¿Porqué Cuenta Larga?

¿Porqué cuenta Larga? Los mayas tuvieron dos maneras de llevar el calendario: la cuenta corta (el año o tun) y la cuenta larga, de 144,000 días, el baktun, equivalente a 395 años y medio, aproximadamente.

Las organizaciones deberían tomar en cuenta esta filosofía. Hay decisiones de corto plazo (Cuenta Corta) y de largo plazo (Cuenta Larga). Este blog está orientado a las situaciones de largo plazo y su influencia en las organizaciones
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lunes, 24 de junio de 2024

Polarización o diversidad

 A tres semanas de concluido el proceso de elecciones generales, en México seguimos bajo presión. En cierto modo, parecería que seguimos en campaña, sujetos a una lógica de ataque y defensa de diferentes argumentos, como si los partidos todavía tuvieran que ser juzgados para obtener el voto.

Estamos recibiendo señales contradictorias. Aparentemente, una búsqueda de apaciguamiento, sobre todo con el sector privado y los grandes capitales.  Pero, por otro lado, continúa el ataque al bando perdedor. Como si ellos todavía pudieran revertir la situación. Parecería que todavía se necesita que los votantes avalen con su voto a quienes triunfaron.

Para efectos prácticos, la polarización continúa. Se sigue hablando de conservadores y liberales, de chairos y fifís, y se sigue tratando de ganar las mentes y los corazones de los votantes. Curiosamente, esto ha ocurrido mayormente entre la izquierda, tanto en su clase política como en sus adherentes. No tanto entre sus contrincantes: sus partidos está más enfocados a las acciones en los tribunales, pero sus partidarios siguen atacando a los triunfadores como si nada hubiese ocurrido.

Hay quien dice que esto está bien. Algunos, dicen que esto nos sirve para darnos cuenta de los problemas de gran parte de la sociedad. Si efectivamente eso fuera así, sería muy bueno. Polarizar por sí solo, sin embargo, no lo es. Lleva a la división. Hace ver las situaciones en blanco y negro. En la naturaleza, bajo ciertas condiciones, los polos iguales se rechazan. Y eso es lo que está ocurriendo. En lo social, cuando hay polarización, la opinión pública se divide en dos campos. Esto fortalece a las facciones extremas que ganan apoyo. Como consecuencia de la polarización, las voces moderadas pierden influencia.

Más que polarizar lo que necesitamos es tener la capacidad de aceptar, incluso darle la bienvenida a la diversidad de opiniones. Desarrollar la capacidad de poder ver puntos de vista diferentes, sin atacar o sentirnos atacados. Tener la posibilidad de entender que otros, que no opinan igual, no son nuestros enemigos.

Reconocer, e incluso abrazar, la diversidad, es entender que quienes opinan diferente que nosotros, no son necesariamente malvados. Tampoco es que todos sean bondadosos.  Es admitir la posibilidad de buena voluntad en todos los que opinan, hasta que se demuestre lo contrario. Puede darse por ignorancia, por defectos en su manera de razonar. Es aceptar la posibilidad de buena fe, sin ser ingenuos: también  pudiera haber mala fe. Pero no en todos los casos de aquellos que no aceptan nuestras opiniones. En general, los que opinan diferente, tienen razones. Es importante entenderlas y ver cómo se puede, sobre dichas diferencias, construir acuerdos.

 Tomemos como ejemplo el debate más destacado en este momento.  Mientras un bando opina que es necesaria una reforma para poder quitar o al menos limitar la corrupción del Poder Judicial, sus contrincantes ven esa propuesta como un modo de concentrar el poder de la presidencia, de manera que no existan contrapesos a su actividad. Y, curiosamente, la discusión no se centra en demostrar la intención de quitar contrapesos, ni tampoco en demostrar que el Poder Judicial es irremediablemente corrupto y que, únicamente, mediante el voto popular, se remediará esa corrupción.  La discusión importante debería ser: ¿cómo lograr quitar la corrupción protegiendo los contrapesos que, nuestra Constitución y los países democráticos, tienen para evitar la posibilidad de las dictaduras?

Por supuesto, eso es más difícil y requiere mayor estudio. Exige la cooperación de las mejores mentes del país para encontrar soluciones óptimas. Desde luego, este alegato se ha vuelto un diálogo de sordos. Aprovechando la mayoría calificada que espera obtener la 4T, se quiere legislar contra reloj, logrando el proceso completo de cambio constitucional en los primeros treinta días de la nueva legislatura. Sin “cambiar ni una coma”. Aunque no resulte muy claro cuáles son las ventajas de ese apresuramiento. Esta prisa podría ser el enemigo de una reflexión, que se ve necesaria.

Este caso es solamente un ejemplo. Un tema particularmente importante para la República, está siendo discutido, sin aceptar reconocer las diferentes motivaciones y necesidades de una sociedad que es muy diversa. Necesitamos, como ciudadanos, aceptar nuestra diversidad, reconocer que no siempre tenemos la razón y que el otro no siempre está equivocado. Que es posible que cada uno de los bandos tenga elementos valiosos en sus planteamientos y que hay que reconocerlos por el bien de la ciudadanía.

Antonio Maza Pereda

 

lunes, 9 de enero de 2017

Gasolinazo: opacidad y búsqueda de culpables


Una vez más, la clase política ha demostrado que le importa más su muy deteriorado “capital político” que el respeto que le debe a la ciudadanía. Lo demuestra el tema del incremento del costo de la energía, el famoso “gasolinazo”, pero no se nos olvide el aumento del costo de la electricidad, el cual no ha quedado claro en cuanto nos afectará directa o indirectamente.

Recientemente declaró en el radio el Secretario de Comunicaciones y Transportes, Gerardo Ruiz Esparza en una entrevista radiofónica (Radio Red, viernes 6 de Enero), que el aumento de la gasolina ya había sido aprobado por el Congreso. Lo cual es de esperarse: el presupuesto de ingresos y los medios para obtenerlos deben ser aprobados por el Congreso. Si no fuera así, el Ejecutivo hubiera cometido una transgresión mayúscula. Lo que no queda claro es porqué los partidos de oposición no se manifestaron entonces, en octubre de 2016,  en contra del aumento de los precios de la Gasolina. Lo supieron y no lo  comunicaron a la ciudadanía. Queda claro que este tipo de temas que afectan al bien común no son puestos a debate de la Sociedad. Como, por mínimo respeto, deberían hacer nuestros mandatarios.  Deberían avergonzarse.

El anuncio se hizo entre Navidad y Año Nuevo, donde una buena parte de la población y el Primer Mandatario estaban de vacaciones. Lo cual sirvió para que el único que diera la  cara fuera el Secretario de Hacienda. Solo hasta varios días después se dio una explicación que tuvo más un sabor a queja por la falta de credibilidad hacia el Gobierno y un intento de buscar culpables. Y la frase que quedará en el recuerdo como característica de esta administración: “Ustedes, ¿qué hubieran hecho?”. Claramente, lo importante fue proteger lo más posible el capital político del partido en el poder. Rendir cuentas a la ciudadanía no fue una prioridad.

El acusar a gobiernos anteriores puede funcionar en los primeros meses de una administración. Pero ¿cuatro años después? ¿No se dieron cuenta de que se cometía un error subsidiando la gasolina? Según sus cuentas, nos podrían haber ahorrado una buena cantidad. ¿Por qué siguieron con un sistema que daña a la economía?

Tampoco resulta claro el argumento del aumento del precio del petróleo. Eso no ocurrió de golpe el 20 de diciembre de 2016. Vino ocurriendo a partir de enero de 2016. ¿Por qué esperar un año? Ciertamente hay otros factores. La “depreciación” (para no decirle devaluación) del peso, cuenta si más de la mitad de la gasolina es importada. Pero no se discutió el costo alto de la gasolina producida en PEMEX, con refinerías  muy anticuadas (la más nueva con  casi 35 años de antigüedad) y con muy deficiente mantenimiento, con lo cual su productividad es muy baja. No lo sabemos, porque la información no es clara, pero dado el alto costo de extracción y refinación del petróleo mexicano (una vez que no contamos con los  campos de Cantarell) y por la escasa productividad de nuestras refinerías podría ocurrir que nos saliera más barato importar todas nuestras gasolinas que tratar de usar gasolina nacional. Pero esto no se ha debatido, ni creo que salga a la luz pública.

Se justifica el aumento comparando la cantidad que se reducirá de subsidios, comparado con el monto de gastos en seguridad social, por ejemplo. Podrían  haberse hecho otras comparaciones. Hay analistas que consideran que las cantidades desviadas por gobiernos estatales y municipales más  el costo del servicio de las deudas públicas fácilmente duplican lo que se ahorrará en subsidios. No sé si estos analistas tienen razón, pero vale la pena revisar las cuentas. En este tema energético, como en otros, el problema de fondo tiene que ver con el efecto de la corrupción. Otra comparación: ¿De qué tamaño es la evasión de impuestos o las condonaciones que ocurren a los mismos? Si todos pagaran, ¿podría evitarse el gasolinazo? Hay quien estima que solo la evasión del ISR es el 2% del PIB, casi el doble del subsidio a la gasolina.

Pero, en mi opinión, el problema de fondo es el concepto del subsidio. Como ciudadanos todavía no nos queda claro que los gobiernos solo pueden subsidiar si aumentan los impuestos o reducen los gastos. El petróleo en México, históricamente, se usó para lograr subsidios sin aumentar los impuestos. Ya no es posible. No hay ganancias petroleras para ello. Solo se puede subsidiar aumentando impuestos por otro lado. Pedir que baje la gasolina implica subir impuestos o reducir gasto público. Ya se anunciaron recortes de gastos, a funcionarios públicos de alto nivel. Una buena señal, pero insuficiente para compensar el subsidio que se está eliminando. También se habla de una reducción de 30,000 plazas. Que es otra señal, pero que no resuelve de fondo. Y, nadie lo comenta, significa desempleo.

No se ve una solución de corto plazo. A mediano plazo, un combate enérgico a la corrupción, en serio, sí generaría fondos importantes. Sí, como dicen algunos, el costo de la corrupción es el 10% del ingreso federal, esa cantidad es más que el doble del subsidio que se está eliminando. De modo que ahí sí hay un ingreso adecuado.

La solución de fondo, la de largo plazo, la más difícil, es que la ciudadanía nos hagamos cargo de la política. Que tengamos una participación mayor. No se trata de que todos seamos políticos. Se trata de que participemos más. No basta con votar. Hay que estar enterados, seguirle la pista a los tres Poderes en todos los órdenes de gobierno. Discutir, debatir, ofrecer soluciones. Algo que, a propósito, no ha ocurrido con el gasolinazo. Sí, hay enojo y hay manifestaciones. Y que bueno. Lo que no tenemos son propuestas más allá de que se dé marcha atrás en los aumentos. Lo cual reduciría un poco el enojo, pero no resuelve el problema. No basta con señalar soluciones. Hay que debatirlas, diseñar su implementación y darles seguimiento. En pocas palabras, la adversidad nos está obligando a ser una sociedad, una ciudadanía maduras. Ojalá lo asumamos. Yo tengo fe en que la ciudadanía lo puede lograr. De lo que no tengo tanta confianza es en que, por su propia iniciativa, la clase política nos proponga soluciones de fondo.


sábado, 18 de junio de 2016

No entienden…

El sainete de la semana, la discusión sobre la ley del “tres de tres”, muestra el diálogo de sordos que está ocurriendo entre la ciudadanía y la clase política. Nadie ganó. Y quien más perdió fue el país.
Después de meses de estar posponiendo la discusión de la propuesta de la ley para combatir la corrupción, después de mandarla a un período extraordinario de sesiones, finalmente al Congreso le entraron las prisas. En un tiempo récord discutieron, modificaron, e hicieron pasar por las dos Cámaras una ley que a nadie ha dejado contento.

Ahora, cuando se conoce el nuevo texto, es cuando empiezan a verse toda clase de críticas, se le han encontrado toda clase de defectos, que dan la impresión de que la discusión se hizo a espaldas de la ciudadanía, en las madrugadas, sin que se diera tiempo ni espacio para una discusión más a fondo.

Una vez más, nuestra clase política ha perdido una excelente oportunidad de mostrar que hace un esfuerzo por entender y atender las necesidades de la ciudadanía. En lugar de encontrar el modo de dar una satisfacción lo más completa posible a las demandas ciudadanas, se dedicaron a buscar el modo de "quitarle dientes"  o "descafeinar” a la propuesta que se les presentó a avalada por más de 600,000 firmas. Simultáneamente, en una ocurrencia de última hora y en las altas horas de la madrugada, con el cansancio de todo un día de sesiones, se les ocurrió endurecer las leyes incorporando al sector privado y a particulares como sujetos a estas mismas declaraciones que se están exigiendo a los funcionarios públicos.

Lo cual, obviamente, fue visto y denunciado como una venganza contra el sector privado por haber estado presionando en favor de estas propuestas. Con eso estamos en el peor de los mundos. La clase política, que podría haber hecho todo lo necesario para demostrar que estaban dispuestos a atender un clamor ciudadano que les está quitando votos y, sobre todo, confianza del electorado, actuó de manera que ahora quedaron peor que antes. Uno se pregunta: ¿por qué no pidieron a un debate público las modificaciones que iban a proponer antes de convertirlas en ley? ¿Por qué acelerar la revisión de la Cámara de Diputados en lugar de hacer una discusión amplia de la propuesta de la Cámara de Senadores? Acaso querían dar una imagen de decisión, de una atención pronta a la demanda ciudadana para tratar de borrar la imagen de que estaban posponiendo el asunto.
Todo esto nos lleva a suponer, con bastante certeza, que siguen sin entender a la ciudadanía. Ni los votos de castigo, ni la caída en los niveles de confianza de la clase política han sido suficientes para que tomen en serio su relación con los mandantes, es decir, con la ciudadanía. Siguen con el modelo de ser quienes les dicen a la ciudadanía que es lo que les conviene y tomar decisiones sin importarles cuáles serían las reacciones ciudadanas. Siguen sin entender que los ciudadanos ya no aceptan el papel de vasallos, dispuestos a callar y obedecer. Siguen, me temo, en los principios del siglo XIX.
Y luego se admiran de que exista un "mal humor social". Siguen quejándose de que no se les aplauda. Siguen dando mil explicaciones a cual más esotérica, de porque pierden puestos de elección. Claramente no han entendido que el votante del siglo XXI ha cambiado fundamentalmente. No han entendido que no es tonto. No han entendido que muchas veces votan por el menos malo, porque todavía creen en la democracia. Pero que la clase política cada vez es vista como menos representativa del sentir ciudadano. Y esto es un problema grave. En un sistema democrático como el que tenemos, aún con todas sus fallas, el sustento fundamental es que los votantes se sientan representados por sus elegidos. Sin eso, el apoyo básico del sistema desaparece.
Y probablemente eso no es lo único que no han entendido. Claramente, la clase política y posiblemente una parte importante del electorado, no tenemos del todo claro lo que significa la corrupción y el modo concreto como debe reducirse. Podemos caer en las explicaciones del tipo de que "se trata de un problema social", lo cual nos absuelve de la urgencia y de la responsabilidad de limitar esta lacra.

Al imponerle al sector privado y a  una parte importante de la ciudadanía estas medidas para controlar la corrupción, están siguiendo al dictado de uno de los presidentes más señalados como corruptos, que tuvo la frase genial de "la corrupción somos todos". Y, de acuerdo a ese dictado, a todos hay que controlarlos de la misma manera. Sí, estoy de acuerdo en que nos falta tener mejor claridad y mejor conciencia de lo que significa la corrupción. La padecemos, entendemos algunos de sus mecanismos, pero todavía nos falta mucho para entender a fondo este fenómeno. Pero, en particular, el que los políticos nos estén dando lecciones de cómo reducir la corrupción, es como si un pez nos tratara de dar lecciones de cómo permanecer seco. Cuando toda su vida se ha mantenido viviendo dentro del agua.

¿Qué podemos hacer para que los que no entienden finalmente entiendan a la ciudadanía? Claramente no va a ser fácil. Ciertamente, no están leyendo las señales que la propia ciudadanía les está enviando. Sin ver lo obvio, siguen buscando soluciones mediáticas, declaraciones sonoras, explicaciones poco creíbles, suponiendo que con eso se resuelven los problemas de fondo. Sus encuestadores les siguen dando resultados "a modo". Se creen lo que se dicen los unos a los otros. Tristemente, no se ve en ellos una voluntad de rectificar.



sábado, 22 de agosto de 2015

¿Dónde están los nuevos mercados?

No se avanza. La economía mundial está más que estancada. También la economía de México. Y no es cosa de decir que hay otros que están peor: se acabó el tiempo de las vacas gordas y estamos en el de las vacas flacas. Los diagnósticos son lastimosamente incompletos, cortoplacistas, y no conducen a soluciones. No es un tema de intereses, paridades, medidas monetarias o ajustes fiscales. Medidas de austeridad algo sirven, en el corto plazo, pero no generan nuevos mercados.

¿Dónde está un nuevo Keynes, dicen algunos? Aunque la cruda realidad es que las medidas keynesianas no lograron soluciones definitivas: EEUU solo salió de la gran depresión mediante la Segunda Guerra Mundial. Porque, históricamente, las grandes crisis económicas se han resuelto por la guerra, el hambre o la emigración. Las grandes oleadas de emigraciones irlandesas, suecas e italianas, corresponden a las grandes depresiones o hambrunas en esos países.

Descartando esas situaciones tan dolorosas, ¿qué opciones hay? Si lo supiera, no estaría yo aquí escribiendo: estaría enriqueciéndome vendiendo la solución a los países poderosos. Pero la única solución que veo es la de encontrar nuevos mercados. La mayoría de los países emproblemados tienen un elevado desempleo, una capacidad productiva desocupada y poblaciones envejecidas a las que hay que sostener, que consumen poco y no pueden impulsar la economía. El caso de libro de texto es Grecia, pero con menor gravedad ocurre en la mayoría de Europa y en Japón, que empieza a medir su estancamiento en décadas.

Hablando hace poco con un español, que me hablaba de sus medidas de recorte presupuestal, reducción de intereses y asuntos similares, le preguntaba: ¿Dónde están sus nuevos mercados? Para lo cual no tuvo respuesta. ¿Cuáles son sus nuevos productos, empresas, modelos de negocio? Otra vez, silencio. Y eso se repite en muchos países de Europa. ¿Cuáles son los nuevos mercados de Grecia? Buena pegunta. ¿Recuerda Usted algún producto griego de exportación? ¿Alguna marca griega de alcance mundial? Si lo sabe, mis respetos. Y ahora, que con las medidas de austeridad, han quitado las exenciones de impuestos a sus sitios turísticos, y que los europeos tienen poco dinero para turistear, su situación se ve bastante difícil.

Ante esta triste situación, una nación europea está creciendo, modestamente, pero sólidamente: Alemania. ¿Qué hace la diferencia? Cuando se derrumbó la zona Soviética, Alemania Occidental absorbió a la Alemania Oriental, con una economía muy débil, una población con muy  bajo poder adquisitivo. Y se dedicaron a poner al día a Alemania Oriental. No solo esto: empezaron a ofrecer ciudadanía a las minorías de habla germánica, que existían en varios países de la órbita soviética. Esto generó un gran mercado interno para el cual había que crear capacidades, nuevos productos, construcción, etcétera. Y es un proceso que no ha terminado y que sigue dándole a la economía germana un mercado hacia el cual pueden seguir creciendo. Podría decirse que Alemania está siendo recompensada por su generosidad al ayudar a las poblaciones que absorbió al terminar la Guerra Fría.

Y para otros países, ¿Dónde están los nuevos mercados? A riesgo de equivocarme, digo que lo único que puede generar crecimiento mundial, es ayudar a los países pobres y de economía intermedia a desarrollar en serio sus economías. Ayudarlos a que produzcan, no a que compren los  productos elaborados de los países ricos.  No dar limosnas disfrazadas de “ayudas” que solo dan alivio a corto plazo. Hacer que haya más economías prósperas. Actuar en serio contra la corrupción y no propiciarla como hacen muchas de sus empresas. Cuando los africanos tengan el nivel de consumo que tienen los países pobres de Europa, como Grecia, por ejemplo (pobres comparados al nivel europeo, pero ya quisiéramos tener su ingreso per cápita) habrá para el Mundo mercados nuevos que impulsarán la economía de todos.

Y,  a propósito, en México tenemos una situación similar. Nuestros 50 millones de pobres son una enorme oportunidad. Elevarlos al nivel de la clase media generaría un impulso que nos ayudaría a dejar de crecer a los niveles ridículos que lo estamos haciendo. Nada simple. Tendríamos que dejar posiciones ideológicas obsoletas que nos impiden dejar de ver al pobre como sujeto de lástima y limosnas o como una clientela que nos genera votos a cambio de dádivas, y verlos como sujetos de su propio desarrollo. Tendríamos que combatir en serio a la corrupción a todos los niveles. Tendríamos que hacer sacrificios, no hay duda. Y a nadie nos gusta hacerlo.
Los apoyos filantrópicos a los pobres solo generan soluciones a corto plazo y crean dependencia. Pueden ser muy  necesarios, como una solución  de emergencia, pero no sirven a largo plazo. Son soluciones heroicas, pero no se pueden estar usando a tiempo completo. Es como si un enfermo tiene que amputarse un miembro para evitar la muerte. Hay que hacerlo, no hay duda. Pero esa es una solución de emergencia: no puede seguírsele amputando miembros al enfermo permanentemente. Hay que ir a la causa y resolver de fondo.


Creo que tenemos delante una gran oportunidad: una población del tamaño de muchos países europeos: los mexicanos pobres. Por solidaridad, por amor a los nuestros, hay que ayudarlos: pero ahí está también la solución a muchos de nuestros problemas económicos. Se dice que cuando no hay opciones, no hay estrategia. Solo hay la obligación de seguir ese camino. Y, a largo plazo, no veo otro remedio que resuelva seriamente estos males mexicanos y mundiales.

sábado, 8 de agosto de 2015

Corrupción: Ya nos cansamos

Va de nuevo. A riesgo de aburrirlos, pero he tenido tantas reacciones, la inmensa mayoría positivas, para mi anterior artículo sobre este tema que me parece obligado seguir pensándolo con Ustedes.

Mi primera reflexión es hacia mí mismo, hacia mi temor de aburrirlos. Siento que esa es una de las razones por las cuales los organismos intermedios, ONG ’s, medios y particulares no hemos tenido constancia en presentar el tema. Después de unas semanas del caso Guzmán Loera, que abre un debate sobre la corrupción, el tema está siendo abandonado en los medios. Nada se ha resuelto, nada se ha hecho por castigar a culpables de ese y otros muchos casos célebres de corrupción.

Los corruptos y los que deberían combatir la corrupción están apostando a nuestro aburrimiento, a nuestro afán de sensacionalismo, a nuestro corto poder de mantener la atención sobre los temas de la conducción de la Nación. Y, una vez más, están ganando la apuesta. Bastará con que haya un nuevo escándalo, algún crimen pasional o algún enredo amoroso de los “famosos”, para que nuestra atención se desvíe y abandonemos el tema… hasta que se desentierre algún nuevo caso de corrupción. Así no se puede avanzar.

Otro tema: es claro que la mayoría, si no es que toda la ciudadanía es víctima de la corrupción. Y que esa mayoría, antes silenciosa y ahora expresándose a través de las redes sociales, vería con mucha alegría que viviéramos en un Estado de Derecho, y se combatiera en serio la corrupción. Pero la minoría, los corruptos y corruptores quieren mantener la imagen de que la corrupción es cultural, es generalizada. Es como el adolescente que se enfrenta a sus padres diciéndoles que se quiere hacer un tatuaje. ¿Cuál es su argumento? “Es que todos se están tatuando”. Lo cual, en primer lugar no es cierto, Cuando uno profundiza, son unos cuantos los que se tatúan. Y, por otro lado, el que todos hagan algo, no es un argumento válido. El que todos fumen, no le quita lo dañino al tabaco. El que todos fueran alcohólicos, pongamos por caso, no quita el daño a  la salud que el alcoholismo genera. Ni la cantidad de accidentes viales que ocasiona.

Claro, es de discutirse como se puede reducir la corrupción. Hasta ahora el enfoque ha sido: aprobar leyes más duras, poner reglamentos más severos qué, en general, han resultado contraproducentes porque generan nuevas oportunidades de corrupción. Todo esto seguido de una implementación y seguimiento inconstante, para el escaparate de los medios, tomando algunos casos célebres con una gran publicidad y  continuando después con los “negocios como siempre”. Un ejemplo: hace años, en medio de un gran despliegue mediático, se encarceló a un exdirector general de PEMEX. Se le juzgó y cumplió su sentencia. ¿Se redujo la corrupción en PEMEX? Para nada. En todo caso, las mordidas se hicieron más costosas, tomado como pretexto que el corrupto tendría que enfrentar riesgos mayores.

Ha faltado imaginación. El método ha sido: se destapa un escándalo, se generan nuevas leyes y reglamentos, se promulgan con un gran despliegue mediático, se hace como que se cumple y seguimos… hasta el próximo escándalo. El método ha sido un rotundo fracaso. O, si yo creyera en las teorías de la conspiración,  creería que ese es el modo como los corruptos  mantienen apaciguada a la ciudadanía.

Hay otras cosas que se podrían hacer y no se hacen. Como educar, por ejemplo. Una generación entera ha pasado por el sistema educativo  sin recibir clases de civismo y pronto serán dos generaciones que no conozcan ese tema. Y no es que fuera un programa con un excelente contenido. Para nada. Pero en algo ayudaba. Hace falta que toda la ciudadanía y los que pronto serán los nuevos ciudadanos recibamos capacitación en ética ciudadana, política, social, económica, de negocios y de otros temas similares. Hacen falta acciones ciudadanas para auditar el desempeño de los gobernantes, de manera profunda y constante, sin esperar a que venga un nuevo escándalo. Las contralorías sociales no han sido particularmente exitosas, pero es una excelente idea. Hace falta dejar de hacer como que se llevan  cabo e implementarlas con fuerza. Es necesario no aburrirnos de denunciar la corrupción, con mucha fuerza  y aprovechando los nuevos medios de comunicación social. Hay que vigilar a los medios y exigir que no se oculten los escándalos de corrupción “menor”, y, por supuesto, seguir dando a  conocer los grandes casos. Hacen falta debates públicos de ciudadanos para denunciar pero, sobre todo, para construir soluciones.


Sí, la corrupción no somos todos. Sí, la mayoría somos  víctimas de la corrupción, no somos los que la impulsan. Pero es claro que nada se resuelve quedándonos como espectadores pasivos, chismorreando, escandalizándonos, pero sin hacer nada al respecto.

sábado, 1 de agosto de 2015

Yo corrompo, tu corrompes, el corrompe...

Hace años, antes de que la mayoría de mis lectores hubieran nacido, un presidente salió con la ocurrencia de que “la corrupción somos todos”. Por supuesto, la nación se sintió agraviada, hubo toda clase de críticas y, ciertamente la dichosa frase tenía por objeto dejar sentir que no había nada por hacer, porque de alguna manera todos participamos en la corrupción. Seguramente ese presidente recordó que en algún lado había leído la frase: “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Y, en los hechos el tal presidente resultó ser uno de los más corruptos en la historia del siglo pasado.
Independientemente de lo mañoso de la declaración, hay que reconocer que hay algo de verdad en ella. La mayoría hemos dado alguna mordida, pedido algún favor que no era totalmente de acuerdo a los reglamentos, que nos aceleraran un trámite. Y ciertamente, muchos funcionarios públicos piden la célebre mordida de manera rutinaria. Hay un ambiente que propicia la corrupción. Por supuesto, eso lleva a muchos funcionarios a decir que la corrupción es cultural, que viene a ser decir lo mismo: que la corrupción somos todos porqué, aquí sí, la cultura somos todos.
Pero valdría la pena reflexionar: ¿Somos corruptos o somos víctimas de la corrupción? Puesto de otro modo: la falta de un verdadero Estado de Derecho, ¿nos da alguna protección si rechazamos la corrupción?  Si más del 90% de los delitos denunciados quedan impunes, ¿Qué probabilidad hay de que la denuncia de una extorsión por una infracción de tránsito será investigada y debidamente castigada? Muy cercana a cero. Por otro lado, el funcionario menor que se niega a pedir mordida, ¿qué protección tiene si sus superiores le exigen que lo haga? ¿Quién le garantiza que conservará su puesto y no perderá su ingreso si no “le entra”? Claro, sí hay una gran cantidad de ciudadanos que rechazan la mordida y funcionarios que se niegan a pedirla. Y habría que considerarlos como verdaderos héroes civiles. Afortunadamente cada vez hay más, pero no son suficientes.
Todo lo anterior no es para decir que nos crucemos de brazos y nos resignemos a vivir como víctimas de la corrupción. O aceptar que muchos se beneficien de ella. Todo lo contrario. Pero es importante que la ciudadanía tenga claro qué, aunque urgen nuevas leyes, reglamentos y sistemas, nada eso hará mucho bien mientras no tengamos un verdadero Estado de Derecho. Por leyes no paramos. De lo que padecemos es de la falta de su aplicación plena e imparcial. Y nuestro Congreso no tiene entre sus prioridades el Sistema Anti-corrupción, de modo que la ciudadanía tiene pocas esperanzas que la corrupción se reduzca pronto.
Bienvenidas nuevas leyes, instituciones, participación ciudadana, nuevos mecanismos de fiscalización. De algo servirán. Pero lo que verdaderamente resolverá de fondo este flagelo de la corrupción es la instauración plena de un verdadero Estado de Derecho. Y no será lo único que resolverá. La paz, el desarrollo económico, la democracia sin apellidos dependen en gran medida de que las leyes sean cumplidas, se erradique la impunidad y se dé el castigo adecuado a quien las infrinjan. No es un asunto menor. Sin esto, nuevas leyes, reformas estructurales y otras muchas buenas intenciones harán muy poco bien.

Pero nos tiene que quedar claro que el Estado de Derecho no ocurrirá solo. No va a llegar como un gracioso don de nuestros gobernantes. No es de esperarse que los que se benefician enormemente de la corrupción de repente vean la luz y reconozcan el daño que hacen. Difícilmente se pondrán límites voluntariamente. La presión no vendrá, como en algunos otros temas, de la opinión internacional. Nos urgen muchos más héroes y heroínas civiles que, con hechos, empujen el establecimiento del Estado de Derecho. Y el modo más efectivo es cumplir cuidadosamente con leyes y reglamentos. Y, por supuesto, levantar nuestra voz para exigir que erradique la corrupción y se establezca el Estado de Derecho. Pero lo que nos da la autoridad moral para reclamar es el hecho de que, yendo contra la corriente, nuestra comodidad y hasta la burla de muchos, nos esforcemos por cumplir puntualmente las leyes y reglamentos a los que estamos sujetos.

sábado, 25 de julio de 2015

Prioridades, prioridades...

Ya se ha dicho todo o casi todo sobre el caso Joaquín Guzmán Loera. Desde el punto de vista judicial o policiaco yo, ciudadano de a pie, poco puedo agregar. Ya hay demasiados “expertos instantáneos” tratando de encontrar nuevas pistas y aconsejando modos de recuperar al evadido. Ahora que ya se escapó, la casa de la fuga y el túnel están estrechamente vigilados. No vaya a ser que el señor vaya a regresar por su iPad.
Pero lo que sí puede decir este ciudadano, sin pretender ser experto, es su honda preocupación al ver a nuestro gobierno haciendo el mayor de los ridículos que yo recuerde. Su imagen en el país y en el extranjero es verdaderamente de dar lástima. Y nadie, decía Mark Twain, se recupera del ridículo. Ni personas ni instituciones. Todavía más me preocupa ver que este gobierno y la mayoría de sus antecesores no tienen claras sus prioridades. Y eso es muy grave.
Hay un problema con las prioridades: es fácil establecerlas en el discurso. Pero uno no puede estar seguro de que efectivamente se están aplicando, hasta que hay que escoger entre dos prioridades diferentes. Los ejemplos abundan. Y, desgraciadamente, para la mayoría de nuestros gobiernos la imagen, sobre todo la imagen ante los medios, resulta tener una prioridad más alta que el bienestar de la ciudadanía o las promesas que se han hecho a la nación.
Desde hace mucho tiempo, en el discurso, se ha dicho que el combate a la corrupción es una prioridad. Ya en tiempos del presidente Miguel de la Madrid, se habló de la Reforma Moral del Estado. Que yo recuerde, todos los presidentes después de él han ofrecido combatir este flagelo. Pero, en la realidad, esto no ha sido una prioridad. Ha servido para políticos y candidatos para obtener apoyos de la ciudadanía; una vez en el puesto por el que compitieron, estas promesas se han olvidado.
Ahora, se nos está diciendo que en la raíz de la fuga de Joaquín Guzmán, hay corrupción. Lo cual no es un gran descubrimiento: la ciudadanía ya nos lo imaginábamos. Y, por supuesto, el Congreso ya está citando diversos funcionarios para pedirles cuentas. Sin embargo, hace unos cuantos meses, este mismo Congreso pospuso la votación sobre la nueva Ley Anticorrupción. Para el Congreso, en la práctica, no fue una prioridad esta votación. Tuvo más prioridad el irse a las campañas políticas federales y locales. Es más, esta ley no está siendo discutida; se retomará cuando inicie el nuevo período de sesiones.
No es que yo diga que si se hubiera aprobado esa ley, se hubiera evitado la mencionada fuga. Lo que sí dejó muy claro la actitud del Congreso es que, aunque en el discurso la Ley de Anticorrupción tenía una alta prioridad, en la práctica no la tuvo. Tuvo más prioridad discutir las leyes para evitar que los circos tuvieran animales, por ejemplo. Se nos dijo que las Reformas Estructurales tenían una gran prioridad. Pero, en la práctica, las leyes reglamentarias para hacer que estas reformas tengan efecto, han tenido una prioridad muy baja. Y no sólo ocurren estas cosas en el poder legislativo. ¿Recuerda usted el decálogo para aumentar la seguridad para la población? ¿Cuántos de esos aspectos se han cumplido? El más sencillo de todos, establecer un número de emergencia nacional 911: ¿se ha llevado a cabo?

Es claro que en nuestro país, y probablemente en muchos más, las prioridades de los gobernantes no reflejan las prioridades de la ciudadanía. Y, en una democracia, es lo menos que deberíamos esperar de quienes dicen representarnos y quienes gobiernan, se dice, de acuerdo al mandato de la Sociedad. Mientras no haya acuerdo entre las prioridades de la ciudadanía y los gobernantes, la credibilidad del Gobierno será mínima. Como ha venido ocurriendo. Y, por supuesto su  credibilidad, señores políticos, en este momento está en uno de sus  puntos más bajos.