confianza en los partidos que las cobijan.  O al menos eso es lo que refleja su discurso.

 Claro que los candidatos tienen una fe, casi religiosa, en que las soluciones a los problemas nacionales están en los partidos. Y es de esperarse.  Prácticamente, hubo pocas referencias para reestructurar el gobierno dándole más participación a la sociedad civil. Obviamente, esto fue mucho más claro en el caso de la doctora Sheinbaum, que por sus convicciones de izquierda considera que el gobierno debe de tener el papel más importante posible en la conducción del país. Probablemente, a algunos nos hubiera gustado escuchar que se le dará a la sociedad civil un papel más relevante en los asuntos públicos.

Se criticó mucho el esquema para el debate, que decidió el Instituto Nacional Electoral (INE). El formato fue rígido, con un exceso de temas, y estorbó que se pudiera profundizar en muchos de ellos. A pesar de que fue un debate muy largo, de 2 horas. Hay que reconocer, por otra parte, que en nuestro país tenemos poca costumbre de debatir.  Esto se ve tanto en esta clase de eventos como en la prensa, la radio, la televisión y las redes sociales.  Abundancia de ataques, insultos, epítetos y una gran ausencia de argumentación lógica.  Probablemente, no es nuestra culpa: hay poco debate público y pocos ejemplos de debates presidenciales.  En otros países, desde la secundaria se empiezan a formar equipos de debate, se hacen torneos y el público asiste a estos, con lo cual se tiene una idea mucho más precisa de cómo se llevan a cabo estos eventos.  Aún nos falta bastante por aprender.

También se puede criticar a los moderadores. De ellos se puede decir que fueron neutros en exceso y les permitieron a los participantes salirse de las reglas, negarse a contestar lo que se les preguntaba, evadir los temas y se quedaron en la administración de los tiempos.  Que, por cierto, fueron bastante bien manejados.

Sin llegar a los niveles de los insultos, hubo ataques que en algún momento llegaron a lo personal.  A la doctora Sheinbaum se le acusó de ser una mujer fría y sin corazón, una verdadera dama del hielo.  Como si eso fuera lo importante. Grandes mujeres gobernantes, como Margaret Thatcher, la dama de hierro, y Golda Meir podrían haber sido consideradas como poco cariñosas, y eso no hizo que fueran malas gobernantes. Del otro lado, la doctora Sheinbaum evitó cuidadosamente decir el nombre de Xóchitl Gálvez y en todos los casos se refirió a ella como la candidata del PRIAN. Confiando, evidentemente, en que ese apodo le funcionó bastante bien al presidente López Obrador en su debate y durante sus famosas mañaneras.  Hay algo de cierto: el lastre más importante que tiene la ingeniera Gálvez es el desprestigio de los partidos que la promueven. Y, evidentemente, doña Claudia se encargó de que no se nos olvidara quién la patrocina.  El maestro Álvarez Máynez cayó en lo mismo: hablando constantemente de la vieja política, entendiendo por ello los actuales partidos políticos y sus coaliciones, contra la nueva política representada por su partido. Todo lo cual desdice del concepto de la discusión. Se dice que en un debate cuando empiezan los insultos y descalificaciones es porque se acabaron los argumentos. El invitado de piedra en el debate fue AMLO.  No se le atacó de manera directa ni se le defendió explícitamente.  Pero muchas de las críticas tuvieron que ver con sus decisiones de gobierno.

Un argumento de la doctora Sheinbaum es que de los presentes en el debate ella era la única con experiencia de gobierno.  Lo cual en cierto modo es verdad: ninguno de sus oponentes tiene la experiencia de gobernar una entidad con 9 millones, doscientos mil habitantes, más otros 3 millones de población flotante.  Pero si eso fuera un argumento válido, significaría que solo los que pertenecen a los partidos en el poder o que participaron en ellos cuando esos partidos tuvieron cargos públicos, serían los adecuados para gobernar.  De hecho, es un argumento para justificar la permanencia en el poder de la clase política. Si lo creemos, estaremos aceptando que solo los partidos nos pueden gobernar.

Pero finalmente sí se puede hablar de un ganador.  Uno que, hasta donde me doy cuenta, no se ha mencionado.  Y ese ganador es la sociedad civil. Las cuestiones seleccionadas entre los miles que se remitieron al INE, fueron preguntas muy válidas, que van al fondo del asunto de la mejora en nuestra situación política, económica y social. Expresadas de manera clara y contundente. Una vez más, el ciudadano de a pie, el sin poder, está demostrando que tiene más claridad en cuanto a las necesidades del país y las áreas que requieren mejora, en tanto que la clase política pretende darnos las mismas recetas que ya han fracasado una y otra vez.  Desgraciadamente, las reglas para la participación de los ciudadanos independientes en los cargos de elección popular hacen extraordinariamente difícil la posibilidad de que compitan contra los partidos establecidos. Y un ejemplo muy presente es el caso de la ingeniera Xóchitl Gálvez, quien si hubiera tratado de competir fuera del apoyo de los partidos políticos, le hubiera sido muy difícil lograr su registro.

¿Quiere decir todo esto, qué la idea de tener debates es inútil?   ¿Es insuficiente? De ningún modo. El formato requiere una cirugía mayor, pero estamos a tiempo de modificar la forma de los debates para que sean más significativos.  En cambio, tener una verdadera cultura del debate es algo que requerirá enseñanza, una práctica muy extendida y bastante tiempo. Lo cual no quiere decir que se abandone. Al contrario: urge formar a nuestros jóvenes y a la población en general en el uso de los debates en otra clase de asuntos, de manera que logremos práctica en estos menesteres.

Quedan aún dos debates por delante en esta campaña electoral.  Se tienen que hacer cambios importantes, tanto en la forma como en el fondo, para que estos debates contribuyan a evitar el abstencionismo y permitan, a las grandes cantidades de indecisos, tomar una resolución informada para ejercer su voto.

Antonio Maza Pereda

lunes, 22 de enero de 2024

Cierre de precampañas

 ¡Comienza la diversión! Se hace oficialmente el cierre de las precampañas de las candidatas punteras para las elecciones presidenciales de este año. Precampañas orientadas, oficialmente, solo a los miembros de sus partidos. En la práctica, inevitablemente, empiezan a darse a conocer las candidatas con el electorado. Y se presentan las grandes líneas de sus campañas.

Hasta ahora, el juego se ha centrado en desprestigiar a la contrincante, con el viejo concepto de que “Si demuestro que la otra es mala, en automático quiere decir que yo soy la mejor”. Argumento que les funciona a algunos, pero estrictamente hay una falacia: ambas podrían ser malas candidatas, de distinta manera. ¿En qué son mejores? En una, el énfasis está en los resultados. En la otra, la filiación partidaria y la lealtad al actual gobernante.

Probablemente, la discusión en torno a las candidatas tocará temas de tipo personal: se tratarán los asuntos de la aptitud y la ineptitud de ellas, una vez más con el criterio de que “si mi contrincante es mala quiere decir que yo soy apropiada para el puesto”.  Probablemente, la defensa de sus posibles fallas se basará más en la buena fe que se tuvo al cometer esos errores.

Es interesante que en esta terminación de precampaña, en la que hubo bastantes ataques, continuando la polarización del país, las arremetidas a la representante de la oposición no se centraron en negar los yerros que ella señaló. En cambio, se criticó muy fuertemente que usó el llamado telepromter. Como si estuviéramos eligiendo a nuestros candidatos por su capacidad de memorizar discursos.

 En esto hay una larga historia, en la que hemos confundido la capacidad de palabra con la inteligencia.  Suponemos que quien puede expresarse de una manera muy fluida, también quiere decir que es muy inteligente y que tendrá la capacidad y voluntad políticas para cumplir sus promesas.  Y, además, también creemos que, si tiene una gran capacidad, también significa que será honesto. Un prejuicio muy arraigado, por desgracia. Es un hecho qué, en la historia del país, varios de nuestros presidentes fueron premiados en concursos nacionales de oratoria. La historia, sin embargo, nos muestra que muchos de los sofistas famosos tenían una enorme facilidad de palabra. Rara vez recordamos sus nombres.  Pero a sus contrincantes, como Sócrates y Aristóteles, no los recordamos por su capacidad de palabra, sino por la profundidad de su pensamiento. Y, en muchos de sus conceptos sobre la política, únicamente recuerdan a los demagogos por su gran capacidad de palabra.

En muchos de los señalamientos de los dos bandos, se ha criticado a las candidatas por su físico.  Como si estuviéramos escogiendo a miss México.  No cabe duda que en esto se sigue viendo el machismo que no logramos desterrar del todo.  Seguimos considerando a la mujer como un objeto.  Grandes mujeres estadistas, como Golda Meir y Margaret Thatcher, no destacaban precisamente por su físico. Con cierta frecuencia, también se oye hablar de la capacidad de arrastre de las candidatas, centrado sobre todo en su imagen y su simpatía. La mercadotecnia política sigue considerando a los candidatos como un producto al que hay que vender al público.

Vienen los debates y, una vez más, se estará valorando la agilidad para responder los ataques del contrincante, y también buscando la capacidad de sorprender al otro para ponerlo en ridículo. Hay autores, que se han dedicado a analizar la inteligencia, que hablan de las virtudes de pensar lentamente.  No necesariamente las respuestas rápidas son las más adecuadas.

Al final del día, estas candidatas nos tienen que convencer de su capacidad para enfrentar los grandes problemas nacionales. De su preparación general y también la preparación específica para el puesto por el que compiten. Cuál ha sido su desempeño en los distintos encargos que les han sido encomendados.  Cuáles son los resultados de ese desempeño. Es de esperar que sus trabajos serán examinados con lupa, es más, con microscopio electrónico.  Y todas las fallas serán expuestas, como demostración de ineptitud o de mala fe. En ese aspecto, la candidata del partido en el poder será atacada no solo por sus errores, sino también por los del grupo gobernante. Y la candidata opositora, por los de las facciones políticas que la apoyan.

Queda mucho por comentar.  Una de las candidatas ha propuesto tres grandes temas qué priorizará: la vida, la libertad y la verdad. La otra se centra en la continuidad: ponerle un segundo piso a la 4T. Con lo cual, sin decirlo, está suponiendo que los cimientos y la construcción del primer piso son lo suficientemente sólidos como para soportar un segundo piso. En los dos casos será necesario buscar la respuesta a la gran pregunta: ¿cómo? ¿De qué manera, con qué instrumentos, se lograrán esos resultados?  En concreto, más allá del eslogan, ¿qué se entiende por esos términos?  Porque, desgraciadamente, la mayoría de los políticos hablan de los resultados, pero no nos dicen el modo como se van a lograr, cuánto nos van a costar, qué sacrificios habrá que hacer.

Falta mucho para que el ciudadano pueda tener criterios sólidos para fundar su voto. Tal vez estas presentaciones hayan sido útiles para el núcleo duro de las distintas facciones.  Ahora queda por convencer a la gran mayoría de los votantes.

Antonio Maza Pereda

lunes, 4 de diciembre de 2023

Noticias angustiantes

 Los noticieros nunca han sido de lo mejor en el aspecto de levantarle el ánimo a sus oyentes.  Basados en una práctica conocida como el amarillismo, el énfasis noticioso no está orientado a las buenas noticias. Las catástrofes, el crimen, lo extraño, lo que se sale de lo común es lo que se considera valioso.  Hay un dicho en esos medios: “cuando un perro muerde a una persona, no es noticia; cuando una  persona muerde a un perro, sí es noticia”. Así es que una buena parte de la población está sujeta a una dieta diaria de noticias que van desde lo raro hasta lo amenazante. Normalmente, al terminar de escuchar el noticiero, mucha gente tiene una pequeña depresión.

No quiere decir esto qué necesariamente los informativos sean completamente dañinos. La globalización, la comunicación prácticamente en tiempo real y a costos muy bajos, y otras mejoras tecnológicas nos  han creado  un nivel de información de alta calidad  en poco tiempo: muy amplia, completa y con muchas posibilidades de verificarla.  Nos están dando un servicio valioso a la sociedad.  Todavía hace un par de generaciones, sólo los gobiernos y personas con amplios recursos económicos tenían acceso a un nivel de información, como la que ahora podemos obtener a un costo pequeñísimo.  En aquel tiempo, el acceso a la información era tan limitado que generaba grandes ventajas competitivas y se construían  fortunas con el aprovechamiento oportuno de la información.

Por otro lado, nos encontramos con que el contenido de los noticieros y muchos otros programas basados en información, se han quedado en generar valor al crear atención sobre los hechos.  Pero la mejora en el análisis no ha seguido el mismo paso que la de la información. Cantidades cada vez mayores de datos se entregan sin suficiente valor de análisis. En los medios tradicionales y en muchísimos de los nuevos medios, nos encontramos con pocos eventos basados en análisis, presentados generalmente en horarios poco competitivos, con formatos difíciles de absorber y, me supongo, con bajos ratings.  Además, muchas veces el análisis es unilateral y se maneja poco debate.  

En nuestro país, en el mejor de los casos, los debates van unidos a las campañas políticas.  Los debates parlamentarios, que muchas veces presentan un nivel lamentable, tienen muy poca audiencia. Y, en general, se manejan con un enfoque de ataque. Rarísimamente se encuentran discusiones con propuesta., dónde se examinen los méritos de las diferentes ideas, y se trate de construir, aceptando los aspectos valiosos y complementándolos para que tengan aún más resultados.

 En general esos pocos planteamientos son de corto plazo, sin ver el contexto ni las consecuencias previsibles de cada una de esas ideas. Claramente está haciendo falta un cambio de cultura.  Y es sabido, que las culturas no provocan cambios rápidos.  De hecho, la politización de los debates hace que solo las propuestas con efectos inmediatos sean las preferidas por la clase política. No encontrará uno algún político que esté dispuesto a ofrecer ideas que den resultados en docenas de años. Desgraciadamente, esos políticos de gran visión, qué ven un horizonte amplio, difícilmente atraerían las simpatías de los votantes.  Los demás, buscan resultados en el término de su administración. Parafraseando un refrán popular, ellos dirían: “Si no es en tu año, no te beneficiará”

La tecnología, los cambios sociales y la misma ciencia nos han acostumbrado a esperar cambios que ocurran a una velocidad fulgurante. El propio entretenimiento que ofrecen los distintos medios generalmente presenta situaciones dónde problemas gravísimos de nivel mundial, suelen resolverse en una o dos horas.  Nosotros, ingenuamente, esperamos que así ocurra en la realidad.

Pero independientemente de esta situación, las soluciones a los grandes problemas nacionales se podrán lograr cuando encontremos el modo de construir, en lugar de atacar. De hecho, en otros países, en la planeación estratégica se ha acuñado un término interesante: se habla de coopetencia, como una alternativa a la competencia. El concepto se podría traducir aproximadamente como la combinación de cooperar con competir: colaborar entre competidores. Algo difícil, claro.  

¿Podremos esperar, en un plazo razonable, que dejemos de centrarnos en lo negativo y que logremos modificar sustancialmente el tipo de información que consumimos, encontrar el modo de cooperar, de limitar los ataques viciosos? Yo creo que sí, pero tendríamos que cambiar nuestras costumbres para la toma de decisiones.  Además de aprender a analizar y debatir ideas. Tal vez el gran obstáculo, el de fondo, es que esto requiere de una gran dosis de humildad. Reconocer los aciertos de los otros, encontrar cuáles son los elementos valiosos que tienen y no sentirnos agredidos porque otros reconozcan las virtudes de las propuestas de los demás.  Y esto, es difícil en términos empresariales y probablemente lo es mucho más en los asuntos políticos.

Porque queremos ganar a toda costa, porque estamos buscando vencer, ser premiados o mejor aún llevarnos el reconocimiento. Y este espíritu de humildad, como decía mi santo abuelo, no se da en maceta.   

Antonio Maza Pereda

jueves, 30 de junio de 2022

Una lógica ilógica

 



Lógica: “Ciencia que expone las leyes, modos y formas de las proposiciones en relación con su verdad o falsedad”. Real Academia Española

Esta es la definición formal de la lógica, un instrumento que nos permite hacer un uso correcto en nuestra razón. Porque la razón es el medio que tenemos para poder encontrar la verdad. Pero no basta el discurrir, el imaginar o pensar para alcanzar de una manera directa la razón.

Esto, que parece natural, se ha ido deformando. Partiendo del concepto de que la realidad, si es que tal cosa existe, es muy difícil llegar a percibir. Y si no podemos percibir con claridad cuál es la realidad, malamente podremos pensar en un instrumento que nos permita validar la verdad o falsedad de nuestras ideas.

Todo esto que parece un tema para especialistas, un tema complejo de manejar, tiene consecuencias prácticas en la vida de la sociedad. Aún si no conocemos o intuimos los conceptos básicos de la lógica, el dudar de que se pueda conocer la realidad tiene consecuencias muy importantes en la vida diaria y, sobre todo, en el manejo de la sociedad.

Esto lo hemos estado viviendo más intensamente en los últimos años, cuando diversos gobernantes, en un principio encabezados por el señor Donald Trump, empezaron a crear el concepto de los “otros datos”, de las “realidades paralelas”. Una vez que se aceptan esas posibilidades, el debate, la discusión racional dejan de ser posibles. El muy discutido tema de los “otros datos”, inválida y hace imposible posible una discusión o un debate. Y, por supuesto, la lógica deja de ser relevante, o si usted lo prefiere, la lógica se vuelve ilógica.

Esto ya ha sido discutido por algunos especialistas en las ciencias del pensamiento. El fenómeno de las “burbujas de lógica”, explorado entre otros por Edward de Bono, explica que nuestras percepciones son modificadas por un concepto casi sociológico: Las personas se rodean de otras personas que siguen una percepción parecida de la realidad y de acuerdo con esa percepción construyen una lógica qué puede no ser válida para los demás, pero que es válida dentro de ese grupo. Dentro de esa burbuja los conceptos no se argumentan, no se cuestionan. Como en las ideologías, las verdades son empaquetadas en un tipo de explicación total. Su percepción no se cuestiona, se vuelve un dogma. Y por eso casi todas las ideologías terminan convirtiéndose en un dogmatismo.

Esto es lo que nos estamos encontrando en la discusión política y social de nuestro país y de muchos otros países. Una vez que alguien se declara de izquierda o de derecha, liberal o conservador, socialista o capitalista, deja de cuestionar una serie de categorías. Es inútil tratar de convencerlos apelando a las realidades. Como decía algún político, “si la realidad es diferente, peor para la realidad”. O como dijo algún gobernante mexicano: “Todo nuestro plan era excelente, sólo nos falló la realidad”.

No hace mucho, conversando con un taxista culto, tan culto que traía un libro de Nietzsche en su automóvil para poderlo leer en sus ratos libres, le cuestionaba yo si realmente, lo que le llamamos en México a la izquierda, era auténtica. Le di ejemplos donde en realidad no se cumple con los criterios de una izquierda, mucho menos de una izquierda democrática. Y su respuesta, muy iluminadora, fue: “Tiene usted razón, pero esa es la izquierda que hay. Y por lo tanto hay que seguirla”.

Y no es un tema exclusivamente de la izquierda: en todas las tendencias sociopolíticas nos encontramos ese mismo tema. Es perfectamente inútil tratar de convencer a un neoliberal de evitar los males de un capitalismo salvaje. Seguramente su respuesta sería muy parecida: “Ese es el capitalismo que hay y por lo tanto hay que seguirlo”. Y lo mismo ocurre con debates de tipo económico o social. Cada uno insertado en su burbuja de lógica, no alcanza a ver lo ilógico de su razonamiento.

Esto tiene un alcance muy importante. No se trata de un tema de teoría, se trata de un problema eminentemente práctico. Mientras sigamos en un relativismo, en un dogmatismo, metidos en nuestra burbuja de lógica ilógica, tendremos problemas graves de juicio, de toma de decisiones. Nos será muy difícil ver las consecuencias de los hechos y de las acciones, nos costará mucho trabajo establecer objetivos y metas de gobierno y de muchos otros ámbitos por la imposibilidad de medir si verdaderamente se está llegando a los fines que se han establecido.

Es importante que tratemos de evitar esas burbujas de lógica. Es importante cuestionar esos argumentos totalitarios, dogmáticos, que proponen partidos, gobernantes, dirigentes políticos sociales o económicos Ellos creen que no se equivocan nunca.

No es sencillo. Tenemos que partir de un principio ingrato: que con mucha facilidad podemos equivocarnos. Y nos duele. Todos queremos tener siempre la razón, lo mismo en temas menores como pudieran ser los gastronómicos, los deportivos o los de espectáculos como en los temas más importantes para la sociedad, como pudieran ser los del gobierno. Mientras no tengamos esa humildad para reconocer que podremos equivocarnos, el debate y la construcción de acuerdos serán extraordinariamente difíciles y se resolverán por la fuerza, sea por la fuerza de los números o por la fuerza de la violencia, legítima o no. No por la fuerza de la razón.

Antonio Maza Pereda

domingo, 15 de enero de 2017

COPARMEX: ¿Contra el Gobierno?

Una noticia inusitada en torno al llamado “gasolinazo”, fue el hecho de que la Confederación Patronal de la República Mexicana (COPARMEX) se negó a firmar el Acuerdo para el Fortalecimiento Económico y la Protección de la Economía Familiar que presentó el Ejecutivo Federal. Sus argumentos fueron que dicho  Acuerdo se presentó sin amplio estudio, en solo tres días, sin tener suficiente consenso así como sin metas, objetivos y medidores claros, entre otras razones. Días después la COPARMEX hizo públicas algunas propuestas para mejorar el Acuerdo firmado por otros sectores.

Se puede estar en acuerdo o en desacuerdo  con las propuestas de COPARMEX. Y qué bueno que puedan discutirse sus ideas. Este tipo de debate es, no solo sano, sino indispensable en este ambiente que,  por decir lo menos, es de “mal humor social”. La unanimidad forzada o fingida en un tema tan espinoso como los aumentos de precios de la gasolina, es lo último que necesitamos. Los acuerdos no deben ser considerados inatacables, por amplio que sea el apoyo que se pueda lograr por ellos. El hecho que se hayan cocinado en tres días, aunque hayan sido por catorce horas diarias como dijo uno de los participantes, no los hace infalibles. Seguimos con el método de negociar “en lo obscurito”, de espaldas a la ciudadanía. No logramos convencernos de que eso ya no funciona.

Pero lo inusitado no es que COPARMEX se haya opuesto cuando el resto del sector privado estuvo de acuerdo. No es primera vez. No en balde algunos consideran a esta Confederación como el “niño malo” del sector privado. Y esa actitud le ha granjeado apoyo de muchos empresarios y fama de independencia. Así como muchos odios.

No, lo novedoso es que algún organismo se oponga al Gobierno con propuestas. Otros sectores, sobre todos los políticos, no pasaron de los insultos o la negación. El “no al gasolinazo” que solo propone cancelar la decisión de quitar los subsidios a la gasolina, sin proponer nada a cambio. La clase política solo ve el “gasolinazo” como la bandera para ganar apoyo que pueden usar ante la ausencia de logros significativos en sus propias administraciones. Otros organismos empresariales callaron o hicieron veladas alusiones a la “incertidumbre” y a “la dura situación que enfrentaremos”, pero no presentaron sus propias propuestas.

Claramente, nuestro sistema político tiene que abrirse a la discusión de las propuestas, vengan de donde vengan. Ninguna propuesta es intocable. Debemos aprender a aceptar la oposición leal a las acciones o ideas del Gobierno y de otros organismos, cuando sean acompañadas con propuestas abiertas también al examen y discusión.

Desgraciadamente en nuestra cultura, no solo en los temas políticos, sino en muchos otros temas, el que alguien nos diga que nuestras ideas no son correctas, que son insuficientes o que podrían ser mejoradas, lo tomamos como un insulto personal. Necesitamos despersonalizar el debate. Acostumbrarnos a atacar las ideas sin atacar a quien las propone. Y aceptar que quien señala las fallas en nuestras ideas no está necesariamente tratando de desacreditarnos. Tal vez sea demasiado pedir en este momento, pero deberíamos tratar de llegar al punto donde consideremos que quien difiere propositivamente de nuestras ideas, nos está haciendo un favor. ¿Difícil? Seguro. No ocurrirá rápidamente.  No en este sexenio. No en el próximo. Puede ser que muchos ya no vivamos lo suficiente para verlo.


Por mientras, hay que felicitar a COPARMEX y tratar de copiar su ejemplo en nuestros propios campos. Acostumbrarnos a diferir proponiendo, sin personalizar la crítica y aceptando que nuestras ideas también sean atacadas, sin darnos por atacados en lo personal. En el ambiente social de este inicio de milenio, donde es cada vez más difícil silenciar las ideas o imponer la unanimidad, más vale que nos acostumbremos a oponernos propositivamente y lealmente así como a que se nos opongan del mismo modo.

sábado, 1 de octubre de 2016

Hay que hacer debates… ¿Estamos preparados?


En estos tiempos en que se nos ataca con una “policía del pensamiento", donde volvemos a caer en la situación donde se trata de acallar a las voces disidentes, en que estamos bajo la dictadura de lo "políticamente correcto", todas las personas libres debemos estar preparados para dar las razones de nuestras creencias. Y el método para ello es el debate de las ideas, de las razones. Una necesidad urgente en la que coinciden pensadores tan destacados como Enrique Krauze, entre otros.

El debate ha sido desde hace siglos un método de enseñanza y de diálogo. Desgraciadamente, en nuestra era postmoderna donde se le da mucho más crédito a las emociones y sentimientos que a las razones. El homo sapiens -el hombre que sabe- ha sido sustituido por el homo videns - el consumidor de la televisión-, hemos perdido la costumbre y los criterios para un debate que enriquezca a todos los participantes. Y que haga honor a la lógica y a la razón.

Recientemente presencié un debate. El tema es lo de menos. El modo como transcurrió el debate, si es que se le puede llamar así, es lo que importa. El vocero de una asociación civil debatía con un "especialista" en el tema en cuestión. Dos presentadores de la televisión estaban jugando el papel de moderador. Para empezar, los moderadores se dedicaron atacar al vocero de la asociación, con lo cual el debate se volvió una pelea de tres contra uno. Bastante injusto, diría yo. El "especialista" desde el principio se dedicó a interrumpir al vocero. Al modo de Trump, tal vez de un modo incluso más insistente. El hombre no tenía argumentos, a lo único que se dedicaba era a distraer a su oponente. Si decide alguna idea que no le gustaba, interrumpía diciendo: "Falso, eso lo toma de la Biblia, es un oscurantista". Sin explicar por qué afirmaba eso y, por supuesto, tratando de sacar de balance a su oponente en el debate.

Cuando el representante de esa asociación le hizo ver que su ataque lo único que demostraba era que no tenía argumentos, el "especialista" se dedicó a desprestigiarlo diciendo: “Usted trabaja para una asociación que trata de cerrar las escuelas públicas para poder enseñar que la tierra es cuadrada, para imponer sus maneras de pensar. La escuela donde trabaja fue fundada por un pederasta. Ustedes están en favor del odio”. Nada de lo cual estaba a debate: ni el representante ni la escuela en la cual trabaja. Aparentemente, una persona que trabaja en una organización deficiente no puede como ciudadano tener el derecho de sostener y defender ideas con las que está de acuerdo, según el multicitado “experto”. Probablemente piensa, como muchos, que si su adversario está mal el “experto” ya no tiene la obligación de demostrar que sus argumentos son lógicos. Qué es exactamente lo que estaba ocurriendo. Una actitud muy parecida tomaron los presentadores de la televisión. Olvidando que su papel de moderadores es de fomentar el debate, asegurar imparcialidad,
profundizar en los razonamientos, se dedicaron a distraer al representante de la organización e impedirle que completara sus razonamientos mediante nuevas preguntas y nuevos cuestionamientos, sin dejarlo completar lo que quería decir. Se pregunta uno para que invitan a una organización a un programa de televisión si luego no le van a permitir  a  su representante decir lo que quiere decir.

Pero, por otro lado, esto es de esperarse. Estamos en un ambiente en el que las verdades y las razones resultan muchas veces insoportables para algunos sectores de la sociedad. Y al no tener argumentos, al no poder mostrar una lógica, se dedican a desprestigiar, a manipular y a tratar de hacer quedar mal al contrincante.

¿Qué hacer? Una opción es evitar el debate. "Ya conocemos cómo son las estaciones de televisión, para qué vamos este tipo de programas si ya sabemos que lo manipularán todo". Esta es una visión derrotista. Es dejar el campo libre a los oponentes de nuestra manera de pensar. Otra opción, mucho más realista me parece a mí, es la de aprender a debatir. Aprender a usar la lógica, a usar nuestra razón. La Razón, así con mayúsculas, es un instrumento que tiene el ser humano para encontrar la verdad. Y así hay que tratarlo. Hay que entender ese instrumento, afinarlo, volvernos virtuosos de su ejecución. Porque en la medida en que una parte mayor de la sociedad quiera participar en la vida pública, los que queramos participar tendremos que enfrentarnos a debates, formales e informales, preparados o espontáneos, verbales, por escrito o mediante imágenes.

Uno de los grandes maestros del debate en la historia de la humanidad fue Tomás de Aquino. Cuando uno lee sus escritos, no puede evitar la sensación de que está presenciando un debate. Tomás de Aquino empieza presentando al detalle la posición de su oponente, establece con toda claridad el pensamiento y la lógica que tiene su contrario explicando  todos los argumentos que lo avalan. Una vez que ha completado esa presentación, procede metódicamente a desmontar la argumentación del contrincante encontrándole las falacias de lógica, la falta de validez de la información en la que se basa o lo inadecuado de sus conclusiones.

Este método, inmejorable en mi opinión, es muy exigente. No sólo debemos acostumbrarnos argumentar con lógica, cosa difícil porque muy pocos están preparados para hacerlo. También debemos de emplear bastante tiempo en analizar la lógica de los que opinan de manera diferente, entender sus motivaciones, la lógica de sus argumentos, la validez de la información que usan y lo adecuado de sus conclusiones. Evitar los argumentos de autoridad, que en opinión de Tomás de Aquino son los menos fuertes, y evitar los argumentos Ad Hominem, los que se basan en desprestigiar al contrincante sin entrar en la materia del debate.

En nuestra sociedad no se aprecia ni se enseña a debatir. En otros países, desde la preparatoria  a los alumnos se les enseña a debatir, se crean clubes de debate y se forman entrenadores de debatientes. El resultado es que, al menos en algunas áreas de la sociedad, hay la capacidad de pensar y razonar para poder sostener sus creencias.

En el futuro previsible, una parte importante de nuestra sociedad que no está de acuerdo con el sistema de la partidocracia, que no acepta la dictadura de lo "políticamente correcto" tendremos que aprender a debatir o, por lo menos, a entender los modos como se prostituye el debate para manipularlo en la dirección que desean los que quieren seguir viviendo en una sociedad de la mentira. ¿Estamos preparados?

jueves, 29 de septiembre de 2016

Clinton y Trump: ni a cuál irle.

                                                                                                                     

Después del muy esperado debate entre los dos candidatos más importantes para la presidencia de los Estados Unidos, si yo fuera un ciudadano de ese país me encontraría todavía en la categoría de los indecisos. Con la información que me dio este debate me costaría mucho seleccionar a uno de los dos. Posiblemente me inclinaría por la abstención o trataría de ubicar cual es el menos malo. Y como ciudadano del mundo, dada la fuerte influencia de Estados Unidos, estoy bastante preocupado.

Es cierto que los debates, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo, tienen muy poco contenido y sobre todo muy poco de razonamiento. En la sociedad del "Homo Videns” que describía Giovanni Sartori, hay poco espacio y paciencia para el razonamiento. Por esta razón los debates apelan más a las emociones. Se justifican diciendo que lo que se está buscando es el "carácter" de los contendientes. ¿Se ve "presidencial"? ¿Muestra valentía, fortaleza, capacidad bajo presión, decisión? ¿Parece digno de confianza? Cualidades difíciles de medir y de observar en el breve espacio de 90 minutos. Pero eso es lo que se espera de los votantes.

Desde otro ángulo, el propósito de los debates es convencer a los indecisos, que bien pueden modificar totalmente el resultado de la elección. Y más en esta donde ambos contendientes se ven bastante deficientes. Por esta razón, el señor Trump se dedicó a atacar a los políticos sin distinciones, aún a riesgo de que sus patrocinadores, los Republicanos, se puedan molestar. Porque él quiere dar la imagen de ser un hombre de negocios exitoso y que no está manchado por la política. Lo cual tiene mucho sentido, dado el hartazgo tienen los votantes con los partidos tradicionales, sus múltiples promesas vanas y la corrupción que ha mostrado. Ese es el grupo de votantes que quiere convencer el candidato republicano. Por su lado, la señora Clinton evitó cuidadosamente atacar al partido Republicano. Está consciente que muchos republicanos se oponen al señor Trump y quiere atraerlos a su bando, al menos por esta elección.

Los ataques mutuos siguieron la lógica pervertida según la cual, si yo demuestro que el otro está mal ya no tengo que demostrar que mis propuestas son las correctas. Sofisma del que abusó más el señor Trump, pero que también usó la señora Clinton. Con lo cual muchos indecisos les queda claro los dos tienen hechos reprobables. Pero no demuestra de ninguna manera cuál es el que gobernará mejor al país.

Probablemente lo más preocupante de la posición de la señora Clinton es la postura de la izquierda norteamericana según la cual el gobierno debe tener una fuerte intervención en la economía y en la sociedad, debe limitar las libertades ciudadanas para apoyar sus ideologías y aumentar el gasto público por la vía de impuestos a la clase media y alta de esa nación. Receta que aplicó el señor Obama y que no ha resultado en una mejora sustancial de su economía, si bien ha logrado frenar la caída que era de esperarse después de la crisis del 2007 -2008. El Sr. Trump se presenta como un hombre de negocios, busca regresar al aislacionismo económico y militar del país. Propone reducir los impuestos (una propuesta que siempre tiene muchos adeptos) sin explicar de una manera clara como eso hará que haya más inversiones de las empresas grandes. Porque las grandes empresas en Estados Unidos tienen mucho dinero para invertir y han preferido tenerlo en el extranjero incluso sin invertirlo, como es el caso de Apple que tiene algo con 800,000 millones de dólares guardados en bonos y acciones en sus oficinas en Irlanda. Muchas veces el tema no es que las empresas tengan dinero, sino que tengan la confianza necesaria para invertirlo en negocios donde vean un riesgo razonable.

Tratando de aparecer como un hombre de negocios, las soluciones que propone el señor Trump son soluciones basadas en dinero. Cobrarle impuestos a México, crear un muro y que lo pague México, cobrar a sus socios de la OTAN por los servicios de seguridad que les dan con su capacidad militar y en particular pedirles que paguen por la defensa contra ataques nucleares, en particular Alemania, Japón y Corea. Una propuesta riesgosa y bastante cándida. Ante la necesidad de pagar por una seguridad basada en armas nucleares, pudiera ser que los japoneses, coreanos y sobre todo los alemanes consideraran mucho más beneficioso en el largo plazo tener propia producción de armas nucleares. Lo cual no es muy difícil: si un país de desarrollo medio como Siria e incluso uno pobre como Pakistán han podido desarrollar armas nucleares, eso no presentará ninguna dificultad para países como Alemania y Japón e incluso Corea. Lo que está proponiendo el señor Trump tendrá como un resultado rápido y extraordinariamente peligroso la proliferación de armas nucleares. Porque si Estados Unidos no cumple sus convenios de proteger a sus aliados, su credibilidad se mermara. Independientemente de que esa situación restaría fondos para las economías del mundo, para dedicarlos a una nueva escalada nuclear que requiere muchísimo dinero. A no ser que el señor Trump piense que las compañías americanas de armamento se pudieran beneficiar con esa carrera.

Ante todo eso, poniéndome en el lugar del ciudadano de los Estados Unidos que tiene que escoger entre dos opciones tan malas, me costaría mucho trabajo votar en conciencia por uno o la otra. Y claramente estaría en el bando de los indecisos o de los que no quieren votar.

Habrá que ver qué nos traen los siguientes debates. Como decían en mi pueblo: que Dios nos agarre confesados